26 La ragazza
La ragazza
Álex
El casco antiguo de Vietri sul Mare está compuesto por edificios blancos encajonados en callejuelas estrechas.
La ropa tendida en los balcones es tan característica como los azulejos de colores vivos, pintados a mano, que adornan las fachadas de los negocios, los números de las casas e incluso murales enteros.
Al menos, eso es lo que cuenta Lena, que pasea a mi lado y recita toda clase de información sobre el municipio.
«En castellano, se llamaría Vidrio sobre el mar», «el burro es el símbolo del pueblo», «tienen señales de tráfico de cerámica».
Sonrío al imaginarla delante del ordenador, memorizando cada dato, igual que cuando éramos dos veinteañeros que estudiaban juntos. Aunque usar el plural en esa frase es del todo incorrecto. Yo, más que estudiar, la memorizaba a ella.
La verdad es que no soy capaz de recordar ningún momento en el que no haya estado colado por ella. Aun cuando no quería reconocerlo, Lena seguía presente en mi organismo, como un virus resistente.
—Dicen que los colores de la cúpula de la iglesia de San Juan Bautista representan al sol, la vegetación y al mar. Por eso es amarilla, verde y azul. —Lena señala con el dedo hacia el monumento mientras su otra mano hace la función de visera—. Brilla tanto que los marineros la usaban como faro.
Además de empollona, Lena es de las que habla sin descanso cuando está nerviosa, y es evidente que los besos de anoche la tienen tan alterada como a mí.
—Interesante —murmuro sin apartar la vista de ella.
Cada pequeño avance que veo en ella lo es.
Hasta este viaje, creía que era imposible que Lena y yo tuviéramos otra oportunidad.
Estaba convencido de que mi única opción era mantenerme en el papel de amigo.
Pero la esperanza es un sentimiento jodido: resistente como el miedo y flexible como el amor más puro.
Y la muy cabrona aparece cuando la dabas por perdida y se expande con un solo gesto.
Eso fue lo único que necesité para desenterrarla: un abrazo en un aeropuerto.
Nuestros cuerpos pegados, el tronar de sus latidos contra los míos, sus manos aferradas a mi espalda.
Y a partir de ahí…, mi ilusión se ha alimentado de cada mirada que me lanza, de sus pullas y, aunque esté feo decirlo, también de sus nervios.
Lena entrecierra los párpados.
—¿Ese «interesante» es irónico?
—Para nada.
Lena suelta una maldición y mis ojos vuelven a traicionarme al deslizarse a sus labios.
Es la sexta vez que ocurre esta mañana. Lo empeoro al descender y quedarme agilipollado con su clavícula, justo en el lugar exacto que ayer me moría por lamer.
Intento corregirlo y asciendo rápido a sus ojos, que hoy son de un azul turquesa y están abiertos de par en par.
Quiero volver a besarla. Ahora. Borrar sus dudas, sus inseguridades y también el dolor que ha sufrido por mi culpa.
Pero no debo. Los besos no borran nada.
Tampoco las palabras, ya que estamos. Aunque estas, al menos, servirán para que Lena comprenda por qué hice lo que hice.
—Cúpula, colores, faro —repito, y mi voz sale más ronca de lo habitual—. Te estaba escuchando —le aseguro.
—Bien. —Cruza los brazos sobre el pecho y cambia el peso de una pierna a otra.
Todo en ella me está advirtiendo que no vuelva a mirarla así.
Y lo intento, de verdad. Aunque dudo que sepa cómo me mira ella a mí—.
Sigamos. —Se coloca las gafas de sol y avanza hacia el final de la calle, sin esperar a que me ponga en movimiento.
Me trago las emociones y camino detrás de ella.
Tengo que hacer un esfuerzo por recordarme que el objetivo de este viaje no es recuperarla, sino contarle por qué me fui.
Mi plan es hacerlo mañana, cuando no tengamos compromisos a la vista ni gente que pueda interrumpirnos.
De esta forma, tendrá tiempo para asimilarlo y realizar las preguntas que considere pertinentes.
Perdonarme es otra historia.
El puto problema es que mi mente y mi cuerpo están en una constante guerra.
Como muestra, están los tonteos continuos, los besos de anoche…
O cómo me recreo en la figura de Lena ahora mismo, a pesar del sermón que me acabo de dar.
Ella se contonea hacia una heladería y yo fantaseo con arrancarle esos pantalones anchos de un tirón.
Céntrate, Álex.
Lena se gira en mi dirección, a tan solo unos metros de distancia, y se muerde el labio inferior.
—¿Me sentaría mal un helado? —pregunta.
Tropiezo con mis propios pies al imaginarla lamiendo un cucurucho.
—Fatal —atino a responder.
Lena me analiza. Yo me enderezo y me llevo una mano al pelo.
—Eso creo…, aunque me apetece mucho.
Y tal vez sea mi imaginación, pero creo que no se refiere al helado.
El último tramo del paseo lo realizamos por la Villa Comunale, un parque con terrazas ajardinadas con vistas al Golfo de Salerno, que desciende hasta la Marina di Vietri.
Las balaustradas, bancos y escaleras están recubiertas de teselas, a modo de mosaico en distintos colores.
El resultado es de lo más extraño, da la sensación de que el Parque Güell, de Gaudí, se ha hecho un hueco en la Costa Amalfitana.
Lena fotografía cada rincón mientras yo, en un intento de tranquilizarme, apoyo los antebrazos en la barandilla cerámica y observo la inmensidad del mar Tirreno.
Ella ha dado en el clavo hace un rato cuando ha dicho que ya no disfruto como solía hacerlo.
Desde que me mudé a Suiza, siempre he pasado las vacaciones con mis hermanos, aunque nunca hemos viajado juntos.
Este lugar, por ejemplo, les encantaría.
Si estuvieran aquí, Beatriz estaría junto a Lena, haciéndose selfis, y Sergio se colocaría a mi lado y se pondría en plan profundo.
En un acto reflejo, me refroto el tatuaje de la muñeca y contengo el escalofrío de terror que suele acompañarme cuando recuerdo las palabras de mi madre: Carpe diem. Suenan más bonitas si no hay una amenaza detrás, ¿verdad?
—Amico! —La palmada en la espalda llega antes de que pueda girarme en busca del dueño de esa voz—. ¿Qué haces aquí? —me interroga Fabrizio con su deje musical.
—Podría preguntarte lo mismo.
Él extiende sus brazos y, en un solo gesto, se señala el traje de pingüino.
—¡Las fotos con la familia! —exclama—. ¿Y la ragazza?
Al escuchar el apelativo con el que nos referimos a Lena, se me escapa una sonrisilla involuntaria. ¿Cuántas veces habremos hablado de ella? ¿Un millón? ¿Dos? Este hombre, que otea por el parque en busca de la mujer de mi vida, ha sido mi confidente desde que me mudé a Suiza.
No me dio ninguna opción, también lo digo.
Lo conocí la misma mañana que llegué. La empresa me había proporcionado una habitación en un piso compartido con otros trabajadores y Fabrizio era uno de ellos.
Yo tomaba un café en aquella vieja cocina cochambrosa mientras volcaba mis pensamientos en un cuaderno.
Él apareció bostezando en la puerta, con el torso desnudo, y, tras su buongiorno, el muy descarado se asomó por encima de mi hombro a echar un vistazo a lo que había escrito.
—Il Libro delle Lamentazioni —dijo justo antes de dejarse caer en una silla.
El gesto y el nombre con el que había bautizado al cuaderno me dejó bloqueado durante unos segundos.
Era cierto que estaba lleno de lamentos.
En él, me quejaba de lo duro que había sido tomar la decisión de marcharme y despedirme.
Pero necesitaba ganar mucho más si quería hacer frente a los gastos que vendrían, y mudarme me había proporcionado una excusa para salir del bucle emocional en el que estaba metido con Lena.
—Lena è la tua ragazza? —preguntó sin cortarse un pelo.
Y a partir de ahí, no me quedó más remedio que contarle mi historia.
—¿Por qué está tan lejos de ti? —inquiere Fabrizio con el ceño fruncido—. ¿Ya has hablado con ella? —Niego con la cabeza y él sacude la suya, en un gesto que podría interpretarse como que soy un imbécil—. ¿Qué le has hecho?
—Niente, capullo.
Mi amigo me lanza una mirada que habla por sí sola. Le he escuchado criticar tantas veces mi comportamiento que no es difícil imaginar la rastra de insultos que me está dedicando mentalmente. Estúpido, anormal, imbécil, gilipollas… A su lado, he aprendido un montón de palabras en italiano.
Cruzo los brazos a la altura del pecho.
—Le estoy dando un poco de espacio —le explico a regañadientes.
Lo que me callo es que también me lo estoy dando a mí.
Fabrizio bufa y se descojona en mi cara.
—¿Más, stupido spagnolo? ¿El tiempo sin hablar y los dos años de amistad a distancia no son suficientes? —Qué bien habla en castellano, el muy mamón, cuando se trata de lanzarme puñales. Antes de que pueda replicar, Fabrizio grita—: Ciao, Lena!
Giro el cuello lo justo para ver cómo Lena le devuelve el saludo con la mano y comienza a caminar hacia nosotros. Por cómo arrastra los pies, es evidente que, ahora mismo, no hay nada que le apetezca menos que interpretar el papel de mi novia.
—Ni se te ocurra liármela —le advierto.
Fabrizio me ignora, le regala a Lena una de sus sonrisas encantadoras y se abalanza sobre ella cuando llega a nuestra posición para abrazarla.
—¿Tengo que pegar al mio amico? —susurra, en un volumen tan alto que lo escuchan hasta los abuelos que están sentados en el banco, cinco metros atrás.
Ella me lanza una mirada interrogativa.
—Ignóralo —le aconsejo.
—Pegarle, ¿por qué?
Fabrizio se distancia lo justo para colocar ambas manos sobre sus hombros y mirarla con intensidad.
—Por no darte el amor que mereces. —Lena parpadea con lentitud y yo quiero asesinar a mi amigo, aunque sea el día de su boda—. Álex es un hombre enamorado, pero, a veces, es un poco stupido. —Y termina con una sonrisa de oreja a oreja y un guiñito de ojos que logra que Lena se ría.
Decidido: lo mato.
—Eh, no llames estúpido a mi chico. —Fabrizio la suelta y ella se coloca a mi lado—. Me ha elegido a mí, ¿no?
Ignoro a cuál de los dos nos gusta más su respuesta.
Tampoco quién sonríe más, si mi amigo o yo.
Lo retiro. En los dos casos soy yo, seguro.
—Su chico —repite Fabrizio con guasa. Alguien de su familia lo llama y él hace un gesto con la mano para indicar que ya va—. Qué bien suena, ¿eh, Álex? La ragazza y su chico.
En un acto del todo inconsciente, ahora soy yo el que busco el contacto del cuerpo de Lena. Rodeo su cintura con el brazo.
—Suena muy bien —concedo mientras mis ojos buscan los de Lena, que me mira como si la farsa se hubiera convertido en realidad, como cuando estábamos juntos y yo esperaba el momento perfecto para regalarle aquel anillo.