Me confundes con otro 25 Esa vocecita venida del infierno
45%

25 Esa vocecita venida del infierno

Esa vocecita venida del infierno

Desayuno a toda velocidad. Mi objetivo es meter nutrientes al cuerpo y despejar la mente lo más rápido posible.

Álex alucina al verme tragar de esa manera y yo me esfuerzo en obviar su presencia.

Lo consigo a ratos, cuando no se mete conmigo o me contagia la risa.

Pero, cuando termino, de lo que me siento más orgullosa es de no haber tenido ni una sola visualización de lo que ocurrió anoche entre nosotros.

Me limpio con la servilleta, me recuesto en la silla y me doy un par de palmaditas imaginarias en la espalda. ¡Crisis superada!

Mentira. No has olvidado la sensación de esos labios jugosos y apetecibles sobre los tuyos.

Me niego, no voy a entrar al trapo.

—¿Te encuentras mejor? —Álex, con el codo apoyado sobre la mesa y la barbilla sobre la palma, me observa mientras intenta reprimir una sonrisa. Fracasa conforme sus labios comienzan a temblar.

¿Recuerdas cómo era sentir esa sonrisa sobre tu boca?

Vale, sí, los besos estuvieron muy bien, ¿y qué? He besado a más hombres en mi vida y no he montado tanto drama.

Besar a Álex no es como besar a cualquier otro, y lo sabes.

Si no me doliera la cabeza, me daría golpetazos contra la mesa hasta reiniciar el sistema.

—No sé si preocuparme —comenta con una ceja alzada.

—Perdona, estaba… —¿peleándome con una vocecita cachonda? ¿tratando de evitar la fase dos?—… distraída.

Álex da un último trago a su tercer expreso y echa un vistazo a su reloj.

—La boda empezará en unas cuatro horas. Había pensado que podríamos darnos un paseo por aquí. ¿Qué te parece?

Una putada. Eso es lo que me parece. Ojalá no me apeteciera conocer Vietri sul Mare. Así podría encerrarme en la habitación y mantenerme alejada de él. Tan solo un ratito, el suficiente como para recordarme que este camino ya lo he transitado y siempre termina mal.

—Bien —respondo con la boquita pequeña.

Salimos del salón justo cuando Silvi y Mauro entran.

La rubia también lleva gafas de sol, pero ella va vestida con un conjunto blanco que parece sacado de una revista y yo voy más del estilo «mamá no quiere arreglarse».

Silvi y yo nos saludamos con una sonrisa cómplice.

A Mauro, sin embargo, solo le deseo buongiorno.

—No soporto a tu jefe —le confieso a Álex cuando atravesamos las puertas del hotel.

Una de sus comisuras se eleva.

—Yo tampoco.

Al tiempo que recibo los primeros rayos de sol en la cara, caigo en la cuenta de que Álex también está manteniendo las distancias conmigo.

No ha hecho el amago de cogerme la mano y tampoco me ha dado ningún beso inocente.

El único gesto cariñoso que me ha dedicado ha sido ese extraño apretón en el hombro.

Perfecto, nuestras mentes están en sintonía.

Cruzamos la calle y tomamos el camino descendente que nos llevará al centro del pueblo.

Álex, con las manos en los bolsillos, reprime un resoplido que sale expulsado por la nariz.

Me tenso de inmediato. Sé lo que significa, que más me vale sacar un tema de conversación antes de que se le ocurra hablar de lo que pasó en la serenata.

—¿Por qué no dejas la empresa?

Álex da una patada a una piedrecita de la vía y se toma unos segundos para elegir sus palabras.

—Estoy en ello.

—Ah. —Mi vista se desliza por las fachadas encaladas, que se intercalan con terrazas de limoneros y palmeras. Espera, ¿ha dicho que está en ello?—. Si quieres irte, ¿por qué estamos haciendo el paripé? —A mi izquierda, Álex se ríe bien fuerte. Sus carcajadas me hacen sonreír.

—Fingimos porque es divertido hacerle rabiar. ¿O no?

Suelto un bufido y esquivo una rama de buganvillas moradas que sobresale en el camino.

—Pensaba que te estaba ayudando.

—Lo haces. Me ayudas para que mi jefe, que nos cae mal, sufra un poco.

—Su cuerpo choca con el mío en un movimiento suave, que es del todo intencionado.

Por suerte, esta vez, su contacto no me provoca más que una sensación de camaradería.

Bien, estoy mejorando, los pensamientos cabrones están desapareciendo—.

Tampoco me vendría mal la subida de salario —añade—.

Podría ahorrar un poco más, antes de regresar a España, y así prepararme para el futuro.

Un par de gaviotas sobrevuelan el camino mientras analizo las frases al ritmo lento que va mi cabeza. «Prepararme para el futuro». «Volver a España»… Hemos tenido cientos de conversaciones al respecto y nunca le he oído decir nada parecido.

Me paro en seco.

—¿Estás pensando en volver?

Álex se detiene un paso por delante. Se gira y alza un solo hombro.

—Lo echo de menos, ¿sabes? La familia, los amigos, tener una vida de verdad…

Ignoro el motivo, pero mi pulso se acelera.

Mentira.

Sé exactamente por qué. La Lena de hace unos años deseaba que Álex tomara esa decisión y regresara con ella. Pero la Lena de ahora hace tiempo que daba por hecho que permanecería en Suiza y que nuestra relación se mantendría a distancia.

Visto lo visto, es la única forma de estar a salvo.

Álex me lanza una media sonrisa y mis ojos traicioneros se deslizan a su boca.

Lena, no es momento para tonterías.

—Bueno, ya era hora de que tomaras esa decisión —le apoyo.

Porque soy su amiga y me alegro por él—.

Llevas años viviendo para el trabajo, sin dejar espacio para nada más.

—Álex contiene la respiración y asiente con un leve movimiento—.

El Álex que conocí quería disfrutar de cada momento y veía el trabajo como un medio, no un fin.

—Extiendo el brazo y alcanzo su muñeca izquierda, que expongo para que él mismo vea el mensaje de su tatuaje: Carpe diem.

En un acto inconsciente, lo acaricio con el pulgar—.

Me alegro de que empieces a ser tú de nuevo.

Y sí, te mereces ser feliz de una puñetera vez.

Sus ojos están clavados en los míos. Brillan, sonríen, bailan. Madre mía, podría perderme en esos iris casi negros.

—Estoy trabajando en ello. —Sonríe con timidez.

Bésalo.

Suelto su muñeca y giro la cabeza. A tomar por culo la vocecita venida del infierno.

—¿Tienes una fecha en mente o es un plan abierto? —Inicio el paso y él me sigue.

—¿Para volver a España? No creo que tarde mucho.

—Te estás haciendo el interesante —le recrimino—. ¿Sabes al menos dónde podrías mudarte?

—Sé dónde me gustaría, y también estoy en ello. —Tira de mi brazo para evitar que meta los pies en un socavón y me suelta conforme me desvío.

¡Otra vez ese maldito calor! En serio, ¿qué coño me pasa?

En realidad…, ya lo sabes.

Trago saliva.

—Cuánta información —me burlo.

—Es que no solo depende de mí.

—Ya, claro. Dependerá de dónde consigas trabajo, ¿no?

Álex suelta una carcajada y yo me río con él, aunque no sé qué tiene tanta gracia.

Nos detenemos frente a un mirador decorado con cerámicas de distintos colores.

La vista es impresionante. Las tejas anaranjadas rodean una cúpula de distintos colores, el cielo está despejado y el mar tranquilo.

¿Ves, Lena? Lo has conseguido. No era tan difícil lidiar con esos malditos pensamientos.

Aquí estás, con tu buen amigo, en un pueblecito precioso, charlando de la vida y de los planes de futuro, sin mencionar…

—Respecto al beso… —Álex, a mi lado, apoya las manos en la barandilla y se aclara la garganta. Mi corazón da un saltito—. ¿Estás bien?

No aparto los ojos de la vista.

—Estar al aire libre es milagroso. —Y sí, mi voz ha salido tan aguda que acaba de joderme la pose.

—No quieres hablar del tema —adivina.

Exacto, Álex, prefiero actuar como si no hubiera ocurrido.

Por toda respuesta, le sonrío y le propongo que sigamos. Él se traga una carcajada y comienza a avanzar.