Me confundes con otro 24 Fase uno
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24 Fase uno

Fase uno

El agua resbala por mi cuerpo y se lleva con ella los restos de jabón y el olor a vino italiano.

Sin embargo, esa pesada bruma que atenaza mi cabeza no desaparece.

No recuerdo cómo volví anoche a la habitación ni por qué decidí meterme en la cama vestida.

Solo tengo imágenes difusas. Silvi brindando conmigo, un baile encima de la mesa con una aldeana de Capriglia, Álex sujetando mi cintura para ayudarme a bajar…

Una diminuta alarma se enciende en mi mente, hay algo que estoy pasando por alto, pero ¿qué? Ni idea.

Pues qué bien, estoy agilipollada nivel máximo.

Me apoyo en el alicatado y dejo que los chorros del hidromasaje hagan su trabajo. Con cada punto de presión que recibo, quiero pensar que estoy un pelín más lejos del despojo humano que se ha arrastrado a la ducha y más cerca de… ¿una señora que juega a tener veinte años?

Ufff, qué bajón.

Cierro el grifo y me enfundo en una toalla blanca y esponjosa. Sería una sensación maravillosa si no recordara, en este preciso instante, que soy madre y se me ha olvidado preguntar por mi hija.

Gracias, sentimiento de culpa perpetuo. Ahora me siento mucho mejor.

Me encantaría decirte que corro hacia el móvil en plan épico, pero no.

La realidad es que el camino hacia la mesita de noche es largo y tortuoso.

Me tiemblan las piernas y mis pasos son cortos y vacilantes.

Soy una mezcla de una geisha y una potrilla recién nacida, con la tenacidad de una zombi tratando de acelerar.

Cuando por fin llego a la cama, me dejo caer sobre el colchón y repto hasta el cabecero.

Me cuesta la vida alcanzar el puto teléfono, pero, cuando lo logro, recibo un premio por el esfuerzo.

Uli me ha enviado un vídeo de Paula. Mi hija sale desayunando, con el pelo despeinado y los ojitos brillantes, mientras su tío le cuenta un cuento de cosecha propia.

Lo reproduzco tres veces seguidas. Si no llego al cuarto visionado es porque recibo un nuevo mensaje del grupo «Polvos amalfitanos», donde hay tropecientos más sin leer.

La curiosidad me puede, así que detengo el bucle de amor de madre cansino y deslizo la pantalla hasta el inicio para echar un vistazo.

Cada uno de los integrantes del grupo ha mandado un selfi en respuesta al que envié ayer.

Toni pone morritos y me devuelve una peineta doble, Gin aparece bizca y saca la lengua, Cata frunce el ceño y sonríe y el traidor de mi sobrino se tapa los ojos con una mano.

Hasta Daniela se ha animado a enviar una foto, en la que aparece con cara de sorpresa.

Esta gente está fatal.

Los muy mamones no han parado ahí, ¡claro que no! Después del carrusel de imágenes y un montón de emoticonos partiéndose de risa, Toni ha hecho varias encuestas para debatir:

1) Si estaba borracha (80% sí).

2) Si el alcohol me haría cometer alguna locura (60% sí).

3) Si anoche pasó algo entre Álex y yo (aquí hay empate).

Me reiría. De verdad que lo haría. Pero mi cabeza elige este momento para recuperar la información perdida y una sucesión de imágenes se superpone en mi mente y explota como un millón de fuegos artificiales en una noche oscura.

La espalda en la pared, los labios de Álex sobre los míos, el corazón a punto de salirse del pecho… y las ganas de más.

¡Madre mía, ayer nos enrollamos al lado de los baños!

Durante unos instantes, el mundo a mi alrededor se tambalea. Si no me desmayo, es porque mi organismo es sabio y reconoce que no tiene energía suficiente para reactivarse tras la desconexión.

—Joder, la he liado parda.

Pardísima. He mezclado la dinámica del Álex-pareja con la del Álex-amigo, cuando pertenecen a realidades distintas.

El primero fue el amor de mi vida y me rompió el corazón.

El segundo es el que me lo recompuso, el que me ayuda a hacer la declaración de la renta, el que escucha mis movidas sin juzgarme y con el que intercambio canciones que nos gustan.

Hago un intento de pataleo que se queda en un espasmo. La culpa es de esa maldita atracción. A estas alturas, no debería existir.

No te engañes, te mueres por repetir.

Claro que no, lo que quiero es rebobinar la película de mi vida y evitar esos besos a toda costa. Son un signo del apocalipsis.

La sensación de ahogo se intensifica conforme recuerdo que fue él quien se apartó (y no yo) y que me dedicó esa mirada desesperada. No la he visto demasiadas veces, pero sé que no traerá nada bueno.

Álex debe de intuir que estoy pensando en él, porque, en este preciso instante, decide enviarme un mensaje para preguntarme si estoy en condiciones de bajar a desayunar.

Un escalofrío me recorre la columna, aunque ignoro si es de placer o de puro pánico.

Ya le has besado y sigues viva. ¿Tan malo sería ir un poco más allá?

A pesar de mi lamentable estado, la parte superior de mi cuerpo abandona el colchón como un resorte.

Joder, ¿estoy en fase uno? No, ni de coña.

¿Que qué es eso de fase uno? Verás, durante estos años, he logrado identificar cuatro fases en mi particular proceso de autodestrucción:

1) Planteamiento: Empiezo a preguntarme si sería tan horrible liarme con él. Y cuanto más me lo planteo, mejor idea me parece.

2) Negación: Paso por alto cualquier consecuencia y me convenzo de que he venido a esta vida a disfrutar.

3) Amnesia: Olvido el dolor que llega después, las ilusiones rotas y el tiempo que tengo que invertir en recuperarme.

4) Ejecución: Me tiro de cabeza.

La velocidad de esta autoinmolación siempre depende de la primera fase, porque, en cuanto la supero, cojo carrerilla y atravieso las tres restantes como en un esprint.

Sacudo la cabeza y logro arrastrarme hasta el borde de la cama. Paso de gilipolleces. Me vestiré, bajaré a desayunar y me comportaré con mi ex como una adulta.

Una adulta que se lo quiere tirar.

Arrastro los pies por el salón del bufé mientras agradezco el invento de las gafas de sol.

¿De verdad era necesario iluminar tanto esta sala?

Ya te digo yo que no. Hago un barrido visual y localizo a Álex sentado en una pequeña mesa de dos.

Ni siquiera me sorprendo al descubrir que lleva una sudadera de color melocotón, exactamente igual que el tono de mi conjunto deportivo.

Nunca me había planteado la existencia de un ser superior, pero ahora estoy convencida de que alguien ahí arriba se está descojonando a mi costa.

Álex me sonríe en la distancia y me anima por señas a que me una a él. ¿Es mi resaca o la sala se mueve?

—¿Cómo te encuentras? —me pregunta cuando me dejo caer sobre la silla. Como si no fuera evidente—. Mira que te dije que no bebieras más, pero tú erre que erre…

—Tengo lagunas —suelto con más morro que indiferencia.

Su carcajada consigue sacarme de mi pose, porque el maldito me hace reír a mí. ¿No voy a conseguir nunca resistirme a ese sonido?

No.

—Toma, anda. —Desliza un blíster de Paracetamol sobre el mantel blanco—. ¿La señorita olvidadiza quiere un zumo y un café para aterrizar en esta dimensión?

—Lo necesito. —Me bajo las gafas de sol hasta la mitad de la nariz y le lanzo una mirada suplicante. Álex ladea la cabeza y me devuelve otra, que viene a significar que tengo mucho morro, pero que él es buena gente y me traerá lo que le pida.

Se incorpora sin esfuerzo. A mí, sin embargo, me cuesta un mundo alzar el cuello y dedicarle una sonrisa agradecida.

Y es una putada porque, al realizar el movimiento a cámara lenta, me distraigo donde no debería.

En el frontal de sus vaqueros oscuros, en el trozo de piel que queda al descubierto cuando se despereza, en los anchos hombros y…

en sus labios, que se curvan en una media sonrisa.

¿Me ha pillado dándole un repaso? Creo que sí.

—¿Añado un cruasán de Nutella? —Su gesto burlón se desinfla en cuanto posa los ojos sobre mi boca.

—Por favor —logro responder con un nudo en la garganta.

Álex permanece clavado en el sitio. Congelado. Hipnotizado. ¿Visualizando?

¿De verdad sería tan malo besarlo?

Él parpadea y sacude levemente la cabeza.

—Por supuesto.

Antes de alejarse, me da un apretoncito en el hombro. Mi cuerpo reacciona con una oleada de calor.

Esto va mal. Muy muy mal.