Me confundes con otro 23 La primera vez que metimos la pata
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23 La primera vez que metimos la pata

La primera vez que metimos la pata

Álex

Tras la ruptura definitiva, diez años antes

—¿Cómo estás? —La cabeza de Daniela asomaba por la puerta de su habitación de invitados. Su sonrisa cauta reflejaba la inquietud que sentía por mi respuesta.

Sin mirarla, guardé el iPod en el bolsillo y me até los cordones de las zapatillas.

Iba a salir a correr. Necesitaba agotarme y silenciar los pensamientos intrusivos, aquellos que me jodían diciéndome que todo se iría a la mierda y que no podría hacer nada.

O los otros, los relacionados con Lena, que aseguraban que no sería capaz de olvidarla, que me había equivocado de pleno y que siempre había otra opción.

La había, aunque también implicaba que ella renunciara. Y ahí era cuando volvía al punto de partida. No podía flaquear por egoísmo.

Sin embargo, era evidente que necesitaba una mejoría. Habían pasado tres meses desde la ruptura y todavía me costaba respirar. ¿Alguna vez lo superaría? ¿O aprendería a convivir con su ausencia, como había ocurrido con mi madre?

—Estoy bien. —Me incorporé, besé a Daniela en la mejilla y la esquivé para salir de la habitación.

Estaba tan acostumbrado a mentir que no me supuso ningún esfuerzo. En casa todos fingíamos por un bien mayor, mantener la ilusión de normalidad y evitar la pena —la nuestra y la ajena—. Hasta que nos explotó en la cara, claro.

Daniela me siguió por el pasillo.

—Álex, ha llamado Sergio.

Me detuve. Mi hermano era tan insistente como mi prima. Ambos tenían que aceptar mi decisión.

—Por favor —le rogué en voz baja—, deja el tema. No voy a hacerlo.

Ella dejó escapar un triste resoplido, resignada, y yo aproveché para huir hacia la cocina, donde Gin cantaba «Te he echado de menos», a dúo con Pablo Alborán.

—¿Dónde vas con esas pintas? —Mi amiga, que preparaba la cena, me miró de arriba abajo. Le respondí con un bufido que no logró esconder mi sonrisa—. ¿A la cancha de baloncesto a hacerte amigos nuevos? ¿Me tengo que sentir ofendida?

—Sabíamos que algún día llegaría. Necesito relacionarme con machotes.

Mientras Daniela me perseguía con su eterna cara de preocupación, Gin se pasaba el día diciéndome chorradas. Cada una, a su manera, intentaba que me sintiera mejor. La diferencia era que una sabía por lo que estaba pasando y la otra no.

—¿Te valgo si no me depilo y me pongo un calcetín en la entrepierna? —Negué con la cabeza—. ¿Y si me la rasco?

Daniela, que a veces tenía complejo de princesita, nos censuró con un gritito ahogado. Gin y yo alzamos las manos, en señal de rendición, y compartimos una mirada cómplice.

El primer móvil en sonar fue el mío. Un «bip, bip» que anunciaba que tenía un nuevo mensaje. Acto seguido, fueron los teléfonos de Gin y Daniela los que sonaron. El de mi prima con un dulce tintineo y el de mi amiga con un estruendoso bocinazo.

—Qué raro —murmuró Gin. Sacó el móvil del bolsillo posterior de sus pantalones, lo desbloqueó y soltó un exabrupto.

—¿Qué pasa? —Miré por encima de su hombro y vi el nombre que era incapaz de sacarme de la cabeza: Lena.

Lisboa está muy enfermo. Tiene una obstrucción en la uretra y van a operarlo de urgencia.

Lisboa, nuestro gato, al que no había visto desde que me había ido de casa. ¿Cómo había sido tan capullo? Aunque la verdadera pregunta no era «cómo», sino «por qué». Y la respuesta era simple: me había negado a visitarlo por miedo a cruzarme con Lena.

—Nos vamos. —Apagué la encimera y le lancé una mirada desesperada a mi prima—. ¡Ya!

—Tranquilo, Álex —suplicó Daniela desde el asiento de atrás.

—Y reduce la velocidad.

A pesar de la exigencia de Gin, mi respuesta fue apretar el volante hasta que mis nudillos se tornaron blancos.

—Álex… —Daniela apretó mi hombro, a modo de advertencia. Respiré hondo y comencé a reducir.

Joder, estaba desbordado.

Echarla de menos. Las presiones de mi familia. Los problemas de mi hermano. Las cuentas, que no salían para lo que necesitaría en un futuro. Y ahora la enfermedad de nuestro gato.

Lo habíamos adoptado durante nuestro segundo año de convivencia, cuando, una noche de invierno, al llegar a casa, nos encontramos con una bola negra y peluda en una esquina del portal.

Era diminuto, estaba muerto de frío y sus grandes ojos verdes suplicaban un poco de cariño, igual que su agudo maullido lastimero.

«Solo por hoy», dijimos, pero bastaron cuatro mimos para entender que no podríamos dejarlo marchar.

Llegamos al Centro Veterinario, aparqué y permanecí agarrado al volante. Mi prima se asomó por el hueco de los asientos.

—¿Prefieres que vayamos nosotras?

—No. Claro que no.

—¿Estás preparado? —Gin se desabrochó el cinturón y abrió la puerta.

—Sí —mentí, porque ni de coña estaba preparado para verla. Nadie lo está cuando se encuentra con la persona que ama tras una separación.

Las piernas me temblaron cuando atravesamos la entrada y un nudo se instaló en mi estómago al acceder a la sala de espera. Lena, sentada en una esquina, abrazaba sus rodillas mientras las lágrimas le inundaban el rostro.

Desconocía cómo reaccionaría al verme, pero, en cuanto nuestros ojos conectaron, se incorporó y corrió a mis brazos.

—Álex…

La abracé, protegiendo su cuerpo con el mío, y besé su pelo. Por un segundo, agradecí la desgracia que había hecho posible que pudiera tocarla de nuevo. Solo un segundo. Después, recordé los ojitos de Lisboa y me sentí un miserable.

—¿Te han dicho algo?

—Le están operando.

Daniela y Gin se unieron al abrazo.

—Saldrá bien —dijeron casi al mismo tiempo.

Lena no me soltó el resto de la noche y yo no opuse resistencia. Tampoco me negué cuando me pidió que durmiera con ella en nuestra antigua casa, tras saber que Lisboa estaba fuera de peligro. Y, desde luego, no hice nada cuando las caricias de consuelo se convirtieron en algo más.

Aquella noche fue la primera vez que traspasamos la línea. No fue solo sexo, pero ambos quisimos convencernos de que había sido fruto de un momento de debilidad compartido, una dulce despedida.

El problema llegó después, cuando las visitas para comprobar el estado de Lisboa se convirtieron en una excusa recurrente. Y repetimos una y otra vez, sin saber soltarnos del todo, transformando nuestra relación en un «sí, pero no» que no iba a ninguna parte.

Y yo, que siempre había querido que Lena fuera feliz, me convertí en una fuente de frustración e infelicidad para ella.