22 No hasta que hablemos
No hasta que hablemos
Álex
Los ojos azules de Lena están clavados en los míos y no sé ni qué decir. Yo solo iba al baño. No entiendo cómo hemos terminado enrollándonos como dos puñeteros adolescentes contra una pared. ¿He sido yo o ha sido ella?
Lena analiza mi rostro. Me jode que busque respuestas que no puedo darle. No en cinco minutos y al lado de los baños.
—¿Lo siento? —pruebo, y soy tan gilipollas de preguntarlo en lugar de afirmarlo.
No puedo pensar con claridad, aún tengo el pulso acelerado, la respiración agitada y el sabor de su boca en la mía.
—¿Lo sientes?
—No. —Mierda, Álex—. Sí —corrijo en el acto.
—Ah… Vaya. —Lena hace una respiración profunda.
Yo también la necesito, urgente, para que me llegue oxígeno al cerebro.
Joder, diga lo que diga, voy a empeorarlo.
A veces, solo es necesario pronunciar una frase para que todo salte por los aires.
Un «te quiero» dicho a destiempo, una verdad incómoda o un deseo que no es compartido.
Las palabras se deslizan por la boca y ya no hay marcha atrás.
Lo has dicho y te han oído. Y, aun así, la explosión siempre parece pillarte por sorpresa.
Lo curioso es que lo que no llegamos a decir tiene el mismo poder de destrucción. Se enquista, te quema. Y, cuando te sientes preparado para hablar, se atasca en la garganta, como si se negara a abandonarte o adivinara que es demasiado tarde.
Sé de lo que hablo, lo que callé hace diez años me destrozó por dentro y ahora convivo con el miedo de que, cuando tenga el valor de verbalizarlo, destruya la confianza de la persona más importante de mi vida.
La puerta del baño de caballeros rechina. Un señor de mediana edad aparece en el pasillo y nos mira con complicidad. Estamos demasiado cerca para negar lo evidente. Retrocedo un par de pasos y dejo espacio entre nosotros para que pase.
En cuanto desaparece, Lena se acomoda el pelo tras la oreja. Odio verla así. Confusa. Decepcionada. Vulnerable.
—¿Podríamos comportarnos como si no me hubieras hecho la cobra?
Mis cejas ascienden hasta el techo, al contrario que sus ojos, que apuntan al suelo.
—¿Qué? —Me acerco y enmarco su cara con las manos.
A tomar por saco la distancia prudente—.
No ha sido así, ¿me oyes? Nos hemos besado los dos.
Pero, Lena, hemos bebido —le digo, a pesar de que una sola copa no puede justificar mi comportamiento—.
He parado antes de que hiciéramos algo de lo que pudiéramos arrepentirnos mañana.
Conforme sale por mi boca, me doy cuenta de que puede malinterpretarse. He hablado en plural, aunque no seré yo quien lo lamente. Antes de que pueda arreglarlo, Lena se adelanta:
—El peligro del vino. —Sus labios dibujan una diminuta sonrisa de mentira—. Deberías soltarme antes de…
Sí, tengo que alejarme. En cualquier momento, uno de los dos se lanzará a los labios del otro y… no hay nada que me apetezca más. Pero no debemos. No hasta que hablemos.
—Por supuesto. —Me retiro, en contra de los impulsos de mi cuerpo. Ella se abraza a sí misma, en un claro gesto de protección—. ¿Quieres quedarte? ¿Estamos bien?
—Sí, ¿no? —Su duda es como una bofetada. Necesito que reaccione. Y es lo que ocurre cuando alza la barbilla, orgullosa, y me suelta—: Somos adultos y solo han sido un par de besos.
—Somos adultos y me siguen temblando las rodillas —le confieso. Lena curva sus labios en una sonrisa burlona.
—Yo casi me desmayo.
—No te habría dejado caer al suelo —le aseguro.
—Eso faltaba.
Se me escapa una carcajada y Lena me acompaña con una risa suave. Adoro a esta mujer.
—Tú y yo siempre estaremos bien —declaro, con una seguridad que no tengo. Ojalá sea así. No lo concibo de otra forma—. ¿Vamos, amor? —Le ofrezco mi brazo y ella lo acepta.
—Vamos, cariñito. —Avanzamos hacia el final del pasillo y atravesamos la puerta para regresar al bullicioso local—. ¿Tú qué crees? ¿Debería beber para olvidar?
—Tú puedes hacerlo. Yo, mientras tanto, seguiré padeciendo mi temblor de piernas y te llevaré al hotel sana y salva.
—¿Hasta mi habitación? —me provoca.
Si supiera lo que me está costando controlarme, no jugaría con fuego.
—Hasta tu cama, si hace falta.
Y eso es lo que finalmente acaba sucediendo, que Lena se duerme en el coche y yo tengo que cargar con ella hasta su cama, al más puro estilo de Oficial y Caballero.
No recupero la respiración hasta que pongo un pie en el pasillo.
Al menos, hemos logrado evitar viejos errores. De lo que no me libro es de los recuerdos, que a veces se divierten atormentándome.
Mientras avanzo hacia el ascensor, mi mente se recrea en aquella primera vez que metimos la pata tras la ruptura. Como si, por revivirla, fuera capaz de hacer algo distinto.