Me confundes con otro 21 Segunda parte
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21 Segunda parte

Segunda parte

Dieciocho años antes

—¿Por qué tenemos que ver La boda de mi mejor amigo? —Toni me lanzó un cojín desde el otro lado del sofá. Lo atrapé antes de que me atizara en la cara.

—Porque estoy hasta aquí —alcé la mano por encima de la cabeza— de vuestras películas intelectuales.

Son todas tristonas y me dan ganas de cortarme las venas.

—Gin y Daniela, desde el segundo sofá, me abuchearon—.

Eh, que lo mismo después os gusta, que se puede ser fan de Los Piratas y disfrutar de «Yo quiero bailar», de Sonia y Selena.

—Es un temazo —se defendió mi amigo.

—¿Dónde me siento? —Álex, cargado con dos cuencos de palomitas, me tendió uno a mí y otro a las chicas.

—¡Con Barbie y Ken! —coreó la parejita.

Toni y yo protestamos por el mote que hacía referencia a nuestros tintes mientras Álex tomaba asiento entre los dos.

—Pues Cata está de acuerdo conmigo. —Toni mostró la pantalla de su teléfono como prueba—. Dice, literalmente: «Lena es un ejemplo de lo que las comedias románticas nos han hecho a las mujeres. Vive en la mentira del príncipe azul».

Joder con Cata, ya le valía. ¿Me odiaba por mudarme o qué?

—Tío, apaga el móvil. —El responsable de esta petición me dio un apretoncito en el pie.

«Gracias», le dije sin hablar. Él respondió con un guiño que me hizo sonreír.

Si alguien me hubiera dicho tres meses antes que iba a estar tan cómoda con mi ex, no le habría creído. Tras el cumple de Gin, habíamos llegado a un acuerdo: íbamos a conocernos como amigos. Sin secretos esta vez.

Aquella charla fue dura.

Acudí a la cita con una actitud a la defensiva.

Álex, en cambio, fue con la intención de abrirse por completo.

Con la mirada perdida en la gran cristalera de la cafetería, me habló de la enfermedad de su madre, de los problemas con su padre y de su fase oscura.

Sé que no fue fácil para él, pero lo hizo.

Y, cuanto más profundizaba, más consciente era de que había una parte muy importante de mi expareja que desconocía.

Aunque lo más jodido fue cuando me contó cómo la pérdida de su madre había eclipsado todo lo demás.

«No podía sentir», llegó a decirme, y a mí se me rompió el corazón al imaginarlo tan roto.

A veces, lo único que necesitamos para perdonar a alguien que nos ha herido es entenderlo.

Pueden pedirte disculpas mil veces, pero cuando comprendes los sentimientos del otro y eres capaz de ponerte en su lugar, el cariño hace el resto del trabajo y el dolor desaparece.

Y yo, que estaba dolida, acabé empatizando con Álex y le di otra oportunidad, que él no había desaprovechado.

Daniela apagó la luz y pulsé el play.

Una hora y media después, los únicos que permanecíamos en el salón éramos Álex y yo, que nos habíamos enredado en una postura de lo más extraña.

Su cuerpo estaba encajado entre mis piernas y su cabeza descansaba en un cojín sobre mi tripa.

En algún momento, nuestras manos se habían entrelazado y él apretaba la mía para consolar mi llanto.

—Es un asco de final. —Me limpié las lágrimas con la mano libre—. Se querían, ¿por qué no han acabado juntos?

Álex, que mantenía la vista fija en los créditos de la película, alzó la cabeza en mi dirección.

—Supongo que se dieron por vencidos. Pero lo mismo hacen una segunda parte.

—¿Tú crees?

—Seguro. El amor siempre puede con todo. O eso dicen. —Sus labios se curvaron en una sonrisa tierna.

—Oye… —Él, más que responder, hizo un ruidito de lo más mono—. ¿Estás bien? Estos días te he visto más tristón.

—Hay días que aún me cuesta —reconoció, y yo me atreví a acariciarle la espalda para mostrarle mi apoyo. Durante unos segundos, permanecimos en silencio—. ¿No vas a decir nada? Normalmente, la gente suele presionarme para que hable.

—Estoy usando la técnica del gato callejero.

Sus ojos se rieron un segundo antes de que lo hiciera su boca.

—Cuéntame de qué va.

—Ya sabes, la estrategia que sigues cuando te encuentras a un gatito asustado. Para evitar que huya, en lugar de perseguirlo, te quedas callado y muy quieto para que sea él el que se acerque.

—¿Me estás comparando con un gatito aterrorizado?

—Sí —dije muy convencida—. Te cuesta hablar de ti mismo, así que, cuando te lanzas, procuro estar atenta y calladita.

—Lena, tú puedes decirme lo que quieras.

—¿Seguro? —Álex encogió un solo hombro y me retó a que probara—. Pues… pienso que a tu madre no le gustaría verte así. ¿Qué crees que te diría?

Dejó escapar una exhalación.

—Que lo sintiera todo y que siguiera adelante…

Era un poco intensa, ¿sabes? Solía aconsejarnos que hiciéramos muchos planes, que no diéramos nada por supuesto y que lucháramos por lo que queríamos…

Era bonito escucharla cuando todavía podía hablar, pero era una idealista.

Los planes se pueden llevar a cabo si tienes dinero, siempre acabas dando cosas por supuestas y, aunque luches, no siempre obtienes lo que quieres.

—Me gusta más la visión de tu madre que la tuya. Te obligo a que imagines un plan ahora mismo.

El muy idiota susurró:

—¿Y cómo piensas obligarme?

El calor fue instantáneo. El palmetazo que recibió en la mejilla, también. Álex se quejó como si le hubiera partido la cara.

—Chssst… Vas a despertar a los chicos. Va —insistí.

—Me gustaría viajar. Con la situación de mamá ni me lo planteaba, aunque puede que ahora sea posible.

—¿Y adónde te gustaría ir?

—Empezaría por algún sitio cerca. Portugal, por ejemplo.

—Iremos —dije muy convencida.

Y, por primera vez desde nuestra ruptura, en la oscuridad del salón, me planteé si lo nuestro tendría segunda parte.

—¿Me pones una cerveza? —Apoyé los codos en la barra mientras tarareaba «Toda la noche en la calle», de Amaral, la canción que sonaba por los altavoces del bar.

—¿Qué me das a cambio? —Álex me guiñó el ojo, fue hacia la nevera y cogió un botellín.

Habían pasado dos semanas desde el «momento sofá» y el tonteo entre nosotros había subido de nivel. Las miraditas eran más frecuentes, las risas, un poco bobas y los roces, menos fortuitos. Sin embargo, ninguno de los dos se atrevía a dar el primer paso.

Lo miré de arriba abajo, con chulería. Estaba guapo. Los vaqueros desgastados le hacían un buen culo y las dos camisetas superpuestas le daban un rollito moderno.

—Un euro cincuenta, como mucho.

Gin, a mi lado, silbó por lo bajo y yo sonreí como una mema.

—¿Qué me he perdido? —preguntó Daniela, recién llegada del baño.

—Toni está bailando con dos maromos —Gin apuntó con la barbilla hacia la pista—, y los heterosexuales de nuestro grupo siguen tonteando sin llegar a nada.

Eché un vistazo rápido a Álex en busca de su reacción. Él permanecía inmutable, con la sonrisa en los labios y las palmas apoyadas en la barra, en una postura de lo más relajada. Yo, en cambio, me sentí expuesta.

—Solo somos amigos —repliqué en un murmullo.

La sonrisa de Álex desapareció al instante.

—Por supuesto —farfulló, justo antes de irse hacia la otra punta de la barra.

—Una jugada maestra, Lena. —Gin me dio un par de palmaditas en el hombro mientras mi cuello se deslizaba siguiendo los movimientos de Álex, que saludaba a una pelirroja que me resultaba familiar.

—¿Esa es…?

Daniela entrecerró los ojos.

—Rox.

—Y esa es la mirada de psicópata —señaló Gin.

—¿Sí? Pensaba que no era real —respondió la otra, ignorando que estaba a medio metro.

—Soy fan de esa mirada. —Toni se plantó ante nosotras con una sonrisilla de listillo dibujada en el rostro—.

Lena, Lena, Lena… ¿Qué te he dicho siempre?

O te lo tiras o lo olvidas. Mírame a mí, bailando con dos tíos y disfrutando de la vida.

—Tuvo el descaro de girarse para saludarlos con la mano—.

Si no tengo su número de aquí a un rato, desaparecerán de mi mente.

Sin embargo, tú, pequeña Marilyn, te complicas la existencia.

Piensas en él, pero lo niegas. Quieres, aunque no lo aceptas.

¿Y sabes lo que consigues? Ya te respondo yo: quedarte en el mismo sitio.

—Joder, tiene muchísimo sentido. —Gin hizo el amago de aplaudir, lo que le valió un suave empujón de Daniela.

Ignoré sus comentarios casi tanto como los celos que sentía. Lo que no pude ignorar fue la rabia que inundó mi cuerpo al ver cómo la pelirroja se abalanzaba sobre la boca de Álex.

Podría haber esperado a ver su reacción o aceptar la derrota con dignidad, pero tenía veintitrés años y lo que hice fue coger mi chaqueta y huir del local. Ni siquiera di tiempo a que mis amigos me acompañaran a casa.

A la mañana siguiente, cuando abrí los ojos, me topé con un paquete envuelto con papel de periódico sobre la mesilla. Sobre él, una nota con la letra de Álex que decía «Llámame». Pasé de ella, igual que había pasado de sus SMS de la noche anterior, y lo abrí.

Eran cartas.

Los dedos me temblaron al rasgar el primer sobre y descubrir que estaba fechada un mes después de nuestra ruptura.

27 de marzo de 2002

Estos meses han sido como una puta pesadilla, Lena. No parecían de verdad. Ni de lejos estaba preparado para vivir algo así. Estoy destrozado. Me siento como si tuviera un agujero en el pecho y fuera incapaz de llenarlo.

Puede parecer estúpido, pero siempre tuve fe en que la medicina descubriría un tratamiento antes de que esto pasara. ¡Estaba tan convencido! Sin embargo, ahora mi fe la deposito en la gente a la que quiero. Como tú, que me escribes aunque no recibas respuesta.

Te echo de menos, chica maja. Y es la primera vez, en meses, que siento algo distinto a la ansiedad y al dolor. Pero, probablemente, no tengo derecho a decírtelo.

Te quiero.

Abrí el resto de los sobres. Dos del 2002, cinco en el 2003 y cuatro del 2004. Cogí la carta fechada en septiembre de 2004, justo cuando nos habíamos reencontrado.

3 de septiembre de 2004

Hoy te he visto, Lena, y casi me da un infarto.

Eras tú, aunque no eras la misma. Ahora llevas el pelo rubio, estás mucho más delgada y tus ojos reflejan una tristeza de la que me siento responsable.

Si hubiera sido más valiente, te habría abrazado y te habría confesado cuánto te he echado de menos, pero he terminado reteniéndote en el baño. ¿Te lo puedes creer? Yo no.

Aunque tampoco me creo que vayas a darme una oportunidad.

Te quiero.

¿Estaba alucinando? ¿Y dónde coño estaba la última carta? Madre mía, era del día anterior.

17 de diciembre de 2004

¿Te acuerdas de cuando me contaste lo que te costaba visualizarte en el futuro? Uno de tus profesores del máster quería que practicarais las preguntas que suelen realizar en las entrevistas de trabajo y tú te veías incapaz de responder a cómo sería tu vida en cinco años.

¿Sabes cómo me veo yo en cinco años? Contigo.

¿Y en diez? Contigo también.

Lena, siempre has sido tú.

Te quiero.

Escuché un golpeteo en la puerta y alcé la cabeza. Álex, despeinado y ojeroso, se asomó a mi habitación.

—Estaba esperando a que te despertaras. —Su tímida sonrisa se esfumó cuando analizó mi cara y echó un vistazo a los papeles sobre la cama. Cerró la puerta tras de sí—. Se suponía que tenías que avisarme antes de abrirlo. ¿Estás cabreada?

Ni siquiera sabía cómo me sentía. Rabiosa. Flipada. Aturullada. ¿Mareada?

Con prudencia, Álex se acercó a la cama y se sentó a mi lado.

—Tras la muerte de mi madre, los tres fuimos al psicólogo, ¿sabes?

—Fruncí el ceño. ¿Por qué me contaba eso ahora?

—. A uno de la Seguridad Social, al que no pudimos ver más que en un par de ocasiones.

Nos aconsejó que plasmáramos lo que sentíamos sobre el papel.

Decía que ayudaba. Sergio le escribió una carta a mamá, Beatriz empezó un diario y yo… Yo te escribí a ti.

De inmediato, la rabia se esfumó y la curiosidad ocupó su lugar. Lo miré de reojo.

—Nunca llegaste a enviar ninguna carta. ¿Por qué?

Álex se masajeó la nuca.

—No va a gustarte mi respuesta.

—Dijimos que seríamos sinceros —le recriminé.

Asintió, despacio.

—Pensé que si enviaba las cartas, volveríamos juntos.

No quería que eso sucediera sin estar seguro de que no iba a hacer otra espantada.

Después…, cuando tus cartas dejaron de llegar, di por sentado que me habías olvidado y escribirte se convirtió en mi terapia.

—Abrí la boca para protestar—. Ya te dije que no podía cambiar el pasado —me recordó.

Sí, lo había dicho, aunque dolía saber que podríamos haber tenido una oportunidad.

—Tengo preguntas —le advertí.

Sus labios temblaron y formaron una débil sonrisa.

—Por supuesto. —Levantó la mano derecha, realizando el mismo gesto que si estuviera a punto de hacer un juramento—. Prometo responder con la verdad.

A pesar de que me negaba a premiar su payasada, sonreí.

—¿Qué pasó con Rox? —pregunté sin andarme con rodeos.

—Nada más que lo que viste. —Mi expresión debió de decirle que necesitaba saber más, porque entrecerró los ojos y soltó el aire por la nariz—.

Quería ver si reaccionabas y terminé enviando señales a quien no debía…

¿Contenta? —Pues sí, para qué iba a negarlo—.

Has dicho que tenías más preguntas. —Su mano voló a mi cabeza, donde peinó mi cabello con los dedos y descendió hasta acariciar mi mejilla—. Hazlas.

—¿Por qué ahora?

Su expresión se ensombreció un instante.

—Te lo debía. —Sus ojos estaban clavados en los míos. Tragó saliva—. Y quería que supieras que voy en serio.

—¿Es verdad? —No hizo falta que dijera que me refería a lo que había escrito. Álex asintió. Mis latidos se dispararon y el vértigo se adueñó de mi estómago. ¿El chico que tenía frente a mí, por el que había llorado y suspirado a partes iguales, me quería?—. ¿Y ahora qué?

—Supongo que depende de ti, Lena.

—Cinco años me parecen muchos —le vacilé con la voz temblorosa. Él ladeó la cabeza y me lanzó ESA mirada.

—Dije diez —respondió bajito. Me acerqué a su boca—. Quizá veinte —dijo sobre mis labios—. Pero no voy a besarte.

No dejé que se retirara. Me lancé a por mi beso y a por el que, desde ese día hasta siete años después, se convertiría en mi chico.