20 Reencuentros
Reencuentros
Dieciocho años antes
Los globos plateados colgaban del techo, un cartel fucsia felicitaba el cumpleaños a Gin y la música resonaba por nuestro salón. «Bulería», de Bisbal, había dado paso a «En tu cruz me clavaste», de Chenoa, y, tras los triunfitos, era el turno de Fangoria, con su tema «Miro la vida pasar».
Así me sentía yo, viendo la vida pasar.
Me aproximé a la mesa de las bebidas y me serví un ron con cola. Era alucinante la cantidad de personas desconocidas que se encontraban en aquella habitación.
—¿Me pasas una cerveza? —Daniela, desde la otra punta de la mesa, se estiraba con elegancia para alcanzar un botellín. Se lo acerqué—. ¿Qué tal lo llevas?
Podría haber admitido que me sentía fuera de lugar o que vigilaba la puerta por si aparecía cierto melenas, pero fingí una sonrisa.
—Muy bien.
—¿Dónde está Toni?
Señalé con la cabeza a la esquina contraria del salón.
Mi amigo —el mismo que me había asegurado que mudarnos a mi ciudad natal sería una aventura, que el máster de marketing nos cambiaría la vida y que íbamos a pasar dos años pegados como lapas— me había abandonado a la primera de cambio para tontear con un armario.
Nunca hay que fiarse de un hombre hormonado.
—Y Gin está con sus amigos de Magisterio —murmuró—.
Espera, que voy. —Esquivó a un grupo de chicas, rodeó la mesa y se plantó frente a mí—.
No me digas nada —me advirtió—, estoy aquí porque quiero.
¿Sabes cuánto te hemos echado de menos? —No me dejó responder, se lanzó a mis brazos y yo… me sentí una mierda.
Tras la ruptura con Álex, me había distanciado de Gin y de Daniela. No había sido algo buscado, pero era imposible mantener la relación con ellas y no recibir información de la vida de mi ex.
—Yo también os he echado de menos —le dije.
—Con Gin aquí, te vas a hartar de nosotras.
Sí, era genial que mi mejor amiga se hubiera mudado con Toni y conmigo. La parte negativa era que tenía que aceptar el paquete que venía con ella, es decir, a la misma persona que no quería ver.
Daniela deshizo el abrazo y me regaló una bonita sonrisa. Por encima de su hombro, vi cómo la figura de un chico alto y moreno cruzaba el salón y achuchaba a Gin. Llevaba el pelo corto, una barba de un par de días y parecía más adulto, pero era él, ¿verdad?
Solo habían pasado dos años desde nuestra ruptura, aunque daba la sensación de que formaba parte de otra vida. La peseta había dejado de circular, Internet se había colado en nuestras casas, me había reconciliado con mis padres y Álex y yo nos habíamos convertido en unos desconocidos.
Ay, joder.
Mi corazón era gilipollas. ¿Por qué se desbocaba? ¿No se había enterado de que ese chico nos había hecho daño?
Álex me vio. Lo sé porque no podía apartar la vista de él. Los vaqueros oscuros y la camiseta azul marino se pegaban a su cuerpo de tal forma que era imposible no prestarle atención. Y, definitivamente, el pelo corto y la barba le sentaban bien.
Mi respiración se volvió superficial. Me quedé paralizada. Y las reacciones indeseadas aumentaron de intensidad cuando comenzó a aproximarse. Quería huir o, al menos, no parecer asustada, y lo único que conseguí fue no desmayarme cuando mi ex tapó los ojos de su prima y le preguntó al oído:
—¿Quién soy?
Ambas dimos un pequeño brinco, aunque ella pudo echar los brazos alrededor de su cuello y yo tuve que actuar con indiferencia.
—Hola, Lena —me saludó en un tono frío y distante que no encajaba con lo que transmitían sus ojos.
—Hola, Álex.
—Estás distinta. —Sus ojos volaron a mi pelo, se deslizaron por el rostro y, con más rapidez, echó un vistazo a mi cuerpo. De pronto, mi melena, alisada y teñida de rubio, me resultó frívola, igual que los labios rojos y el top negro con aire oriental—. Y más delgada —añadió.
—Gracias.
—No era un cumplido —dijo con suavidad, y me quedé tan cortada que no pude replicar.
Tenía razón, que conste, estaba delgadísima. Como tantas otras chicas de mi generación, había aprendido a odiar mis curvas.
Tras unos segundos de tenso silencio, Álex se dirigió a su prima:
—Nos vemos luego, ¿vale?
En cuanto desapareció, Daniela acarició mi brazo y me ofreció una tímida sonrisa.
—Falta hielo —murmuré, y hui hacia la cocina antes de que se le ocurriera consolarme.
Allí me quedé un buen rato, apoyada en la encimera jugando a la Serpiente con mi viejo Nokia 3310 mientras se me ocurrían respuestas mordaces al comentario de mi ex: «Yo estaré más delgada, pero tu imbecilidad ha engordado», «Bonito corte de pelo, se te ven mejor las orejas», «Ah, ¿puedes verme? Creía que era invisible».
—¿Qué haces aquí? —Toni, en el umbral de la puerta, frunció el ceño. Me encogí de hombros por no contestar lo obvio, que me estaba escondiendo—. ¿MejorqueJordanCatalano? —adivinó. Asentí de mala gana—. Anda, ven.
Crucé la cocina y Toni abrió los brazos para que me acoplara a su cuerpo.
—Ay, mi pequeña Marilyn… No te hundas, ¿eh?
La primera vez que te encuentras con un ex siempre es un horror, pero ¿sabes qué?
—Levanté la cara y él me limpió una lágrima.
A veces, era difícil tomárselo en serio con ese pelo teñido de rubio pollo.
Otra moda absurda de aquellos años, junto a las cejas finas y la manía de llevar jerséis que tapaban nuestras manos—.
Tienes que enfrentarte a la realidad, el chico por el que estás llorando ya no existe, murió el día en el que te rompió el corazón.
—Sonrió con malicia y supe que iba a decir alguna barbaridad—.
Puede que te parezca que es él, pero te aseguro que no.
Es otro, que le ha robado el cuerpo. ¿Lo entiendes?
Es un roba-cuerpos. —Solté un amago de risa triste—.
En serio, Lena, son tus recuerdos los que te hacen daño, déjalos guardados en un cajón y disfruta con tu mejor amigo de esta fiesta.
Y eso fue lo que hice, seguirle como un perrito faldero, dejar que me emborrachara y reírme de sus ocurrencias, que siempre eran muchas y variadas.
Pero todo el mundo sabe que no se puede huir de los problemas y, una hora después, cuando abría la puerta para salir del baño, me encontré, frente a frente, con el roba-cuerpos.
Álex, con los brazos extendidos sobre el marco, me empujó con suavidad al interior del aseo y cerró la puerta tras de sí. Su mirada era la misma que cuando nos habíamos saludado. En ese momento lo entendí: sus ojos transmitían desesperación.
—Te he seguido —confesó. Me quedé tan descolocada que solo pude parpadear—. Lena, necesito hablar contigo.
Retrocedí un par de pasos y él se toqueteó el pelo, nervioso.
—Me odias y lo entiendo. Si yo hubiera estado en tu lugar, también me odiaría. —Bajó la vista al suelo—. No te merecías la forma en la que te dejé ni que no respondiera a tus cartas.
Mis cartas.
Le había enviado cinco, después de aceptar que no iba a devolver mis llamadas. En cada una de ellas le suplicaba que me dejara estar a su lado.
Me senté en el borde de la bañera. Había imaginado tantas veces esa conversación que me costaba asimilar que estuviera sucediendo.
—Lena, aunque no sirva de nada, quería decirte que lo siento. Yo… yo… no… pude. —Se le rompió la voz y cerró los ojos con fuerza.
Estuve tentada de levantarme y consolarlo. Pero no lo hice.
Él tardó unos segundos en recomponerse y volver a abrir los ojos, que fijó en los míos.
—No fue por ti, ¿vale?
—Vale —respondí, porque no sabía qué decir.
Álex hizo un intento de sonrisa que se quedó en una mueca triste.
—Se me vino todo encima.
—Lo sé.
—Me porté fatal contigo.
—Sí.
—No puedo arreglar lo que hice.
—No.
—Y ahora voy y te secuestro en un baño.
—Ya.
Álex arrugó la nariz y yo me di permiso para respirar.
—Si alguna vez quieres que te lo explique, aquí estoy, ¿vale?
—Ladeó la cabeza, como si estuviera planteándose si le estaba escuchando o me había quedado en shock (las dos respuestas eran correctas)—.
No puedo cambiar el pasado, aunque si me dieras la oportunidad de empezar de cero, como amigos, te demostraría que soy capaz de hacerlo mejor.
Ante mi silencio, abrió la puerta.
—Siento si… Bueno, lo siento todo.
Aún tardé un rato en salir de aquel baño y, cuando lo hice, fui en busca de Toni para seguir escondiéndome. Aunque fue evidente que había ocurrido algo entre nosotros cuando Álex se plantó frente a mí y dijo:
—Hola, tú debes de ser Lena, ¿verdad? Yo soy Álex, el primo de Daniela.
Estuve a punto de mandarle a la mierda. De verdad. Pero esos malditos ojos oscuros me suplicaron que le siguiera el juego.
—Creo… Creo que ya nos hemos visto antes —respondí, sin poder evitarlo.
Álex dejó escapar el aire que había estado reteniendo y yo supe lo que iba a decir antes de que abriera la boca. También fui consciente de lo que implicaba.
Él sonrió, y fue una sonrisa bonita.
—Me confundes con otro —susurró.
Y así comenzó una nueva era, en la que Álex y yo intentamos ser amigos y… fracasamos estrepitosamente.