Me confundes con otro 19 Serenata
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19 Serenata

Serenata

Llegamos los últimos y sin estilo.

Fabrizio le dedica unos cuantos insultos en italiano a mi ex y el grupo entero nos observa. Aun así, Álex no hace el amago de bajarme, ni yo el mínimo intento de tocar el suelo. Por eso disfruto del camino hacia la serenata montada a su espalda.

Desde la altura, realizo una visita exprés a este pequeño y antiguo municipio.

Las calles son estrechas; el empedrado, irregular y las casas de piedra tienen fachadas de colores cálidos.

Durante el trayecto, Silvi se convierte en la protectora de mi trasero para evitar que lo conozcan todos los habitantes de Capriglia mientras Álex finge que ya no lo recuerda.

Ya, seguro. Tanto él como yo podríamos hacer un mapa exacto de nuestra anatomía. De hecho, si me lo propusiera, sería capaz de localizar los lunares de su espalda sin que se quitara la camisa.

Aunque prefiero no pensar en ello.

Mucho menos cuando tantas partes de nuestros cuerpos están en contacto y el olor de su colonia inunda mis fosas nasales, provocando que…

Debería bajar. Ahora mismo.

Las mandolinas comienzan a tocar «Oh, sole mio».

Hemos llegado a nuestro destino, un patio decorado con hileras de bombillas.

Desde el balcón, se asoma la madre de la novia y avisa a su hija.

Al mismo tiempo, Fabrizio tira de Álex para que lo acompañe, y a él no le queda más remedio que bajarme al suelo y seguir a su amigo.

Menos mal.

—¡Qué romántico, por favor! —Silvi entrelaza nuestros brazos como dos viejas amigas—. ¿Sabes, Lena? Nunca había visto a tu novio tan contento. Le favorece, se nota que le haces feliz.

Su afirmación me extraña, Álex es la persona más sonriente que conozco, aunque reacciono con rapidez.

—Él también me hace muy feliz. —Y acompaño la frase con una cara de tonta enamorada.

Silvi, encantada, suelta una risita adolescente que provoca un traqueteo en su escote.

Y yo deslizo la vista hacia Álex, que entona (como puede) bajo el balcón de la novia.

Fabrizio le agarra por los hombros y lo gira para que me dedique una estrofa.

Él se ríe y le sigue el juego, alzando los brazos al aire como un gran tenor.

Qué mal canta y qué difícil es no reírse con él.

El recuerdo del último concierto al que asistimos juntos me envuelve en un segundo.

Para desgracia de los que nos rodeaban, Álex cantaba a voz en grito «Maldita dulzura», de Vetusta Morla.

Y yo, con la espalda apoyada en su pecho, me llevaba la peor parte mientras él me rodeaba con sus brazos.

Desde entonces, no he sido capaz de escuchar esa canción sin visualizar a Álex viviéndolo fuerte y desgañitándose como un gato en plena pelea callejera.

Mierda, ¿hay alguna forma de bloquear estos recuerdos?

Me confunden. No quiero pensar en Álex como en mi pareja, es mi mejor amigo.

El que volvió a hacerse un hueco en mi vida tras la desaparición del donante de esperma.

El que consiguió sacarme sonrisas con cada videollamada cuando estaba hundida.

El que me enviaba la compra a casa porque yo no daba más de mí.

El que me prestó dinero cuando las ayudas a mi negocio tardaron en llegar…

No es el mismo Álex que se fue de casa ni tampoco el hombre con el que jugué con fuego hasta quemarme.

Uno forma parte del pasado (y ahí debe quedarse) y el otro es la persona en la que más confío en estos momentos.

—Las veces que nos hemos visto —prosigue Silvi—, Álex estaba muy serio.

¡Ay, eso ha sonado fatal! Es un tío muy cool, de verdad, pero siempre he pensado que no estaba…

¿cómo decirlo? ¿A gusto? —prueba, como si la palabra fuera muy antigua o no supiera si la ha utilizado correctamente.

Y aquí tengo que morderme la lengua para no soltar que lo mismo el idiota de su novio tiene algo que ver—.

Es que míralo ahora, cantando y riendo. Es otra persona, te lo juro.

Si no creyera que la tengo convencida, pensaría que está intentando venderme a mi ex. Casi estoy a punto de rogarle que no tire por tierra la conversación que he tenido con mi mejor amiga. Ya bastante tengo con lidiar con los guiños que Álex me lanza en la distancia.

«Oh, sole mio» finaliza y la novia aplaude desde el balcón, y anima así al grupo para que continúe. Por si no les ha quedado claro, su madre mueve los brazos (muy en plan italiano) y grita algo que no pillo. Ellos obedecen y comienzan a cantar otra vez.

Álex trata de huir, pero Fabrizio lo retiene. Mi ex me dedica una mirada suplicante y yo suelto una carcajada al comprobar que lo que ocurre es que no se sabe la canción.

—Él es así —afirmo, sin saber qué más añadir.

Silvi deja escapar un suspirito.

—Jo, ojalá Mauro fuera un poco como él.

Detecto en su tono que no está muy contenta con el energúmeno de su novio, aunque solo hay que verlo para que te entre mal rollo. Ahí está, a un lado del grupo, cruzado de brazos y cantando de mala gana mientras nos lanza miraditas gruñonas.

—¿Por qué estás con él? —se me escapa. Acto seguido, me tapo la boca con la mano, como si con este gesto pudiera borrar mi comentario.

Silvi realiza un escaneo visual para comprobar que no tenemos a nadie conocido alrededor. Tengo que reconocer que lo hace con estilo. Yo la imito a mi manera (que resulta menos elegante y mucho más absurda, dado que, literalmente, conozco solo a seis personas de las que están aquí).

—Esto queda entre tú y yo, ¿sí? —Muevo la cabeza de arriba abajo, solemne, y ella acerca su boca a mi oído—.

Al principio era por el sexo, ¿sabes? Los hombres mayores no van tan a saco como los chicos de mi edad.

Además, me gustaba que me invitara, claro —admite—.

Pero ahora…, ni lo uno ni lo otro. —Se separa y tuerce los labios en una mueca de disgusto.

—Entiendo.

Es mentira, no lo entiendo. En realidad, lo que estoy pensando es que la pobrecilla tiene el síndrome del padre ausente.

¿Le ocurrirá lo mismo a mi hija? Ay, no, por favor.

—Debería cortar con él, ¿verdad?

Antes de que pueda replanteármelo, respondo:

—Sin duda.

Las mujeres que sobrepasamos los cuarenta estamos tan perdidas como las de treinta.

O las de veinte. La única diferencia es que tenemos más años de experiencia (y, por tanto, se entiende que algo más de conocimiento).

Sin embargo, aquí estoy, en un pequeño local italiano, llenito de gente gritona, poniéndome hasta arriba de embutidos, queso y vino, con mi recién estrenada amiga Silvi mientras tonteo con mi ex.

—Queremos otra copa, cariñito —le pido con un ligero empujón de cadera.

Álex me mira de reojo y contiene una sonrisita gamberra.

—No es buena idea, amor.

—Vino —exige Silvi, y muestra su copa vacía. Es más rápida absorbiendo líquido que una bayeta de microfibra.

—¿Dónde están los refuerzos? —Mi ex estira el cuello en busca de sus compañeros, que hace rato que han desaparecido.

Y ya puede buscar…, porque aquí está medio pueblo.

Los que vamos vestidos de fiesta nos mezclamos con los vecinos, que van como les da la gana—.

Me han dejado solo ante el peligro —se queja, encantado de la vida.

—Son unos sosos. —Silvi sigue meneando la copa vacía.

—Venga, cuchicuchi —lo animo—. Vamos a divertirnos un poco. —Para apoyar mi propuesta, alzan el volumen de la música cuando suena «Farfalle», el éxito de Sangiovanni.

Álex se gira hasta quedar frente a mí. Con un solo dedo, alza mi barbilla y me mira muy serio. No engaña a nadie, no puede ocultar que esto le divierte, sus ojos sonríen y se le forman esas puñeteras arruguitas sexis.

Por favor, qué ojazos tiene y qué cerquita está.

—Lena, dime la verdad. ¿Cuántas copas has bebido?

—Dos —miento.

—Tres —me corrige la rubia.

—Dos —me mantengo.

Álex entrecierra los ojos. «Voy bien», intento decirle con mi mejor cara de niña buena. Él responde con un bufido (barra risa silenciosa) que significa un «ya, seguro».

—Si nos traes otra copa, Lena te da un beso —propone Silvi, como si hubiéramos sufrido una regresión a los doce.

—Si nos traes vino, te doy un beso, mi vida —la apoyo.

Álex se descojona en mi puta cara.

—No vas a beber más —me advierte.

—Tranquila, Lena, no le necesitamos —afirma Silvi. Y desaparece contoneándose entre la multitud.

Pero ni Álex ni yo hacemos el menor amago de movernos. Y tal vez deberíamos, porque estamos a dos palmos.

—No puedes reírte de mí. —Le apunto al pecho con el dedo. Él alza ambas cejas—. Tienes que mantenerte en el papel.

—Y tú no has seguido las normas. Dijiste que nada de besos.

—Se permitían besos castos, igual que el que iba a darte, listillo.

Sus labios dibujan una sonrisa lenta.

—Por supuesto.

O lo que es lo mismo: que no se lo traga.

—¿Y tú?

—Yo, ¿qué? —pregunta, vocalizando cada sílaba.

Me pongo de puntillas, me aproximo a su oreja y susurro:

—No puedo solo dormir contigo —lo imito. Para rematarlo, le doy un beso casto muy cerquita de sus labios y regreso a mi posición.

Sé que he ganado este juego cuando soy consciente de que Álex ha cerrado los ojos. También de que lo he perdido en cuanto los abre y me lanza una mirada de puro deseo.

—Un poquito de aire, parejita. —Silvi se hace sitio entre los dos y nos tiende una copa a cada uno—. ¡He traído vino para todos!

El corazón me late con furia y las piernas me flaquean. Sin embargo, logro desviar la vista hacia la rubia y aceptar la bebida que me ofrece.

—¿Brindamos por los novios?

Álex se aclara la garganta y responde con un escueto «claro» mientras yo finjo que es la mejor idea que he oído jamás.

—¡Por Fabrizio y Giulia!

Los tres chocamos nuestras copas. Silvi y yo damos un sorbito. En cambio, mi falso novio se lo bebe de un trago. Después, se disculpa y se marcha en busca de sus compañeros.

Bueno, pues parece que los dos hemos llegado a la misma conclusión: hemos estado a punto de meter la pata hasta el fondo.

Me da vergüenza reconocerlo, pero llevo un rato escondida en el baño.

Por mucho que se lo haya explicado, Silvi no quiere entender que mi tope son cuatro copas de vino.

Le he argumentado que ya tengo una edad y que, si bebo más, sería capaz de bailar flamenco encima de una mesa.

A ella se la sopla, sigue trayéndome más.

Así que aquí estoy, apoyada en la pared junto a la puerta, haciendo tiempo mientras leo los mensajes del grupo que se ha formado en mi honor.

Mis amigos son un poco cabrones, la verdad.

He leído de todo: apuestas de cuándo voy a caer, a quién se lo voy a contar…

, incluso se han inventado términos. A raíz del comentario de que tengo el corazón en la vagina, Cata ha afirmado que lo mío era un caso claro de «coracoño».

Entonces, Gin le ha respondido con un gif de Joey Tribbiani abriendo la boca con asombro y Uli con otro de Sheldon Cooper respirando en una bolsa de papel.

A partir de aquí, todo han sido mensajes de carcajadas.

Hasta Daniela ha enviado una carita partiéndose de risa.

Hago una peineta a la cámara y envío la foto al grupo.

En fin… Ya es hora de que salga de mi escondite.

Me encamino hacia la puerta, la cruzo y voy tan achispada que no veo al ser humano de considerable altura con el que me doy de bruces.

—Sorry —me disculpo, aunque no me preguntes por qué lo hago en inglés.

El hombre alto se ríe.

Espera un momento, esa risa la conozco. Es Álex, ¿no?

Echo la cabeza hacia atrás y confirmo mi teoría.

Nuestros ojos conectan. Sus carcajadas se extinguen. El aire entre nosotros se solidifica.

Cinco segundos después, mis manos se aferran a su camisa, mi espalda choca contra la pared y sus labios están sobre los míos.

Ignoro si he sido yo quien ha tirado de él o si ha sido Álex quien me ha arrinconado, aunque no puede importarme menos.

¿Te acuerdas que te decía que uno no sabe cuánto ha echado de menos algo hasta que vuelve a tenerlo?

Pues yo no tenía ni idea de cuánto extrañaba sus besos.

Nuestras lenguas bailan, nuestros labios se acarician y mi corazón se acelera como si llevara mil años dormido. No quiero respirar ni comer ni dormir. Quiero más. Mucho más.

Sin embargo, mi ex se aparta de mi boca como si quemara.

—Despacio, Álex —susurra.

Recupero el aliento, confundida. En todos estos años, hemos jugado al gato y al ratón más veces de las que recuerdo, pero nunca hemos dejado nada a medias. Así que la pregunta es: «¿qué me estoy perdiendo?».

Álex se toquetea la barba, nervioso. Mis manos sueltan el agarre sobre su camisa y descienden en el aire con lentitud, sin saber dónde deben situarse.

—¿Lo siento? —dice, y no sé qué me deja más a cuadros, que lo pregunte o la mirada que me lanza.

Una mirada que está repleta de culpa y desesperación, y que me recuerda a nuestro reencuentro tras la primera ruptura.