18 Despacio, Álex
Despacio, Álex
Álex
Si resumiera mi historia en una sola frase, sería de lo más simple: «soy el gilipollas que perdió a la chica».
En cambio, si tuviera que desarrollarlo, se complicaría (y mucho).
En mi defensa, podría alegar que tuve una juventud difícil, que aprendí a callar lo que no quería asumir y que mi concepto de amor era sinónimo de cuidar.
Aun así, la conclusión sería la misma. La triste realidad es que me he pasado media vida mintiendo y tratando de alejar a la persona que más quería.
Gilipollas, ya te lo he dicho.
—Fui la primera en apoyar este viaje, pero ¿estás seguro de lo que estás haciendo? —pregunta Daniela al otro lado de la pantalla.
—¡Sí! —grito para que me oiga, porque estoy fuera de cámara, semidesnudo.
—He visto las fotos, Álex —me dice en ese tonito que no augura nada bueno—. De los dos juntos —puntualiza—. Y ambos salíais con cara de bobos.
Asomo la cabeza.
—¿Qué fotos? ¿Y tú por qué estás en la terraza?
Mi prima respira hondo.
—Para-que-Gin-no-me-oiga —pronuncia cada palabra como si yo fuera idiota.
Que ya ha quedado claro que lo soy (o que lo he sido), aunque no es necesario hacer sangre con el tema—.
Y hablaba de las fotos de esta tarde. —La muy cabrona se dedica a imitar mi pose, mi sonrisa y mi supuesta cara de enamorado.
Intento no reírme, pero fracaso, así que opto por la huida.
—¿Salíamos guapos? —Abro el armario y cojo los chinos negros y la camisa del mismo color. Un look total black siempre es elegante (o eso me ha dicho Silvi).
Daniela suelta un bufido que deriva en una risa seca.
Es una pena que me pierda esa imagen, porque, desde la pandemia, sus risas escasean.
Los turnos en el hospital, las guardias y los recortes camuflados son los culpables de su bajo estado de ánimo.
Pero es que mi prima (como tantas otras) es una enfermera vocacional, de las que sufren por sus pacientes.
Es un asco que, tras los aplausos, no seamos capaces de defender los derechos de nuestro personal sanitario.
—Qué manera más básica de buscar un cumplido —se burla—. ¿Necesitas que tu prima lesbiana te suba la autoestima?
Ahora sí, me pongo la camisa de cualquier manera y corro hasta el móvil para ver su mueca de desdén.
—Sí, lo necesito. —Y adorno el comentario con un guiño.
Daniela quiere resistirse, pero sus labios se curvan en una débil sonrisa. Algo es algo.
—Salíais los dos muy guapos —cede con desgana mal fingida—.
Y sabes que esa no es la cuestión, lo que importa es cómo os estabais mirando.
Conozco todas vuestras miraditas, Álex, nos habéis convertido en espectadoras de vuestro drama.
—Hace una pausa, inclina la cabeza y su pelo corto le roza los hombros.
Empieza a enumerar—: Está la miradita ilusionada, la de decepción, la de tristeza máxima, la intensa mirada de odio, sin olvidarnos de mi preferida, la de indiferencia (que nunca es tal).
¿Existen tantos tipos de miradas? Me ha dado tiempo a abrocharme todos los botones.
—¿Y cómo era esta? —pregunto. Daniela me amenaza con un gruñido digno de un minino. Me siento en la cama y me pongo los pantalones—. No he visto esa foto —me justifico, a pesar de que sé el momento en el que se ha tomado y lo que sentía al mirarla.
—Una de las que vaticinan problemas —sentencia.
Y me alegro muchísimo de no haberle contado que casi la he besado en la terraza de Amalfi.
Eso ha sido una cagada—. Ahora sois amigos, amigos de verdad —matiza antes de que proteste—, y os ha costado mucho llegar hasta aquí como para que volváis con el mismo juego.
—Tiene razón, por eso me callo—. Así que te lo pregunto de nuevo, Álex: ¿Estás seguro de lo que estás haciendo?
¿Tienes claro hacia dónde te lleva esto?
Supongo que podría mentir, pero me he propuesto comenzar a mostrar lo que siento, así que…
—Sí. Y aún no.
Mi móvil vibra con un mensaje de Fabrizio, que me envía la localización de su pueblo.
Me cuenta que está un poco nervioso (o sea, mucho) por la serenata y, luego, me toca los cojones con el tema de mi falsa novia.
«Me gusta», se atreve a soltarme después de la que lio anoche con el comentario del enamoramiento.
Tiene suerte de que Lena se lo tomara a broma.
Lo más gracioso es que mi amigo conoce mi historia de sobra.
«Céntrate en lo tuyo», respondo, antes de levantar la vista de la pantalla y localizar a Lena en la entrada del bar.
Está impresionante.
En los escasos segundos que ella tarda en ubicarme en la barra, me da tiempo a mirarla como no me permito hacerlo cuando estamos juntos.
Me fijo en la melena castaña, suelta y con ondas naturales, en los ojos, de un azul océano, en su nariz diminuta y en sus labios entreabiertos.
Desciendo por su cuello y el escote en pico de su vestido, negro y corto, hasta llegar a las piernas desnudas.
Unas piernas que recuerdo suaves alrededor de mi cuerpo.
—Jo-der —murmuro mientras Lena camina con timidez hacia mí.
—Qué elegante —me piropea.
Y yo tengo que morderme la lengua para no responderle que ella me quita el aliento.
Pero no ahora, sino siempre, desde la primera vez que la vi y me dijo que era una tía maja.
Supongo que mi reacción ante su presencia ha sido la responsable de tantas recaídas, aunque también debería agradecérselo a mi absoluta falta de control cuando se trata de ella.
«Despacio, Álex», me recuerda la voz de Daniela. Sí, esto está yendo demasiado rápido en la dirección equivocada.
—Estás guapísima, Lena.
Ella desliza la mirada por mi camisa y echa un vistazo a los pantalones. Después, observa su vestido.
—Vamos los dos de negro. —Su frente se arruga—. Otra vez conjuntados.
—Pues sí. Qué casualidad. —Sonrío—. Lo mismo estamos conectados. —Antes de decir otra estupidez, me obligo a no posar la mano en su cintura. Lo malo es que termino haciendo un gesto pomposo en el aire para indicarle que podemos irnos.
Malditos nervios.
Caminamos hacia el vestíbulo y, cuando subimos al ascensor, Lena se mantiene a una distancia prudente.
—¿Todo en orden? —pregunto sin andarme con rodeos. Ella asiente con la vista clavada en sus zapatos de tacón—. ¿Has hablado con Uli?
Consigo una pequeña sonrisa.
—Me ha dicho que deje de enviarle mensajes a todas horas, que Paula está bien.
—Me alegro.
Las puertas del ascensor se abren y cometo el error de salir hacia el coche sin esperarla. Aunque lo mejoro cuando abro el vehículo, me meto dentro y trasteo con el GPS para introducir la dirección que me ha enviado Fabrizio. ¿Qué coño me pasa?
La conversación con Daniela, eso es lo que me pasa.
Hasta ahora he actuado por impulsos, pero debo empezar a hacerlo con cabeza.
Lena entra en el coche unos segundos después.
—Lo siento —me disculpo—, volvemos a llegar tarde.
Ella me hace un gesto con la mano para restarle importancia y se pone el cinturón.
Definitivamente, algo le ocurre. La Lena que conozco no habría desaprovechado la oportunidad de meterse conmigo. Pero no quiero presionarla. A veces, necesita espacio para rumiar lo que sea que le preocupa antes de hablarlo.
El trayecto hasta el pueblo de Fabrizio es tan largo que nos da tiempo a escuchar entera la lista de reproducción de canciones italianas que preparé para el viaje.
Dejamos atrás la costa y los limoneros, que son sustituidos por montañas, castaños y olivos.
Una carretera, una autovía, otra carretera y, finalmente, un camino de tierra que, según mi amigo, indica que ya estamos cerca de Capriglia.
Lena disfruta del cambio de paisaje con la frente pegada a la ventanilla, en silencio.
Cuando por fin llegamos y aparco, el sol amenaza con esconderse.
—Fabrizio va a matarme.
Lena no responde, se limita a salir del coche y a seguirme por la minúscula acera mientras obedezco las instrucciones del Google Maps. Empiezo a preocuparme, esto no es normal en ella. Lena nunca se calla lo que piensa o lo que siente, por eso es una de las personas más valientes que conozco.
—Oye, ¿estás bien? —El sonido de nuestros pasos acelerados se mezcla con el borboteo de agua de una fuente—. ¿Lena?
Un suspiro.
—Mi corazón está a punto de salir expulsado por la boca, pero todo bien. —Siento tanto alivio al escuchar un comentario punzante que me río. Como premio, recibo un manotazo—. Hablo en serio —protesta—. Me estoy jugando los tobillos.
Qué desastre, me había olvidado de que lleva tacones.
Me detengo y me giro. Lena apoya el brazo en una pared encalada y respira con esfuerzo.
—Sube. —Le ofrezco mi espalda para que se monte a caballito. Ella duda—. Lena, venga, que a este ritmo no llegamos.
Suelta un resoplido, pero termina cediendo.
La sensación de tener sus piernas rodeando mi cintura, sus brazos alrededor de mi cuello y su pecho aplastado contra mi espalda logra que mi mente se desconecte del presente y se traslade a ese pasado en el que compartíamos caricias y jadeos.
Vale, necesito un segundo para bloquear los recuerdos, las ganas de girarla y… Ufff, ni siquiera sé de dónde agarrarla.
—Peso mucho, ¿verdad?
La miro por encima del hombro y mi nariz roza la suya.
Joder.
«Despacio, Álex», las palabras de Daniela se reproducen en bucle en mi cabeza.
«¿Estás seguro de lo que estás haciendo?
», me ha preguntado en nuestra videollamada.
Y sí, lo estoy, no tengo dudas de lo que siento por Lena.
«¿Tienes claro hacia dónde te lleva esto?
». No, porque ignoro cuál será su reacción cuando, por fin, me sincere.
Mi prima, siempre tan prudente, me ha aconsejado que no me embale antes de hablar con ella y, básicamente, que deje de marear con tanto tonteo. Sus consejos son sabios y, en teoría, debería ser sencillo seguirlos. Sin embargo, la realidad es un poquito más complicada.
Vuelvo a mirar al frente y replico:
—Soy más fuerte de lo que parezco. —Le doy mi móvil, entrelazo mis brazos con sus piernas y procuro no tocar de más.
—Y mucho más engreído de lo que crees, también.
Me río bajito y comienzo a caminar con ella a cuestas, que me va dando indicaciones. «Sigue recto», «gira a la derecha», «trota un poco». Qué graciosilla, aunque, al menos, parece que he conseguido cambiarle el humor.
—¿Sabes? —le digo—. Probablemente lleguemos tarde, pero lo haremos con estilo.
—Sí, con el estilo español de las pelis de los sesenta. —Lena suelta una carcajada cerca de mi oreja y me provoca un cosquilleo, igualito que cuando era un crío y me enamoré de ella.