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16 Lo tenía controlado

Lo tenía controlado

Cuando atravesamos la plaza principal de Ravello, Álex se gira para fulminarme con la mirada. Casi me dan ganas de agachar la cabeza, poner cara de buena e imitar al rey emérito cuando dijo eso de «lo siento mucho, me he equivocado».

Casi.

En realidad, no me arrepiento. La culpa de que tenga que aguantar a Mauro es suya. Si no me hubiera dado ese beso, no estaríamos en esta situación. Aunque, claro, yo he salido mejor parada, mi acompañante es mucho más simpática y me deja disfrutar de la visita.

Este pueblo es una pasada, es como viajar en el tiempo a la Edad Media.

Las piedras antiguas cubren arcos, muros y suelos.

El blanco y el gris se mezclan con el verde profundo de la vegetación, que rodea e invade el municipio.

Pero lo más espectacular son las vistas.

El valle de limoneros se funde con el perfil de la costa y el mar, que hoy tiene un tono azul cobalto.

—Ay, no. —Silvi examina el selfi que acaba de hacerse. Me parece alucinante, pero hasta la cara de asco le queda bien—. Lena, ¿te importaría…? —Me tiende el teléfono y sus bonitos ojos azules, claros como el agua cristalina, parecen hipnotizarme.

No tengo mucho arte, pero accedo y la fotografío en varias poses y capturo la fachada del Duomo de Ravello, el campanario medieval y las macetas de flores que adornan la plaza.

La rubia las revisa, da su visto bueno y, con una sonrisa de felicidad, me hace un gesto con la mano para que ocupe su lugar.

—No hace falta.

—¿Cómo que no? ¡Álex, ven! —Mi ex se gira y casi puedo sentir su alivio al ver interrumpida su aburrida conversación.

No camina hacia nosotras, trota para distanciarse lo más rápido posible de Mauro—.

Porfi, ponte con Lena —le pide, y él se sitúa a mi lado.

Ambos sonreímos a la cámara—. Uy, no. Así no.

¿Qué tal si…? —No llega a terminar la frase, se acerca y nos mueve como a dos muñecos de trapo.

Ahora estamos uno frente al otro, mis brazos rodean su cuello y los suyos, mi cintura—. Mucho mejor.

No opino lo mismo. Para nada. Me temo que he caído en la misma trampa que he tejido. Nota mental: fingir ser pareja no distancia a mi ex, lo acerca de una forma muy peligrosa.

—Si os miráis y sonreís, quedará más natural.

Qué fácil es decirlo.

Silvi se aleja paso a paso, sin dejar de apuntarnos con su teléfono, y yo miro a Álex y sonrío, pero natural natural no queda. Mi ex, sin embargo, parece que lo está disfrutando.

—Das miedo —dice entre dientes, sin perder la sonrisa.

—Tú también —replico de igual forma.

Sus dedos comienzan a moverse en mis costados para hacerme cosquillas y me bloqueo.

Igual que ocurre con determinados olores, hay gestos que, por muy inocentes que parezcan, tienen el poder de transportarte a otro tiempo.

Y yo acabo de trasladarme a esas mañanas en las que Álex me hacía cosquillas para despertarme.

Reacciones indeseadas, casi-besos y recuerdos de cuando estábamos juntos… Esto no va bien.

Me recompongo y le lanzo una mirada de advertencia. Los ojos de Álex chisporrotean y se acerca para… darme un beso en la nariz.

Eso ha sido tan tierno como innecesario.

Se la devuelvo dándole un leve tirón en el pelo y él contiene una carcajada, redobla su ataque y no cesa hasta lograr que me ría.

De pronto, ya no estamos posando ni fingiendo.

Ambos viajamos al pasado, a aquellas escapadas de fin de semana de un par de jóvenes que sufrían apuros para llegar a fin de mes, cuando, para hacernos una foto juntos, teníamos que dejar la cámara apoyada en cualquier lado, darle al botón del disparador y salir corriendo hasta aparecer en el encuadre.

Una época en la que no solo éramos amigos, sino una pareja feliz que se quería y se miraba como si no existiera nadie más en el mundo.

—Salís monísimos, de verdad. —La voz de Silvi logra que regrese a la realidad. La miro de reojo y compruebo que está centrada en su móvil.

Se acabó la actuación.

Mis brazos resbalan por los hombros de Álex hasta que regresan a su posición habitual. Él, sin embargo, mantiene el agarre sobre mi cintura y sus ojos siguen clavados en los míos.

Ya no se ríe. Y yo tampoco.

—Creo que puedes soltarme —susurro.

Álex asiente con un leve movimiento y parpadea.

—Por supuesto.

De nuevo en el hotel, estoy sentada sobre la cama en plena videollamada de crisis con Gin, que está escondida en el baño y habla en susurros para que Daniela no oiga nuestra conversación.

—Joder, Lena —gruñe—. Me juraste que este viaje no era peligroso, que estaba superadísimo y que solo veías a Álex como un viejo amigo. Eso dijiste, «viejo amigo» —me imita con una vocecita chillona.

—No hablo así —protesto, intentando desviar su atención de lo importante. La verdad es que he elegido bien a quién llamar, no hay nadie mejor para quitarme la idiotez en segundos.

—Explícame lo del beso más despacio —me pide, tirando de paciencia.

Y es lo que hago, darle detalles tontos. Que, cuando se acercó, me temblaron hasta las pestañas. Cómo me miraba. Lo bien que olía. Ese estúpido cosquilleo que sentí. Incluso le confieso que, por un segundo, deseé que lo hiciera. Vaya, que parezco una adolescente.

Gin alza una mano y me pide que me calle.

—Primero, tenéis el historial más ridículo en cuanto a no-besos. Y, segundo, tía, ¿te has planteado que estáis haciendo lo mismo de siempre?

Lo que ella denomina «lo mismo de siempre» es, en realidad, la dinámica que manteníamos antes de romper el contacto.

Básicamente, consistía en que, cada vez que coincidíamos, había una guerra de voluntades, hasta que él o yo nos tirábamos los trastos y terminábamos en la cama.

Podía durar una noche o varios días, pero siempre finalizaba con un Álex arrepentido que aseguraba que nos estábamos haciendo daño.

Por un instante, me cuelo en aquella otra habitación de hotel donde estuvimos juntos por última vez. La luz de la mañana, las sábanas revueltas, el calor de su cuerpo pegado al mío y la desagradable sensación de una verdad que se revela.

Qué tonta fui.

Suspiro y agarro un cojín amarillo para abrazarme a él.

—¿Por qué te crees que me he pasado medio día con su jefe y la novia? —Ella se limita a enarcar una ceja—. ¡Para evitar que pasara otra vez!

Que menudo rato. Mauro se ha pasado la mitad de la excursión tratando de averiguar si Álex viajó a España en 2019. Vamos, que está en plan detective para descubrir la paternidad de mi hija.

—Lena, hazme un favor. —Se recoge un mechón de pelo castaño tras la oreja—. Abre esas fotos que has enviado al grupo.

No las he enviado al grupo, que quede claro, sino a mi sobrino, que ha sido la última incorporación a «Polvos amalfitanos». El muy empanado, en vez de reenviárselas a su chica, las ha mandado al maldito grupo que han creado mis amigos para cotillear sobre mí.

Dejo la videollamada en segundo plano, aparto el cojín y me acerco a la pantalla para ver mejor.

—¿Las estás mirando?

—Sí —reconozco.

Silvi tiene un don, las fotos son preciosas.

En las tres primeras, salimos haciendo el tonto junto a los bustos romanos del balcón de Villa Cimbrone.

El mar Tirreno se extiende por el horizonte mientras abrazamos a las figuras, charlamos con ellas o nos hacemos muecas el uno al otro.

En las dos siguientes, nos encontramos bajo una arcada de piedra, con el atardecer sobre el valle de limoneros.

Álex, situado a mi espalda, me rodea la cintura y yo alzo mi cara hacia la suya.

Y sí, tengo cara de pardilla. Y no, no estaba fingiendo.

¿Lo peor? Que he enviado las fotos más neutras.

Las cierro y regreso con Gin, que tiene el mismo gesto que les dedica a sus pequeños alumnos cuando espera la respuesta más obvia: sus cejas están alzadas y sus labios se curvan en una sonrisita de profe sabelotodo.

—¿Ves cuál es el problema?

Muevo la cabeza de arriba abajo mientras asimilo esta nueva información.

—Estaba convencida de que lo tenía controlado —me defiendo.

Ella me responde con una carcajada tan alta que tiene que taparse la boca con la mano.

A pesar de que puede volverse en mi contra, sonrío.

Desde que Álex me propuso este viaje, nuestras conversaciones han dejado de girar alrededor de los lamentos de Gin por el distanciamiento de Daniela y mis lloriqueos por una vida llena de obligaciones.

—Controlado, ¿eh?

—Lo de disimular —aclaro, que no quiero que se venga arriba—. La atracción física es lo que no está controlado. Pero es normal que exista, ¿no? Álex y yo llevamos acostándonos juntos media vida. El cuerpo tiene memoria y reclama lo que reclama.

—Y tú la última vez que follaste fue antes de tener a tu niña —apunta, como si yo no lo supiera—.

Si es que, Lena, coño, tenías que haber echado un par de polvos antes de subir a ese avión.

—Me habría venido bien, la verdad, aunque ha quedado claro que no dispongo de demasiado tiempo libre—.

¿Te has llevado el Satisfyer que te regalé?

—No —admito con la boquita pequeña—. Me rayé pensando que me iban a abrir la maleta.

—Pues ya le puedes dar a las manualidades.

—Sus dedos aparecen en primer plano, con un movimiento de lo más específico, tratando de darme una lección de cómo debería masturbarme.

Que vale que en los últimos meses ella ha adquirido mucha experiencia con el sexo en solitario, pero eso no se olvida, ¿no?

—. Chica, si es que Toni tiene razón: si te tiras a Álex, vuelves de Italia enamorada. Otra vez.

Del susto, el móvil se resbala entre mis dedos y rebota con delicadeza sobre la colcha. ¿Se ha vuelto loca? Una cosa es bromear sobre la tensión sexual que existe entre Álex y yo y otra muy distinta, mencionar sentimientos que hace siglos que están sepultados.

—¿Lena?

Recupero el teléfono y finjo una mueca burlona.

—Ese grupo es un despropósito —me quejo.

Mi amiga sonríe.

—Toni lo ha cambiado de nombre tres veces. Tengo que reconocer que es muy gracioso.

—«Lena tiene el corazón en la vagina» —recito.

Gin se descojona.

—Con respecto a Álex, sí. El tío te la mete y te atonta. Debe de hacerlo muy bien.

Pues sí, y creo que ha quedado claro que prefiero no recordarlo.

La sonrisa de Gin desaparece y mira fijamente a la cámara.

—Ten cuidado, ¿vale?

Asiento con un ruidito. Ella deja escapar el aire por la nariz.

—Lena, hablo en serio. No dejes que el pasado te joda el futuro.

Qué frase más rotunda y acertada.

—Vale. ¿Algún consejo para controlar ese cosquilleo?

Gin medita su respuesta.

—Cuando vuelva a aparecer, quiero que recuerdes cómo te sentiste cuando Álex se fue.

Al mencionar el día de la ruptura, la segunda y definitiva, mi cuerpo se tensa.