15 Mala madre
Mala madre
Debería dejar de mirar a Álex. Ambos sabemos que su parloteo es solo una herramienta para desviar mi atención de lo que acaba de pasar. Y yo…, yo no sé qué hacer ni qué decir, esto me ha pillado por sorpresa.
Álex da un trago a su bebida y me anima a que beba de mi Aperol Spritz. Obedezco sin rechistar. Estoy que no estoy. Aún siento sus labios sobre mi piel y su aliento cerca de mi boca.
Mi móvil vibra dentro del bolso y, por fin, reacciono. Lo busco, doy con él y respiro aliviada cuando veo que es una videollamada de Uli.
—¡Hola! —saluda mi sobrino—. ¡Qué guapa estás, tía! Italia te sienta bien. —Está sentado en el suelo de su apartamento a lo indio, con sus rizos desordenados. Paula, entre sus piernas y con los ojos bien abiertos, apunta su dedito a la cámara.
—¡Mamá! —exclama, y la alegría y la culpabilidad se funden en un solo sentimiento. ¿Quién, en su sano juicio, abandona a esta preciosidad por un viaje? Deberían retirarme su custodia y enviarme a la cárcel.
—¡Hola, peque! —le devuelvo—. ¿Lo estás pasando bien con el tío Uli?
Mi hija se acerca más a la pantalla y repite «mamá» unas siete veces. Es mi sobrino quien responde:
—Se lo está pasando genial. Hemos convertido el salón en un fuerte del oeste.
—Gira la cámara para enseñarme el montón de cojines apilados alrededor del sofá y la imagen regresa a ellos dos—.
Pau está mejor que en brazos, ¿a que sí?
—le pregunta a mi niña. Ella replica con un «sííí» eterno y se ríe—.
Come bien, duerme mejor y está feliz con su tío favorito.
—Uli la estrecha entre sus brazos y le hace una pedorreta en el cuello.
Paula responde con un grito de emoción—.
No tienes de qué preocuparte —resume con una gran sonrisa.
Les enseño las camisetas que les he comprado y prometo enviarles las fotos que nos hagamos hoy. En algún momento, Álex se asoma a saludar y mi hija lo reconoce y da palmitas.
—¿Quieres decirle algo más a mamá antes de colgar? —le pregunta mi sobrino a Paula. Ella se frota la barbilla, en un gesto de lo más teatrero, y finge recordarlo levantando un dedo.
—Te quero, mamá.
—Y yo, peque. Mucho mucho.
Ella sonríe con ganas y deja ver esos dientecitos minúsculos que pienso atesorar en cuanto se le caigan, como una acosadora.
Cuando finaliza la videollamada, me hundo en la silla. Joder, me siento fatal.
«No lo pienses, vete», me aconsejó mi sobrino cuando le conté la propuesta de Álex.
«Necesitas volver a sentirte una persona», me dijo Daniela.
Ambos tenían razón, mi cuerpo reclamaba unas vacaciones.
Ser madre soltera y dueña de tu propio negocio es agotador.
No hay descansos, ni tranquilidad, ni tiempo para reflexionar.
Había llegado a un punto en el que ya no pensaba en mí, me había convertido en una perfecta (y triste) ejecutora de una lista interminable de tareas.
Lo que ignoraba era que, durante este merecido descanso, iba a sentirme tan culpable.
Álex acaricia mi nuca con suavidad y me sorprende lo rápido que me estoy acostumbrando a recibir de nuevo sus muestras de cariño.
Este gesto, tan íntimo como reconfortante, solía hacerlo con frecuencia cuando vivíamos juntos.
Sus dedos, largos y delicados, trazaban círculos sobre mi nuca cada vez que notaba que estaba tensa.
Era una llamada a la calma, un recordatorio de que me hallaba en un lugar seguro.
Si cerrase los ojos ahora mismo, podría trasladarme a nuestro salón, donde, muy probablemente, habría un par de cervezas frías sobre la mesa y sonaría de fondo un CD de Pereza.
Pero no estamos ahí y Álex ha hecho el amago de besarme.
Recupero la posición en mi asiento y doy otro trago de la bebida naranja.
—Lena, no eres una persona horrible. —Su mano resbala por mi espalda, provocándome un escalofrío.
Apoyo los codos en la mesa y me refroto la cara.
—Lo que soy es una mala madre.
—¿Madre? —inquiere una voz masculina con acento italiano a nuestras espaldas.
Ambos nos giramos.
Mauro, de pie junto a Silvi, tiene los ojos tan abiertos que, por primera vez, me doy cuenta de que el color de su iris tira hacia el marrón barro (o marrón mierda si no eres muy fina).
—¿Tienes un hijo? —quiere saber la rubia, que mantiene un tono de lo más prudente mientras se sientan con nosotros sin esperar la invitación.
Vaaale… Esto acaba de complicarse un pelín más.
—Hija —rectifico—. Se llama Paula. —Le lanzo una mirada rápida a Álex y él me devuelve una mueca. No hemos hablado de incluirla en nuestro plan de hacernos pasar por pareja, lo que confirma lo pésima madre que soy.
—Es una niña preciosa. —Mi falso novio me coge la mano y da un apretoncito—. Como su madre —añade.
—¡Ay, por favor! ¡Ya estás tardando en enseñarme fotos! —Silvi da palmitas, igual que mi hija.
Alcanzo el teléfono, lo desbloqueo y abro una de las doscientas carpetas de fotos de Paula.
Silvi pasa las imágenes a una velocidad sorprendente.
Las amplia, las reduce y se queda con el más mínimo detalle.
Cómo se nota que es de una generación digital.
«Qué cuqui», es lo que más repite, y yo sonrío, porque, a pesar de que siento que he abandonado a mi pequeña, se me cae la baba con ella.
—Tiene tu cara, pero con los ojos oscuros —afirma en la última foto, un primer plano de su rostro sonriente. Silvi levanta la vista hacia Álex.
Ay, joder, lo que me faltaba.
—Quanto anos tiene? —interviene Mauro.
La verdad es que estoy tentada de responder que solo uno, pero me comporto y contesto que mi hija cumplirá tres años en marzo. Él también desvía los ojos hacia su empleado.
Qué momento más incómodo, por favor.
Y no, Paula no es hija de Álex, pero no le voy a contar a este señor que, a veces, los métodos anticonceptivos fallan y que puedes terminar embarazada de un cabrón que desaparece a la primera de cambio, dejándote sola en plena pandemia con una recién nacida.
Álex percibe mi repentina incomodidad y me regala una sonrisa que pretende transmitirme calma. Lo consigue. Siempre lo consigue. Menos mal que este hombre, a pesar de la distancia, sí estuvo ahí cuando más lo necesitaba. No sé qué hubiera hecho sin él.
Comemos los cuatro juntos en una terraza frente al mar, pese a los intentos de huida por parte de mi ex. Es una batalla perdida, ni Mauro ni Silvi están dispuestos a dejarnos ir. El uno porque quiere mantenernos vigilados y la otra porque debe de aburrirse como una ostra con él.
Al menos, las vistas son bonitas y la comida es fantástica. Álex y yo compartimos un plato de Scialatielli cozze e vongole (una especie de linguini con mejillones y almejas) y un tiramisú de los que te hacen gemir (si es que tienes la confianza para hacerlo, que no es el caso).
—¿Y qué vais a hacer esta tarde? —se interesa la rubia.
—A Lena no le gusta tener planes cerrados en vacaciones, ¿verdad, amor? —Álex me guiña el ojo. Respondo con una sonrisa—. Pero sigo manteniendo la esperanza —dice en un volumen más bajo— de que me proponga que volvamos al hotel.
Espera, ¿qué?
Le lanzo una mirada de advertencia y Álex me reta con otra que sé exactamente lo que significa: «puritana». Respiro hondo y él contiene una sonrisa que se refleja en sus ojos.
—Niente de hotel —protesta Mauro—. Andiamo a Ravello.
Me jode reconocerlo, pero era lo que tenía planeado en un principio. Ravello está justo encima de Amalfi y es el único pueblo de la Costa Amalfitana que no tiene salida al mar. Dicen que es precioso y que las vistas son espectaculares.
Sin retirar los ojos de Álex, respondo:
—La verdad es que me encantaría verlo, cari. —Y hago un puchero y todo.
Mi ex sacude la cabeza y alza la vista al cielo. Cree que se me ha ido la pinza, pero nada más lejos de la verdad. Simplemente, no estoy preparada para que nos quedemos a solas. Todavía estoy desconcertada con ese beso que no ha llegado a darme. Y sí, sé lo que hago, estoy buscando carabinas.
Aunque sean estos dos.
—Tú mandas, amor.