14 No es tan difícil
No es tan difícil
Abro los ojos y estoy en diagonal en una cama enorme. Tardo unos segundos en ubicarme. Hotel, Italia, vacaciones.
Alargo el brazo y cojo el móvil. Son las ocho y media.
¿He dormido nueve horas del tirón? No me lo creo.
Compruebo las notificaciones y me quedo más tranquila cuando veo que los veintisiete mensajes que aparecen en la pantalla son de Toni.
Ignoro a mi amigo y escribo a mi sobrino y a Irene para preguntarles qué tal les va.
Ninguno de los dos contesta. Uli porque estará en plena batalla del desayuno con la peque y mi camarera porque es la hora punta en la cafetería.
Dejo el teléfono en la mesilla. Mi amigo puede esperar mientras remoloneo diez minutos más, que anoche ya me hizo el tercer grado.
Pasamos por todas las fases, desde el «¿cómo se te ocurre?
» al «¿vais a compartir cama?», terminando con el famoso «o te lo tiras o lo olvidas».
Si llego a contarle que nos estamos haciendo pasar por pareja, no me deja dormir.
Y que conste que mi viaje no era ningún secreto, pero mantener el contacto con tus amigos en la edad adulta es complicado. Los hijos, la pareja, el trabajo… Con Toni, por ejemplo, hacía más de un mes que no cruzaba palabra.
Toc, toc, toc.
Alguien golpea mi puerta.
—¡Buenos días! —canturrea Silvi—. ¡Hora de desayunar!
Mauro dice añade algo en itañol, pero no lo pillo.
Me muevo con sigilo hacia los pies de la cama y asomo la cabeza más allá del colchón.
—¿Hooola?
Ni respiro. Mi plan es hacerme la muerta hasta que se cansen, lo que ocurre tras cuatro largos minutos.
En cuanto desaparecen de mi puerta, recibo un mensaje de Álex. Me informa que acaban de llamarlo. Que está controlado, dice, y que esté lista a las nueve.
Pues vale. Un marrón menos.
Me incorporo, cruzo la estancia y abro las puertas del balcón. La vista es tal como la imaginé anoche. El centro de Vietri sul Mare está cubierto por una ligera bruma marina, el mar domina el paisaje y un solitario velero navega por sus aguas.
—Ni en mis mejores sueños —susurro.
Me desperezo ante semejante postal y regreso al interior de la habitación. Antes de que me dé tiempo a darle vueltas al cosquilleo inapropiado, al comentario de Fabrizio o a lo poco que le atraigo a mi ex, decido ocuparme y me pongo en marcha.
Me ducho, me pongo el vestido azul y me pinto un poco. Con el colorete y el brillo de labios me apaño, pero con el rímel casi me saco un ojo. ¿Tanto ha pasado desde la última vez?
Bueno, pues ya estoy preparada y me sobran diez minutos. ¡Será la costumbre!
Me siento en la cama y me calzo las Converse blancas.
Compruebo el móvil de nuevo. Uli aún no ha respondido, así que me entretengo con los mensajes de mi amigo.
Toni no defrauda. Tengo el chat lleno de gifs graciosos, de pepinos y de súplicas para que le informe de lo que suceda.
Que quiere fotos, dice, y detalles sucios.
Me descojono, está flipadísimo. Pero la última carcajada se me corta conforme veo que ha creado un grupo de WhatsApp con Gin, Daniela y Cata, al que ha llamado «Polvos amalfitanos», donde hace un breve resumen de la situación.
A su manera, claro. ¿Y cómo se le ocurre incluir a Daniela, si es la principal confidente de Álex? Voy a cargármelo.
Echo un vistazo y leo los mensajes en diagonal hasta que llego a uno que dice textualmente: «Lena tiene el corazón en la vagina».
Toma ya, menuda afirmación. Hay comentarios obscenos por parte de Toni, advertencias de Gin, que insiste en que me centre en los italianos, y frases empoderadas por parte de Cata.
La única que se mantiene en silencio es Daniela.
Estoy a punto de intervenir cuando llaman a la puerta. Esta vez es Álex, que se apoya en el marco en plan seductor. Lleva entre las manos una bandeja con zumos, cafés y bollería con chocolate.
—El desayuno —anuncia con un guiño—. Por ser una chica tan maja…
—Paciente y tranquila —termino por él. Se ve que no solo yo estoy reviviendo nuestro pasado—. Esperaba un poquito más del bufé de este hotel —le pico—. Anda, pasa.
Álex lanza un resoplido irónico y accede a la habitación. Qué morro le echa y qué alegría que venga con esta actitud. Estamos en la misma onda, nada de dramas.
—He hecho lo que he podido. —Deja la bandeja sobre el escritorio y analizo su atuendo: camisa azul, vaqueros y zapatillas blancas.
¿De verdad vamos otra vez con los mismos colores?
—. No quiero que te enfurruñes y te pongas en plan mojigata —me advierte con un tonito burlón—, pero les he dicho a Mauro y a Silvi que seguías en la cama y que ahí era donde pensaba pasar la mañana.
—¿Mojigata?
Álex se encoge de hombros.
—He llegado a esa conclusión después de tu comportamiento de anoche en el ascensor.
—Sonríe con guasa y se repeina el pelo, aún húmedo, dejando al descubierto esas orejas de soplillo que tantas veces he acariciado—.
No pasa nada, todos cambiamos con los años.
Ahora tú eres una puritana y yo un hombre de lo más formal.
—Le arreo un golpe en el antebrazo y se queja como si le hubiera hecho daño.
Qué tontito está—. Tenemos dos opciones —cambia de tema—.
La primera es desayunar rápido y salir de aquí cuanto antes.
La segunda es quedarnos en la habitación durante…
—echa un vistazo a su reloj— una hora para darles tiempo a que se vayan. ¿Cuál prefieres?
Mis ojos vuelan hacia la cama y regresan a Álex.
—Salir de aquí cuanto antes.
Dejamos el coche en el hotel y cogemos el primer ferri a Amalfi. Ya solo el trayecto corta la respiración. Aguas turquesas, montañas verdes, acantilados y pueblecitos de color pastel. El sol brilla en el cielo, la brisa marina nos envuelve y yo no puedo dejar de sonreír.
Al llegar a nuestro destino, Álex me ofrece su mano, que acepto sin dudar. Y así, unidos, recorremos la pasarela que cruza la playa mientras escuchamos el murmullo de las olas y el entusiasmo de los turistas.
La imagen es espectacular. Los edificios de dos y tres alturas, de colores suaves, parecen saludarnos, igual que la torre del campanario, que sobresale un poco más atrás. Al fondo, la montaña escarpada se alza imponente, creando un bonito contraste entre el verde y el azul del cielo.
Ninguna foto que haya visto le hace justicia.
Llegamos a una gran plaza que da entrada al pueblo.
Cafés, restaurantes y tiendas de recuerdos se agolpan en los bajos.
Pasamos de largo y nos adentramos en el centro, a través de una calle ancha adoquinada.
Un negocio que anuncia que vende tabacchi, una tienda de pasta tradicional y adivino una escalinata al fondo.
Sé dónde estamos, en diez pasos entraremos en la Piazza del Duomo y mi corazón se acelera por la anticipación.
Cuando el espacio se amplía, Álex se detiene junto a la fuente de nuestra izquierda. Hay terrazas por todas partes. Tiro de él y le insisto para avanzar un poco más, hasta que nos encontramos de frente con la gran escalinata que asciende a la Catedral de San Andrea.
Mi cabeza se alza siguiendo el recorrido y la respiración se me entrecorta cuando mis ojos se clavan en la fachada de este edificio de diferentes estilos arquitectónicos.
Los mosaicos, los arcos, la combinación del arena, negro y dorado…
He visto miles de imágenes de esta catedral, aunque jamás creí que fuera a sentirme tan diminuta al contemplarla.
Tampoco que mi primer pensamiento fuera que hubiera sido un gran escenario para Juego de Tronos.
Mis ojos se humedecen. Álex suelta mi mano y me rodea los hombros con su brazo.
—Increíble —susurra.
Y sí, estar aquí con él es increíble.
—¿Nos tomamos un Aperol Spritz? —propone conforme salimos de la tienda de regalos.
—¿Ya estás cansado? —le vacilo.
Yo estoy agotada, pero no voy a admitirlo. Llevamos toda la mañana de arriba abajo por Amalfi. Hemos visitado el interior de la catedral, paseado por las calles principales e, incluso, hemos recorrido unos extraños pasadizos.
—Lo decía por ti —me devuelve, y se lleva una mano a la barba recortada y la acaricia en plan interesante.
Me encanta que podamos picarnos y reírnos de nuestras tonterías.
¿La verdad? Empezaba a plantearme si podríamos comportarnos como amigos, pero estas horas juntos han borrado las dudas de un plumazo.
Por mucho que los recuerdos nos asalten, ahora somos dos adultos que han dejado atrás su relación sentimental.
Sin peligro. Entre nosotros solo existe un inmenso cariño e intimidad compartida.
—Podemos hacer una pausa —concedo y, unos minutos después, estamos sentados uno al lado del otro admirando la catedral—.
A pesar de todo, no está siendo tan difícil, ¿verdad?
En la ficción suele complicarse mucho más.
—No menciono que me refiero a nuestra falsa relación, aunque sé que me ha entendido.
Lo que ignoro es por qué está creando esta tensión a la hora de responder. Empujo su hombro con el mío y me mira de reojo. Ni rastro de esa sonrisita juguetona que le encanta llevar como un complemento más de su carisma.
—Lena, deberíamos hablar de lo que ocurrió anoche.
Ah, es eso. Pues no me apetece nada hablar de su negativa a una propuesta que no estaba encima de la mesa.
—Tranquilo, no me tomé en serio lo que dijo Fabrizio —bromeo.
—Me refería al desafortunado comentario que hice y que te sentó mal.
Con toda mi sangre fría, giro la cara hacia él, alzo las cejas y le envío el mensaje mental de que no sé de qué me habla.
En respuesta, él alza las suyas, respira fuerte por la nariz y me deja claro que no cuela.
Madre mía, si es que podríamos hablar sin mover los labios. Qué cruz lo de conocerse tan bien.
—Muy desafortunado —apoyo, obviando el hecho de que sí, me sentó fatal.
—No me expliqué bien, Lena. —Álex se aclara la garganta. Su nuez sube y baja—. Dije que no quería dormir contigo, cuando debería haber dicho que no puedo dormir contigo.
A mí me suena casi igual.
Sin embargo, analizo la frase mientras un músico callejero toca una melodía romántica con su violín. Ante mi cara de incomprensión, Álex suelta una risita desesperada.
—No puedo solo dormir contigo —añade, para que me quede más claro. Y, por si no fuera suficiente con tal afirmación, me lanza una mirada intensa.
Bien, pues ahora sí que lo he entendido.
Trago saliva, atascada en sus ojos oscuros, que transmiten algo antiguo, algo que preferiría no recordar.
Álex clava la vista en mis labios y se acerca, despacio.
Yo no retrocedo.
Mi corazón se detiene y mi mente se desconecta.
Estoy perdida. Mi cuerpo está reaccionando por su cuenta.
Su boca está a escasos centímetros de la mía.
Mis labios se entreabren.
Y en el último momento, cuando estoy a punto de rendirme, Álex cambia la trayectoria y recibo un beso demasiado cerca de las comisuras de mi boca.
¿Qué…? ¿Qué acaba de pasar?