13 El secreto de Álex
El secreto de Álex
Veintiún años antes
—¿Sí? —dije al descolgar el teléfono fijo del salón.
—O no —respondió una voz burlona, la misma que llevaba media hora esperando escuchar.
Chasqueé la lengua y él me devolvió una suave carcajada. Desde la radio de la cocina, Amaia Montero aseguraba que iba a escribir la canción más bonita del mundo.
—Álex, eres un tardón —protesté con una sonrisa boba.
Por aquel entonces, llevábamos cuatro meses juntos, tres de los cuales separados.
Tener una relación a distancia era duro.
Nos veíamos poco, los billetes de tren eran caros y Álex trabajaba muchos fines de semana.
Tirábamos de llamadas, de los SMS e, incluso, quedábamos para hablar por el Messenger. Pero no era lo mismo, claro.
—Lo siento, he tenido bronca con mi hermano. Ha vuelto a llegar a casa borracho. —Me dejé caer en el sofá. Sergio no dejaba de meterse en líos. Álex decía que entendía por lo que estaba pasando y, aun así, no sabía cómo ayudarlo—. ¿Y tu examen? —preguntó, tras desahogarse.
Dejé escapar un largo «pfff».
—Horrible, esa asignatura es imposible. Seguro que suspendo el parcial y, después, el trimestre entero.
—Eres una empollona. Me apuesto lo que quieras a que apruebas.
Cata entró en el salón y me pilló haciéndole burla al teléfono. «Es Álex», le dije bajito, y fue suficiente para que ella se diera media vuelta.
—Tengo muchas ganas de verte, Lena.
Jugueteé con el cable del teléfono.
—Y yo.
—Aún quedan diez días para Nochevieja. —Al escuchar su voz lastimera, se me rompió un poquito el corazón—. ¿Tienes los billetes? Como muy tarde, deberíamos salir de aquí a las cinco para llegar a la casa del pueblo a buena hora.
—Álex, no puedo ir. —Respondió con un «¿qué?» tan triste que tuve que hacer una pausa para continuar—: Mi hermano y su novia solo pueden venir en Nochevieja y mis padres sospechan que van a anunciar que se casan, quieren que estemos todos juntos. ¿Podríamos vernos cuando terminen las fiestas?
Al otro lado de la línea, un denso silencio.
—Había negociado mis turnos para librar en Nochevieja. Espera, déjame mirar el calendario. —Escuché un movimiento de papeles y Álex emitió un chasquido que no auguraba nada bueno—. No, ese finde no puedo, tengo que quedarme en casa y no sé si podré cambiarlo.
¿Quedarse en casa? Evidentemente, no dije nada. No estaba en posición de ponerme borde tras cancelar nuestros planes.
—Si no es ese, puede ser al siguiente —propuse.
—Lena, eso sería casi un mes sin verte.
—O podría ir yo, aunque estés trabajando. Al menos estaríamos algún rato juntos.
—No, por favor. Déjame que lo vea, ¿vale? —Una exhalación—. Te echo de menos, chica maja.
—Y yo, melenas.
Unos minutos después, tras varios «cuelga tú», finalizamos la llamada sin saber que sería una de las últimas conversaciones normales que tendríamos.
Un mes más tarde, me encontraba en aquel tren, rezando para llegar lo antes posible a mi ciudad natal. Entre las manos, mi móvil Alcatel recibía mensajes de Gin. «Está en la UCI». «No les dejan pasar». «Pinta muy mal».
Al otro lado de la ventanilla, distinguí los edificios de las afueras. Calculé que faltaban diez minutos para que entráramos en la estación. Aun así, recogí la mochila del suelo y me puse en pie. Necesitaba sentir que hacía algo, aunque solo se tratara de avanzar hacia la salida.
La sensación de irrealidad me acompañó mientras atravesaba el vagón. Un par de horas antes, recogía mi cuarto para la inminente llegada de Álex, ajena al hecho de que no iba a venir, y ahora era yo la que iba a su encuentro.
Todavía desconocía los detalles.
Daniela me había avisado, vía SMS, que la madre de Álex estaba hospitalizada, pero no respondió a la llamada que le hice a continuación. Tampoco Álex, del que solo había recibido aquel mensaje: «Lo siento, no puedo ir».
Me planté ante la puerta mientras el tren ralentizaba la velocidad. Conté los segundos hasta que se abrió. Quinientos cinco. Y seguí contando mientras salía al andén y avanzaba entre la multitud, hasta que vi a mi mejor amiga esperándome con cara de circunstancias.
—¿Ha sido un accidente? ¿Un ataque al corazón?
Gin me dio un rápido abrazo.
—Tampoco sabías nada —musitó y tiró de mí hacia la salida, donde su coche estaba mal aparcado—. Sube, anda. —Obedecí, confusa, esperando una respuesta que llegó cuando cerramos las puertas del vehículo y Gin, cabizbaja, me dijo—: Lena, la madre de Álex tiene ELA.
Mis conocimientos médicos eran escasos y la única información que poseía de esa enfermedad era que la padecía Stephen Hawking, el científico que hablaba de los agujeros negros.
Pero su madre no podía estar igual de enferma.
Ese hombre iba en silla de ruedas, era incapaz de moverse, de ser autosuficiente y…
Algo en mi cabeza hizo clic.
Las constantes referencias de Álex a la salud.
Sus desapariciones y sus «tengo que quedarme en casa».
Esa época complicada, en la que bebía demasiado.
Los problemas del hermano, que él tan bien comprendía.
La respuesta tan extraña que me dio cuando le pregunté si su madre quería conocerme.
Las fotos en las que ella aparecía triste, rodeada de sus hijos.
Incluso la obsesión que tenía Álex con el presente y su carpe diem.
¿Era posible que mi novio me hubiera ocultado algo tan importante para él?
—No lo entiendo —admití.
Gin me dio una palmadita en el muslo y arrancó el coche.
—Joder, ni yo, pero eso ahora no importa. Tenemos que estar ahí para ellos, ya habrá tiempo para explicaciones. —Puso el intermitente y se incorporó a la vía.
Clavé la vista al frente: a la lluvia del parabrisas, las luces de la ciudad, los edificios que aparecían y desaparecían.
—Tiene ELA y está en la UCI —repetí mientras procesaba la información—. ¿Puede…?
—¿Morirse? —Suspiró—. No lo sé. Dani me habla como si estudiara Enfermería con ella, no pillo ni la mitad. Está intubada, pero no me he atrevido a preguntar.
No dije nada más. Tenía veinte años y no había pisado un hospital en la vida.
Tampoco sabía cómo debía comportarme en una situación como esa.
Cuando mi amiga detuvo el coche y salió de él, me limité a seguirla por el aparcamiento, después por el camino hacia la entrada de Urgencias y, finalmente, por los pasillos blancos del edificio hasta que llegamos a una salita.
—Ahí están. —Gin señaló con la barbilla a un grupo que se arremolinaba en una esquina.
Daniela lloraba abrazada a la que supuse que era su madre. Detrás, un adolescente estaba sentado con el torso hacia delante, abrazado a sus piernas. Arrodillados ante él, Álex y una chica trataban de consolarlo, diciéndole que su madre saldría de esta.
—Ey —saludó mi amiga cuando nos acercamos.
Daniela cambió los brazos de su madre por los de Gin y yo me quedé muy quieta, sin ningún recurso del que tirar.
Jamás me he sentido tan torpe y estúpida.
Fue la madre de Daniela quien se presentó y llamó la atención de su sobrino, que, al girarse, se incorporó igual que si hubiera visto un fantasma.
—La avisé yo —le explicó su prima.
Nunca olvidaré su cara. Desencajado, con los ojos enrojecidos, asustado y aliviado al verme. El instinto de protección guio mi cuerpo, que se vio atraído hacia el suyo, y lo abracé con todas mis fuerzas.
—Siento no habértelo contado —susurró con la voz rasgada y la cara escondida en mi cuello.
No entendía por qué lo había ocultado, pero no podría haberme importado menos. Ver a alguien que quieres roto de dolor es una de las peores sensaciones que se pueden experimentar. Con gusto, habría cargado con parte de su pena si hubiera sido posible.
Álex lloró en mis brazos. Y yo lloré con él. Durante horas, estuvimos esperando noticias. Noticias que llegaron en plena madrugada, cuando creía que mi novio había terminado con su reserva de lágrimas y apareció aquel médico, con el gesto sombrío, para anunciarnos la muerte de su madre.
Entonces Álex se rompió de verdad y se quedó sin corazón y sin voz.
La madre de Álex murió en la madrugada del doce al trece de Enero de 2002 por una insuficiencia respiratoria aguda.
Se llamaba Patricia y había sido diagnosticada con ELA en 1995.
En el momento de su fallecimiento, apenas podía moverse, se alimentaba por sonda y era dependiente por completo.
Sus tres hijos se turnaban para cubrir los descansos de su cuidadora, que costeaba su hermana.
De todo esto me enteré en el tanatorio, por conversaciones que escuchaba aquí y allá y que me ayudaron a comprender mejor a mi novio.
Hasta entonces, pensaba que la nula relación que Álex mantenía con su padre se debía al divorcio, pero, gracias a una señora de rostro afable que hablaba mucho más alto de lo habitual, descubrí que no solo había abandonado a su mujer cuando más lo necesitaba, sino también a sus hijos, a los que había dejado solos ante una situación complicadísima, sin más ayuda que la pensión alimenticia por el más pequeño.
De ahí que Álex buscara trabajos precarios en lugar de centrarse en sus estudios.
Fue la madre de Daniela quien nos contó a Gin y a mí que aquel verano se había ocupado de su hermana para que sus sobrinos pudieran descansar.
Y la conversación derivó (aún no sé cómo) en la primera vez que pensaron que la perdían, aquella noche que la ingresaron de urgencia, la misma que fuimos al concierto de Amaral.
Sobra decir lo culpable que me sentí por echarle en cara que se fuera sin besarme.
El funeral se celebró al día siguiente.
Antes de despedir al féretro, Álex y su hermana le dedicaron unas palabras a su madre.
Ahí entendí que ese carpe diem que había escuchado tantas veces de la boca de mi novio.
Era un consejo que ella les daba cuando aún podía comunicarse.
«Disfrutad de cada momento», les decía, y ellos afirmaron desde el atril que lo intentarían, aunque sin ella el mundo se había vuelto un poco más gris.
Y, después del funeral, todo fue a peor.
Tras la muerte de su madre, nuestra relación se resintió. Álex se encerró en sí mismo y yo no supe llegar a él. Si intentaba que se desahogara conmigo, se quejaba de que lo presionaba o, simplemente, me decía que no quería hablar. Si viajaba para verlo, se mostraba distante.
Todo era difícil, tenso y triste; y la distancia física entre nosotros lo complicó aún más.
Las risas fueron sustituidas por silencios.
El tonteo, por peleas. Los «tengo ganas de verte», por «ahora no puedo».
Y un día, a finales de febrero, Álex se echó a llorar al teléfono y dijo que no podía más.
Pensé que por fin iba a confiar en mí, pero lo que estaba pasando era que estaba rompiendo conmigo.