12 Tranquila, Lena
Tranquila, Lena
—¡Estábamos hablando de vosotros ahora mismito!
—Silvi suelta un gritito adorable y entra en el ascensor.
Mauro, a su lado, nos saluda con un movimiento de cabeza.
Álex sonríe y yo lo imito, aunque nuestras sonrisas son tan falsas como nuestro noviazgo—.
¡Nos hemos despedido tan rápido que se nos ha olvidado organizar la agenda de mañana!
¿Ha dicho agenda?
Las puertas se cierran y el ascensor se pone en marcha.
Solo con echar un vistazo al habitáculo, queda claro quién se siente acorralado.
Álex y yo compartimos una esquina, mientras Mauro y Silvi ocupan gran parte del espacio.
Con disimulo, le lanzo a mi ex una mirada de «ni de coña» que él pilla a la primera.
—Verás, Silvi —le replica—, es que Lena y yo teníamos en mente un plan romántico.
La rubia se sonroja y nos dedica una sonrisita de comprensión. Álex ha estado rápido. Ahora estos dos deben de estar pensando que nos vamos a pasar el día foll…
—Haremos una ruta para visitar los pueblos de la zona —matizo.
Ahora es Álex quien me mira mal.
Las puertas del ascensor se abren en mi planta. Mauro se hace a un lado para dejarnos salir a las chicas primero.
—Ma questa è una occasione per conoscere a los colegas —señala.
Este hombre me impone, así que avanzo y me giro suplicando ayuda a mi falso novio. El muy idiota, en lugar de echarme una mano, niega con la cabeza.
Vamos, que me apañe.
—Bueno, hay tiempo para todo —resuelvo muy a la española; es decir, dando por hecho que ha entendido que dejarlo tan abierto significa que no tengo ni putas ganas.
Pero de forma educada, claro.
Permito que Mauro me adelante y me coloco al lado de Álex, que repite el movimiento de cabeza. Me da la sensación de que la estoy cagando, aunque no tengo muy claro por qué.
—Perfecto, chicos. —Silvi se posiciona frente a su puerta, la abre y nos mira por encima del hombro—. Entonces mañana concretamos en el desayuno, ¿okis? —Acto seguido, desaparece junto a su novio dentro de la habitación.
Ehhh… ¿Qué acaba de pasar?
—Tranquila, Lena.
¿Tranquila? Tranquila estaba esta mañana, antes de coger el vuelo a Ginebra, cuando creía que este viaje me proporcionaría el descanso mental que merecía. Ahora soy lo más alejado a una mujer calmada.
—¿Se puede saber por qué no me has ayudado? —Imito su gesto serio y la negación de cabeza—. ¿Qué coño querías decirme?
—Que dejaras de hablar —responde, como si fuera obvio, desde el otro lado de la cama.
Y no, no estamos acostados, sino sentados en el borde del colchón, cada uno en una esquina.
Ese es el motivo de que me comporte como una loba enjaulada.
En ningún momento hemos hablado de compartir habitación, ambos sabemos que es demasiado peligroso.
Una cama, Álex y yo es una mala combinación—.
¿Y tú por qué les has dicho que íbamos a visitar pueblecitos?
Porque no soporto que alguien nos visualice echando un polvo. Porque cuando eso pasa, inmediatamente lo visualizo yo. Aunque no voy a decírselo, claro.
—Da igual, Lena. —Resopla—. Me quedaré un rato y me iré.
Me repatea lo más grande que esté siendo tan racional.
—Te van a pillar. Lo sabes, ¿no? —le digo, pero no porque quiera que se quede aquí.
Álex contiene una carcajada y me mira de reojo.
—Qué poquito confías en mí.
Bufo y su risa explota.
Mierda, y ahora me río yo.
—Vale. ¿Y qué hacemos con estos dos?
—Mañana les ponemos cualquier excusa y listo.
—¿Como cuál?
—Que nos hemos quedado dormidos, que nos sentó mal la cena o que necesitábamos un poco de intimidad. —Álex sube y baja las cejas. La mirada que le devuelvo detiene el movimiento—. En fin…, que existen muchas opciones.
—La excusa te la inventas tú —le advierto.
—Por supuesto.
Si me dieran una moneda por cada vez que he escuchado estas dos palabras de su boca, sería millonaria.
Hubo un tiempo que me daba tanta rabia que lo asaltaba con un beso para no darle opción a que pusiera la misma cara que tiene ahora.
Su expresión es seria, pero la risa de sus ojos le delata.
Me encanta y lo odio al mismo tiempo. Y hablo del gesto.
Como lo de conocerse no va en un solo sentido, él adivina lo que pienso y sonríe, enseñándome su dentadura perfecta. Está a un tris de echarse a reír otra vez.
—Para —le pido.
Y él… suelta una carcajada. Mira que lo sabía.
—Te lo he dicho y te lo repito: lo más importante para mí es que te sientas cómoda y disfrutes. —De forma inconsciente (creo), echa un vistazo a la cama y suspira. Espero, por su bien, que no esté visualizando…—. Y respira, no quiero dormir contigo.
Asiento, pero, por alguna extraña razón, me siento ofendida. Tampoco era necesario que dejara tan claro que no quiere acostarse conmigo. ¿Qué pasa, que ya no me considera una mujer deseable?
—Será mejor que me ponga el pijama. —Me incorporo, recojo las prendas de la maleta y me meto en el baño. En cuanto cierro la puerta, me apoyo en ella y trato de recomponerme. No me entiendo ni yo.
—Lena —oigo al otro lado—, me he explicado mal. —Espero a que siga, pero lo siguiente que escucho es el clic de la puerta de la habitación al cerrarse.
Se ha ido.
Y yo me quedo con la sensación de que algo se me escapa y de que Álex no está siendo del todo sincero. Aunque, bueno, no sería la primera vez…