Me confundes con otro 11 La cena
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11 La cena

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La cena

Esta es la situación: Mauro, el jefe, me analiza desde el otro lado de la mesa; Silvi, su joven novia española (que se da un aire a Charlize Theron), sonríe, encantada con mi presencia, y Fabrizio, el futuro marido, comenta las maravillas de la trattoria mientras los otros dos (cuyos nombres no retengo) están enredados en una conversación que no entiendo.

¿Y qué hago yo? Mostrar una sonrisa serena y permanecer calladita, siguiendo la estrategia de Cata.

«Nunca permitas que el enemigo huela tu miedo, jamás les des motivos para criticarte».

Quizá sea un pelín exagerado definirlos como «el enemigo», pero la experiencia me ha demostrado que, en situaciones que no controlo, cuanto menos hablo, mayores son las posibilidades de salir airosa.

Doy un trago al vino de la casa y me recreo en el hecho de que voy a cenar en un restaurante típico italiano en Cetara.

El olor a tomate, ajo y pan recién hecho impregna el pequeño local, las mesas están vestidas con manteles de cuadros y hay retratos de Sophia Loren y Marcello Mastroianni por todas partes.

—Lena, ¿cuánto tiempo lleváis juntos Álex y tú? —Silvi se recoge su larga melena rubia en un moño improvisado.

Y sí, acaba de joderme la estrategia.

Mi falso novio, sentado a mi lado, posa la mano en mi muslo con el objetivo de tranquilizarme. Consigue todo lo contrario. Y lo digo por la sorpresa y la zona en cuestión, no porque me haya excitado… ni nada de eso.

—Desde agosto, Silvi —responde Álex por mí—, pero nos conocemos desde hace mucho, ¿verdad, amor?

Ahora soy yo la que dirige la mano a su muslo, aunque, en lugar de devolverle una suave caricia, le doy un pellizco que logra que entrecierre los ojos.

—Verdad, cariñito. —Finjo una risita de enamorada.

Álex me lanza un beso al aire y sonríe.

Por un segundo, me meto tanto en el papel que me embobo.

Álex, cuando está serio, es guapo, es un hecho.

El rostro simétrico, la nariz recta y esos labios proporcionados le otorgan una belleza clásica y elegante.

Pero cuando sonríe… Ufff. Cuando sonríe, su belleza se multiplica por cien y se convierte en un hombre inolvidable.

Madre mía, debería centrarme.

El respiro que necesito me lo proporciona la camarera, que se acerca a nuestra mesa y deja un par de platos con boquerones fritos rellenos de provolone.

—Alici di Cetara —anuncia justo antes de desaparecer.

—Sois muy cuquis —afirma Silvi, entusiasmada.

Su chico, sin embargo, sospecha. No hay más que ver cómo alza esa ceja espesa y oscura.

—Allora…, tuvisteis una relazione, ma no funcionó. ¿Per qué? —Mauro se lleva a la boca un boquerón y se lo come enterito. Lo de hablar castellano se le da regulinchi, pero el tío es un hacha yendo a la yugular.

Álex titubea. No nos ha dado tiempo a inventarnos una falsa ruptura. Cada minuto del trayecto lo hemos invertido en cómo nos habríamos dado una segunda oportunidad. Y, siendo honesta, ha sido demasiado sencillo imaginar los detalles.

—Éramos muy jóvenes —intervengo.

Silvi se coloca la servilleta sobre las piernas y nos dedica una sonrisa comprensiva. Creo que me va a caer bien.

—¡Y os habéis reencontrado! ¡Qué bonito!

Fabrizio, que se ha mantenido atento a la conversación (no como los otros dos, que siguen a lo suyo), sonríe de oreja a oreja.

—Yo ya lo dije. —Alza un solo dedo para darle más énfasis a su comentario—. No me hacías caso, Álex, pero te lo dije.

Quiero sonreír y permanecer calladita (de verdad de la buena), sin embargo, mi boca adquiere vida propia y pregunta:

—¿Qué fue lo que le dijiste?

Fabrizio se pasa una mano por el pelo ondulado. Sus ojos avellana brillan antes de palmearle la espalda a Álex.

—Que seguía enamorado de ti.

Mira, este sí que sabe hablar en castellano. Con cinco palabras, acaba de conseguir que mi corazón se detenga.

Silvi suspira, mi ex me mira de reojo y yo parpadeo con lentitud.

—¡Estaba claro! —continúa Fabrizio con su deje musical—. ¡Álex siempre hablaba de ti!

—¡Oh, el amor! —La rubia aplaude con ganas y Fabrizio la acompaña, montando tal jaleo que los otros dos abandonan su conversación y se unen a los vítores.

El único que no aplaude es su jefe, que está tan bloqueado como Álex y yo.

—¡Un beso! —grita el que tiene el pelo cano. El de bigotito añade algo que no entiendo y todos se ríen menos yo.

—Comportaos como adultos, anda —les pide Álex—, que me la vais a asustar.

—Ya estoy asustada —confieso, logrando una carcajada general.

El resto de la velada transcurre en calma. Fabrizio nos pone al día con la agenda de la boda, Mauro se relaja con las carantoñas de Silvi y los otros dos se muestran más comunicativos. Por suerte, ninguno vuelve a preguntar por nuestra supuesta relación.

Tras despedirnos, le propongo a Álex que nos demos una vuelta.

Y aquí estamos, caminando el uno junto al otro por el paseo marítimo de Cetara, charlando sobre nuestra gran actuación en la cena y riéndonos de tonterías.

Hace rato que hemos dejado atrás las barquitas pesqueras y nuestros pasos nos acercan a la Torre Vicereale, que divide al pueblo en dos.

Saco el móvil del bolso, hago una foto a la torre iluminada y se la envío a Uli. Quiero que vea que, aunque me preocupo, también estoy disfrutando.

—¿Sabías que la construyeron para defenderse de los piratas? —Y este comentario es tan bueno como cualquier otro para evitar que hablemos sobre lo que ha dicho Fabrizio. Es obvio que Álex no está enamorado de mí y prefiero ahorrarnos esa conversación.

Él me lanza una miradita jocosa, tratando de contener una sonrisa. La luz de una farola ilumina la mitad de su rostro y el mar, a su espalda, es tan oscuro y brillante que, si no supiera que este gesto precede a una burla, volvería a sacar mi teléfono para capturar su imagen.

—¿Cuánto tiempo has pasado estudiando estos pueblecitos? —Y ahí está esa sonrisa que intentaba ocultar, la misma que me ha llevado de cabeza media vida.

—Mucho —confieso.

—Eres una empollona, amor.

—Y tú un poco idiota, cariñito.

Sus ojos brillan y se le escapa una carcajada de lo más mona.

—Se me había olvidado lo respondona que te vuelves cuando bebes. ¿Demasiado vino?

Meneo la cabeza de izquierda a derecha mientras cuento las copas que he ingerido. ¿Dos? ¿Tres? Cambio la dirección del movimiento de arriba abajo y siento un mareíllo muy gracioso.

—Estoy bien —mis labios se curvan en una sonrisa vacilona—, peluchín. —Le doy un pequeño empujón.

—¿Peluchín? Lena, me preocupa que el alcohol pueda hacerte volver a las malas costumbres. —Sube y baja las cejas y comprendo que se refiere a vomitar.

Y menos mal, porque había entendido algo totalmente diferente.

—No sufras, he cambiado de hábitos, churri.

El mar ruge, una ligera brisa marina nos envuelve y una canción italiana se escucha a lo lejos. Nos sonreímos.

¿Sabes que a veces no te das cuenta de lo mucho que echas de menos a alguien hasta que vuelves a verlo? Pues algo parecido me está ocurriendo a mí, que de pronto soy consciente de lo mucho que extrañaba tenerlo de nuevo a mi lado.

Mi móvil suena y nuestra tonta burbuja explota. Es Uli, que me envía una foto en respuesta a la mía. Miro la imagen de mi hija dormida, suspiro y se la muestro a Álex, que la contempla con ternura.

—Soy una madre horrible —concluyo.

Él pasa el brazo alrededor de mis hombros y me besa la sien.

—No, Lena, solo eres alguien que necesitaba un descanso.

Que me entienda me hace sentir un poco menos culpable.

—¿Y tú? ¿También necesitabas este viaje?

—Ni te imaginas cuánto.

El resto del paseo lo hacemos en un cómodo silencio. Álex está convencido de que cuanto más tardemos en llegar al hotel, más probabilidades habrá de que no coincidamos con su jefe.

Aunque se equivoca, porque eso es justo lo que sucede.