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cWC
Carpe diem
Veintiún años antes
Cuando tienes veinte años y estás de vacaciones, la medida del tiempo varía.
Las horas se llenan de actividades, sentimientos y anécdotas.
Dos días de experiencias resultan como una semana, una semana parece un mes y un mes, medio año.
Al menos, eso era lo que sentía, que la relación con Álex era mucho más larga que el mes que estábamos celebrando.
Lo nuestro había surgido de forma natural, sin charlas de lo que representábamos el uno para el otro, ni roces para adaptarnos a la nueva situación.
Con Álex había descubierto que la tranquilidad no estaba reñida con la pasión, que las risas en pareja sabían mejor y que la complicidad era afrodisiaca.
Seguía siendo virgen, por si te lo preguntas, aunque esa noche estábamos dispuestos a ponerle remedio.
Álex había preparado una cenita romántica en su casa, aprovechando el último día que su madre estaba fuera de vacaciones.
Para organizarla, había tenido que pedirles a sus hermanos que se largaran, algo que tendría que pagar tarde o temprano.
Las velas, repartidas por el comedor, alumbraban la estancia mientras un CD de baladas sonaba a media voz.
Yo me hacía la dura y me burlaba de sus dotes en la cocina, porque había preparado unos tristes espaguetis con tomate, y él se reía de mis pobres intentos de comerlos sin mancharme.
—Y esto se lo tenemos que agradecer a Toni —dijo cuando terminamos de cenar—. Si no hubiera echado a correr hacia el cuarto de Cata, aún seguirías huyendo de mí.
—Seguramente. —Me levanté y rodeé la mesa hasta llegar a su silla. Álex me entendió a la primera y me dejó espacio para que pudiera sentarme a horcajadas sobre él—. Me tenías despistada, me mandabas señales confusas.
—¿Yo? Venga ya, Lena. Mi prima y Gin se pasaban el día riéndose de mí y de cómo te miraba. —El muy descarado posó las manos en mi culo y me atrajo hacia él.
—La culpa fue tuya. Si me hubieras besado cuando tocaba, habría caído a la primera.
Álex puso los ojos en blanco.
—Ya estamos… Sabes que no te besé porque tenía que irme. Más me jodió a mí, créeme. Aunque, ¿sabes? Fue mejor así. Yo no estaba bien y me habría comportado como un capullo. —Torció la boca—. Lo siento.
Le acaricié el pelo y mi mano descendió hasta su mejilla, donde le di un pellizquito que le hizo sonreír. No le gustaba hablar del tema, pero suponía que aquella época oscura estaba relacionada con lo poco que veía a su padre desde el divorcio.
—Y yo siento haber perdido el tiempo con mis dudas.
—Carpe diem —susurró.
Unimos los labios y las palabras dejaron de ser importantes. Fueron nuestros cuerpos, mucho más hábiles que las bocas, los encargados de transmitir lo que no decíamos por pudor: que estábamos enamorados y nos queríamos con locura.
De la silla pasamos al sofá, donde mi vestido quedó abandonado en algún rincón junto a su ropa. Del sofá nos trasladamos a su cama y, una vez tendida en el colchón, con Álex sobre mí, los nervios me la jugaron y le pedí que parara.
—Yo también necesito respirar —respondió con una sonrisa tierna. Se dejó caer a mi lado y me apretujó entre sus brazos—. ¿Cuánto rato podrías estar abrazada a mí?
Alcé la cara, escondida en su pecho, y nuestros ojos conectaron. Su actitud y la pregunta me sorprendieron tanto que tardé unos segundos en ser consciente de que tenía el novio más mono del mundo.
—Cinco minutos, máximo —le vacilé.
—Yo podría pasarme días enteros. —Para reafirmar su confesión, movió la cabeza de arriba abajo en repetidas ocasiones con una lentitud deliberada.
Pocas veces he tenido tan claro qué hacer. Extendí el brazo hacia su cuello y anclé la mano en su nuca para atraerlo hacia mis labios.
Aquella noche, entre palabras dulces, alguna que otra risa nerviosa y muchas caricias, perdí la virginidad con el que iba a ser el amor de mi vida.
—¿Vamos? —Álex entrelazó nuestras manos y me lanzó una mirada suplicante para que termináramos cuanto antes.
Lo entendía, yo también estaba nerviosa. Mis padres se habían empeñado en conocerlo y ahí estábamos, frente a mi portal, sin que ninguno diera el paso.
—Me cabrea —gruñí—. Ellos toman decisiones sin consultarme y yo tengo que seguir sus normas.
Habían esperado al final del verano para contarme que mi hermana se trasladaba a vivir a la otra punta del país y que habían decidido mudarse para estar cerca de sus nietos. «Nos haremos cargo de los billetes de avión», me ofreció mi padre. «No notarás los cambios», me aseguraron los dos.
Ya, claro, solo iba a perder mi hogar, a mi mejor amiga, mi novio y una vida a la que regresar. Poca cosa.
Álex reprimió una sonrisa. Sabía que estaba entrando en «modo drama» y que tendría que desactivar mi bomba emocional.
Solía hacerlo recordándome que debía centrarme en el presente.
Daba igual de lo que me quejara. «Carpe diem, Lena», me decía, «aprovecha lo que tienes ahora».
Y, a veces, me soltaba un discursito acerca de todo por lo que debía sentirme agradecida: unos padres que me cuidaban, unos sobrinos que me querían y un novio que pensaba en mí constantemente.
Sin olvidar el tema de la salud, que lo nombraba con la misma frecuencia que lo haría un abuelo, no un chico de veinte años.
—A ver, Lena… —Se colocó frente a mí y alzó mi barbilla. Me iba a soltar alguna de las suyas, estaba claro—. Es normal que quieran conocerme porque su hija lleva hablando de mí todo el verano. —Bufé y él sonrió.
—No llevo hablando de ti tanto tiempo, so creído.
—¿Ah, no?
—¡Claro que no!
Su sonrisa se ensanchó.
—Pues la primera vez que te llamé a casa, tu madre dijo: «Así que tú eres el famoso Álex» —y el muy capullo imitó el tonito de mi progenitora.
—Seguro que tú también le has hablado de mí a tu madre.
—Claro —admitió.
—¿Quiere conocerme?
Yo sí sentía curiosidad por conocerla. Había visto fotos suyas de joven y compartía algunos rasgos con Álex. Los mismos ojos oscuros y la misma sonrisa. Sin embargo, en las pocas fotos actuales que había enmarcadas en su casa, transmitía tristeza.
—Le estoy dando largas. —Una sombra cruzó su rostro y lo interpreté como una señal de nerviosismo.
—Estás guapo. —Me puse de puntillas y besé sus labios.
Él tiró de mí hacia la puerta.
La presentación oficial fue mejor de lo que esperaba. Papá no hizo demasiadas bromas ni mamá preguntas comprometidas, aunque el mérito de que saliera tan bien fue de mis sobrinos, que adoptaron a Álex para que jugara con ellos a la Nintendo.
El resto de la semana no fue tan bien. Cada pequeña acción estaba teñida de la nostalgia de las últimas veces. La última partida al parchís con mis sobrinos, el último desayuno en casa con mis padres, el último día de piscina, la última cita con Álex…
La despedida fue difícil y eterna. Ocurrió el once de septiembre, el mismo día que cayeron las torres gemelas en Nueva York. Cada vez que decíamos adiós, uno de los dos se arrepentía y volvíamos a besarnos.
Al final, entre abrazos interminables, nos prometimos que seguiríamos juntos y que haríamos lo imposible por que funcionara.
Aunque no salió bien.
No por la distancia ni por nuestra juventud (que también), sino por todo lo que pasó después y que estaba relacionado con esa sombra que vi en su mirada aquel día.