9 Mezclar realidad y ficción
Mezclar realidad y ficción
Es curioso cómo las costumbres dominan nuestras acciones, incluso las antiguas. Mírame a mí, hace más de una década que Álex y yo rompimos y, sin embargo, no he dudado en sentarme en el asiento del copiloto porque era él quien solía conducir.
—Lo más práctico sería mezclar realidad y ficción. Las mentiras más creíbles son las que llevan algo de verdad —dice mientras dejamos atrás las luces de Vietri sul Mare.
«Sapore di sale» suena en el interior del vehículo y yo tardo una eternidad en responder con un simple «Ajá». Este es el tipo de frase que nos gusta escuchar a las exnovias.
—Al menos, eso dicen —matiza.
Me enderezo en el asiento y decido ignorar el comentario. No tenemos tiempo para hablar de si esa táctica la ha usado conmigo alguna vez. Si vamos a fingir que somos pareja, más nos vale prepararnos.
—¿Y tu propuesta es…?
—Algo simple: noviazgo en la veintena, reencuentro en Navidad y relación seria desde agosto. —Al ver que no digo nada, desvía la vista de la carretera un segundo. Estoy atónita—. Puede que le haya dado una vuelta mientras te arreglabas.
Una vuelta, dice. Si ya se ha inventado una cronología y todo. Aunque… aquí faltan muchos datos, ¿no?
—¿Cómo nos reencontramos y quién dio el primer paso? —Álex cambia de marcha y roza mi muslo con el movimiento. Una de sus comisuras se eleva—. ¿Qué, listillo? Podrían preguntar.
—En un bar y fui yo.
—Qué poco romántico.
—Eso fue solo la primera vez que coincidimos. —Sus dedos tamborilean sobre el volante—. Me dio tanta alegría verte que te invité a un café al día siguiente.
—¿Alegría? Eso suena a que te cruzaste con un amigo, no con el amor de tu juventud.
Tienes que decir algo como que volviste a sentirte vivo, que tenías mariposas en la tripa o que, al verme, te planteaste qué habías hecho con tu vida.
—Contemplo el cielo desde la ventanilla.
Allí arriba hay centenares de estrellas brillantes.
¿De verdad acabo de decir semejante cursilería?
—¿Ah, sí? Pues me gusta, es bonito.
¿Se puede saber por qué narices me estoy poniendo roja?
Giro la cara y agradezco que la oscuridad del coche me proteja de los ojos de Álex. Para mejorar el momento, «Sapore di sale» da paso a «Ti amo», de Umberto Tozzi. ¿Soy yo o todas las canciones de esta lista son románticas?
Álex suelta una mano del volante, la dirige a mis costillas y me da un pellizquito. Lo miro de reojo y me devuelve una de sus sonrisas. Es vergonzoso lo rápido que mis labios se curvan hacia arriba. Joder, soy una floja.
—Podemos contar que hicimos varias escapadas de fin de semana antes de formalizar la relación —propone—. Incluso podríamos decir que fuimos a París.
Mi corazón da un vuelco cuando menciona París, esa ciudad que estuvo maldita para nosotros. Ni recuerdo cuántas veces planeamos visitarla ni cuántos imprevistos nos los impidieron.
¿Lo ha hecho a propósito o no se acuerda?
—Mejor Berlín —replico. Más neutro, menos conectado con nuestra historia—. Uli va mucho con su chica.
—Vale —concede.
Durante unos segundos, la canción llena nuestro silencio. Umberto Tozzi entra en bucle: «Ti amo, ti amo, ti amo…». Tengo que decir algo, lo que sea.
—Si nos preguntan, fuiste tú quien quiso ir en serio. Yo no las tenía todas conmigo.
Álex suelta una carcajada y finge sentirse ofendido.
—¿Y eso por qué?
—Por la distancia. Intuía que iba a ser un problema. —Uy, este dardo se me ha escapado, lo juro.
—Eres un poquito cabrona —responde bajito.
Le doy una palmadita en el hombro.
—Hay cosas que nunca cambian, amor.
Y ahora reímos los dos, como cuando éramos dos chiquillos que jugaban a enamorarse.