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8 Mejor que Jordan Catalano

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Mejor que Jordan Catalano

Veintiún años antes

—MejorqueJordanCatalano es gay —declaró Toni con cierto aire de superioridad.

«Y yo sigo aquí», de Paulina Rubio, sonaba a todo volumen en la plaza mayor del pueblo, adornada con guirnaldas de colores. Abuelos y jóvenes se contoneaban al ritmo de la música mientras esperábamos en la barra a que nos atendieran.

—Eh, yo nunca dije que fuera mejor que Jared Leto.

Mi amigo clavó los ojos azules en el objeto de sus atenciones. Con lentitud, giró el cuello hacia mi cara y alzó una ceja. Vamos, que no hacía falta que se lo dijera, que él ya lo estaba viendo.

Cata y yo habíamos conocido a Toni en la cafetería de la facultad.

Le gustaba dárselas de misterioso y cultureta, aunque, en realidad, era un juerguista.

Gracias a él, mi vida social había dado un giro de ciento ochenta grados.

Si en el famoso botellón lloraba por mi incapacidad para hacer amigos, un año después vivía inmersa en una serie juvenil, un Al salir de clase universitario protagonizado por tres sociólogos, donde Toni era el chico carismático; Cata, la rarita, y yo, la empollona.

—Esta noche pienso demostraros que ese tío —lo señaló con el dedo— comparte acera conmigo.

—¡Venga ya! —protestamos Cata y yo al mismo tiempo.

Miré al chico de reojo. El pelo largo y oscuro le daba un toque rebelde, era mono y tenía ese algo por el que las tías babeábamos.

—¡Está buenísimo! —Toni elevó los brazos al cielo—. ¡A un hombre como ese se le venera de rodillas y con la boquita preparada para…!

—Comérsela —terminó Cata por él, sin apartar sus grandes ojos saltones de la zona de baile.

—Yo habría sido más delicado que la feminista chupapollas, pero debería ser una de las normas de nuestro grupo. —Al percatarse de que Cata no reaccionaba ante el nuevo apodo, zarandeó su brazo—. Eh, ¿y a ti qué te pasa?

—Estoy fascinada con sus amigas. —Hizo un leve movimiento con la barbilla, señalando a Gin y Daniela, que se hacían arrumacos a escondidas a unos diez metros de distancia.

Qué mala idea había sido juntarlos a todos en un mismo plan. Aunque, claro, yo no sabía que el finde que venían a visitarme mis compañeros de piso coincidía con el de las fiestas del pueblo de Daniela.

Toni ignoró el comentario de Cata y volvió a la carga:

—Lena, podemos hacer un trato. Yo no me tiro a la versión superior de Jordan Catalano si te lo tiras tú. —Y sí, se refería a Álex.

Bufé y reí al mismo tiempo.

Mi historia con él era complicada. Tras el concierto y el «casi-beso», habíamos coincidido en varias ocasiones y, en todas y cada una de ellas, el chico de la sonrisa bonita me saludaba borracho para desaparecer después con alguna chica colgada a su cuello.

Había llegado a pensar que esa versión oscura era su verdadera cara, pero Gin me explicó que había pasado una mala temporada.

«Ahora está mejor y le caes bien», me dijo cuando intentaba convencerme de que se uniera a nuestros planes. «Le caes muy muy bien».

La verdad es que habíamos terminado formando un grupo estable en las vacaciones y Álex había vuelto a mostrarse simpático, atento y vacilón.

Durante aquel mes, había descubierto que poseía la habilidad de hablar con los ojos y las diferentes sonrisas que mostraba, lo que me tenía más alterada de lo que estaba dispuesta a admitir.

Y me miraba mucho.

Lo sabía porque yo también lo miraba mucho a él.

El problema era que no me fiaba. Así que ahí estaba, sobrellevando la tentación como podía.

—Toni, no voy a tirármelo. —Y tal vez fuera porque ya había bebido, pero decidí confesar el motivo cuando la música se silenció—. Soy virgen.

A lo que Cata respondió con un:

—Creo que soy lesbiana.

El moreno nos miró a una y a otra.

—Y yo, bisexual, no te jode.

Antes de que ninguno pudiera reaccionar, escuchamos un carraspeo y los tres giramos en su dirección. Era Álex, que se dio mucha prisa por afirmar:

—No he oído nada.

—Te sacaré los ojos y después los machacaré con una piedra —le aseguré a mi amigo, el mismo que tenía de bisexual lo que yo de reflexiva—.

Te rajaré la tripa, de aquí a aquí —le hice una marca imaginaria con mi dedo— y sacaré tus intestinos para hacer chorizos, obligarte a que te los comas y veas cómo…

—Para, para, loca —me cortó—. No tendré ojos, ya me los habrás quitado, ¿no?

—Se ocultó la boca con una mano y murmuró—: Cata, nos ha salido un pelín dramática, ¿verdad?

—Lancé un grito desesperado y Toni puso los brazos en jarras—.

¿Te das cuenta de que no he tenido nada que ver con que mi futuro polvo haya aparecido de repente?

—Déjala tranquila —medió Cata.

Hacía rato que Álex se había marchado, pero nosotros no nos habíamos movido de la barra. Me sentía tan humillada por que hubiera oído mi confesión que lo único que quería era destruir algo o a alguien (a ser posible al tío alto que tenía frente a mí y que seguía bromeando con follárselo).

—Está bien —suspiró Toni—. Pediré unos chupitos a mi futuro polvo número dos y esperaremos a que el alcohol calme a la fiera. —Alzó el brazo y, con el movimiento de un solo dedo, logró que el camarero acudiera y nos sirviera tres tequilas.

—¿Y qué es eso de que crees que eres lesbiana? —quise saber.

Cata frunció el ceño al mismo tiempo que sonreía, un gesto rarísimo que solo le quedaba bien a ella.

—Estoy confusa. ¿Es normal que me ponga al ver a Gin y a Dani juntas?

Aunque pueda parecer lo contrario, medité mi respuesta.

—Tía, la normalidad está sobrevalorada.

—Necesitamos más bebida —murmuró Toni a mi espalda.

Cuando por fin nos pusimos en movimiento, mi amigo le había pasado su dirección de Messenger al camarero y la música pachanguera había dado paso a los grandes éxitos del Caribe Mix. Si no nos dábamos prisa, lo único que bailaríamos serían las cantaditas trance.

Los tres, en fila, y bailando la conga al ritmo de «El gato volador», llegamos hasta donde se encontraban Gin, Daniela y Álex.

No hay nada como unas fiestas de pueblo para intimar y perder el sentido del ridículo. En tan solo cuatro canciones, Cata bailaba con Gin, Toni con Álex y Daniela conmigo. Todos mezclados. Viéndolos desde fuera, nadie habría dicho que mis dos grupos de amigos se habían conocido esa misma tarde.

¿La verdad? No recuerdo mucho más. Las risas, las canciones horteras, los brindis con cerveza…

De lo que sí me acuerdo es que las primeras en irse fueron Gin y Daniela, que tuvieron que llevarse a una Cata semiinconsciente.

También de que Toni me susurraba al oído «o tú o yo» y que ese mensaje siempre iba acompañado de una miradita hacia Álex.

Para su desgracia, el melenas decidió marcharse antes que nosotros, que fuimos los últimos en llegar a casa de Daniela, borrachos como cubas.

—Míralo —me dijo Toni solo con el movimiento de sus labios, cuando abrió la puerta del cuarto que iba a compartir con Álex. Les había tocado el dormitorio con la cama grande, mientras que Cata y yo nos habíamos adjudicado la habitación del fondo, con dos camas individuales.

Álex dormía sin camiseta y, desde el umbral, solo vimos su espalda morena. Aun así, fue suficiente para que los dos soltáramos un suspirito.

—Hasta mañana —se despidió mi amigo—. Y… de nada —añadió y echó a correr por el pasillo. Antes de desaparecer, aún tuvo el valor de girarse—. O te lo tiras, o lo olvidas. Es la primera norma de supervivencia emocional.

Así que ahí me dejó, sola en la oscuridad, con dos opciones para pasar la noche: dormir en el viejo sofá del salón, que estaba de polvo hasta arriba, o echarle ovarios y meterme en la cama con el melenas.

Estaba borracha, ya puedes deducir qué opción elegí.

Durante la noche, no pasó nada, lo juro. Había bebido tanto que debí de caer redonda cuando mi cabeza tocó la almohada.

Sin embargo, al día siguiente, tuve uno de los despertares más absurdos de mi vida. Abrí los ojos y Álex dormía con su frente pegada a la mía. Lo normal habría sido disfrutar del momento o estudiarlo como una acosadora. En cambio, lo que hice fue gritar.

Has leído bien. Grité.

Él también.

Nunca he visto a nadie tan dormido y tan despierto a la vez. Se quedó paralizado, con los ojos oscuros muy abiertos, hasta que el terror dio paso a unas carcajadas tan sonoras y bonitas que no tuve más remedio que reírme también.

Probablemente fue ahí cuando me di cuenta de que estaba mucho más jodida de lo que creía.

Si aterrorizas al chico que te gusta y, aun así, se queda contigo, es inviable que puedas mantener las barreras arriba.

Mucho menos si, cuando termina de reírse, se despeja el pelo de la frente y te lanza ESA mirada.

Fue la primera vez que la vi y se convirtió en mi favorita. Álex bajó la vista a mis labios y fue subiendo, poco a poco, hasta mis ojos. Los suyos transmitían dulzura y un sentimiento más intenso que no supe identificar. Después llegó la timidez y una pequeña sonrisa que quise besar de inmediato.

—¿Fue un impulso o hay una historia que explique que estés en mi cama? —Su voz ronca me erizó la piel.

Estuve a punto de responder que, simplemente, era lo que tenía que pasar. Y la clave está en ese «a punto», porque en el microsegundo que dudé, fui consciente de mi aliento apestoso y mi olor corporal.

—Voy a levantarme. —Suspiré. ¿Dos casi-besos con el mismo chico? Venga ya, no era justo.

—Es demasiado temprano.

—Pero necesito una ducha y un café.

Álex dejó escapar una larga exhalación.

—Me apunto.

Un rato después, limpios y vestidos, trasteábamos por la vieja cocina para preparar el desayuno. Nos movíamos con cuidado y hablábamos en susurros, ya que el silencio de la casona indicaba que nuestros amigos seguían dormidos.

Álex encontró la cafetera en uno de los armarios y yo averigüé dónde estaba escondido el azúcar.

Las risitas comedidas y los empujones tontos fueron los protagonistas de este baile en busca de ingredientes.

Si yo abría la nevera, él la cerraba. Si Álex colocaba el café en el embudo, yo me acercaba por detrás y le hacía cosquillas.

En algún momento, subimos la apuesta y comenzamos a imitarnos. Él fingió asustarse por el ruido de la cafetera y simuló un grito silencioso. Yo cogí una fruta y, al mirarla, copié su expresión al despertarse. Y entre juego y juego, terminé atrapada entre la encimera y su cuerpo.

—No has contestado a mi pregunta —me recordó con una sonrisa traviesa. Yo me hice la tonta y fruncí el ceño—. ¿Te metiste en mi cama por impulso o por error?

Aún ignoro cómo pude contestar:

—Ni lo uno ni lo otro.

Él alzó una ceja y, por un segundo, su estrategia de seducción se vino abajo, lo que tardé en relamerme los labios y darle la pista definitiva de que estaba interesada.

—No vas a besarme —le advertí, mucho menos segura de lo que pretendía—. Ya sabes, es complicado. Tu prima, mi mejor amiga… —Había fantaseado con devolverle sus palabras un millón de veces, pero me arrepentí al verbalizarlo. ¿Y si me convertía en la responsable del tercer «casi-beso»?

Él soltó una carcajada, solo una, y dobló las rodillas hasta que nuestros ojos quedaron a la misma altura.

—Por supuesto.

El muy ruin, volvió a lanzarme ESA mirada.

Sus ojos, que bailaban entre mis labios y mis pupilas, emanaban deseo, ternura y un anhelo que parecía haberse acumulado durante mucho tiempo.

—No vas a besarme, Álex —repetí casi sin aliento. Enmarqué su cara con las manos y, despacio, recorté la distancia que había entre su boca y la mía.

El primer contacto fue frágil, un roce de puro reconocimiento.

Sus manos volaron hacia mi cintura y las mías se enredaron en su pelo húmedo.

El segundo, juguetón. Nuestros labios se acariciaron sin prisa, en un pulso invisible para averiguar quién de los dos aguantaría más.

Pero, en el tercero, profundizamos el beso y nuestras lenguas se enamoraron.

—Me lo has puesto difícil, chica maja —dijo sobre mi sonrisa—, aunque estaba dispuesto a esperarte.

El resto del día lo recuerdo como en una nube.

Besos, caricias, miradas tiernas, palabras susurradas y muchas risas.

Álex y yo buscábamos intimidad, aunque nuestros amigos nos rodearan.

Amigos que no dijeron nada al respecto, como si encontrarnos de buena mañana comiéndonos el uno al otro fuera lo natural.

Y desde aquel primer beso, no nos separamos. Al menos, no hasta que se terminó el verano.