Me confundes con otro 7 Qué puñetera casualidad
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7 Qué puñetera casualidad

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Qué puñetera casualidad

Es una pena que ya no haya luz.

—Haremos el recorrido por la costa —me promete mientras Rita Pavone canta «Come te non c'è nessuno».

«Como tú no hay ninguno», traduzco por intuición.

Acto seguido, me regaño. Puede que parezca una escapada romántica, pero este es un viaje de amigos.

Y Gin tiene razón en algo, y es que debería tatuarme la palabra «amigo» en la frente (o en algún lugar donde pudiera verlo mejor) para eliminar esa tendencia a romantizar absolutamente todo lo que hace Álex.

Ya has superado esa fase, me recuerdo.

No costó poco tiempo, además. Si existiera algún tipo de récord absurdo sobre cuántos días (o años) puedes estar colgado de alguien que no está interesado en ti, sería mío.

Cero dudas. Mi foto (con sonrisa bobalicona incluida) estaría en el récord Guinness como la persona que se aferraba a los recuerdos en lugar de a su propia vida.

Bajo el volumen de la radio y me obligo a mantener una conversación trivial.

—Oye, al final no me has contado qué te pareció la chica de Sergio. ¿Es maja?

—Es estupenda. —El rostro de Álex se ilumina con el cariño que siente por su hermano—. Y están coladitos el uno por el otro.

—Cuánto me alegro —digo con sinceridad. Ya era hora de que Sergio tuviera una relación estable que le durara más allá de los tres meses—. Quién sabe, lo mismo es la definitiva.

—Espero que sí —responde con una ilusión contenida.

—Seguro. De aquí a un par de años, eres tío de nuevo.

Álex arruga la frente y se recoloca en el asiento. Durante un minuto entero, espero a que diga algo más, pero él se pierde en sus pensamientos.

Pues vaya chasco. ¿Es cosa mía o estamos tensos de repente?

—¿Cómo es el hotel? —pruebo otra vez.

Álex me mira de reojo.

—¿Tratas de chafarme la sorpresa?

La verdad es que me muero de curiosidad. Lo único que me ha contado de esta primera parte del viaje es que ha reservado dos habitaciones para tres noches en Vietri sul Mare, un pequeño pueblo costero donde se celebrará el convite del enlace.

—Ya lo verás, Lena, estamos a punto de llegar.

El GPS nos guía por una carretera sinuosa.

Álex se concentra en la conducción y yo ejerzo de la peor copiloto del mundo, embobándome con lo poco que veo a través de la ventanilla.

El mar Tirreno bañado por la luz de la luna, los enormes pinos centenarios, las luces escalonadas…

Como otros tantos municipios de esta zona, Vietri sul Mare parece estar incrustado en la ladera de la montaña.

—¿Sabes? Estoy nervioso —confiesa—. Mucho.

Mi cabeza no concibe que vayamos a pasar cinco días juntos después de…

¿cuántos años? ¿Tres? ¿De verdad eres real?

—Despega la mano del volante y me toca el brazo, el muy payaso—.

Pues sí, eres de verdad. —Una mirada fugaz, una sonrisa tímida—. Hola, chica maja.

—Hola. —Mi sonrisa se hace eco de la suya—. Para tu información, yo también estoy nerviosa.

El resto del trayecto lo pasamos recordando momentos de nuestras videollamadas, tratando de reconciliar la imagen que veíamos a través de la pantalla con la persona que tenemos delante.

Nos reímos de sus intentos culinarios (a cual más desastre), de aquella conversación sobre la vida en otros planetas que me provocó pesadillas y del pijama horrendo que me obligó a tirar porque tenía cien agujeros.

De alguna forma, funciona y el ambiente entre nosotros se relaja.

—¿Un cinco estrellas? —le pregunto al llegar al hotel—. ¡Quedamos en que reservarías un hotelito mono y económico!

Álex pone cara de inocente.

—Bueno, es mono, ¿no?

Más que mono es impresionante, destila lujo en cada rincón. Techos altos, ventanales enormes y decoración mediterránea.

—Y caro —protesto.

—Práctico —rebate—. Es el mismo hotel donde se celebrará la boda. Y no quiero que te preocupes por el dinero, ¿de acuerdo? —Hago una mueca y él responde con un bufido—. Lena, ¿de verdad tengo que recordarte todas las veces que me ayudaste a mí? Déjame mimarte un poco, ahora que puedo, ¿vale?

No es la primera vez que me dice algo parecido, la putada es el efecto que provoca. Algunos lo llaman burbujitas y los más prácticos, ansiedad. Yo lo denomino el «Efecto qué mono», del que no estoy tan inmunizada como creía.

En el ascensor, mando otro mensaje a Uli para avisarle de que hemos llegado bien. Él responde con un emoji sonriente y me envía un par de fotos en las que Paula juega con nuestro gato.

Y ahí está otra vez: el pinchacito de culpabilidad.

A pesar de mis protestas, Álex se baja en mi planta y me acompaña a la habitación.

—¿Qué te parece? —se interesa.

Ante mí, se encuentra una elegante estancia de veinte metros cuadrados con una cama en la que podrían dormir tres personas. Todo es blanco, excepto los cojines amarillo limón.

—Me encanta, pero… —Antes de que pueda decir nada más, me anima a que mire por la ventana. Cruzo la estancia para descorrer unas pesadas cortinas, que van del techo al suelo. Al otro lado, hay una pequeña terraza con vistas al mar—. Madre mía, Álex.

—Lo sabía. —Me da tiempo a girarme y ver cómo su sonrisa se ensancha y se forman esas arruguitas alrededor de sus ojos.

Putas arruguitas. Le quedan demasiado bien.

Sin pensármelo, avanzo hacia él y le rodeo el cuello con los brazos.

Álex me corresponde y me achucha con fuerza.

Mi cara está pegada a su pecho, su barbilla se apoya sobre mi cabeza.

Pero es un abrazo amistoso. Si apenas cabe un alfiler entre nosotros es porque hay confianza.

Y si se alarga más de lo debido es porque estoy intentando ablandarlo para que me deje pagar una parte.

Aunque lo único que consigo es que Álex se ría con cada opción que le ofrezco y que la vibración de su cuerpo me provoque una amplia sonrisa.

—Será mejor que me vaya —murmura antes de romper el contacto. Retrocede un par de pasos—. ¿Puedes estar lista en media hora?

—Y me sobra tiempo.

—¿Veinte minutos, entonces? —Asiento varias veces. Demasiada intensidad. O nervios. O qué sé yo—. Perfecto. —Álex abre la puerta de par en par y se gira—. Oye, ¿iba en serio lo de hacernos pasar por pareja?

—He dicho que me lo pensaría.

Me dedica una miradita que podría traducirse como: «no tenemos mucho margen».

No sabe cuánta razón lleva, porque, en ese mismo instante, la puerta de la habitación de enfrente también se abre y un hombre bajito y fornido cruza el umbral.

Su cadena de oro resplandece bajo la intensa iluminación del pasillo.

Su jefe.

Nuestras reacciones no tienen desperdicio. Álex se tensa, tira de mi sudadera y se engancha a mi cintura. Yo suelto una carcajada inoportuna y apoyo la cabeza en su hombro.

Mauro nos observa.

—¡Qué coincidenza!

Qué mala suerte, más bien.

Mientras Álex se ducha en mi baño (¡en mi baño! ¡desnudo!), camino de un lado a otro de la habitación. Menuda pillada la de su jefe y qué puñetera casualidad que su habitación esté frente a la mía.

En cuanto hemos cerrado la puerta, Álex se ha descojonado durante cinco minutos seguidos.

Yo también, y no porque considerara que fuera gracioso, sino porque me resulta imposible no reírme con él.

Le he dejado claro que no era divertido, pero Álex ha soltado otra carcajada y me ha respondido que, mientras decidía si quería ser su novia falsa o no, necesitaba darse una ducha.

El ruido del agua cesa y, poco después, la puerta se abre.

—¿Estás visible? —pregunta sin asomarse.

Le respondo que sí con un ruidito, porque mi garganta (vete a saber el motivo) ha decidido contraerse justo ahora—.

Me he dejado la maleta fuera —admite, avergonzado—.

¿Prefieres pasármela y que me vista aquí o que salga para que puedas utilizar el baño?

Si fuera por mí, te dejaría entrar. —Suelta un resoplido.

Sonrío—. Sabes lo que quiero decir y te estás riendo a mi costa, ¿verdad?

Un poco sí.

Invoco a mi parte adulta y le digo que salga tal y como está. Es lo más práctico. Pero, en cuanto lo hace, clavo la vista en el suelo hasta que me encierro en el baño.

Me doy la ducha más veloz de la historia y me visto con lo primero que pillo, unos vaqueros y una camisa blanca. Sobria y formal, perfecto para una cena con desconocidos. Mi sorpresa es mayúscula cuando salgo del baño y me encuentro a Álex sentado en la cama vestido igual que yo.

¿El universo trata de decirme algo?

—¿Qué has decidido? —Álex luce una de sus sonrisitas preferidas, esa que dice que es un poco canalla, pero que se puede confiar en él—. ¿Quieres hacerte pasar por mi novia o ser esa amiga con la que me ha pillado mi jefe en la habitación?

—Eres un poquito imbécil.

Se encoge de hombros, sin dejar de sonreír.

—Hay cosas que nunca cambian.

—Novia —decido de pronto, aunque tendría que haber añadido el adjetivo «falsa», ¿verdad? Mal por mí.

—Pues la cena es en Cetara y tenemos quince minutos para inventarnos una historia. —Se incorpora y se dirige hacia la salida. Cojo mi chaqueta de cuero negra y lo sigo.

—Claro, la nuestra no sería creíble.

—¿Qué parte? —Me lanza una mirada juguetona mientras abre la puerta y la sostiene para que pase—. ¿La del día que nos conocimos? ¿La noche del concierto? ¿O cómo nos enamoramos?

—En realidad, me refería a toda la historia en general.

Porque veinte años dan para mucho. Álex no solo es mi primer amor, también fue un amante ocasional en la treintena y, desde la pandemia, uno de mis mejores amigos.

Salgo de la habitación en el mismo momento en el que mi móvil me avisa de que he recibido un mensaje. Echo un vistazo.

Toni

¿Qué haces en Italia con MejorqueJordanCatalano?

Ay, Toni, y yo qué sé.