6 El concierto
cHK
El concierto
Veintidós años antes
Dos meses después del botellón, todavía me avergonzaba. Contarle las penas al melenas había sido estúpido. Ponerle ojitos porque sus consejos me parecieron maduros, surrealista. Pero que deseara besarlo, segundos antes de que apareciera la pelirroja, había sido patético.
Estaba nerviosa. Era la primera vez que iba a coincidir con Álex desde entonces. Y mis nervios aumentaban de intensidad por el hecho de estar esperando sola en la puerta de aquel local.
Quedar era la parte que más odiaba de cualquier plan.
Antes de que todos tuviéramos teléfonos móviles, si acudías al punto de encuentro solo y en hora ya te podías dar por jodido.
Estabas castigado, sin poder moverte del sitio, hasta que llegaran los demás.
Como yo, que me encontraba junto a medio centenar de personas que estiraban el cuello para localizar a sus amigos. Éramos como avestruces en un corralito.
La situación empeoró cuando el segurata se quejó de que estábamos haciendo un tapón y tuvimos que desplazarnos hacia la izquierda, a pasitos cortos, en un movimiento que parecía coreografiado.
Me puse de puntillas y miré por encima del hombro del gigante que tenía delante.
No, por favor.
Álex —con unos vaqueros ajustados, camiseta blanca y una bandolera— cruzaba la calle y venía directo hacia mí. Ni rastro de Gin ni de su novia. En un acto reflejo, me agaché y recé para que no me viera. O mejor, para que no me recordara.
—¿Lena?
Joder.
—¡Lo encontré! —Fingí que recogía algo del suelo, me incorporé y me hice la sorprendida.
Mucho tiempo después, Álex me diría que mi actuación no había salido tan bien como pretendía. Sobre todo porque me quedé con el brazo en alto, mostrándole que no llevaba nada entre los dedos. Él los miró. Yo los miré. Hasta el chico de delante observó mi mano con atención.
—¿Qué…? —Álex hizo el amago de acercarse. En un movimiento veloz, escondí el brazo tras la espalda.
—Ho… la —balbuceé.
—Hola, Lena.
Tía, no le pongas ojitos.
Álex sonrió, tiró de mí y nos sacó de la multitud.
—Gin acaba de llamarme al móvil. Mi prima está enferma y dice que se queda con ella. —Abrí la boca y la cerré. ¿Tenía un móvil? ¡Pero si eran carísimos!—. ¿Entramos?
Presentí que iba a meterme en un lío, pero tenía tantas ganas de ver el concierto de Amaral que respondí con la boquita pequeña:
—Vamos.
—Inventas. —Desde que habíamos entrado al local, Álex defendía con toda su cara dura que no nos habíamos visto tantas veces como yo afirmaba—. Estoy seguro de que lo dices para que me sienta mal.
Deslicé la mirada por la sala para hacerme la interesante.
El concierto aún no había empezado y las luces seguían encendidas.
Estar con Álex a solas era de lo más extraño, pero me gustaba que, de entre todas las cosas que podía haber usado para vacilarme, hubiera elegido la más divertida y la que menos me comprometía.
Podría haber hablado de la borrachera, de las confesiones o incluso haberme picado con las vomitonas.
Pero no, había optado por su falta de memoria.
—No invento. —Di un trago a mi cerveza justo antes de que Álex me atrajera hacia él para no entorpecer el paso. El breve contacto me produjo un cosquilleo que ignoré.
Nos quedamos uno junto a otro, con la espalda apoyada en la pared. La diferencia de altura era considerable. Mi hombro rozaba su bíceps, mis ojos estaban en línea con su clavícula.
—Lena, eres maligna.
—¿Yo? ¡Tú eres el que se olvida de la gente!
—No es cierto.
—Y está feo hacer sentir a los demás que son olvidables.
—¿Olvidable? No creo que exista esa palabra.
—Cuando llegues a casa, la buscas en el diccionario.
Nos retamos con la mirada. Entonces, la música se detuvo, las luces parpadearon y el público comenzó a aplaudir. Ninguno de los dos nos movimos, a pesar de que el grupo estaba a punto de entrar en el escenario. Su sonrisa era pícara. La mía explotaría en una carcajada en cualquier momento.
—Admítelo, Lena, lo haces para torturarme.
—Lo haré cuando reconozcas que tienes un problema de demencia precoz. —¿Estábamos tonteando? Desde luego yo sí y era hora de cortar ese sinsentido—. ¿Dónde te has dejado a tu novia?
Su primera reacción fue hacerse el sorprendido, después se le escapó una risita.
—¿Te refieres a Rox? ¿La pelirroja? Es solo una amiga.
Me habría encantado responder que mis amigos no me metían mano. En cambio, solo atiné a soltar un:
—Ah. —Y luego lo mejoré con un—: Vale.
Pensé en retirar la vista y centrarme en mi vestido o contar las colillas que había en el suelo.
Pero fue Álex quien desvió la mirada hacia el DJ y se llevó el botellín de cerveza a los labios.
Para mi desgracia, sus movimientos empezaban a parecerme hipnóticos, reflejaban la seguridad de ese tipo de personas a las que les importa poco lo que piensen de ellos.
—¿Y tú? ¿Sigues teniendo un novio intermitente? —Su atención estaba centrada en algún punto de la pista, algo que agradecí. La preguntita me había plantado en la cara una sonrisa de boba que no quería que existiera (y mucho menos que viera). Es que, vamos, me faltaba suspirar.
Para redondearlo (y para mi vergüenza), repliqué:
—Víctor es agua pasada.
Él me miró de reojo.
—Mejor.
Debía de estar idiotizándome a la velocidad de la luz, porque, en lugar de cambiar de tema, sonreí hasta que me dolieron los mofletes.
Por suerte, retuve las ganas de reír a carcajadas.
Estaba bastante segura de que lo que Álex había dicho no era gracioso.
Algo me pasaba, pero no quería que me pasase.
El público enloqueció. Amaral estaba sobre el escenario y comenzaron a tocar los primeros acordes de «Voy a acabar contigo». Durante mucho tiempo, pensé que aquello había sido una señal del universo.
Álex me estuvo observando durante el concierto.
Mucho. Lo notaba. Aunque estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no devolverle la mirada.
Había una energía extraña entre nosotros.
Álex me atraía y repelía al mismo tiempo.
¿Era una atracción a lo bestia? No. Lo más probable era que mi cuerpo estuviera reaccionando ante una amenaza.
Cerré los ojos, me concentré en la voz de Eva Amaral, que interpretaba «Cómo hablar», y me sumergí en la música, bailando como si nadie me mirara.
Mentira. Sabía que Álex no apartaba sus ojos de mí.
Los aplausos me indicaron que el concierto había terminado. Desvié la vista hacia Álex, que me indicó por señas que me aproximara a la pared, de donde no se había movido. Me acerqué lo justo y él curvó sus labios hacia arriba, le hacía gracia la distancia que interponía entre ambos.
—¿Te acompaño a casa o nos tomamos algo? —preguntó.
Y yo, que no quería comportarme como una lerda, lo miré como si lo fuera.
Abrí la boca, pero salió un balbuceo. Solté un resoplido.
Me planteé dónde estaba la opción C, esa que me permitía huir de allí, sola.
Y, por fin, cuando mis labios se movieron, susurré un: «A casa», a un volumen tan bajo, que ignoro cómo demonios lo escuchó.
Mi casa estaba a menos de diez minutos del local, pero tardamos más de media hora en llegar.
La conversación fue torpe; los pasos, cortos, y hubo muchas risitas tontas (casi todas mías).
A él le costaba hablar de sí mismo y tuve que arrancarle las palabras.
Yo dije muchas chorradas, de las que después me arrepentí.
El resumen de lo que había averiguado de Álex hasta el momento era:
1) Que tenía una hermana, dos años mayor que él, y un hermano cuatro años menor.
2) Que vivía con ellos y con su madre.
3) Que estudiaba Ingeniería Industrial y trabajaba de repartidor cuando podía.
No era mucho.
Sin embargo, sabía más cosas de él de las que contaba.
Era un chico que aparentaba ir de chulo por la vida, pero, en realidad, era protector, juguetón y algo tímido.
Por experiencia, sabía que no todo el mundo se quedaba contigo cuando estabas borracha.
Y si lo hacían, no desaprovechaban la oportunidad de reírse de ti.
Además, llevaba toda la noche respetando las distancias, algo que entendía que hacía por educación y no por desinterés, ya que seguía mirándome. Mucho.
A cambio, esto era lo que yo le había contado:
1) Que, antes de salir, había reparado mis sandalias con Loctite.
2) Que jugaba con mi sobrino a inventarnos finales alternativos de las películas que veíamos.
3) Que mi hermana mayor me llamaba «el pequeño error de mamá», aunque sabía que me ponía de los nervios.
4) Que me encantaba la música en directo.
No tenía ni idea de cómo había pasado de un tema a otro. Por lo visto, cuando estaba nerviosa, era capaz de decir lo primero que se me pasaba por la cabeza.
Y ahí estábamos, frente al portal de mi casa.
Álex, apoyado en un coche aparcado y yo debatiéndome entre colocarme a su lado, seguir balanceándome como una campana o salir corriendo.
Era la cita no-cita más rara de mi vida.
Quería que se alargara y se terminara, tener su atención y que pasara de mí.
—Lena, no voy a besarte. —Desvié los ojos del suelo y lo miré ojiplática. Los suyos me devolvieron una intensidad que me acojonaron viva—. Eres la amiga de la novia de mi prima. Daniela me cortaría los huevos y…
—¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! —lo interrumpí. Estaba ofendida y halagada al mismo tiempo. ¿Eso era posible? Pues sí—. ¡Eh! —solté una última vez.
Sus labios formaron una mueca.
—Demasiado directo —se reprendió.
—Demasiado creído —rebatí.
—Solo quería explicar que a mí —y enfatizó mucho ese «a mí»— me gustaría besarte, pero no voy a hacerlo.
Me dejé caer en el coche, a su lado, manteniendo una distancia prudencial. No estaba acostumbrada a que me regalasen los oídos y me sorprendió que afectara a mi capacidad motora. Vamos, que me derretía por momentos.
—Claro cristalino —murmuré.
—Perfecto.
—Estupendo.
—Genial. —Respiró hondo.
Eh, un momento. ¿Cuándo se había movido con tanta rapidez? El medio metro de distancia se había convertido en unos ridículos diez centímetros y su cara se alzaba sobre la mía. ¿Iba a mandar su discursito a la mierda? ¿Y por qué, si sabía que era una malísima idea, quería que ocurriera?
Aguanté la respiración uno, dos, y hasta tres segundos. Su mano voló hacia mi mejilla. Mis latidos se desbocaron. Aun así, no me moví, estaba congelada en ese instante en el que todo era posible. Álex miró mis labios y mordió los suyos.
—Carpe diem —susurró.
Decidido: iba a dejar que me besara.
Entonces, su móvil sonó, tan solo un tono, y Álex retrocedió un par de pasos, haciendo estallar la burbuja de imbecilidad.
—Lo siento, Lena —dijo, con la mirada clavada en la pantalla—. Tengo que irme.
La despedida fue breve y bastante seca, pero el recuerdo de aquella noche me persiguió durante mucho tiempo. Sobre todo porque terminé por creer que había sido una ilusión.