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Límites
El vuelo a Nápoles dura poco más de hora y media.
Durante el trayecto, Álex me deja espacio.
No sabe lo que se lo agradezco, ni recuerdo cuándo fue la última vez que disfruté de tanto tiempo en silencio.
Sin embargo, cuando aterrizamos, la tranquilidad desaparece y Álex se empeña en buscar a su jefe para explicarle el malentendido.
—Se habrá ido con Silvi. Su avión llegó hace una hora —comenta cuando no lo encontramos por ninguna parte.
Silvi es la novia española de Mauro, y yo debería haber volado con ella, si no me hubiera empeñado en viajar con mi ex. Aunque, viendo el resultado…
—¿Vamos a coincidir mucho con tus compañeros? —tanteo, cuando llegamos a la zona de recogida de equipajes.
Puede que una pequeña parte de mí se sienta culpable.
En los últimos dos años, Álex no ha dejado de ayudarme, y tengo al alcance de la mano devolverle el favor.
No debería dejar que un estúpido cosquilleo se interpusiera en la relación que hemos construido.
Es normal que reaccione a su contacto después de tanto tiempo.
Mi respuesta es una mezcla de atracción, nostalgia y cariño. Nada más.
—¿Además de en la boda? —Recoge mi maleta y la deja a mis pies.
Después, carga con la suya y avanzamos hacia la salida—.
Los veremos en la cena de bienvenida de esta noche y en la serenata, que será mañana.
El resto del tiempo estaremos solos. Y tras la boda, también.
—Sorteamos a un grupo de amigos y doblamos a la derecha en la rampa de llegadas, donde se amontona una multitud de caras expectantes—.
Los alquileres de coches deberían estar por aquí.
He hecho la reserva por internet, porque vamos un poco justos de tiempo.
Localizamos el stand y nos ponemos a la cola.
—¿Puedo pensarlo? —Álex entrecierra los ojos y su sonrisa vuelve a hacer acto de presencia.
Esta vez tiene un matiz de incredulidad—.
A ver, no sería para tanto —reflexiono en voz alta—.
La gente de nuestra edad no demuestra su afecto en público (al menos, no de la forma que me haría sentir incómoda), y, digamos lo que digamos, creerán que somos pareja.
—Enarca una ceja, intrigado—. Además, podríamos poner normas.
—¿Estás segura?
Para nada.
No hay ni una sola historia con el cliché de pareja falsa en la que, al final, los protagonistas no hayan confesado la verdad. Tampoco en la que no se hayan enrollado, aunque esto mejor ni me lo planteo.
—¿Qué normas? —Le divierte, no puede negarlo.
—Límites —le aclaro—, para hacerlo más fácil.
Cruza los brazos y ladea la cabeza. Esa sonrisita de labios apretados se me clava en el pecho. Me está desafiando y yo acabo de retroceder a los dieciocho.
—Ajá. —Es lo único que responde.
—Cogernos de la mano y abrazarnos estaría permitido, por ejemplo.
—¿Besos? —me reta.
—Castos.
—¿Caricias?
—Igual de castas.
—Por supuesto.
—Pero nada de motes cariñosos —le advierto.
Álex arruga la nariz, en un gesto que parece decir que acabo de estropearle la diversión.
—¿Podemos negociarlo?
—No.
En el mostrador, una chica nos indica que es nuestro turno. Álex entrelaza nuestras manos y avanza. En el último momento, me guiña el ojo con el mismo descaro que años atrás.
—Amor, dame tu documentación.
La madre que lo parió.
A veces, me gustaría viajar en el tiempo y advertir a aquella Lena de dieciocho años que no vaya a ese concierto, que, aunque ella no lo sepa, es una trampa de la que no hay salida.