Me confundes con otro 4 Lo imposible
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Lo imposible

Veintidós años antes

La siguiente vez que vi a Álex fue cinco meses después de Nochevieja, en el cumpleaños de Daniela.

Un par de semanas antes, Gin seguía afirmando que su amor era imposible.

Y yo, en plan profunda, solía responderle que, a veces, lo imposible sucedía y que hechos que considerábamos improbables se convertían en una realidad.

No había más que ver la clonación de la oveja Dolly o el noviazgo de Marujita Díaz con Dinio.

Al final, resultó que llevaba razón, porque Gin y Daniela acababan de empezar a salir.

Así que ahí estaba, caminando con mi mejor amiga por un parque a oscuras, en busca de un maldito botellón entre cientos, mientras trataba de hacerme a la idea de que iba a pasar la noche entre desconocidos, una pareja feliz y un melenas tocapelotas.

—¡Gin! —Daniela, junto a un pequeño muro de piedra, alzó el brazo y echó a correr hacia nosotras. Cuando nos alcanzó, se colgó del cuello de su chica y le dio un intenso morreo.

Sus amigos aplaudieron. Y yo… sonreí a la nada, esperando que alguien se apiadara de mí y se acercara a saludar. Lástima que se animara el único tipo al que no quería ver.

—Tú debes de ser Lena, ¿verdad? Soy Álex, el primo de Daniela.

Estupefacta, recibí dos besos en las mejillas.

—Es la tercera vez que nos vemos —siseé.

—Me confundes con otro —replicó, y se quedó tan ancho.

Abrí la boca y la cerré al escuchar que Daniela estaba presentando a sus amigos. Pijos con camisas de marca se mezclaban con hippies con rastas y poperos que llevaban camisetas de Blur.

—Lena, ¿te importaría si…? —La cumpleañera me miró con ojitos de cordero degollado y suplicó un permiso silencioso para desaparecer con mi mejor amiga.

—Claro, sin problema.

Y así, en menos de cinco minutos, me encontré en el peor escenario posible: a solas con un melenas que no se cansaba de vacilarme.

Álex sonrió ¿con timidez? y me tendió un vaso con hielo. Pero yo no estaba dispuesta a dejarlo pasar.

—Estuvimos juntos en Nochevieja.

—De esa noche recuerdo poco. ¿Qué bebes? ¿Whisky, ron, vodka? —Señaló varias botellas sobre el muro.

—También nos vimos la noche anterior, cuando trajiste una pizza a mi casa. —Ahí capté su atención.

—¿Es una broma de mi prima?

—Ehhh… Nop.

¿Me estaba tomando el pelo?

—No sé qué decir —admitió—. ¿Nos liamos o algo así?

Tus ganas.

Pues ya me había cabreado.

—Joder, ¿no sabes ni con quién te lías? —Le vi intención de responder, y alcé la mano para interrumpirlo—. Mira, Álex… Era Álex, ¿no? Tampoco me interesa. Ponme un ron con cola y desaparezco de tu vista para que también puedas olvidar esta conversación.

Parpadeó una, dos y hasta tres veces.

—Vaya mala hostia que te gastas.

—¿Yo? —Me apunté el pecho con el dedo—. Soy la persona más maja, tranquila y paciente que conocerás en tu vida, chaval.

—Me estoy dando cuenta. —Sus labios se curvaron en una sonrisa torcida—. Oye, ¿te comportaste igual las otras veces que nos vimos?

—Nunca lo sabrás. —Extendí el brazo y meneé el vaso para que lo rellenara. A él se le escapó una risilla incrédula.

—Te voy a decir una cosita, chica maja. —Dio un par de pasos en mi dirección y se quedó a palmo y medio de mi cuerpo.

Levanté la barbilla y me mantuve en el sitio, no iba a dejarme intimidar.

Sería más alto y chulo, pero había conseguido cabrearme de verdad, y yo cabreada podía dar mucho miedo.

La mirada de psicópata, ya sabes—. No soy tu camarero, ¿vale?

Si eres maja conmigo, seré majo contigo y te serviré esa copa.

Pero si te comportas como la niña de El Exorcista, te la pones tú solita.

¿Qué puedo decir? Tenía razón.

Puede que fuera mi cuarta copa, quizá la quinta. El alcohol ya debería haberme ayudado a desinhibirme, pero, hasta ese momento, mis logros eran:

1) Sentarme en un banco con tres hippies.

2) Sonreír cuando ellos reían.

3) Responder a cualquier cosa que decían con frases estúpidas como «ya ves».

Dirigí la vista hacia el cielo y distinguí dos estrellas entre las copas de los árboles. ¿Me estaba meando?

—¿El baño? —pregunté a nadie en particular.

Las risotadas de mis compañeros de banco me recordaron que estaba en un botellón y la gente meaba donde podía.

La chica de la melena de rastas me señaló una zona oscura y se ofreció a acompañarme.

Rechacé la oferta y me incorporé como pude.

Estaba mareada, aunque eso no impidió que caminara en línea recta hasta que encontré un arbusto.

Tras comprobar que no había nadie alrededor, luché contra mi pantalón, me coloqué en cuclillas y puse el culo en pompa.

Tenía tanto líquido en mi organismo que me dio tiempo a vomitar.

Y menos mal que había venido sola, porque la escenita era patética.

—Chica maja, ¿todo en orden?

El universo me odiaba.

Aún en cuclillas, me subí las bragas y lo busqué en la oscuridad. ¿Me había visto?

—Te juro que no he visto nada —dijo—. Aunque algo he oído.

Mierda, mierda, mierda.

Localicé su perfil tras un árbol. Bueno, al menos, había tenido la decencia de ponerse de espaldas.

—Te he seguido —confesó—. Me ha parecido que podrías necesitar ayuda.

Me incorporé de un salto y me abroché el pantalón.

—Estoy perfecta.

—Seguro. —Se rio.

Di un paso atrás, rodeé el arbusto y fingí que no estaba mareada.

—Y no necesito que nadie me cuide —añadí, por si no le había quedado claro.

—Por supuesto. —Álex ladeó la cabeza y su sonrisita irónica se me clavó como un dardo envenenado.

—Podría seguir bebiendo toda la noche —afirmé con más chulería que sentido común.

—Ya, claro.

No hay nada que motive más para hacer una estupidez que sentirse juzgada por alguien que te cae mal. Lo alcancé, lo sobrepasé y fui directa hacia el murete donde se encontraban las bebidas. Álex me siguió.

—Lena, no deberías seguir bebiendo.

Agarré un vaso (el mío lo había perdido) y cogí una botella al azar. Lo llené y le reté con la mirada.

—Te vas a arrepentir —me advirtió.

Sin apartar mis ojos de los suyos, di un trago. La pose me habría quedado de diez si una arcada no hubiera ascendido desde mi estómago, haciéndome vomitar otra vez.

—¿Alguna vez te has planteado que todo lo que creías de ti mismo era mentira?

—Álex, a mi lado en el suelo, alzó una ceja, intrigado.

Llevábamos una hora en la misma posición.

Yo, abrazada a mis piernas, hablaba y hablaba y él escuchaba.

O hacía como que me escuchaba (no lo tenía claro).

Era consciente de que había perdido la dignidad y también de que el alcohol era el responsable de que no pudiera parar.

No me importaba. Con un poco de suerte, tanto él como yo borraríamos esa conversación.

Al fin y al cabo, él ya se había olvidado de mí dos veces—.

Creía que era una chica sociable, ¿sabes?

—continué—. En el instituto me relacionaba con mucha gente, pero ha sido llegar a la universidad…

y no conecto. Así que no, no soy sociable.

—Pero eres maja —apuntó con cierto retintín.

—Maja, tranquila y paciente.

—Y ser sociable solo es una característica.

—¿Me estás diciendo que exagero?

—Un poco. —Sonrió, y su sonrisa se me antojó bonita. Estaba llena de dientes blancos y parecía suave como una caricia. Madre mía, estaba fatal—. Seguro que es efecto del alcohol. Todos hacemos tonterías cuando bebemos de más.

—¿Tú haces muchas tonterías?

—Muchísimas. —Su risa amarga me intrigó.

—Dime una.

—Olvidarme de una chica maja, por ejemplo.

Era bueno, tenía que reconocerlo. Desviaba las preguntas que no le interesaban y, además, tonteaba. El muy bribón me guiñó el ojo y rozó su rodilla con la mía.

—¿Y por qué ahora te cuesta más relacionarte?

Durante un segundo, mi cerebro alcoholizado se planteó mentir, pero llegué a la conclusión de que era un esfuerzo injustificado. Total, qué más daba, ¡si se iba a olvidar!

—No tengo a Gin —respondí en voz baja—. Estos meses me he dado cuenta de que ella era la sociable.

Álex hizo un leve movimiento de cabeza y se retiró un mechón tras la oreja.

—No puede ser tan grave. ¿No tienes amigos en la uni?

—Solo una, y es rara. Se llama Cata, viste siempre de negro y no quiere ir a fiestas.

Ambas nos habíamos sentado en la última fila para pasar desapercibidas el primer día de clase, aunque no hablamos hasta una semana después, cuando fue evidente que no teníamos a nadie de quién tirar.

Sin embargo, estaba convencida de que a ella le habría dado igual haber seguido sola el resto del curso.

Tenía esa aura de loba solitaria, introvertida y con grandes principios, y no se perdía ni una manifestación.

—Parece una chica interesante —comentó.

—Lo es.

—Pero tener un solo amigo es un pelín triste. ¿Hay algún chico?

No entendí el motivo, pero me sonrojé.

—Sí, tengo un novio intermitente.

Álex apretó sus labios en una fina línea horizontal.

—No existen los novios intermitentes. Si no es continuo, es un rollo. —Le debí de mirar mal, porque cambió de tema—. ¿Y algún compañero de piso del que tirar?

—Vivo con mi hermano y ya me ha dicho que me busque la vida el curso que viene. —Ante su cara de sorpresa, añadí—: Es una historia un poco larga.

—Tengo tiempo.

Ignoro si fue la frase, sus ojos (que de pronto me parecían tan dulces como el chocolate) o su actitud relajada, pero mi lengua adquirió vida propia y le conté que mis padres me habían tenido pasados los cuarenta, que era la pequeña de tres hermanos y que había elegido la ciudad donde estudiaba porque era una oportunidad de reconectar con mi hermano mayor.

El problema era que se había echado novia y yo le molestaba en sus planes de vivir con ella.

Lo que me callé, porque aún no lo había descubierto, era que había pasado la mayor parte de mi infancia tratando de demostrarles a mis padres que tenerme no había sido un error; que, en la adolescencia, me había esforzado por encajar con mis hermanos, que me sacaban casi veinte años, y que seguía buscando la validación de los demás.

Álex permaneció en silencio, observándome, hasta que se relamió los labios y el ambiente se cargó de… algo raro.

—Lena… —Que pronunciara mi nombre con ese tono grave y rasgado, me puso la piel de gallina—.

Te has centrado en tu hermano y en esa relación intermitente de la que no quieres hablar.

Esforzarte con tu familia está muy bien.

Lo otro…, no tanto. Imagino que ya lo sabes, pero alguien que te quiere para un rato no te quiere de verdad.

Desvié la vista hacia Gin y Daniela, que no dejaban de dedicarse arrumacos.

—Si aceptas un consejo, te diría que, en lugar de machacarte y dramatizar —me dedicó una sonrisita burlona—, te centres en el presente y lo disfrutes. Eres joven, estás sana y tienes un millón de posibilidades por delante… Aprovéchalo.

No sé qué esperaba escuchar (algo más frívolo, tal vez), pero sus palabras me impactaron, transmitían una madurez de la que yo, obviamente, carecía.

Quizá me había equivocado con él y no era un chulito gilipollas.

—Relaciónate con más gente —me dio un suave empujón con el hombro—, aunque cueste.

Abrirse a los demás es como entrenar un músculo, ¿sabes?

Además, tienes la ventaja de que, de verdad, eres una chica muy maja.

—Sus ojos se centraron en los míos y mi pulso se aceleró—.

Pero deberías sonreír más, y deberías empezar ahora. Con una sonrisa pequeña me vale.

A veces, lo imposible sucedía y hechos que considerábamos improbables se convertían en una realidad. Como muestra, ahí estaba yo, haciéndole ojitos al melenas.