3 Una idea horrible
cAH
Una idea horrible
Es una idea horrible, pienso mientras embarco y me acomodo en el asiento de la ventanilla. También cuando finjo que estoy concentrada en abrocharme el cinturón.
—¿Te he dado ya las gracias por acompañarme a la boda de Fabrizio?
—Álex, sentado a mi lado, me dedica una de esas sonrisas que, en otros tiempos, lograba que me temblaran las piernas.
Los dientes blancos esconden una carcajada, sus ojos brillan y aparecen esas arruguitas nuevas que, por alguna maldita razón, deseo acariciar.
En lugar de responder, me limito a asentir. No hace falta que me agradezca nada, ambos sabemos que este viaje es un favor mutuo. Yo necesitaba un descanso y él no quería asistir solo a la boda de su amigo.
—Pues lo repito: gracias por estar aquí. —Esta vez, lo dice en voz baja, con sus ojos clavados en los míos. Aunque no debería mirarme así.
Ni yo a él, ya que estamos.
Corto el contacto visual y me refugio en el móvil. Tengo más de veinte mensajes de mi sobrino Uli, de Gin y también de Irene, la camarera de mi cafetería, Somos Instantes.
Empiezo por Uli, que se ha quedado al cargo del cuidado de mi hija.
«No te preocupes, lo tengo controlado», dice.
Abro la foto que acompaña al texto y veo a Paula riéndose y jugando con Bao, el oso panda de peluche que le regaló Álex las últimas Navidades.
Joder, ¿estoy siendo una irresponsable o la peor madre del mundo?
Espanto el pensamiento y me recuerdo que necesito un descanso. Funciona (a medias, pero funciona).
Abro la conversación de Irene para comprobar que todo está en orden en la cafetería. «Vigilaré a Uli, estate tranquila. Tú experimenta, que te hace falta». Sería un mensaje precioso si no supiera que, cuando habla de experimentar, se refiere a echar un polvo. En fin…, sin comentarios.
Por último, respiro hondo y me enfrento al mensaje de Gin.
La temo. No aprueba este viaje, por mucho que le haya explicado que lo hacemos como amigos.
«Recuerda que tu proceso de olvido es lento y que puede costarte una década», me escribe.
Qué graciosa. «Mantén la barrera, Lena. Italianos, sí.
Álex, no», añade, convencida de que no me ha quedado claro con el mensaje inicial.
Guardo el móvil en el bolso y desvío la vista hacia la ventanilla. Seguimos en tierra y están cargando el equipaje. ¡Que alguien me explique cómo me he metido en este lío!
—¿Has visto la cara de Mauro? —Álex deja escapar una suave carcajada que, a pesar de mis esfuerzos, me arranca una sonrisa. Acción-reacción: él se ríe y mi cuerpo responde—. Lena, será divertido, ya verás.
«Divertido», dice. Hace menos de seis horas defendía este plan a muerte.
Ir al destino de mis sueños con Álex podía parecer una locura, pero también era una genialidad.
Cinco días a gastos pagados, sin responsabilidades y en compañía del hombre que se ha convertido en mi apoyo incondicional sonaba tan bien que era imposible negarse.
Claro que, si hubiera sabido que acabaría fingiendo ser su novia, me habría quedado en casa.
Joder.
Una azafata cruza el pasillo a toda prisa, un pasajero lucha con su maleta en el portaequipajes y un bebé llora al fondo del avión.
Todo esto ocurre mientras Álex apoya su cabeza sobre la mía, en un gesto cargado de intimidad.
Aunque ignoro cómo soy capaz de registrarlo cuando ese maldito y antiguo cosquilleo hace acto de presencia.
Es pequeño y controlable. Pero indeseado.
Y la situación empeora si confieso que hoy es la segunda vez que lo siento.
El primer incidente se ha producido durante el largo abrazo de nuestro reencuentro, en el aeropuerto de Ginebra.
Ingenua de mí, creía que estaba inmunizada, después de tres años sin vernos y el millón de conversaciones que hemos mantenido a través de la pantalla.
Pero no es lo mismo recibir un mensaje que escuchar su voz, ni ver su imagen que sentir su cuerpo pegado al mío y, desde luego, no es igual hablar con él a través de una videollamada que tenerlo frente a mí, con sus ojos oscuros fundidos de emoción.
No es lo mismo. Para nada.
—¿Sabes? —A pesar de que su cabeza sigue apoyada sobre la mía, sé que Álex está sonriendo. No ha dejado de hacerlo desde que nos hemos visto—. Lena, has tenido una idea brillante.
Ah, ¿que no te lo había dicho? Pues sí, la idea de hacernos pasar por pareja ha sido mía. ¿Que cómo ha ocurrido? Como la mayoría de desastres, ha comenzado con una conversación inocente.
Estábamos en un bar del aeropuerto. Yo trataba de mantener el equilibrio en un taburete. Y Álex, de pie, se quejaba de que Mauro le había obligado a trabajar hasta el último momento.
—Ese hombre te explota —le he dicho, justo antes de dar un trago a la segunda copa de vino.
—Me tiene bien cogido por los huevos, que no es lo mismo.
Álex trabaja como ingeniero de energías renovables en Suiza.
Cubre tres puestos, realiza más horas extras que nadie y, aun así, el italiano se niega a subirle el sueldo.
La solución sería sencilla si mi ex tuviera un nivel alto en francés y pudiera cambiarse de empresa, pero no es el caso, y su jefe lo sabe y se aprovecha.
Reconozco que me cuesta entender sus motivos para quedarse en un país donde no es feliz.
Aunque, claro, él y yo venimos de mundos distintos.
A mí, la vida me ha enseñado que hay cosas más importantes que el dinero.
En cambio, él tuvo que enfrentarse a una situación muy complicada en su juventud.
Supongo que esa es la razón de que yo haya priorizado mis sueños y él, su estabilidad económica.
—¿Y ya está? ¿No se puede hacer nada? —he preguntado, indignada.
—Si te sirve de consuelo, ya está sufriendo un poquito. —Ante mi cara expectante, ha lanzado una sonrisa juguetona—. Fabrizio le comentó que venía a la boda acompañado y, desde entonces, Mauro está acojonado de que lo nuestro vaya en serio.
—¿Cree que estamos juntos?
—Sip.
Entonces he sonreído yo. Como una villana, con malicia. Entendía el temor del italiano. Álex contaba decenas de historias sobre compañeros que renunciaban al empleo para regresar a su país de origen con sus parejas.
Y ahí es cuando la he cagado, cuando me ha dado por soltar una bromita inocente:
—Álex, deberíamos darle una lección. —Podría haberme reído para darle una pista, pero me he dedicado a justificar mi argumento—: Piénsalo, sería facilísimo. Nos conocemos bien y, además, ya lo da por supuesto.
Álex ha soltado una sonora carcajada, sexi y masculina a rabiar, que ha dejado hipnotizadas al par de jovencitas de la mesa de al lado.
—Podríamos hacerlo. —Su sonrisa deslumbrante me ha dejado fuera de juego. O tal vez han sido esas dos copas de vino.
Sea como sea, me he lucido.
Lo peor es que podría haberlo solucionado diciéndole la verdad al italiano. Pero no. He preferido lanzarle la mirada de psicópata a mi ex.
Bravo, Lena.
—Estás muy callada —percibe—. ¿Qué te pasa?
Tamborileo los dedos sobre el reposabrazos, sin saber qué responder.
Desde luego, no la verdad, que estoy cabreada por haberme metido en esta situación.
También aterrada. Ese estúpido cosquilleo es una mala señal, la advertencia de un peligro que creía haber dejado atrás.
No tiene cabida en mi presente ni en nuestra actual relación.
Álex se separa unos centímetros y analiza mi rostro.
—¿Por qué estás cabreada?
Me hago la sorprendida, pero no cuela, así que decido sincerarme a medias.
—Álex, lo de hacernos pasar por pareja no iba en serio.
Sus cejas se alzan.
—Joder, Lena, ¿por qué no me lo has dicho antes?
—Me encojo de hombros y él se lleva una mano a la nuca, que refrota—.
Por eso me has mirado tan mal. Qué idiota, no lo he entendido…
Vale, no pasa nada, podemos arreglarlo. En cuanto aterricemos, hablo con mi jefe.
Para mí, lo prioritario es que te sientas cómoda y disfrutes. Lo sabes, ¿no?
Asiento porque, si hablo, estoy segura de que volveré a liarla. El Álex juguetón puede producirme cosquilleos inoportunos. Sin embargo, su versión protectora tiene la habilidad de provocarme efectos secundarios a largo plazo.
—Lena, voy a preocuparme si no sonríes.
Y yo voy a preocuparme de verdad si sigue mirándome así.
—Con una sonrisa pequeña me vale —añade, al tiempo que el avión se pone en movimiento.
Mi cuerpo responde a esa antigua invitación y mis labios se curvan sin permiso. Estoy reaccionando exactamente igual que años atrás, en aquel cumpleaños de Daniela.