2 Gilipollas
Gilipollas
Veintidós años antes
Conocí a Álex en Nochevieja, en la fiesta de un bar cutre decorado con demasiado espumillón dorado.
Gin me había arrastrado hasta allí porque estaba colgada de un tal Dani, del que no dejaba de hablar.
Y yo había accedido porque, a pesar de que estaba pasando un mal momento, echaba de menos a mi mejor amiga.
—Coño, Lena, ¡ya estás con la mirada de psicópata! —Gin, apoyada en la barra, me apuntó con el dedo.
—No estoy con la mirada de psicópata —murmuré. No quería admitir mi mal humor, provocado por el capullo de Víctor, que había vuelto a dejarme en Nochebuena.
Ella chasqueó la lengua a modo de advertencia. Con ese gesto parecía decirme: «Esta noche es para nosotras, ¿recuerdas?». Asentí y me hice un hueco en la barra para pedir otra cerveza.
—El carnet —reclamó el camarero.
Gruñí y Gin escondió una carcajada. Siempre igual. Mi carita de niña buena y mi escasa estatura solían generar confusión sobre mi edad, algo que a los dieciocho me parecía toda una ofensa.
Extraje el DNI del bolso junto a una moneda de quinientas pesetas y esperé a que el veinteañero tras la barra me diera el visto bueno. Era tan humillante como el incidente de la noche anterior, cuando el imbécil del repartidor de pizzas me había preguntado si mi madre estaba en casa.
La escena habría sido menos bochornosa si no le hubiera abierto la puerta enfundada en un pijama ridículo (a juego con el de mi sobrino, Uli, que, para más inri, estaba a mi lado) y, sobre todo, si no me hubiera quedado agilipollada mirándolo.
En mi defensa, solo podía decir que él era mono y yo estaba ovulando.
Además, llevaba melenita, y cualquiera que me conociera sabía que los chicos con el pelo largo eran mi debilidad.
No recordaba qué le había respondido, pero sí el repaso que él me había dado, de arriba abajo.
Esa miradita sobraba. Tanto como esa sonrisa tan…
tan… ¿irónica? ¿Condescendiente? ¿Chula?
El veinteañero trajo mi consumición mientras Gin se contoneaba al ritmo de «Bailamos», el último éxito de Enrique Iglesias.
La naturaleza le había dado altura, cuerpazo y una melena de leona que insistía en decolorar.
A su lado, yo parecía una niña emo, con el pelo corto teñido de negro y mis ojitos azules hiperdelineados.
Imité su baile con desgana y recibí un empujón del grupo que se encontraba a mi espalda.
—¿Qué hacemos aquí? —me quejé.
Mi amiga clavó sus ojos verdes en los míos. La arruga en el entrecejo y los labios apretados me anunciaron que le había tocado los ovarios a dos manos.
—Lena, joder, que desde que empezamos la universidad nos vemos entre poco y nada.
Llevaba razón, era un efecto colateral de mudarse a más de cien kilómetros. Gin me lanzó una mirada lastimera y yo respondí con un bufido.
—Estamos aquí para estar juntas y porque quieres ver a Dani —repetí sus argumentos con el mismo entusiasmo que un loro—. Sería genial si supiera cómo es —añadí.
Ella sonrió en plan boba y me sorprendí al ver esa cara. La conocía desde los doce y no me acostumbraba a esa nueva expresión. Gin iba por la vida de tía dura, soltaba muchos tacos y, por supuesto, nunca se colgaba de nadie. ¿Sería verdad que el amor tenía el poder de cambiarnos?
—Pues…, es inteligente, brilla con luz propia y siempre me hace reír. —Y usó un tono tan dulce y nuevo como su cara de enamorada.
—Genial. Con esa descripción, lo encontraré enseguida.
Gin ignoró mi pulla y dio un trago a su cerveza.
Comprobé la hora en mi reloj Swatch, pasaban unos minutos de las once y media.
Los primeros acordes de «Ciega, sordomuda», de Shakira, hicieron enloquecer a la multitud.
Entre risas, nos desplazamos lo suficiente como para entregarnos al movimiento de caderas.
Le siguió Ricky Martin, con su «Living la vida loca» y, cuando comenzábamos a estar sin aliento, el DJ se vino arriba y pinchó «Chiquilla», de Seguridad Social, un clásico que nunca fallaba.
A esas alturas, mis pantalones campana se escurrían hacia abajo y el vestido negro de Gin ascendía peligrosamente hacia su cintura.
Con un gesto, acordamos que era el momento de tomarnos un chupito y recuperamos el espacio en la barra.
—¡Hostia puta! ¡Dani está ahí! —Los ojos de mi amiga se dirigieron hacia la esquina peor iluminada del bar—. Joder, Lena, ¡ni se te ocurra mirar!
La curiosidad era más grande que su amenaza, así que deslicé la vista en la dirección prohibida, donde un par de chicas le reían las gracias a un melenas.
¿El imbécil de las pizzas?
—¿Pelo largo y ojos oscuros? —Gin asintió y trató de pasar desapercibida tapándose la cara con una mano.
Un gesto que, por lo visto, creía que la haría desaparecer—.
No es tu tipo —afirmé sin mucho tacto. Y no porque creyera que era un idiota (que también), sino porque a ella solían gustarle los desgarbados con pinta de intelectuales.
—Lo sé —suspiró.
—Y creo que una de sus amigas te ha localizado.
Gin cerró los ojos con fuerza.
—¡Gin! —gritaron desde el final de la barra—. ¡Gin!
—Suena mejor que Virginia, ¿verdad? —Se le escapó una risita histérica—. Lena, ¿te acuerdas que dije que te iba a sorprender? Pues no te asustes, ¿vale?
—Ehmmm… Vale.
Tres bultos se acercaron a nuestra posición y, a pesar de que acababa de afirmar que no me asustaría, fue lo primero que hice al ver cómo el tal Dani (o el pizzero gilipollas) le comía la boca a una pelirroja durante el trayecto.
—¡Hola, Gin! —La chica castaña y menuda que había gritado su nombre nos sonrió.
Mi mejor amiga se giró lentamente. Pobrecilla, parecía que estaba a punto de sufrir un ataque de ansiedad.
—Hola, Dani —murmuró.
Por un segundo, creí que lo había entendido mal. Entrecerré los ojos para examinarla: pelo largo, ojos oscuros y una sonrisa que irradiaba buen rollo. Sin duda, parecía que esa chica tenía luz propia.
—¿Dani? —Desvié la vista hacia mi amiga, que tenía las mejillas encendidas—. ¿Dani Dani?
Gin asintió con un leve movimiento y quise matarla.
Se ve que no había tenido tiempo para contarme ese minúsculo detalle en las cuatrocientas conversaciones sobre su monotema.
Ya ves, ni que me fuera asustar. Si ya había visto cómo se besaba con Susana, la de Ciencias Puras, en el baño de aquella fiesta.
O con Marina, nuestra profe particular de mates, el día que celebramos nuestro triste aprobado.
Vamos, que ella nunca se había avergonzado de lo que llamaba una «vida sexual sana».
«Oops, I did it again», de Britney Spears, comenzó a sonar por los altavoces. Solo cuando la canción llegó al estribillo, me di cuenta de que:
1) Gin y yo nos habíamos quedado atascadas en una conversación mental.
2) Dani seguía mirando a mi amiga con absoluta devoción.
3) Alguna de nosotras debía reaccionar.
—Soy Lena. Una conocida de Gin. —Besé las mejillas de su amor platónico, que se presentó como Daniela.
—No le hagas caso —replicó Gin—, es mi mejor amiga.
—Cuestionable —me burlé.
—Pues habla de ti todo el tiempo. —Daniela sonrió con timidez y una cabeza greñuda se apoyó en su hombro—.
Este es Álex, mi primo. —El repartidor de pizzas nos dedicó una sonrisa ebria y guasona.
Por un momento, pensé que mencionaría nuestro encuentro de la noche anterior.
Sin embargo, soltó una sonora carcajada—.
Perdonadle, ha bebido de más. —Álex besó a su prima en la sien y se reunió con su chica.
Perfecto, además de sobrado, también era un borracho.
Una prueba de que mi primera reacción había sido hormonal.
Eso o que Víctor me había traumatizado y, a partir de entonces, mi cuerpo solo respondería ante los gilipollas.
Me bloqueé durante unos segundos, planteándome muy en serio esa posibilidad cuando…
—¿Cuántos años tienes?
Eché un vistazo a mi alrededor. Me había quedado en tierra de nadie. Gin y Daniela charlaban en la barra mientras su primo, a menos de un metro de distancia, esperaba una respuesta con una ceja alzada. Ni idea de dónde se había metido su acompañante.
—Tu edad —insistió.
¿Me estaba vacilando? ¿Íbamos a repetir la misma escenita?
Me crucé de brazos y le lancé la mirada de psicópata (sí, tenía una y me salía genial), pero lo único que conseguí fue que él me mirara exactamente como lo había hecho la noche anterior, de arriba abajo, con una sonrisa de medio lado que le habría borrado de un guantazo.
—Dieciocho —respondí a regañadientes, al tiempo que un grupo de chicas cruzaba por el espacio que había entre nosotros, ahumándonos con sus pitillos. Él inclinó la cabeza a un lado y me observó con diversión. Intentaba picarme, estaba claro—. ¿Te parece normal iniciar una conversación así?
—¿Prefieres que te pregunte si estudias o trabajas?
—¿Perdona?
La pelirroja regresó y se enroscó alrededor de su cuello para marcar territorio. Madre mía, ¿creía que estaba interesada en su conquista? Qué intuición más afinada.
Álex se rio y, el muy capullo, lo hizo con ganas; lo que me confundió una barbaridad. ¿Se estaba riendo de mí o intentaba ligar conmigo mientras la pelirroja le hacía un chupetón?
—Solo digo que pareces muy joven. También algo tensa. —Encogió un solo hombro.
—¿Tensa yo? —Si era la alegría de la huerta, no había más que verme. Bueno…, quizá no, pero estaba dispuesta a arreglarlo de inmediato. Para darme la razón, comencé a bailar y lo ignoré hasta que escuché su risotada—. ¿Qué?
—Aunque bailes, tienes esa cara.
—¿Qué cara?
—No sé… ¿Triste? ¿Enfadada? ¿Aburrida? —Su mano abandonó el culo de su acompañante y se movió hacia mi rostro.
¿Me estaba señalando? Pues sí, me estaba señalando.
Me obligué a respirar hondo para tranquilizarme. No podía montar una escenita. Su prima era la chica que le gustaba a Gin y, por nada del mundo le estropearía su momento de gloria.
—Gracias por preocuparte por mí, pero no es necesario.
—De nada. —Me guiñó el ojo, el muy gañán.
—Aunque te aconsejo que la próxima vez no vayas por ahí señalando al personal. —Vaya, mi lengua había sido más rápida que mi cerebro.
Él alzó ambas cejas, sorprendido, y… se descojonó.
—¡Las uvas! —gritaron los camareros.
Una bolsa aterrizó en mi cabeza. La gente comenzó a moverse de un lado a otro, como si miles de avispas nos atacaran.
Todo eran brazos en alto y empujones. Un cuerpo me envolvió para protegerme de la histeria colectiva, desempeñando el papel de barrera humana.
Y así, de pronto, me encontré compartiendo el torso del melenas con la pelirroja.
¿Lo malo? Que el imbécil mojabragas olía bien.
¿Lo peor? Que me sentí agradecida por su gesto protector y me odié por ello.
La situación se calmó cuando las uvas quedaron repartidas. Detuvieron la música y, en su lugar, el sonido de la radio inundó el local. Entonces, y solo entonces, me despegué de su cuerpo y fingí que ese breve contacto no había existido.
—Aquí estás. —Gin apareció con una sonrisa bobalicona. A su lado, Daniela sonreía de la misma forma.
—¿Volvemos donde estábamos antes? —Vaya, la pelirroja tenía voz—. Aquí hay demasiada gente.
Qué bien, había hecho una nueva amiga.
—Sí, vamos. —El melenas curvó sus labios con chulería a modo de despedida. Acto seguido, fue engullido por un beso con demasiada lengua a la vista.
—Lena, me ha encantado conocerte. —Daniela besó mis mejillas y, después, le dio un abrazo larguísimo a Gin.
En cuanto desaparecieron, le pregunté a mi amiga qué tal le había ido. Ella soltó un suspirito ñoño.
—Esa chica me encanta, aunque no creo que lleguemos a nada.
Y odio admitirlo, pero me alegré. No quería volver a coincidir con ese gilipollas.
Está claro que no fue así.