Me confundes con otro 1 El comienzo del viaje
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Me confundes con otro

Me confundes con otro

Por Lara Blanc

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1 El comienzo del viaje

El comienzo del viaje

Te voy a contar un secreto: las mujeres que sobrepasamos los cuarenta estamos tan perdidas como las de treinta.

O las de veinte. Solo que lo disimulamos mejor.

Si ignoras las arruguitas, alguna que otra cana y los distintos grados de flacidez, somos más parecidas de lo que creemos.

Es lógico (si lo piensas), las decisiones vitales no desaparecen con la edad.

Y todo el mundo sabe que, cuando uno decide, siempre corre el riesgo de equivocarse.

Y aquí estoy yo, en el aeropuerto internacional de Ginebra, en la segunda cola de embarque del día, vestida con unos leggings negros y una enorme sudadera gris, con la certeza absoluta de que la he cagado a lo grande.

Muy a lo grande.

Me aferro al bolso y deslizo la mirada por la sala.

Las luces artificiales iluminan el espacio, los viajeros esperan acomodados en hileras de asientos azules y una voz femenina habla en francés por megafonía.

Alzo la vista al techo, como si la buena mujer estuviera allá arriba, y sonrío al darme cuenta de que no soy la única que realiza este gesto tan absurdo.

Aunque, en mi caso, solo pillo el «s'il vous plaît».

—Pardon —se disculpa un caballero, después de que haya recibido un bolsazo por parte de su acompañante.

—No pasa nada —murmuro, a sabiendas de que no va a entenderme.

Cambio el peso de una pierna a la otra y tomo una bocanada de aire. No es para tanto. Solo es un viaje. Y es evidente que es tarde para replanteármelo.

¿O no?

—Dicen que es la mejor época del año para disfrutar de la Costa Amalfitana.

Miro de reojo a la izquierda, al dueño de esa voz, y confirmo que su comentario va dirigido a mí.

Alto, pelo oscuro, barba cuidada y una sonrisa que podría fundir el mismísimo hielo.

Sus ojos, almendrados y negros, sonríen casi tanto como sus labios.

Una descripción peligrosa que aumenta de intensidad si te confirmo que, además de mono, está muy bueno.

El instinto me advierte que no entre al trapo.

Es obvio que la frase que acaba de soltarme pretende ser inocente, pero no lo es en absoluto.

Sin embargo, tardo un segundo y medio en responder un escueto:

—Eso espero.

Toqueteo la documentación que sostengo entre las manos y fijo la vista en la cola que avanza. Tres personas más y será mi turno. Él se acerca. La distancia entre su cuerpo y el mío se reduce a unos ridículos treinta centímetros, lo suficiente como para oler ese perfume que me resulta tan familiar.

—Lena, te prometo que será el viaje de tu vida.

¿Que cómo sabe mi nombre? Porque el tío bueno peligroso que tengo a mi vera es mi ex. ¿Ahora entiendes mi nerviosismo? Pues la historia mejora si te cuento que soy su acompañante en una boda.

Controlo mi respiración acelerada y doy un pequeño paso. Álex rodea mi cintura con el brazo y me besa en la mejilla. El gesto, que en cualquier otro momento me habría enternecido, me tensa.

—Mi jefe viene hacia aquí —me explica en un susurro.

Me lo imaginaba.

Solo hay una persona que se interpone entre la puerta de embarque y yo.

—Genial —respondo entre dientes, cuando, en realidad, estoy rezando para que no se atreva a hacerlo.

—¡Álex!

El grito me sobresalta. Proviene del final de la cola, de un tipo bajito y fornido que avanza hacia nosotros.

Álex tenía razón al describirlo como un cliché con patas.

Es un italiano del sur con gomina en el pelo, ropa ajustada y una cadena dorada al cuello.

En cuanto nos alcanza, saluda a mi ex con varios palmetazos en la espalda y me mira de arriba abajo.

—Yo soy Mauro. Y tú devi ser la sua novia, ¿vero?

¿Comprendes ya por qué es una cagada monumental?

Álex curva los labios en una sonrisa burlona y yo le lanzo una mirada fiera. Esa que conoce tan bien. Estoy segura de que sabe que estoy pensando lo mismo que el día que lo conocí.

Gilipollas.