¿Me besas o te lo pido por mi cumpleaños? Capítulo 33
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Capítulo 33

Enzo

—Viendo y analizando todo, puedo comprobar que el matrimonio de estos señores tan solo ha durado unos días…

—No, su señoría, hemos estado juntos mucho más tiempo, hemos presentado las fotografías que avalan mi versión —dijo ella, como si fuera la abogada.

—Señora, la próxima vez que me interrumpa la echaré de la sala y la acusaré de desacato a la autoridad. Así que será mejor que se calle.

—Lo siento, señoría —dijo su abogado, tirándole del brazo para que se sentara.

—Como iba diciendo, y viendo la duración del matrimonio, que es para lo que estamos aquí, el resto del tiempo de relación ni nos importa ni ha quedado demostrado, he tomado la decisión de…

Me temblaban hasta las pestañas y, cuando el juez dijo que lo único que le pertenecía eran cincuenta mil euros, no pude evitar soltar una carcajada.

—Perdón, perdón, no he podido evitarlo.

—Y lo entiendo, caballero. Hay algunas personas que se creen con derecho a disponer de los recursos de los demás por el simple hecho de compartir cama.

Al final, todo lo que le habíamos ofrecido y ella había rechazado, pensando que el juez le daría mucho más, se había quedado en casi nada.

—Su señoría, mi marido me ha hecho otras propuestas, ¿podría acogerme a alguna de ellas?

—Ni lo sueñe, quedan todas retiradas desde el mismo momento en el que las rechazó —le dijo Daniel.

—Señora Castro, la sentencia ya está fijada y, desde este momento, el señor del Río tiene cinco días para hacer efectivo ese ingreso…

Mientras el juez seguía hablando, ni me lo pensé, saqué el móvil del bolsillo, entré en la aplicación del banco y le hice una transferencia inmediata.

—Su señoría, la transferencia ya se ha hecho efectiva y está en su cuenta —le dije.

—¿Puede hacer el favor de comprobarlo, señora Castro? —le pidió el juez.

Sé que su primera intención era decir que no e intentar hacer uno de sus chanchullos, pero su novio-abogado no se lo permitió.

Una vez que estuvo todo comprobado, el secretario judicial nos llamó para que firmáramos ambos, y salí de allí con una sentencia de divorcio de lo más favorable.

Esta vez era mi turno y, acompañado de mi abogado, me situé delante de la prensa, con la sentencia en la mano, antes de que pudiera hacerlo ella.

Les conté absolutamente todo, desde cómo había jugado conmigo y me lo había reconocido hasta cómo, ahora, por fin podría estar con la persona que amaba y que estaba esperando un hijo mío.

Todos me escuchaban con atención, sin hacer ninguna pregunta, porque no era normal que me plantara delante de ellos para hablar de mi vida privada, pero ya estaba cansado de que todo el mundo sacara tajada de mí.

Mi abogado les pasó una copia de la sentencia de divorcio, en la que se podían leer claramente todos los motivos que había encontrado el juez para llegar a la conclusión a la que había llegado.

Mientras él hacía esto, yo escribí en el grupo. Quería contarles a todos lo que había sucedido e invitarlos a comer, pues no había nadie que se lo mereciera más que ellos.

Carmen tenía tres días para sacar todo de mi casa, pero, aunque se marchara ese mismo día, no pensaba volver a vivir allí.

No dormiría en la misma cama en la que lo había hecho ella, ni siquiera quería respirar el mismo aire. Por eso la pondría en venta y me compraría otra nueva en la misma urbanización.

Enzo: Oficialmente, ya soy un hombre libre. Os espero a todos en mi hotel para invitaros a comer y a pasar el resto del día juntos. Os quiero.

A partir de ahí, los mensajes se fueron sucediendo uno tras otro, de manera que casi me dejan sin batería el móvil, pero me daba igual.

Me monté en mi coche y puse rumbo hacia el único destino en el que me apetecía estar, que no era otro que los brazos de Lola.

En cuanto llamé al portón exterior, ni dos segundos después ya se estaba abriendo la puerta, y pude vislumbrar a Lola apoyada en el umbral de su casa.

Estaba más bonita que nunca, y con su barriguita prominente, pues ya estaba de casi siete meses.

Llegué a pensar que me perdería el nacimiento de mi hija, y eso me estaba quitando el sueño, porque era un momento con el que siempre había soñado, mucho más desde que me enteré de que Victoria era mi hija.

—Sabía que vendrías, lo tenía claro.

—Por supuesto, en cuanto he firmado, no podía mantenerme ni un minuto más alejado de vosotras, que sois mi vida.

Besé a Lola con todas las ganas que sentía. No fue un beso pasional, no al menos en el sentido carnal, sino uno con el que quería demostrarle que estaría ahí siempre, que no me volvería a marchar en la vida.

En cuanto nos separamos, caí de rodillas delante de ella, posé mis manos en su vientre y le hablé a mi hija.

—Hola, Victoria, mi preciosa hija. Soy papá, aunque no me hayas escuchado nunca, quiero que sepas que, a partir de este momento, me vas a oír muchísimo, porque no pienso separarme de ti.

—Calla, no le digas eso, que no veas cómo se altera. Además, me vas a hacer llorar y no quiero. Hoy es un día feliz, que tenemos que celebrar.

En ese momento, y como si mi hija fuera consciente de lo que su madre había dicho, empezó a moverse, dando patadas que pude sentir.

No os puedo describir ese momento, porque decir que fue mágico era quedarme muy corto.

No lo pude evitar, y lloré, lo hice como un niño pequeño al que le habían quitado su peluche favorito, ese que necesitaba para sentirse seguro y que su padre le había recuperado.

Entramos en su casa y nos sentamos en la cocina. Por supuesto que me moría de ganas de hacerle el amor, pero aquel no era el momento.

Ahora, lo que teníamos que hacer era hablar, sentar las bases de nuestra relación para que no tuviéramos problemas en un futuro, para que nada ni nadie nos pudiera separar.

—¿Por qué has elegido ese nombre para la niña?

—¿No te gusta?

—Me encanta, pero necesito oír de tus labios el motivo de ese nombre, aunque supongo que me lo puedo imaginar.

—Hay dos motivos. El primero, porque así la siento, como la victoria de mi vida, sobre todo después de todo lo que he tenido que sufrir para llegar hasta este momento.

—Un motivo precioso, y muy acertado. ¿El otro?

—Por Vitto. Él es alguien muy importante para mí, y me gustaría que lo entendieras. No es en un plano romántico, ni mucho menos, pero sí que es un gran apoyo para mí.

—Por supuesto que lo entiendo, y me gustaría que también lo fuera para mí y para la niña. Por eso… ¿qué te parece si nos vamos unos días a visitarlo y así lo conozco bien?

—¿De verdad? ¿Me lo dices en serio?

—Completamente, no pienso mentir en nada a partir de ahora.

—Pues me parece una idea fantástica.

—Entonces, ya sabes lo que tienes que hacer: haz una pequeña maleta, que aviso al piloto y nos vamos.

Se levantó y empezó a saltar de alegría, cogiéndome la cara y besándomela por cada rincón.

Pero el viaje lo haríamos al día siguiente. En ese momento, lo que nos tocaba era irnos hasta mi hotel, donde nos esperaban nuestros amigos para comer y pasar la tarde.

Fuimos en mi coche, porque al día siguiente saldríamos desde allí y me pareció más cómodo dejarlo ya en el hotel. A la vuelta, ya veríamos cómo nos apañábamos.

Por delante nos esperaban unos días de relax y descanso, que nos vendrían de maravilla.

Como no quería molestar a nadie y me apetecía disponer de todo el tiempo del mundo para disfrutar de la que ya consideraba mi mujer, reservé una suite en un hotel junto a la iglesia de Santa Croce, con unas vistas espectaculares.

Cuando llegamos, allí estaban todos, nuestra familia, y no podíamos desear una mejor.

Además, todavía me guardaba una sorpresa para ellos: también se vendrían con nosotros de viaje, y estaba seguro de que les haría muchísima ilusión.

No les dije nada hasta el postre, que era individual y en el que el cocinero me hizo el favor de ponerles, con crema pastelera, la misma frase a cada uno.

«Haced la maleta, que nos vamos mañana de viaje».

—¿Qué significa esto, Enzo? —me preguntó Pablo, extrañado.

—Pues lo que pone, a ver si ahora no vas a saber leer y te tendremos que enseñar comprensión lectora.

—¿Nos vamos de viaje? ¿Todos juntos? ¿A dónde? —soltó Sergio, como si se le estuvieran terminando las pilas.

—A Florencia, a hacerle una visita a Vitto, el amigo de mi chica.