Capítulo 32
Enzo
Salí de aquella casa con la determinación de que Carmen tenía que salir de mi casa y de mi vida en ese mismo instante.
No había ninguna duda de que lo haría, por eso encendí el teléfono para llamarla y decirle que no se moviera de allí, que teníamos que hablar.
No me dio tiempo, pues el móvil volvió a sonar en cuanto tuvo cobertura, y era ella. Me había dejado más de cincuenta llamadas perdidas y otros tantos mensajes.
—¿Se puede saber por qué coño has apagado el teléfono?
—Porque me ha dado la gana.
—Esto no va así, Enzo, un matrimonio es cosa de dos.
—No te muevas de casa, que voy para allá, ahora hablamos.
—Enzo…
No la dejé terminar, corté la llamada. Estaba a menos de cinco minutos de mi casa y no tenía ganas de seguir escuchando gritos y reproches.
Volvió a sonar muchas veces más, pero no le contesté a sus llamadas. Prefería tenerla cara a cara.
Metí la llave en la cerradura y todavía no había puesto un pie dentro de la casa cuando salió del salón como una leona.
—No voy a permitir que me ignores, Enzo, soy tu mujer…
—No eres nada, Carmen, ese certificado no se ha llevado a ningún juzgado, por lo tanto, la boda ha sido tan solo simbólica.
Soltó una carcajada, pero no una de risa, no sé si me explico, sino una de esas que rezumaban maldad.
—Eso es lo que tú te crees, chaval. En el mismo momento en el que tuvimos el certificado, y mientras tú estabas durmiendo, lo registré en el juzgado vía online . Aquí tenemos el libro de familia.
—¿De qué coño estás hablando, Carmen?
—¿Pensabas que iba a quedarme de brazos cruzados, Enzo?
—No se puede ser más mala que tú.
—Me has usado como tu muñeca particular, y no pensaba marcharme con las manos vacías. No hay acuerdo prematrimonial. Te cegaste al ver la foto de la ecografía y actuaste por impulso, bonito.
—Y tú has aprovechado para llevártelo a tu terreno.
—Por supuesto, no soy tonta, Enzo, y, aparte de que no supuso para mí ningún sacrificio acostarme contigo, obviamente, porque estás buenísimo, también podía sacar una buena tajada económica.
—¿Lo tenías todo planeado?
—Todo no, porque pensaba atarte con un hijo, al que pensaba renunciar a tu favor a cambio de una buena suma de dinero, pero, cuando me dijiste lo de la boda, vi el camino perfecto.
—Está bien, pide lo que te dé la gana, pero quiero el divorcio y que salgas de mi casa ya mismo.
—No voy a pedir lo que me dé la gana, sino lo que estipule un juez que me pertenece. Por otro lado, no me pienso mover de aquí. Quién sabe si esta casa será mía en algún momento.
—Entonces, el que se marcha soy yo. Ya tendrás noticias de mi abogado.
—Prontito, por favor, que mi novio me está esperando y ya está un poco cansado, aunque ahora, cuando sepa que ya no me tengo que acostar más contigo, quizá se quede un poquito más tranquilo.
Subí a mi habitación, donde cogí una maleta del vestidor y metí cuatro cosas. Cogí mi portátil y mi guitarra, y salí de allí cagando leches.
Al final, de todo lo que acusaba a Lola, era de lo mismo que estaba haciendo ella. ¿Cómo podía haber estado tan ciego? ¿En qué momento me convertí en el gilipollas en el que me había convertido?
Desde el mismo coche, porque no tenía intención de dejarlo allí y que ella se hiciera la dueña, llamé a mi abogado a través del altavoz.
—Dime, Enzo. ¿En qué puedo ayudarte?
—Daniel, estoy en un buen lío.
—¿Otra vez te han sacado imágenes con drogas?
—Creo que de eso hubiera sido más fácil salir que de lo que tengo encima, te lo aseguro.
Le conté todo lo que me había sucedido con Carmen, pero le dejé claro que estaba dispuesto a ceder en todo con tal de tener el divorcio lo antes posible.
Me urgía que se fuera de allí, era primordial que saliera de mi vida, porque, mientras eso no ocurriera, Lola no querría saber nada de mí.
—Está bien, voy a hablar con uno de los jueces de familia. Intentaré alegar enajenación transitoria, pero me parece que no va a colar.
—No quiero que cuele nada, me da igual el dinero y las posesiones materiales, tan solo quiero que desaparezca de mi vida.
—Haré todo lo que esté en mi mano para que sea lo antes posible, además de para que no te cueste demasiado dinero. Y, la próxima vez, cuando te entre un arrebato, te vas a gritar o te tomas un whisky , campeón.
Solté una carcajada, porque tenía razón, pero lo dijo de una manera que me hizo mucha gracia.
Me despedí de él, diciéndole que me alojaría en el hotel de la urbanización, pues tampoco quería estar muy lejos ni molestar a ninguno de mis amigos.
Otra opción era ir a casa de Lola, pero tampoco me parecía justo para ella. No quería que se viera envuelta en otro jaleo por mi culpa, así que sí, eso era lo mejor que podía hacer: irme a un hotel.
Los días se me hicieron eternos porque, por muchas propuestas que le hacíamos, ninguna le venía bien, y todas las rechazaba con la misma cantinela.
—No me envíes más propuestas, Enzo, ya te he dicho que acataré lo que diga un juez.
Tan solo esperaba que el juez que nos tocara viera la maldad que tenía y la dejara con menos de lo que nosotros le habíamos ofrecido, porque el tiempo pasaba y seguía igual.
Me estaba perdiendo las revisiones de mi hija, no estaba presente en el día a día del embarazo, y eso estaba mermando mi capacidad para hacer otra cosa que no fuera estar pendiente de este tema.
Dos meses después, allí estábamos, en la sala del juzgado de familia número seis, esperando para entrar.
Ella venía con el que se suponía que era su novio, que, además, era su abogado, y que tenía menos idea de leyes que yo.
Para mí, ese muchacho era otro pelele en sus manos y había hecho uno de esos cursos por internet con los que te dan un título para tratar ciertos asuntos, pero no la capacidad de llevarlos a buen término.
—Buenas tardes, estamos aquí para tratar el divorcio del señor Enzo del Río y la señora Carmen Castro. ¿Están de acuerdo?
—Sí, señoría —dijo mi abogado.
—Sí, su señoría —dijo ella, dándole un manotazo a su abogado, que agachó la cabeza.
Más de dos horas estuvimos allí encerrados, pues ella se empeñaba en pasar por la víctima, diciendo que yo me había ido para vivir con mi amante, que estaba esperando un hijo mío.
Daniel, mi abogado, venía preparado para todo, pues conocía perfectamente las argucias que ella utilizaría para dejarme mal.
Para empezar, había ido a la prensa contando nuestra boda de una manera que parecía un cuento de hadas, en vez de lo que realmente ocurrió.
A las dos semanas, fue contando que había descubierto que yo le había sido infiel y que estaba completamente desolada, pues estaba tan enamorada de mí que no sabía cómo iba a salir adelante.
Y ahora, en esos momentos, teníamos la puerta de los juzgados repleta de prensa, a la que había avisado ella para seguir alimentando algo que no era más que una realidad en su cabeza, porque no tenía ninguna coincidencia con lo que habíamos vivido.
El juez, viendo todo aquello, se retiró a deliberar y nos volvió a citar en el juzgado una hora después.
Uno de los alguaciles nos indicó el camino para salir sin que la prensa nos agobiara, y nos fuimos a una cafetería que había en la calle de detrás de los juzgados, a esperar a que pasara el tiempo.
—¿Cómo te encuentras?
—Nervioso, pero con la satisfacción de que, por fin, se termina todo.
—¿Eres consciente de que el juez puede fallar a su favor? ¿Estás preparado para desprenderte de todo lo que le asignen a ella? Ya te digo que puede ser mucho más de lo que esperas.
—Toda mi fortuna pondría a su nombre si con eso pudiera vivir mi vida en paz con la persona que amo.
—Creo que todo esto te va a servir de lección para pensar las cosas antes de actuar, en un futuro.
—Ni que lo digas. Como me dijiste aquel día, contaré hasta cien o gritaré, pero no volveré a actuar por impulso, te lo aseguro.
Llegó la hora de entrar y, una vez que estuvimos los cuatro en la sala y entró el juez, tuve la certeza de que todo se terminaba.