Epílogo
Veinte años después…
Habían pasado veinte años y seguíamos tan enamorados como el primer día, aunque nuestra vida y la de los nuestros ya no era la misma, ni por asomo.
¿Y por quién empiezo? Bueno, creo que empezaré por nosotros y, a partir de ahí, iré hilando con todos los demás.
Enzo y yo nos casamos dos años después de que naciera Victoria, que fue la encargada de llevarnos los anillos.
Lo hicimos en la playa. Fue una ceremonia íntima, tan solo con los nuestros, que no sabían ni que iban de boda.
Les contamos la milonga de que queríamos celebrar el cumpleaños de la niña en la playa, en una fiesta ibicenca, porque sí, nos casamos el día en el que nuestra niña cumplía dos añitos.
Una vez que todos estuvieron allí, le hicimos la señal al juez de paz para que saliera y nos casara.
Cuando Ingrid vio que tenía que actuar como mi dama de honor y que el peinado que me había hecho no era para un cumpleaños, sino para una boda, no pudo parar de llorar.
—Desde luego, esto no os lo perdono en la vida. Casarse sin hacer una despedida de soltera en condiciones —dijo, delante de todos, y empezamos a reír.
—Sí, claro, para que me la secuestren otra vez, con todas las locas que hay sueltas —le contestó Enzo, que me tenía sujeta por la cintura.
Como os iba diciendo, yo elegí a Ingrid como mi dama de honor, mientras que Enzo eligió a Vitto, que se había convertido en uno de sus mejores amigos durante ese tiempo.
Enzo y yo teníamos tres hijos. A la mayor, a Victoria, ya la conocéis, aunque sea de oídas. Tiene casi veinte años y está estudiando Publicidad, pues es un tema que le apasiona.
El segundo, que vino a colmar nuestra familia de bendiciones, se llama Carlos, y ahora entenderéis el motivo de mis palabras.
Carlos era un apuesto adolescente de diecisiete años, que tenía síndrome de Down, pero que fue lo mejor que nos pudo enviar la vida.
No os voy a decir que no tuve miedo cuando nos dieron el diagnóstico, porque casi me caigo de culo. Incluso llegué a plantearme el aborto, no quiero ser hipócrita.
Pero, una vez que nos sentamos y analizamos la situación en frío, llegamos a la conclusión de que, si el destino lo había puesto en nuestra vida, era por algo.
Y vaya si lo hizo. Carlos era el niño más cariñoso del mundo, el más simpático y al que más le gustaba una juerga.
Era el primero que se levantaba cada día, y jamás lo vi preocupado por nada. Siempre le veía el lado bueno y positivo a todo y, junto a su novia Inés, formaban la pareja perfecta.
Inés también tenía síndrome de Down y, al igual que él, veía la vida de color de rosa.
No os voy a decir que no era una lucha, porque sí que lo era, pero no por él, sino porque la sociedad seguía sin estar preparada para estas personas, que, dicho sea de paso, eran como cualquier otro adolescente; simplemente iban un poquito más lentos que los demás.
Carlos estaba cursando cuarto de la ESO y su novia, primero de Formación Profesional, pero ambos tenían la misma edad.
Él siempre dijo que quería ser cantante, liderar un grupo, como lo había hecho su padre.
Y el tercero, pero no menos importante, era Marcelo, que llegó cuando ya no lo esperábamos, pero que nos alegraba todos los días.
Nuestro tercer hijo tenía entonces siete años y era el muñeco de todos, aunque tenía el mismo carácter de su padre, igual de desconfiado y de cabezota.
Físicamente, excepto Marcelo, que era una mezcla de ambos, los otros dos eran una copia de su padre.
Mi marido, en cuanto decidimos seguir adelante con el embarazo de Carlos y supimos a qué tendríamos que enfrentarnos, habló con el grupo e hicieron una gira de despedida.
Siempre me decía que estaba cansado de ir de un lado a otro, que teníamos dinero suficiente para poder invertir en calidad de vida y que ya no le hacía ilusión seguir cantando.
Por eso estuvo a mi lado durante todo el proceso del nacimiento y la crianza de Carlos, ya que, además, Victoria todavía era muy pequeña.
Con el tiempo, montó una discográfica, en la que trabajábamos ambos. Yo como su asistente, como no podía ser de otra manera, y él descubriendo y promocionando a nuevos artistas.
Seguíamos viviendo en mi casa, pues vimos una tontería cambiar de lugar cuando allí estábamos bien y teníamos espacio suficiente.
Ahora, vamos con nuestros amigos, entre los que también había habido muchos cambios.
El primer cambio fue en Pablo, que, al disolverse el grupo, no lo dudó y se fue con otro artista.
Al principio siguió junto a Ingrid, pero, después de un par de años en los que casi no se veían, decidieron dejarlo.
En ese grupo, mi amiga no tenía cabida, ya que tenían su propio equipo de maquillaje y peluquería y, aparte de eso, tampoco Pablo insistió mucho en que incluyeran a su chica.
Con el tiempo, nos enteramos de que el motivo principal era que se había enamorado de una de las chicas del coro, pero no empezó nada con ella hasta que no terminó con mi amiga.
Para Ingrid no fue plato de buen gusto, porque ella sí que se había enamorado profundamente de él, pero, bueno, no le quedó otra que entenderlo y superarlo.
En esa superación, en ese pasar página, tuvo mucho que ver Vitto, que dejó su Italia natal para vivir en nuestra ciudad.
En su empresa abrieron una sede aquí y le ofrecieron dirigirla, y no se lo pensó. Quiso traerse a Emma consigo, pero a ella no terminaba de gustarle este país, además de que estaba muy unida a su familia.
Al final, pesó más el apego a su familia que el amor hacia Vitto, y se quedó allí. Como se suele decir, el roce hace el cariño, y de tanto roce, hoy eran pareja y tenían mellizos.
Eran un niño y una niña, que se llamaban Leo y Martina, tenían ya ocho años y eran unos petardos.
Ellos le compraron la casa a Enzo, la suya, que estaba puesta a la venta, y le hicieron una buena reforma. Cuando entraron a vivir en ella, parecía otra completamente distinta.
No fueron pocos los fines de semana que nos reuníamos allí todos, entre la barbacoa y la piscina, sobre todo porque el novio de Victoria, Saúl, era la mano derecha de Vitto y vivía en una casita anexa, y así teníamos medio controlada a la niña.
Su padre todavía no se había dado cuenta de que ya no era una niña y de que, más pronto que tarde, tendría que volar.
Y llegamos a Sergio y Lucas, que seguían más enamorados que nunca. Ellos se casaron pocos meses después que nosotros, y recurrieron a un vientre de alquiler para tener descendencia, al menos en la primera ocasión.
De ese embarazo nació Sofía, una preciosa niña idéntica a Sergio, que había sido el donante del esperma, y que contaba ya con dieciséis años.
Lucas encontró trabajo de lo que había estudiado, que era Integración Social, y lo hizo en un centro de menores.
Cuando entraron aquellos dos niños, de tres y dos años, hermanos y que habían perdido a sus padres, para darlos en adopción, ninguno de los dos se lo pensó.
Primero fue una acogida temporal; después, pasó a ser permanente, para terminar siendo adoptados por ellos unos años más tarde.
Ahora nos encontrábamos todos reunidos en casa de Vitto e Ingrid, donde íbamos a celebrar mi cumpleaños y el de Sergio, que era unos días después del mío.
Siempre buscábamos una fecha intermedia entre los dos para poder celebrarlo de manera conjunta.
Estaba apoyada en una de las columnas del jardín, viendo a mi hijo Carlos y a Inés jugar con Marcelo en el interior de la piscina, mientras Victoria estaba tumbada en una hamaca, tomando el sol con la cabeza sobre las piernas de su chico.
—¿Te imaginaste alguna vez una familia como la que tenemos? —le pregunté a Enzo, que había llegado con Vitto.
—Nunca, es demasiado perfecta para siquiera haberla soñado.
—De aquí a nada, nos hacen abuelos, que lo sepas.
—Uf, no me digas esas cosas, por lo que tú más quieras, que me entran los mil calores.
—¿Por qué? Saúl es un chico responsable, que tiene la cabeza muy bien amueblada.
—Uy, si por ellos no me preocupo, por quien lo hago es por Carlos.
—¿Carlos? ¿Mi Carlos?
—El mismo…
Enzo me contó que, hacía unos días, Carlos le preguntó cómo se hacían los niños, porque la teoría se la habían contado en el colegio, pero la práctica no la entendía muy bien y él quería ser padre junto a Inés.
De mi boca salió una carcajada, porque me imaginaba la cara de mi marido explicándole eso al niño, y tenía que ser todo un poema.
—¿Te hace mucha gracia?
—No lo sabes tú cuánto.
—Pues menos gracia te va a hacer cuando venga la madre de Inés diciendo que la niña está embarazada.
—Hijo, no me seas más tremendista, por favor. Luego les enseñaré yo a los dos cómo se puede practicar sexo sin tener que pensar en embarazos no deseados.
—Claro, porque te recuerdo que ya tienes experiencia, lo hiciste con Victoria.
—Sí, y con la misma edad que tenía su hermano, antes de la fiesta de graduación del colegio.
Nuestros amigos nos llamaron a todos, pues era la hora de apagar las velas y de darnos los regalitos.
Sergio y yo nos pusimos delante de la tarta, con las velas encendidas, pues los dos teníamos la misma edad, o eso decía él, que yo no me lo creía, pero bueno, no lo iba a discutir.
Soplamos las velas y pedimos un deseo. El mío lo tenía claro: que todo siguiera tal y como estaba.
Después de eso, Enzo se acercó a mí, con una sonrisa en los labios.
—Feliz cumpleaños, mi amor.
—¿Me besas ya o lo pido por mi cumpleaños?
Mi marido soltó una carcajada, pero me besó tal y como él solía hacerlo, haciéndome tocar el cielo con las manos, y ante la atenta mirada de todos, en especial de mis hijos, que nos miraban con mucho amor, el mismo que sentíamos.