Capítulo 30
Enzo
Empezaba a arrepentirme de lo que había hecho, pues ahora era cuando la verdadera Carmen estaba dando la cara.
Esos comentarios que estaba haciendo en la cafetería, sin sentido alguno, ya que no tenían ni pies ni cabeza, estaban completamente fuera de lugar, hasta que me giré y la vi.
Se había cortado el pelo, y no podía estar más guapa. Esa barriguita, que mostraba la vida que estaba empezando a crecer dentro de ella…
¡Dios, cuánto me hubiera gustado ser yo quien hubiera empezado a formar una familia con ella!
Tuvimos unas cuantas palabras y, a pesar de que quería parecer impasible, como si no me importara una mierda lo que Lola me tenía que contar, en el fondo me moría de ganas por saberlo.
—No tienes por qué tratar así a las personas, Carmen.
—¿Cuáles personas? Porque yo con quien he hablado es con una fulana que pretendía…
—¡No vuelvas a dirigirte a ella con ese tipo de calificativos, que dicen más de ti que de ella! —exclamé, enfadado.
—Sigue sacando la cara por ella y dejando de lado el papel de tu esposa, que te va a ir estupendamente.
—Mira, Carmen, vamos a dejarlo ahí, no tengo ganas de seguir discutiendo, de verdad. Estoy cansado y tan solo tengo ganas de llegar a mi casa y tumbarme en el sofá.
—Querrás decir a nuestra casa, porque, te recuerdo que estamos casados. Además, tendré que hacer la mudanza y necesitaré tu ayuda, digo yo.
—Hoy no, como tienes cosas, lo dejamos para otro día.
No me apetecía tener todo el día a esa chicharra en mi oreja, criticando a Lola como si ella fuera un ejemplo perfecto para todo el mundo.
Salimos del aeropuerto y nos fuimos a la zona de los coches, donde tendríamos que esperar a que llegara el que había contratado para que nos recogiera y nos llevara a casa.
Cuando llevábamos como cinco minutos esperando, a mi querida esposa se le cruzaron los cables de nuevo, o eso quería pensar, porque no me cabía en la cabeza tanta maldad, de verdad que no.
—¿Por qué no cogemos un taxi y nos marchamos ya?
—Pues porque tengo contratado un coche con conductor, y no me gusta tirar el dinero.
—Pero eso tiene fácil solución. Entras en la aplicación y escribes que el conductor no ha venido.
—Claro que sí, y juego con el pan de ese hombre. ¿No entiendes que lo pueden despedir?
—¿Y ese es tu problema? Que hubiera venido antes, así de sencillo.
—No tiene por qué venir antes, tiene que hacerlo a su hora, a la que hemos acordado que viniera.
—Entonces, el tonto eres tú, que lo has puesto una hora más tarde.
—Si lo he puesto en ese horario, no es porque sea más tonto o más listo, sino porque he contado con que pudiera haber algún tipo de retraso.
—Hijo, para retraso el que tú tienes. Cómo se nota que te sobra el dinero y que no tienes ni idea de sobrevivir.
—¿Perdona? Me parece que te estás columpiando un poquito, Carmen.
Justo cuando estábamos discutiendo, pasaron Lola y ese hombre, abrazados y riendo.
Os prometo que me dolió en el alma, pero mucho más me dolió lo que escuché después.
Como era de esperar, Carmen, al verla pasar, no se quedó callada, sino que tuvo que soltar su puntilla, porque, si no, no sería ella.
—Mírala, hay que tenerla de mármol para querer endosarte a ti el embarazo, cuando viene abrazada del verdadero padre.
—Ojalá fuera mi hija, porque con una mujer así da gusto ser padre. Buenas tardes.
Se me bajó hasta la tensión, y tuve que sentarme en el escalón del escaparate junto al que estábamos parados.
¿Sería cierto que esa niña era mía? ¿Cómo podría averiguarlo sin acercarme a ella?
Tenía que confirmarlo antes de que pasara más tiempo, porque os juro que, si era cierto que esa niña era mi hija, movería cielo y tierra para que su madre me perdonara.
—Estos dos están compinchados para sacarte el dinero, Enzo. Y tú ahí, sentado, creyéndote lo que te han dicho.
—Carmen, ¿por qué no lo dejas ya un ratito? Eres una cansina de mucho cuidado, chica.
—No puedo dejarlo, no cuando es el dinero de mi marido el que está en juego, por no decir que también lo están tu vida y la mía.
—¿Tu vida? ¿Qué tienes tú que ver en todo esto?
—Hombre, como comprenderás, no pienso criar a la hija de otra mujer, lo siento, pero por ahí sí que no paso.
Decidí guardar silencio, porque cada día tenía más claro que lo nuestro tenía los días contados. Como se suele decir, era la crónica de una muerte anunciada.
Pocos minutos después, llegó el coche, con un conductor de lo más amable, que no dudó en disculparse, aun sin ser culpa suya que nosotros estuviéramos esperando.
—Lo siento, señores, por la espera, pero en la aplicación me fijaba la recogida para dentro de media hora, lo que ocurre es que siempre me gusta salir un poco antes, por si me coge algún atasco o encuentro algún problema.
—Menos disculpas, que llevamos esperando aquí más de media hora —le dijo Carmen, con muy mal tono.
—Carmen, ya te he explicado que he sido yo quien ha fijado la hora, y que el problema es mío.
—No, el problema es de él, que debe adelantarse a las necesidades del cliente.
—Señora, soy conductor, no adivino.
—Y grosero, desde luego, que la reseña que voy a poner en la web va a ser lo más negativa que te puedas imaginar.
—En todo caso, la tendría que poner yo, que soy quien ha solicitado el servicio, y no pienso hacerlo.
—Gracias, caballero.
—No hay que darlas, y disculpe a mi mujer, viene cansada del viaje…
—¿Qué coño estás diciendo? Yo del viaje venía muy relajada, ha sido el enfrentamiento con el grosero este…
—¡Cállate ya, de una puta vez, haz el favor!
Esta mujer me estaba sacando de mis casillas. ¿Todavía no se había enterado de que cualquier cosa podría saltar a la prensa y crucificarme?
Tenía claro que debía tener unas palabritas con ella, porque parecía que no era consciente de mi fama, y esto me podría costar un buen disgusto.
El chico nos dejó en casa, nos ayudó a bajar las maletas y, antes de irse, saqué mi cartera y le di un billete de doscientos euros a modo de propina.
Intentó rehusar cogerlo, pero no se lo permití. Demasiado poco me parecía para todo lo que había aguantado de Carmen, aunque eso tampoco se lo podía decir.
Entré y subí mi maleta hasta mi habitación, donde separé la ropa sucia para meterla en la canasta y que, cuando viniera la chica que venía una vez a la semana, la lavara.
Pero no, ella entró y cogió todo, diciendo que iba a poner una lavadora. No quise discutir más, aunque no me hizo la más mínima gracia, ya que no me gustaba que nadie tocara mi ropa.
—He pensado que, como yo voy a estar aquí, no hace falta que venga esa mujer nunca más; yo me ocuparé de todo.
—No, Carmen, a Nina le hace falta el dinero, y no la pienso dejar sin trabajo.
—¿Qué pasa? ¿No me vas a tener en cuenta para nada?
—Carmen, no puedo más. No llevamos ni un par de horas de vuelta y ya me está sobrepasando todo. Creo que será mejor que me vaya a dar un paseo.
—¿Un paseo o a ver a esa mujer?
—Donde me dé la gana, Carmen, donde me apetezca.
Salí de mi propia casa dando un portazo, puesto que, si me quedaba dentro, no sabía si iba a poder controlarme y no ponerla de patitas en la calle.
Menos mal que no había llevado el certificado del capitán a ningún juzgado, porque, si llego a hacerlo, no sería tan fácil librarme de ella.
Me fui dando un paseo por la urbanización, hasta llegar a la casa donde vivían Pablo e Ingrid.
Tenía que hablar con él, que me contara la verdad, pues era el único en quien confiaba al cien por cien.
—Hombre, aquí está el novio a la fuga. ¿Dónde has dejado a tu reciente mujercita? —me dijo Ingrid, que era la que me había abierto la puerta.
—¿Está Pablo?
—Sí que está, pasa, que lo encontrarás en la sala de música. Creo que no te tengo que decir dónde está.
—Gracias.
Al pasar por su lado le dejé un beso en la mejilla, que no me rechazó, gracias al cielo, o me habría quedado de lo más cortado.
Entré en la sala de música de Pablo sin llamar, sabía que no me hacía falta hacerlo. En realidad, la sala de música era una habitación completamente insonorizada, en la que mi amigo componía y hacía los arreglos de mis canciones.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo es que no estás disfrutando de tu luna de miel?
—¿Luna de miel? Más bien querrás decir luna de hiel, porque no te puedes imaginar lo que ha cambiado esa mujer desde que tiene un anillo en el dedo.
—Te lo dije, pero, como siempre, hiciste caso omiso a mis consejos.
—Y no sabes lo que me arrepiento.
—Por cierto, ¿qué te ha traído hasta aquí? Porque no creo que hayas venido a contarme tu relación ni, mucho menos, a darme la razón.
—Vengo buscando la verdad, Pablo.
—Si te refieres a Lola, no es a mí a quien debes preguntarle, sino a ella.
—¿Esa niña es mía?
—Te lo repito, amigo, de mi boca no va a salir nada. Hemos quedado en su casa para comer; si quieres saber la verdad, ve allí y te enteras.
—¿Cómo me voy a plantar allí después de todo lo que le he dicho?
—Muy fácil, guardándote el orgullo y los cojones en un bolsillo, con humildad y pidiendo perdón, así de simple.
Estuve un rato más allí, charlando con él, pero no hubo manera de que me contara nada.
Al salir, me topé con Ingrid, que venía a buscarlo para salir. Me miró con una mezcla de rabia y pena que me dolió como si me hubieran apuñalado.
—Te estás perdiendo a una mujer estupenda que, encima, lleva a tu hija en su vientre, y terminarás arrepintiéndote.
—No sé qué puedo hacer, Ingrid.
—Sentarte y hablar con ella, creo que es lo más lógico y coherente. Sin reproches, sin palabras que duelan, tan solo con el corazón en la mano.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro, si está en mi mano, te la responderé. Si no me corresponde a mí, me mantendré en silencio.
—¿Lola ha tenido o tiene una relación con ese hombre?
—¿Con Vitto? Para nada, solo son amigos, y si me vas a decir que un hombre y una mujer no pueden serlo, desde ya te digo que no la conoces, ni a ella, y ya de paso, a mí tampoco.
—Gracias, Ingrid, me has sido de gran ayuda.
—Eso espero, que te haya servido para espabilar y luchar por lo que, por derecho, te mereces.
Salí de allí y no me lo pensé. Me daba igual todo: Carmen, los chicos y hasta el Papa. Tenía que hablar con Lola, y cuanto antes, mejor.
La casa de Pablo no estaba lejos de la de Lola, si acaso a unas tres calles, pero, cuando estaba a punto de llegar, sonó mi teléfono. Era Carmen.
—Dime, Carmen.
—Enzo, necesito que vuelvas, tengo que mostrarte una cosa.
—Ahora no puedo, Carmen. Trataré de llegar lo antes posible, pero tengo que resolver un asunto urgente. Te aviso cuando termine.
No la dejé hablar, corté la llamada y apagué el móvil, porque, si lo dejaba encendido, me iba a freír a llamadas y mensajes, y no pensaba permitirlo.
Cogí aire y llamé al timbre, esperando a que Lola me abriera la puerta y pudiéramos hablar.