Capítulo 29
Me levanté con la noticia asumida, aunque eso no significaba que no me siguiera doliendo, pero era lo que había y me tocaba respetarlo.
Necesitaba como nunca ese ratito con Sergio, en el que sabía que me iba a hacer reír a lo grande y que me ayudaría a evadirme de todo, aunque solo fuera por unas horas.
Esa mañana, mientras me estaba preparando el desayuno, noté cómo mi hija se movía por primera vez, y fue la sensación más bonita e increíble del mundo.
Cuánto me hubiera gustado llamar a Enzo para que pusiera su mano en mi vientre y lo notara conmigo, hacerlo partícipe de todo, pero no estaba; me encontraba sola y eso fue lo peor.
Cuando Sergio llegó, me encontró llorando a moco tendido. No sabía si lloraba por las hormonas, si era por sentirme sola o si era un cúmulo de todas las cosas.
—¿Qué te pasa, mi vida? No llores más, que esto no es bueno para la bebita.
—Lo sé, pero es que no puedo parar.
—Bueno, si te viene bien para desahogarte, hazlo, pero que sea la última vez. Yo estoy aquí, y no te voy a soltar nunca, jamás.
Sergio se limitó a abrazarme, a acariciarme la espalda y a esperar a que soltara todo lo que me tenía así.
—¿Ya has soltado todo?
—Gracias, Sergio, eres tan bueno y te quiero tanto…
—Uy, chica, que parece que has salido de una borrachera y te ha dado cariñosa. Eso se llama momento de exaltación de la verdad.
—Desde luego, hijo, que eres capaz de hacer reír a una viuda en un tanatorio.
—Tengo como lema eso de que las lágrimas, mejor de alegría que de pena.
Salimos de mi casa, eso sí, después de lavarme la cara y cambiarme de ropa, y nos fuimos hasta la peluquería. Era Sergio el que conducía, pues no me encontraba en condiciones para hacerlo.
—Bueno, cuéntame, ¿qué tal con Lucas?
—Si algo bueno salió de todo lo que te pasó, fue eso, que Lucas salió del armario y, una vez que vio que sus amigos seguían igual con él, se atrevió a dar el paso.
—¿Estáis juntos? ¿Sois pareja?
—Bueno, tanto como pareja… Nos estamos conociendo, compartiendo momentos y experiencias; no queremos ponernos etiquetas, el tiempo lo dirá.
—Te digo lo mismo que le dije a Ingrid: mientras seáis felices vosotros, mientras tengáis claros los límites, lo demás no tiene que importar.
Sergio, en cuanto nos bajamos del coche, no dudó en darme un abrazo, rodearme por los hombros y darme un achuchón gordo, como él lo llamaba.
Esa mañana, tal y como había pensado, hizo que me evadiera de todo. Eso sí, cuando le cogí la mano y la llevé a mi vientre para que notara el movimiento de mi hija, el que lloró fue él.
—¿He sido el primero en sentirla?
—Bueno, técnicamente, la primera he sido yo, pero sí, después de mí, nadie más. Está así de inquieta desde esta mañana.
—Claro, porque sabía que su tío Sergio iba a pasar todo el día con ella.
Mi amigo se agachó delante de mi vientre, puso las manos en él y le habló a mi niña.
Parecía que lo sentía, que sabía quién estaba hablando, porque fue escuchar su voz y empezar a patalear, como si quisiera contestarle.
—Victoria, mi niña, soy el tío Sergio, y quiero que sepas que estaré a tu lado siempre, y que podrás contar conmigo para todo.
—Calla, loco, que al final me haces llorar otra vez, y encima la niña, mira cómo se pone.
—Eso es que me ha reconocido, y seré su preferido, que lo tengan claro todos.
En la peluquería, como no me dejaban hacerme nada que no fuera cortar y peinar, decidí darme un cambio.
Y fue uno radical, porque pasé de tener la melena larga a llevar el pelo corto, rapado por la parte de detrás y con la parte delantera más larga.
Me encantó el resultado, me veía con otra cara, y hasta mi sonrisa me gustaba más.
Era el principio de mi nueva vida, una en la que mi familia se componía de mi hija y de mis amigos, y en la que sabía que sería feliz.
—Amiga, estás preciosa, ese corte te sienta genial, te lo aseguro.
—¿Verdad? Yo también me veo guapa.
—No es que te veas guapa, es que eres guapa, cariño.
—Verás tú cuando me vea Ingrid…
—O Enzo, porque no te va a reconocer. Entre el cambio de peinado y lo muchísimo que te ha crecido la barriga en estos días, se va a quedar a cuadros.
—¿A que sí? Es como si, de un día para otro, me hubiera salido de golpe.
Nos reímos un rato más mientras esperábamos a que nos tocara el turno para la manicura, la pedicura y para que me depilaran las cejas, que hacía mil años que no me las arreglaba.
Cuando llegué a mi casa, parecía otra persona, y así me sentía. Si tenía ganas de ver a Enzo, era para terminar con la incertidumbre de si quería formar parte de la vida de Victoria o no.
Vitto me había enviado un mensaje en el que me decía que vendría a mi ciudad dentro de tres días para pasar el fin de semana, pues estaba como loco por verme con la barriguita.
Hacíamos una videollamada todas las noches y veía cómo iba creciendo, pero decía que no era lo mismo. Además, tenía que contarme novedades.
Sabía a lo que se refería, porque, aunque no en profundidad, me había contado que había conocido a alguien y que tenía muchas ganas de presentármela.
No tenía claro si iba a venir con él en esta ocasión o no, pero me daba igual. Si venía, me parecería perfecto y mi casa estaría abierta para ella; si decidía venir más tarde, podría hablar con él tranquilamente y escuchar sus sentimientos.
Los días fueron pasando y llegó el momento de ir a buscar a Vitto al aeropuerto.
Fui sola, ya que no se lo dije a nadie. Quería que fuera una sorpresa para todos, y los cité a comer en mi casa.
La tarde anterior había dejado preparada la comida para todos: una lasaña de berenjenas que les encantaba y unas croquetas de marisco, listas para freír.
Llegué al aeropuerto con tiempo suficiente, por lo que entré a tomarme un refresco, pero lo que no esperaba era encontrarme allí a la feliz pareja, comprando una botella de agua.
—Tengo la boca seca, cariño. Es como si se me hubiera asentado un asco en ella. Espero que no hayamos dado en la diana a la primera. —Escuché que le decía Carmen a Enzo.
—No digas tonterías, Carmen, sabes que hemos tomado precauciones.
—Ya, pero esas fallan, ningún método anticonceptivo es fiable al cien por cien.
Después de esas palabras, entendí que me había visto y que pretendía marcar territorio, pero me daba igual, porque iba a acercarme de todos modos.
Me gustaba coger el toro por los cuernos, enfrentarme a los problemas lo antes posible, y eso era lo que iba a hacer en ese momento.
—Enzo, buenos días, ¿podemos hablar un momento?
—Lo siento, Lola, pero creo que tú y yo no tenemos nada que hablar.
—Por supuesto que sí, y es algo importante.
—Si lo que quieres es que respete tu trabajo, siento decirte que eso se acabó. Carmen se hará cargo de él. Tendrás que buscar otro lugar en el que trabajar.
—No es de eso de lo que quiero hablar contigo, pero me gustaría que lo hiciéramos a solas.
—Lo que tengas que decirle a mi marido lo puedes hacer delante de mí, entre nosotros no hay secretos —me dijo Carmen.
—Ya, lo que ocurre es que esto no es asunto tuyo, sino mío y de él.
—No, verás cómo ahora va a decirte que el niño que espera es tuyo —le dijo ella a Enzo.
Me miró como si no pudiera creérselo, y negó con la cabeza con una sonrisa de lo más cínica.
—Hombre, no creo. Debería tener muy poca vergüenza para hacer eso, cuando todo el mundo sabe que ese niño es del italiano con el que se ha estado paseando por medio mundo.
—Ya, pero, como le habrá dado la patada, viene a buscar al tonto de turno. Te lo dije mucho antes de que pasara.
—Sí, tienes razón. Así que, si eso es lo que me quieres decir, que sepas que no me lo creo y que no me voy a hacer cargo de ningún niño.
—Me parece perfecto, pero no es un niño, es una niña.
—Cariño, está claro que lo que viene buscando es una manutención. Esta no quiere más que dinero; como no tiene dónde caerse muerta…
—No quiero dinero. Desde luego, cree el ladrón que todos son de su misma condición. Tan solo quería decirte que vas a ser padre. No quieres estar en su vida, pues lo respeto, pero así sé cómo debo actuar.
—Por supuesto que no quiero estar en su vida, ni en la tuya, ya de paso.
—Que seas muy feliz, Enzo. Espero que no te arrepientas con el tiempo.
—No lo haré, porque, en cuanto tengamos todo organizado, nos pondremos a ello y tendremos un hijo que será fruto del amor y que nacerá dentro del matrimonio. No será una bastarda, como la tuya.
—Como te vuelvas a referir así a mi hija, lo que vas a tener que organizar serán tus dientes, del revés que te los voy a poner. Y, en cuanto a ti, ve rezando todo lo que sepas, porque la vida a su lado te va a parecer un infierno.
Me di media vuelta, pagué mi consumición y salí de la cafetería con la satisfacción del deber cumplido, pero también con la pena de que el padre de mi hija había renunciado a ella.
Por suerte, en el panel ponía que acababa de aterrizar el vuelo de Florencia, y me moría de ganas de achuchar a Vitto.
En cuanto lo vi salir por la puerta de llegadas, no pude evitar echar a correr, con lágrimas en los ojos, y abrazarme a él como si fuera un koala.
Había venido solo, ya que su nueva chica tenía que trabajar, pero me aseguró que había sido ella la que lo había empujado a venir.
—Es maravillosa, Lola, y me entiende y valora como nadie.
—Estoy deseando conocerla.
—Te prometo que vendrá conmigo la próxima vez; estamos mirando hoteles para las vacaciones que tendremos en tres semanas…
—¿Eres tonto? Qué coño vas a buscar hotel, cuando en mi casa hay sitio de sobra. Tan solo ocupaos del vuelo, porque con mi coche no puedo ir a recogeros hasta Florencia.
Vitto me contó que su chica se llamaba Emma, era romana y había entrado en su empresa como administrativa de su departamento.
—Fue amor a primera vista, Lola.
—No sabes lo que me alegro por ti, cariño. Te lo mereces más que nadie.
—No, más que nadie no, sino igual que todo el mundo.
—¿Lo ves? Eres tan noble y tienes tan buen corazón, que hasta en esto tienes que destacar.
Nos fundimos en un abrazo y, mientras salíamos hacia el coche, le fui contando lo que me había pasado con Enzo, desde la boda, que él no sabía, hasta el encontronazo que habíamos tenido en la cafetería.
Justo cuando estábamos llegando al coche, nos los encontramos de nuevo, esperando el vehículo que debía venir a recogerlos.
En ese momento, Vitto y yo íbamos abrazados y, al pasar por su lado, Carmen soltó una de las suyas.
—Mírala, hay que tenerla de mármol para querer endosarte a ti ese embarazo, cuando viene abrazada del que es su verdadero padre.
—Ojalá fuera mi hija, porque con una mujer así da gusto ser padre. Buenas tardes.