Capítulo 28
No os podéis imaginar la que se formó en el restaurante en cuanto llegaron los demás.
Sergio fue el que más contento se veía, al igual que Pablo, mientras que Lucas estaba un poquito más comedido, la verdad.
—Espero que me dejes ser su padrino, porque la querré como si fuera mía.
—Lo sé, cariño, pero ya he decidido que su padrino será Vitto; sin él no hubiera superado todo.
—Te lo perdono, ya que sé que es cierto, porque, si no…
—Bueno, como tú estarás más cerca de ella, te daré el honor de que la malcríes.
—Uy, eso lo puedes tener claro, ha venido parándose en todos los escaparates de las tiendas de bebé, diciendo que se lo iba a comprar —me contó Lucas.
—Lo tengo asumido ya, no tiene remedio.
Comimos todos juntos y, después, nos fuimos de tiendas. Lo primero que hice fue entrar en una tienda de ropa premamá, porque la que tenía ya empezaba a apretarme y me pasaba el día con unas mallas negras para salir y un pijama dado de sí para estar por casa.
Compré de todo un poco: ropa cómoda para casa, algunas cosas más arregladas, otras informales, sujetadores premamá, otros de lactancia y varios imprescindibles más.
Sabía que iba a darle uso a todo.
Después de ahí, nos fuimos a una tienda de bebés, que hizo las delicias de Sergio.
—Amigo, no cojas nada más, que no me va a dar tiempo a ponerle todo lo que llevas, que los bebés crecen muy rápido.
—Lo sé, pero es que no puedo con tantas cosas bonitas. Por cierto, ya que hablamos de belleza, quiero que vengas conmigo para que me des tu opinión sobre una cosa.
—¿Necesitas que yo te lo apruebe? Uy, eso es nuevo. Normalmente, haces lo que te da la gana, como has hecho con la ropa.
—En realidad pienso comprarlo de todos modos, pero quiero que tú lo veas y me digas si te resultará cómodo.
Me llevó hasta la parte en la que estaban los carritos de bebé, y me quedé prendada del que había elegido.
Era un carrito de esos modernos, que no pesaban nada, pero con un diseño que simulaba un coche antiguo.
Era de color beige , pero con todos los adornos en rosa pastel, así como la ropa que lo vestía y el bolso que lo acompañaba.
—No puede ser más bonito, Sergio, pero es carísimo. Creo que podremos encontrar algo igual de especial, pero mucho más barato.
—De eso nada, ese será mi regalo, y tiene que estar a la altura de una princesa, que es lo que será mi niña. Bueno, no será, porque ya lo es, la princesa de su tío Sergio.
—Gracias, cariño, por quererla tanto sin que ni siquiera la hayas visto.
—No me hace falta, corazón, es un pedacito de ti, y no te puedes imaginar todo lo que yo tengo que agradecerte a ti.
En realidad, no me había dado tiempo de hablar con él, por eso decidimos que, al día siguiente, nos daríamos un caprichito y nos iríamos juntos a la peluquería, donde podríamos hablar de nuestras cosas.
Ni que decir tiene que salimos de ese centro comercial cargaditos de bolsas y de todo para mi hija.
Mi bebé tenía mucha suerte, y yo casi igual o más que ella, porque estaba rodeada de gente que me quería de verdad y, por extensión, también la querían a ella.
La habitación fue cosa de Ingrid y Pablo, que, cuando fui a mirar las cunas, ya se habían encargado hasta de pagarla.
Decidí que no me la llevara todavía, pues quería pintar la habitación y acondicionarla para ella, aunque, en un principio, pondría su cuna junto a mi cama, para tenerla controlada.
Sabía que las primeras noches no podría pegar ojo, y no me pesaría, porque, desde el momento en el que me enteré de que venía, se había convertido en mi vida, en lo que me mantendría en pie, aunque me cayera mil veces.
Cada uno se fue para su casa, aunque Sergio y Lucas se vinieron conmigo en el coche para ayudarme a subir todas las bolsas, que era lo único que me había traído.
Tanto el coche como todo lo demás no me lo llevarían hasta que yo no avisara para que lo hicieran, pues era un poquito supersticiosa y me daba miedo tenerlo antes de los siete meses.
Por mucho que insistí en que se quedaran a cenar, no aceptaron, pues decían que yo estaba cansada y que lo que debía hacer era tumbarme en el sofá a descansar, que ellos tenían otros planes.
Me había dado cuenta de que, entre ambos, había mucho mejor rollo que cuando me secuestraron, pero no me atreví a preguntar si estaban juntos, como pareja, o si tan solo eran amigos.
Eso lo haría al día siguiente, cuando me encontrara con Sergio en la peluquería en la que habíamos quedado y en la que teníamos cita, tanto para el pelo como para que nos hicieran manicura y pedicura.
Me preparé un sándwich con pechuga de pavo, que era uno de los pocos embutidos que podía comer, cogí un paquete de patatas chips, que se habían convertido en mi vicio particular desde que estaba embarazada, y me senté en el sofá.
Puse un capítulo de la serie que estaba viendo, y que era una secuela de una que ya había visto antes, y me centré en verla, dejando a un lado el móvil.
Estaba cogiendo el mando de la televisión, pues ya no podía más con el cansancio que sentía, cuando vi que el móvil se iluminaba con un mensaje.
Era del grupo, y pensé que sería alguno para decir una tontería o algo así, por lo que lo cogí con una sonrisa en los labios.
Una que se me borró de manera inmediata en cuanto vi la foto y el pie de texto que la acompañaba.
En ella, se veía a Enzo y a Carmen vestidos de novios, dándose un beso. Estaban en la cubierta de un barco, con el mar y la luna de fondo.
«¡Nos hemos casado! Os presento a la señora del Río, a quien espero hacer muy feliz y estar a su altura, porque no podía encontrar a nadie mejor que ella».
Me tuve que volver a sentar. ¿Qué había hecho ese idiota? No es que supiera que estaba enamorado de mí, pero lo que sí sabía y tenía claro era que no estaba enamorado de ella.
Los mensajes se fueron sucediendo, pero o bien eran de lo más escuetos, o bien eran recriminándole lo que había hecho.
Yo no escribí nada, no tenía ni ganas ni fuerzas, además de que no sabría qué decirle ni encontraría las palabras adecuadas.
Si lo felicitaba, le daría a entender que me alegraba y que mis sentimientos no eran los que le dije, mientras que, si le recriminaba algo, podría pensar que hablaba desde el despecho.
Por todo eso, lo mejor que podía hacer era mantenerme en silencio, con ese nudo que me apretaba en el estómago y las lágrimas cayendo por mi rostro.
Estaba claro que lo había perdido y que, esta vez, tenía la impresión de que era para siempre.
¿Hubiera tenido lugar esa boda si yo no hubiera enviado esa foto al grupo? ¿Era algo que tenía planeado o, por el contrario, lo había hecho por un arrebato?
Eso no lo podría saber nunca, ni mucho menos cambiar ya lo sucedido, pero tendría que aprender a vivir con ello; no me quedaba otra.
Me levanté para ir a buscar un papel con el que secarme los ojos cuando mi móvil sonó. Era una llamada de Ingrid, que era la que más sincera había sido con sus mensajes, al igual que Pablo.
—No me lo puedo creer. Este tío es especialista en joderse la vida.
—Es su decisión y tan solo me queda respetarla.
—¿No vas a luchar por él? Esta no es la Lola que yo conozco.
—No, el amor no se mendiga, se entrega y se recibe cuando sale de dentro. Lo único que le voy a contar es lo de su paternidad, nada más.
—No me puedo creer que vayas a dejar que tu hija crezca cerca de esa mujer tan manipuladora.
—Si te soy sincera, no creo que le vaya a permitir acercarse a su hija. Es más, pienso que lo convencerá para que crea que no es suya.
—Siempre le puedes pedir una prueba de paternidad.
—¿Quién? ¿Yo? Para nada. Mi deber es informarlo; lo que él decida ya no está en mi mano.
—Hay que tenerlos muy bien puestos, Lola, para pensar de esta manera —me dijo Pablo.
—No, hay que ser coherente con tus pensamientos, nada más.
Cortamos la llamada y me fui a la cama con un dolor que no entendía, porque no me esperaba que Enzo fuera a hacer algo así.