¿Me besas o te lo pido por mi cumpleaños? Capítulo 27
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Capítulo 27

Enzo

Estábamos llegando a Mykonos cuando mi teléfono sonó de nuevo. Era otro mensaje de Lola, que no pensaba leer, pero, al ver otra vez su nombre en la pantalla, decidí entrar para silenciar el grupo y que no me molestara más.

Al hacerlo, me encontré con una ecografía y un mensaje que decía: «Os presento a Victoria, el amor de mi vida», o algo así, y quise morirme.

Me entraron ganas de llorar, de gritar y hasta de salir corriendo, pues no me esperaba una traición de ese calibre. Me sentía tan mal que incluso tuve que sentarme.

Cuando Carmen me vio, no dudó en dejar la bandeja del desayuno y venir corriendo hasta mí, pensando que me había puesto malo o que me sucedía algo.

—Enzo, cariño, ¿qué te pasa?

—Nada, no te preocupes, es que me he mareado un poco, nada más.

—Come algo, por favor, que lo mismo es que se te ha bajado el azúcar.

—¿Podrías traerme un zumo y una tostada, por favor?

—Ahora mismo, no se te vaya a ocurrir levantarte, que no tengo ganas de tener que gritar eso de «hombre al agua».

En otras condiciones, en otro momento, habría soltado una carcajada, pero en ese instante no me apetecía nada. Si por mí hubiera sido, me habría quedado en el barco, encerrado en el camarote, pero Carmen no se lo merecía.

Lo que hice fue silenciar el grupo. No quería saber absolutamente nada de nada. Los días que restaban hasta nuestra vuelta, que eran dos, quería pasarlos tranquilo.

Después de todo, agradecí que lo hubiera puesto por ahí, porque así no me llevaría la impresión de verla embarazada sin saberlo.

Carmen se sentó conmigo a desayunar y estuvo muy pendiente de mí. Esa noche era la fiesta del capitán, y tomé una decisión que, si bien no sabía si era la correcta, sí era lo que el cuerpo me pedía en ese momento.

Tomé la mano de Carmen y la miré directamente a los ojos. No tenía un anillo, no tenía nada, pero lo que sí tenía era una vida que ofrecerle.

—Carmen, esta noche es la cena del capitán, y me gustaría pedirte algo.

—Dime, si necesitas que te lleve la camisa o algo a la lavandería para plancharla, no dudes, que no me cuesta trabajo.

—No, no tiene nada que ver con eso. Quiero que nos casemos aquí, en el barco, tú y yo, a solas, y con el resto de los huéspedes como testigos.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Por completo. Siento que contigo tengo la paz que necesito, nos compenetramos muy bien, en todos los aspectos, y mi corazón me dice que no encontraré una mujer mejor que tú.

—No me has dicho que me quieres, ni que estás enamorado, pero siento que eso se adquiere con el tiempo. No todos los amores son tan impetuosos; algunos van entrando despacito, y así será con nosotros.

—¿Eso quiere decir que sí? ¿Te casas conmigo?

—Sí, y mil veces sí.

Tomé su cara con mis manos y la besé con ternura, porque con ella no sentía esa pasión arrolladora que sentí con Lola, pero me compensaba en otros aspectos.

Llegamos al acuerdo de que ese día no bajaríamos del barco, pues, entre otras cosas, tenía que organizarlo todo con el capitán, mientras ella tendría que buscar el atuendo ideal para esa noche.

Nos despedimos con un beso y nos fuimos cada uno por un lado, dispuestos a dejarlo todo listo.

Lo primero que hice fue ir a hablar con el capitán y pedirle el favor de que nos casara.

No puso ningún inconveniente, más bien todo lo contrario, pues se mostró encantado.

Me pidió los dos DNI y me dijo que, aunque todo sería simbólico, si queríamos que fuera oficial, con el certificado que nos daría, tan solo tendríamos que presentarlo en el juzgado para que nos dieran el libro de familia.

A continuación, me fui a la joyería del barco, donde no solo compré las alianzas de la boda, sino también una pulsera de oro blanco, a juego con unos pendientes, que quería regalarle a Carmen como regalo de bodas y para que los luciera esa misma noche.

Al volver al camarote, me di cuenta de que no tenía ninguna corbata, entre otras cosas porque no me gustaba usarlas, pero no quería parecer un indigente el día de mi boda.

No le dije nada a ninguno de mis amigos, haría lo mismo que había hecho Lola: les pondría una foto nuestra acompañada de algún texto que pensaría en el momento.

No solo me compré la corbata, sino que también me hice con un traje de chaqueta azul eléctrico que me llamó mucho la atención, así como unas zapatillas y una camisa blanca.

Cuando me miré en el espejo de la tienda del barco, me encantó lo que vi, y una sonrisa se dibujó en mi cara.

No estaba nada nervioso, más bien todo lo contrario, porque me sentía tranquilo y sabía que estaba haciendo lo que me pedía el cuerpo.

—¿Ya estás aquí?

—Sí, vengo a darme una ducha y a vestirme. ¿Por qué?

—Porque no quiero que me veas vestida de novia.

—¿Te has comprado un vestido de novia?

—Bueno, algo así, pero no quiero que me veas.

—Está bien, me doy una ducha rápida, me visto y me marcho. Te espero en la cubierta uno, que será donde haga la recepción el capitán y donde se oficie la boda, antes de la cena.

Nosotros habíamos pedido una mesa individual, en la que tan solo estaríamos los dos, a solas.

Carmen no se sentía a gusto rodeada de personas que no conocía, y a mí tampoco me volvía loco que me estuvieran interrumpiendo la comida cada dos por tres para hacerse una foto, la verdad.

Por eso, nuestra mesa no estaba en el comedor del barco, sino en una especie de terraza a la que tan solo tenía acceso el camarero que nos habían asignado.

Eso cuando bajábamos a cenar, que la mayoría de los días lo hacíamos en la terraza de nuestro camarote, para no tener que socializar demasiado.

Carmen me había hecho ver que no era tan necesario hacerlo, que, si estabas a gusto con la persona que tenías al lado, todo lo demás sobraba, y yo me encontraba así con ella.

Cuando la vi llegar con ese precioso vestido, no pude evitar emocionarme, pero, en realidad, no lloraba por ella, sino por lo que me hubiera gustado hacer eso mismo, pero con Lola.

Ahora ya no había vuelta atrás, la decisión estaba tomada, y yo era un hombre de palabra, que no se echaba atrás por muy mal que se pusieran las cosas.

Fue una ceremonia sencilla, en la que el resto de los pasajeros del barco nos aplaudieron en el momento en el que nos dijimos que sí.

—Eres muy importante para mí, Carmen.

—Tú también, y confío en que, muy pronto, podamos formar una familia.

—Bueno, tampoco hay que correr tanto, que acabamos de casarnos.

—¿No quieres tener hijos?

—Pues, la verdad, no lo sé… supongo que sí, pero no ahora, quizá un par de años más tarde.

Sé que estaba siendo un hipócrita, porque, cuando le ocurrió a Lola lo del aborto, me imaginé rodeado de niños, pero, claro, la madre era ella, no Carmen.

Otra cosa de la que me di cuenta es que no había podido decirle «te quiero». No me salía, y no quería engañarla.

¿Me gustaba estar con ella? Sí, y mucho. ¿Me atraía sexualmente? También, y nos compenetrábamos muy bien en la cama, eso era indudable, pero hasta ahí.

Ahora empezaba a plantearme que lo había hecho por despecho, que había actuado movido por el dolor que sentí al ver esa ecografía, pero, bueno, lo único que tenía que hacer era no llevar ese certificado al juzgado y listo.

Seguiríamos tal y como estábamos antes de viajar y, si veía que la cosa no iba bien entre nosotros, pues cada uno por su lado. Como solía decir mi madre, aquí paz, y después, gloria.

—Ven, hagámonos una foto, que quiero enviársela a mis amigos.

—Enzo, no me gustan nada tus amigos, ya lo sabes, me parece que son unos casquivanos y que no están a tu altura.

—¿Perdona?

—No te vayas por donde yo no voy; no te estoy pidiendo que los dejes, tan solo que reduzcas tu contacto con ellos al tema del grupo.

—Lo siento, pero no. Pablo es como mi hermano, y Lucas, uno de mis mejores amigos.

—Bueno, ya te darás cuenta por ti mismo, no quiero influir en ti. Venga, hagámonos esa foto, que nos vean bien felices.

—Sí, que es nuestra noche de bodas y no podemos aparecer como dos amargados.

Nos acercamos el uno al otro y nos dimos un beso que uno de los camareros inmortalizó y que sería la foto que enviaría en el grupo.