Capítulo 26
Estábamos en la consulta, esperando a que el doctor nos avisara de que era nuestro turno, y me temblaban hasta las pestañas.
—Chica, tranquilízate, que, cuando veamos al bebé en la pantalla, va a parecer que, en vez de un niño, va a ser uno de los bailarines del grupo de su padre.
—No me hables de bailarines, hazme el favor, mucho menos en este momento.
—Vas a decírselo, eso lo sé, pero…
—No, no le voy a pedir nada. Lo que él decida, lo respetaré. Eso sí, no pienso engañar a mi hijo sobre quién es su padre, ni le diré que se ha ido al cielo, pero que lo quería mucho…
—Eso me gusta, porque sabes que a este bebé no le va a faltar nunca el amor ni el cariño de ninguno de nosotros.
Nos encontrábamos hablando de eso cuando salió la enfermera del interior de la consulta.
—Señorita Lola Carmona.
—Sí, soy yo.
—Pase, por favor, el doctor la espera.
—Gracias.
Entramos en la consulta y mi amiga me tenía sujeta de la mano. Me la apretaba para que supiera que no estaba sola en esto, que ella estaría siempre a mi lado y no me soltaría nunca.
—Buenos días, Lola. ¿Qué la trae por aquí?
—Buenos días, doctor. Pues hacía tiempo que no me bajaba la regla, pero, como siempre he tenido el período irregular, no le había dado importancia, mucho menos cuando había sufrido un aborto hacía poco tiempo.
—Vamos, que piensa que está embarazada.
—No lo pienso, lo tengo comprobado, porque me hice una prueba estando de viaje en Florencia y, al ver el positivo, me vine corriendo para España.
—Mujer, tampoco tenía que correr tanto, no hacía falta.
—Me entró un pánico atroz de que le pudiera pasar algo al bebé, la verdad.
—Bueno, para empezar, la voy a enviar a que le hagan una serie de pruebas, pero no se asuste, que son las que debería haberse hecho en cuanto se enteró…
—¿No podríamos verlo antes, por favor?
—Chica, no me deja terminar. Espere, que eso es lo que le iba a decir ahora, que primero, y para determinar de cuánto tiempo está de gestación, vamos a realizarle una ecografía.
—Gracias, doctor, y acepte mis disculpas, pero, después de haber perdido un bebé…
—Lola, ese bebé no lo perdió por un problema de su cuerpo o de sus cuidados. En su expediente médico aparece el motivo. No me tiene que contar nada, tan solo espero que se haya alejado de ese monstruo.
Me sentí en la necesidad de explicarle el motivo de aquella paliza y de que ese hombre no tenía nada que ver conmigo.
Era como si, al verbalizar aquello, estuviera protegiendo a Enzo, porque era lo que tenía que hacer, ya que él no había sido culpable de nada.
Me pasaron a una camilla, en la que la enfermera me indicó que me dejara el vientre al aire, y me preparó para que el doctor empezara con la prueba diagnóstica.
Ni siquiera sentí el frío del gel que vertió en mi vientre; tenía tantas ganas de ver a mi bebé que me daba igual que me lo hiciera con un hierro ardiendo.
Mi gran preocupación era que mi útero, después de aquella salvajada, hubiera tenido secuelas invisibles, de esas que tan solo se ven cuando vuelves a quedarte embarazada, pero no, todo iba genial.
—Mira, esta es la cabeza, los pies y, ahora, vamos a escuchar el latido del corazón. Va mucho más rápido de lo que te esperas, así que no te asustes.
—Vale, gracias por avisarme, porque creo que me he vuelto un tanto paranoica.
El doctor empezó a reír, negando con la cabeza y, cuando activó el sonido del dispositivo, cuando escuchamos ese «bum, bum» de su corazón, no pude evitar que las lágrimas salieran de mis ojos.
—Es el sonido de la vida, amiga, el más maravilloso que podrías encontrar —me dijo Ingrid, sin soltarme de la mano.
—Ni que lo digas, creo que lo voy a grabar y lo voy a poner de tono en mi móvil —le respondí.
Hasta la enfermera soltó una carcajada por la manera en la que lo dije. Para mí, era mi banda sonora preferida, sin ninguna duda.
—Tengo algo más que preguntarte —me dijo el doctor, y os juro por lo más sagrado que me morí de miedo.
—¿El qué, doctor?
—¿Quieres conocer el sexo del bebé o prefieres esperar a que esté el padre presente?
—Pues, como no sé si el padre estará presente alguna vez, sí, quiero conocer el sexo.
—Perfecto, pues os presento a la princesita, porque es una niña.
En el momento en el que el doctor me dijo eso, supe cómo quería llamarla, porque así la sentía y porque, además, era un tributo al que sería su padrino, que me había ayudado muchísimo en mis peores momentos.
—Mi princesa Victoria, porque así se llama.
—Amiga, me encanta ese nombre, es fuerte, como lo va a ser ella y como lo es su madre.
Salimos de la consulta de lo más felices, pero con una lista de pruebas pendientes que parecía la lista de los reyes godos.
El doctor dio las indicaciones necesarias para que no me fuera de allí hasta que no se hubieran llevado a cabo todas y cada una de ellas.
Además, me dio cita para la semana siguiente, ya que sería entonces cuando estarían todos los resultados, y me recetó todos los complejos vitamínicos que necesitaba tomar.
Me dio un listado con las indicaciones que debía seguir, y que pensaba tomarme al pie de la letra.
En el momento en el que pusimos un pie fuera de aquel hospital, no me pude aguantar, y empecé a saltar y a gritar de alegría.
Quien me viera desde fuera podía pensar dos cosas: o que yo estaba loca o que me había tocado un buen pellizco en la lotería, pero no era ninguna de las dos cosas.
—Amiga, ¿quedamos con todos para comer?
—Sí, pero no en mi casa, sino en el centro comercial, que no tengo nada para el bebé y ya he pasado el primer trimestre, con lo que ya puedo empezar a comprar.
—Hija, que te gusta gastar dinero. Deja que los demás nos organicemos, ¿no crees?
—Pues sí. Pero espera, que antes de irnos quiero enviarle la foto a Vitto.
Entré en la aplicación y les envié a todos un mensaje en el grupo en el que estábamos todos y en el que les decía que nos veíamos en el restaurante del centro comercial.
A continuación, entré en la galería de mi móvil, donde había guardado las imágenes digitales que me había enviado el doctor, para coger una de ellas y enviársela a Vitto.
Lola: Te presento a Victoria, el amor de mi vida.
Y adjunté la foto. Cerré la aplicación y guardé el teléfono en el bolso. Pero, minutos después, mi móvil empezó a sonar, al igual que el de Ingrid.
—Chica, no veas el poder de convocatoria que tienes, vamos, ni los políticos.
—Ni que lo digas. Ahora, cuando nos sentemos, miramos las contestaciones, porque me da que más de uno se está comiendo los nervios.
—Seguro, el primero, Sergio, que parece que el padre es él. El otro día me dijo que ya había visto un carrito que era una virguería y que, en cuanto me dijeran que todo iba bien, no dudaría en comprarlo.
Nos reímos y, una vez que aparcamos el coche, entramos en el centro comercial, directas al restaurante, donde lo primero que hice fue ir al baño y pedirme un refresco sin azúcar.
Cuando volví del baño, encontré a Ingrid un tanto descompuesta, pero no sabía el motivo.
—Amiga, ¿qué te pasa?
—Lola, has metido la pata hasta el fondo.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Porque no le has enviado la foto de la ecografía a Vitto, sino que la has colgado en el grupo.
Os prometo que se me bajó hasta la tensión, porque esa no era la manera en la que quería que Enzo se enterara, mucho menos que conociera el sexo de su hija.
—Joder, vaya patazo que he metido.
—Bueno, míralo por el lado bueno, así no tienes que preguntarte si lo quiere saber o no, porque ya lo sabe.
—Sí, pero no sabe que él es su padre.
—Pues llámalo por teléfono.
—Claro, y cuando me conteste, le digo: «Oye, y que sepas que la niña es tuya, pero, como no estabas, no pasa nada, te lo cuento por teléfono».
Ingrid soltó una carcajada que se escuchó en todo el centro comercial, mientras yo negaba con la cabeza.
A quien sí llamé fue a Vitto, que se alegró muchísimo y me dijo que vendría a visitarme dentro de unos días.