¿Me besas o te lo pido por mi cumpleaños? Capítulo 25
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Capítulo 25

Enzo

Desde el día en el que me fui de su casa, no quise saber nada más de ella. Pensaba que, después de lo que habíamos vivido, de la tarde que habíamos pasado y de que le declarara mi amor, se replantearía lo del viaje.

No que fuera a renunciar por completo, de eso era consciente, pero sí que, al menos, lo reduciría o me invitaría a acompañarla, pues sabía que, en esos momentos, podía perderme con ella por el mundo.

Nada más lejos de la realidad, y no me sentó bien, para qué lo voy a negar. Cuando me dijo que estaba terminando de pagar el viaje, para ella sola, no lo dudé: cogí la puerta y me largué de allí.

Justo en la esquina me encontré con Carmen, la otra bailarina de mi grupo, a la que se le había quedado el coche parado y no arrancaba.

—Carmela, ¿qué te ocurre?

—Hola, Enzo, corazón. Pues mira, el capullo este ha decidido que está cansado y no quiere seguir.

—Chica, es que este coche es de la prehistoria, ya va siendo hora de que lo jubiles.

—Claro, como si me lo pudiera permitir. A saber cuándo volveré a trabajar de nuevo y, con lo que cobro de paro, no me da ni para uno teledirigido.

—Venga, todo se puede hablar… ¿Sabes qué? Ahora necesito a una asistente, y creo que tú tienes los conocimientos necesarios para llevarme la agenda.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Completamente. Creo que Lola no está en condiciones de trabajar y, cuando lo esté, tampoco creo que tenga ganas de seguir conmigo.

—¿Qué os ha pasado? Joder, siempre pensé que vosotros estabais liados, por la manera en la que la mirabas y hablabas de ella.

—Algo teníamos, no lo voy a negar, no era nada serio, pero, hasta hace un rato, pensé que lo formalizaríamos.

—¿Te ha dicho que no?

—No directamente, pero, teniendo en cuenta que se marcha de viaje en un par de días, sola, y que no me ha dicho nada de que la acompañe, pues blanco y en botella…

—De verdad, no entiendo cómo hay mujeres a las que el destino les pone todo por delante y se empeñan en destruirlo.

—Venga, sube y llamamos a una grúa. Después, te invito a comer y hablamos del tema del trabajo.

—Me parece perfecto.

Carmen subió a mi coche y, mientras no llegaba la grúa para llevarse el coche al taller, estuvimos hablando un poquito de su vida, de la que, siendo sincero, no sabía nada.

Según me contó, Carmen estaba sola en la ciudad, pues sus padres vivían en el norte de España. Podía marcharse allí mientras no tenía trabajo, mientras no salíamos de gira, pero no era una opción.

—Enzo, salí de allí con dieciséis años, con muchos sueños en la maleta, para estudiar danza en Madrid. Me he acostumbrado a vivir sola y no quiero tener que rendirle cuentas de mi vida a nadie.

—Es lógico. Cuando nos acostumbramos a vivir nuestra vida como queremos, cuesta mucho trabajo volver a regirse por las reglas de nadie.

—Exacto, al igual que tampoco les digo que tengo problemas económicos. Son mi vida y mis problemas; ellos ya tuvieron los suyos.

—¿Tienes problemas económicos?

—Todos los del mundo y más, chico. Pero bueno, poco a poco consigo salir adelante.

No lo dudé. Metí la mano en el bolsillo del pantalón y saqué el móvil. No solía llevar dinero encima, pero sí que le hice un Bizum de quinientos euros, que era el máximo que podía enviar.

Cuando escuchó que su teléfono había sonado, lo sacó del bolso y se llevó las manos a la boca, sorprendida.

—Espero que esto te alivie un poco, pero, si necesitas más dinero, no dudes en llamarme, que para eso estamos los amigos.

—Esto es mucho, Enzo. Si con cien euros yo estaría más feliz que una perdiz.

—Eso es lo que me puedo gastar una noche en una cena y unas copas.

—¿Dónde cenas tú, chiquillo? ¡Jesús! Si con esto tengo yo para la compra del mes y me da hasta para pagar el móvil y la luz.

—Pues sí que comes tú poco, chica.

—Poco, no; tan solo que no me doy caprichos. Esos entran en mis planes mientras trabajo; después de eso, me toca atarme los machos, porque el dinero que gano en las giras es para pagar el año de alquiler.

—¿Lo has pagado ya?

—Claro, en el momento en el que vuelvo, es lo primero que hago, para estar tranquila de que, al menos, un techo no me va a faltar.

—Está bien, pero, antes de la próxima gira, hablamos. No te va a faltar nunca un techo, amiga.

Carmen se lanzó a mis brazos y me dejó un beso en la mejilla. No era amor, porque mi corazón estaba ocupado, pero sí que me sentía muy bien al lado de esta mujer.

Quién sabía lo que el destino nos tenía preparado, lo que nos esperaba a la vuelta de la esquina, porque yo, en esos momentos, no cerraba mis puertas a nada ni a nadie.

Quería ser feliz, pero tampoco iba a adelantar acontecimientos; eso lo dejaría para más adelante.

Después de que la grúa se llevara su coche, hice lo que le había prometido y nos fuimos a cenar juntos, tal y como le había dicho.

Cuando la dejé en su casa, me sentía realmente bien. Hacía mucho tiempo que no me sentía así y, por eso, le dije de quedar al día siguiente, porque quería seguir conociéndola.

Diez días después, seguíamos quedando a diario. Íbamos al cine, a cenar, a ver exposiciones de arte, y nos reíamos mucho.

Esa noche la vi dubitativa, sabía que me tenía que decir algo, pero era como si no se atreviera.

—Carmen, ¿te ocurre algo?

—No es que me ocurra nada, pero me gustaría mostrarte algo.

—A ver, enséñamelo, a ver si te puedo ayudar.

Qué idiota fui, que pensaba que era algo que le atormentaba a ella, cuando, en realidad, lo que me tenía que contar tan solo me afectaba a mí.

Cuando cogí su móvil de las manos y vi la foto que me estaba mostrando, el cielo se me cayó encima.

En esa imagen se veía a una Lola completamente feliz, riendo a carcajadas mientras un chico guapísimo la abrazaba por la espalda.

Casi se me cae el teléfono de las manos. Una pena horrible se apoderó de mi corazón, e incluso se me escaparon algunas lagrimillas.

—Sabía que te iba a hacer daño, pero tenía que enseñártelo, porque ella ya ha pasado página, y ahora te toca pasarla a ti.

—Tienes razón, lo nuestro se ha terminado. Si ella ha sido capaz de olvidarse de mí, yo tendré que hacer lo mismo.

Esa noche no pasó nada entre nosotros, pero sí pasó casi un mes después, cuando, al salir de un restaurante, me dijo algo con lo que nos reímos mucho y, casi sin darnos cuenta, nos besamos.

Fueron unos cuantos besos, pero bastaron para hacerme saber que iba por el camino correcto.

No fue nada premeditado ni calculado, fue surgiendo poco a poco. No os voy a decir que estaba enamorado ni que hubiera olvidado a Lola, porque no sería cierto, pero sí que me encontraba muy a gusto con ella.

Casi sin darnos cuenta, la estancia en mi casa se iba alargando en el tiempo. No es que viviéramos juntos, pero sí que se quedaba a dormir conmigo casi todos los días de la semana.

Quise sorprenderla con un viaje de placer, porque todos los que había hecho hasta entonces habían sido por trabajo y, por eso, contraté un crucero por las islas griegas.

Nos marchábamos en unos días, pero no le dije nada. Le compré ropa nueva y le preparé la maleta a escondidas.

Yo era así, me encantaba sorprender a la mujer que estuviera conmigo en ese momento y, aunque aquel viaje lo había pensado para Lola y para mí, al final dejé esa idea atrás y me iría con Carmen.

Por supuesto, mis amigos estaban en contra de esta relación, pues decían que me manipulaba y que yo ya no era el mismo.

Pero lo que ellos no sabían era que, en cierto modo, me estaba ayudando a superar a Lola, porque, cada vez que me enseñaba algo de sus redes sociales, me desenamoraba un poquito más.

Estábamos en el barco, de camino a Mykonos, cuando me llegó un mensaje en el grupo que compartíamos todos los amigos, el mismo que se creó cuando desapareció Lola y en el que también la habíamos incluido.

Lola: Chicos, quiero que vayáis todos a mi casa a las nueve, tengo una sorpresa para vosotros.

Yo no estaba en la ciudad, pero tenía claro que, aunque hubiera estado, tampoco habría ido.

Estaba convencido de que la sorpresa sería un compromiso con ese hombre o, al menos, que se lo iba a presentar a todos, y no me apetecía en absoluto.