¿Me besas o te lo pido por mi cumpleaños? Capítulo 24
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Capítulo 24

Las reacciones fueron de lo más dispares, desde quienes pusieron el emoticono de los aplausos hasta quien puso el de sorpresa.

En cuanto entré por la puerta de mi casa, abrí todas las ventanas. Necesitaba que entrara por ellas el olor a hogar, ese que tenía antes de haberme marchado.

Me cambié de ropa y eché en la canasta la ropa que traía sucia. Era poca, puesto que, cuando llegamos a Florencia, la lavé toda, y tan solo eran dos o tres prendas, que lavaría cuando tuviera alguna más.

Tenía la nevera vacía, por lo que no podría preparar nada para cenar, así que no me quedaría otra que pedir la comida a domicilio, pero lo haría cuando estuvieran todos allí; así decidiríamos por mayoría lo que queríamos comer.

Entré en la aplicación del seguro médico y cogí cita con el ginecólogo. Tuve suerte y me la dieron para el día siguiente por la mañana.

Me había comido el primer trimestre entero, así que tenía claro que ahora tendrían que hacerme todas las pruebas a la carrera. No me quedaba otra.

En mi cabeza me imaginé la escena de la consulta, con Enzo a mi lado, sujetándome la mano mientras veíamos la imagen de nuestro bebé en la pantalla y escuchábamos su corazoncito.

Me moría de ganas de que llegara ese momento, de que el doctor me dijera que todo iba genial y que no había ningún problema.

No me había dado tiempo a preparar nada que fuera espectacular, por lo que, sin más remedio, lo único que podría mostrar sería el palito de la prueba de embarazo.

Casi sin darme cuenta llegó la hora a la que había quedado con todos, y el timbre de la puerta exterior sonó.

Cuando lo hizo, yo me encontraba en el jardín, disfrutando de los últimos rayitos de sol que calentaban, y estaba de lo más a gusto.

La abrí desde la cocina y me fui a la puerta para ver de quién se trataba. En el momento en el que el portón se terminó de abrir y vi el coche de Ingrid, una sonrisa se me pintó en la cara.

Pero no solo fue ella, pues detrás venía Sergio y, en un tercer coche, entró Pablo, que venía acompañado de Lucas.

Ni rastro de Enzo, nada. Ahora preguntaría por él, pero lo primero era darles un abrazo a mis amigos, a los que había echado muchísimo de menos.

Venía cargada de regalitos para ellos. Eran tonterías, nada caro, pero algo característico de cada lugar en el que estuve, de cada ciudad que visité.

—Mi niña… ¡Qué ganas tenía de verte! —me dijo Sergio, que fue el primero que se acercó a mí.

—Yo también tenía muchas ganas de veros, a todos —recalqué.

Ingrid se abrazó a mí, llorando, como si fuera una exhalación, un espejismo que tuviera ante ella.

—Algo ha debido de pasarte para que hayas dejado tu viaje a medias, porque, según el itinerario que me diste, todavía te quedaban unos cuantos lugares por descubrir.

—Sí, algo me ha pasado, pero nada malo, te lo aseguro.

—Eso espero, porque el cupo de desgracias ya lo tienes cubierto.

—Ni que lo digas. Ven aquí, preciosa, y dame un beso —me dijo Pablo, abriéndome los brazos.

Me fundí en un abrazo con él, al igual que con Ingrid y Lucas, que también estaba muy feliz de que ya estuviera de vuelta en casa.

Había algo que me picaba por dentro. Era como si necesitara saber algo que intuía que no me iba a gustar, pero que era inevitable que preguntara.

—¿Sabéis algo de Enzo?

Todos se miraron entre ellos, como si ninguno se atreviera a decirme nada, pero, como solía suceder en estos casos, fue Sergio quien me lo contó.

—Enzo está con Carmen de crucero, han decidido tomarse unas vacaciones.

—Lo suponía…

—Lola, mi amigo está confundido, pero, cuando se dé cuenta de lo que siente por ti, te aseguro que…

—Será demasiado tarde. Se lo dije antes de irme, que yo no tenía que aclararme, que quien tenía que hacerlo era él, que estaba confundiendo culpa con amor, y el tiempo me ha dado la razón.

—Eso no es verdad. Te aseguro que lo que lo ha llevado a estar con Carmen ha sido tu viaje.

—Entonces, ¿qué pasa? ¿Cada vez que no haga lo que a él le parezca bien, se va a liar con una?

—No, pero…

—Pero nada, Pablo. Entiendo que es tu amigo, pero el día que se fue de mi casa lo hizo sin decir ni adiós, no me ha atendido al teléfono y, cuando llego a Roma, me lo encuentro en las portadas morreándose con ella. Eso sin contar que me dijo que me esperaría a que volviera…

—¿Enzo te dijo eso?

—Sí, justo antes de que hiciéramos el amor. Pero bueno, ya hablaré con él cuando vuelva.

—Ese es el problema, que no quiere que le hablemos de ti. Dice que, cuando subiste a ese avión, se terminó lo vuestro para siempre, en todos los sentidos. —Se sinceró conmigo Ingrid.

—Pues nada, le enviaré un burofax, o se lo contáis vosotros.

—¿Qué es lo que tenemos que contarle?

—Vamos a pedir la comida primero, que me muero de hambre, y ahora os cuento.

—Oye, estás más gordita, ¿no? Ese viaje te ha venido muy bien —me dijo Sergio, con el cariño con el que me hablaba siempre.

—No sabes tú lo bien que me ha venido.

—No me digas que has conocido a alguien, porque me caigo de culo.

—Sí que lo he conocido, pero no en el sentido que estáis pensando. Es un hombre amable, guapo y de lo más cariñoso, pero tan solo somos amigos. Digamos que no nos hemos conocido en el mejor momento.

—¿Eso era lo que nos tenías que contar?

—No, pero os voy a enseñar las fotos.

Conecté el móvil a la televisión y, mientras nos traían la comida que habíamos pedido, nos pusimos a ver todas las fotos.

En la mayoría de ellas aparecíamos Vitto y yo, sonriendo, riendo o gastándonos bromas.

Me veía más madura, más feliz, y entendí que todo el mundo que viniera a sumar tenía cabida en mi vida.

—Anda que no es guapo el italiano, chica. Yo no lo hubiera dejado escapar, sobre todo teniendo en cuenta lo que te esperaba aquí —me dijo Ingrid.

—Ya, pero sobre el corazón no se manda. Además, estad atentos a la última foto, que está a punto de llegar.

Tres diapositivas después, ahí estaba lo que quería contarles. Me había hecho una foto con la prueba de embarazo en la mano y una sonrisa que me llegaba de oreja a oreja.

—¡No! —gritó Ingrid.

—¡Sí! —exclamé yo.

Mi amiga no preguntó nada, simplemente se vino a darme un abrazo, y ambas nos pusimos a llorar, pero esta vez de alegría.

—¿Cuándo te hiciste la inseminación artificial? —me preguntó Sergio.

—Eso, porque no nos has dicho nada —me riñó Ingrid.

—Mirad bien la prueba, la tengo aquí.

Cuando cogieron el palito y vieron las fechas, se dieron cuenta de que había sido la misma semana en la que me fui de viaje.

—Pero…

—Sí, amiga, volví a tropezar con la misma piedra.

—¡Joder! ¿Se lo vas a decir?

—Pretendía hacerlo hoy mismo, pero ya ves, el destino tenía otros planes para mí.

—No se lo va a tomar bien —me dijo Pablo.

—Me da igual cómo se lo tome. Si no quiere estar presente en su vida, tendrá a su madre para todo. No es dinero lo que pretendo, si es eso lo que estás pensando.

—Yo no, pero Carmen va a procurar meterle eso en la cabeza.

—Entonces, si lo logra, será porque no tiene la suficiente madurez ni personalidad como para afrontar una paternidad.

Justo en ese momento llamaron a la puerta, y fue Sergio quien abrió y recogió la comida, que previamente yo había abonado por la aplicación.

Nos sentamos a cenar con una sonrisa en los labios, pues les hablé claro a todos. Estaba de lo más feliz con este acontecimiento y no iba a permitir que nada ni nadie me lo fastidiara.

Le comenté a mi amiga que, al día siguiente, tenía cita con el ginecólogo y que me gustaría que viniera conmigo. No se lo pensó, me dijo que sí de manera inmediata.

—Por supuesto, amiga, no dudes que estaré allí contigo.

—Gracias, Ingrid, sabía que podía contar contigo.

—Es más, no es que vaya a recogerte por la mañana, sino que pasaremos la noche aquí, las dos juntas.

—Ingrid, tú tienes a tu pareja, no lo veo bien, terminará cogiéndome ojeriza.

—Ah, no, de eso nada. Estoy con él todas las noches; por una que duerma con mi amiga en su casa, no le va a pasar nada, te lo aseguro.

—Por mí no hay problema. Yo, esta noche, me quedo viendo el fútbol, que en la aplicación se puede poner el partido de nuevo, y no he querido ver ni el resultado.

—Entonces, todo arreglado.

Estuvimos un buen rato más allí, en el salón, compartiendo risas y conversaciones, hasta que al final se marcharon todos.

Fue entonces cuando aproveché para preguntarle todo lo que me estaba comiendo por dentro sobre Enzo.

—No me preguntes nada, Lola, no quiero hacerte más daño.

—Es inevitable, Ingrid, tengo que saberlo todo, a ver si, de ese modo, me lo quito de la cabeza de una puta vez.

—Eso sí que va a ser imposible, teniendo en cuenta que tienes un mini Enzo creciendo dentro de tu vientre.

—Lo mismo es una mini Lola.

—Con la suerte que tú tienes, créeme, aunque sea una niña, será clavadita a su padre.

La miré y soltamos una carcajada, porque tenía razón, no podía tener más mala suerte en la vida.

—Ni que lo digas, si estoy aquí es porque, el día que ese desgraciado me dio la paliza, el túnel que tenía que coger, el que cogen todos los fallecidos, me lo encontré en obras.

Ingrid se doblaba de la risa, hasta las lágrimas tenía saltadas, al igual que yo, que no podía parar de hacerlo.

Cuando nos calmamos, nos pusimos un poquito más serias y me contó lo que quería saber.

Por lo visto, Carmen estuvo ahí, pico y pala, acompañándolo al cine, a alguna que otra exposición, mientras yo no estaba, hasta que cayó.

—No te puedes imaginar el cabreo que nos pillamos cuando nos enteramos.

—No teníais por qué, es su vida y puede hacer con ella lo que le plazca.

—Para nada, esa mujer no le conviene, lo maneja como le da la gana, además de que no le gusta, nunca le ha gustado, según me ha contado Pablo.

—Pues algo tendrá que gustarle, porque, de lo contrario, no se acostaría con ella.

—Eso mismo le he dicho yo, pero bueno, allá ellos. Ahora, cuéntame cosas de ese italiano. ¿Va a venir?

—Claro que vendrá, pero lo hará cuando nazca el bebé. Quiero que sea su padrino, porque no te puedes hacer una idea de lo que me ha ayudado en estos meses.

Le conté todo lo que había hecho por mí, cómo me había tratado y algo de su historia, sin entrar en detalles, porque eso no me correspondía a mí contarlo.

Si él quería hacerlo, que lo hiciera cuando estuviera aquí, que le preguntara todo lo que quisiera.

Nos fuimos a la cama, donde caímos rendidas, pues eran las tantas de la noche y al día siguiente teníamos que levantarnos temprano, ya que la cita era a las diez de la mañana.

Tenía tantas ganas como miedo, porque, como me dijera que algo no iba bien, os prometo que desistía y no buscaba más un embarazo en lo que me quedaba de vida, lo tenía claro.