Capítulo 23
No volví a coincidir con Enzo, ni siquiera me contestó a la llamada que le hice una vez que llegué a París.
La única que vino a despedirme fue Ingrid. Todos los demás, como no estaban de acuerdo con mi viaje, optaron por no hacerlo.
Mi estancia en la Ciudad de la Luz fue una maravilla. Me encantó pasear por los Campos Elíseos, ver el Arco del Triunfo y contemplar cada obra del Louvre. Lo que más me llamó la atención de ese museo fueron los lamassu , propios del Imperio asirio.
Después de eso, visité el palacio y los jardines de Versalles, que fueron otra maravilla. Y sí, por qué no, también fui al parque de atracciones más famoso del mundo.
Me hice fotografías con todos los personajes, me monté en todas las atracciones habidas y por haber y encontré al que sería mi compañero de viaje.
Vitto era italiano y se había tomado un año sabático para conocer el mundo. Empezó por el sudeste asiático para, después, viajar por el Caribe y toda Sudamérica; continuó por todo el continente americano y, ahora, le tocaba la parte europea.
Coincidimos en una de las atracciones y, desde el primer momento, hubo una conexión total, por lo que no nos separamos.
A él le daba lo mismo ir para un lado que para otro, así que se acopló a mis planes sin ningún problema.
—Ahora nos toca el Mont Saint-Michel, tenemos que mirar la manera de llegar.
—He visto que hay una excursión, pero te propongo algo.
—A ver, sorpréndeme.
—¿Qué te parece si alquilamos un coche y nos vamos despacito, disfrutando de la Normandía francesa?
—Llámame loca, pero me parece una idea fantástica.
Sé que podéis pensar que no conocía a ese hombre de nada y que me podía haber ocurrido cualquier cosa, tal y como estaba el mundo en la actualidad.
Pero es que, cuando me ocurrió todo, estaba rodeada de gente conocida, y fue una de ellas, precisamente, la que me llevó a ese punto.
Además, con Vitto parecía que nos conociéramos de toda la vida; no se le veía maldad ninguna.
Mi nuevo amigo italiano nació y vivió en Florencia, más concretamente en una pequeña ciudad llamada Livorno, con puerto de mar y habitantes muy amables, tal y como me contaba él.
Su padre, al fallecer, le había dejado al cargo de la empresa familiar, que gestionaba una serie de galerías de arte.
Cuando murió su madre, hacía un año, se sumió en una depresión, pues estaba muy apegado a ella. También coincidió con el momento en el que su chica, con la que llevaba cinco años viviendo juntos, decidió que ya no lo quería.
Vamos, que el pobre hombre, si se llega a meter a sombrerero, le nacen los niños sin cabeza.
Por eso, en cuanto levantó un poquito la cabeza, no se lo pensó: vendió la empresa, ya que él no había estudiado eso y trabajaba en una multinacional farmacéutica, pidió un año de excedencia en su lugar de trabajo y se lanzó a ver y conocer mundo.
Ambos nos alojábamos en el mismo hotel, por lo que subimos, preparamos las maletas y bajamos para anular el resto de los días que teníamos reservados en París.
Por suerte, la cadena de hoteles en la que nos alojábamos también tenía otros alojamientos en la Normandía francesa, por lo que, en vez de devolvernos el dinero, lo que hicieron fue trasladarnos la reserva.
La misma chica de recepción se encargó de gestionarnos el alquiler del coche. Vitto no consintió que lo pagáramos a medias; me dijo que era un caballero y que no lo pensaba permitir.
—Bueno, tú pagas esto y yo lo haré con la comida.
—Ya lo veremos, no te prometo nada.
Nuestra llegada al Mont Saint-Michel fue una maravilla que todo el mundo debería ver, al menos, una vez en la vida.
Pasamos unos días magníficos y, cuando le enviaba las fotos a Ingrid, siempre me decía lo mismo: que era una cabrona con suerte.
No les había contado nada de Vitto, entre otras cosas, porque no quería que sacaran las cosas de contexto.
Éramos amigos, nada más, y no pasaría nada entre nosotros, porque ambos teníamos el corazón ocupado, aunque nuestros inquilinos no quisieran saber nada de nosotros.
Acabábamos de llegar a Roma cuando me topé con algo que no me esperaba, la verdad, aunque tampoco me pilló por sorpresa.
No, no es algo contradictorio. No me pilló por sorpresa porque era algo que, evidentemente, iba a pasar. El decir que no me lo esperaba era por la persona con la que lo cogieron in fraganti.
Sí, en un quiosco había una revista del corazón en la que aparecía Enzo besándose apasionadamente con Carmen, una de sus bailarinas, cuando salían de un restaurante.
—No me digas más, se te ha cambiado la cara.
—El que decía que me iba a esperar a que volviera de mi viaje…
—No te hagas más daño. Eres una mujer guapísima. Ya verás que encontrarás a un hombre que sepa valorarte y que vea en ti todo lo que realmente eres.
—No confío mucho en que eso vaya a suceder, pero bueno…
—Pues yo sí que confío en ello. Seguro que, a la vuelta de la esquina, me está esperando una mujer espectacular que me verá tal y como soy.
—Vale, pero que no sea en esta esquina. Vamos a dejarlo mejor para cuando terminemos el viaje, que no quiero seguir sola, ahora que ya me he acostumbrado a hacerlo contigo.
—Venga, lo firmo.
—¿Aceptas pulpo como animal de compañía?
—¿Perdona? No te entiendo.
Solté una carcajada y le expliqué el motivo por el que todo el mundo utilizaba aquella expresión.
Bueno, todo el mundo no, tan solo las que tenían una cierta edad o lo habían oído de sus madres, como era mi caso.
Esa mañana me levanté algo revuelta; por eso, como estábamos en Florencia, concretamente en la casa que tenía Vitto, decidí que me quedaría en la cama.
No había comido nada que supiera que me sentaba mal, pero, aun así, algo no iba bien, pues me pasé media mañana vomitando y la otra media con un asquito que no podía.
—No quiero ser agorero, Lola, pero…
—Di lo que estás pensando, Vitto.
—¿Desde cuándo no te baja la regla?
—Joder… ¿Otra vez?
—¿Cómo que, otra vez?
Le conté, por encima, lo que había pasado con mi embarazo anterior y cómo tan solo podía ser hijo de una persona, la única con la que me había acostado últimamente.
—Chica, tu vida es para escribir el guion de una película.
—Mejor, de una telenovela turca.
—O de una de esas latinoamericanas antiguas, de las de drama, lágrimas y desgracias sin fin.
—¿Y tú cómo sabes tanto de eso?
—No sé tanto, pero me suenan todas parecidas. Anda, date una ducha, que voy a la farmacia a por una prueba de embarazo.
Nada de esto me había sucedido en el otro embarazo, pero supongo que cada uno se vive de una manera; nunca dos son iguales.
Esperé a Vitto sentada en la terraza, desde la que se veía el ir y venir de la gente por el Ponte Vecchio.
—Ya estoy aquí, toma, ve al baño.
—Uf, me da un miedo hacer esa prueba…
—Venga, chica, ni que te estuvieras preparando para las oposiciones a notaría.
—También es verdad. Además, como tenía pensado realizarme una inseminación artificial, ese dinero que me ahorro.
—Esa es mi chica, viéndole el lado positivo a las cosas.
Entré al baño, hice pis sobre el palito y lo dejé sobre la encimera del lavabo, esperando el tiempo que indicaba que había que esperar.
Era una de esas pruebas digitales que te decían de cuánto tiempo estabas embarazada y, al darle la vuelta, cuando vi el resultado, no pude evitar llorar.
Sí, volvía a tener una pequeña vida creciendo en mi vientre, y tomé una decisión que no admitía más réplicas.
La prueba arrojó un resultado de embarazo de entre doce y catorce semanas, lo que indicaba que había sido fecundado aquella tarde en la que Enzo decidió desaparecer de mi vida.
No es que yo tuviera ninguna duda, puesto que no me había vuelto a acostar con nadie, pero era la prueba que necesitaba por si era él quien las tuviera.
—Vitto…
—No digas nada, lo entiendo perfectamente.
—Pero… ¡Si no te he dicho lo que estaba pensando!
—No hace falta, tus ojos lo dicen todo sin necesidad de utilizar palabras.
—Es lo justo y lo adecuado, dicho sea de paso. Tengo que protegerlo, que no me ocurra lo mismo que la vez anterior o, al menos, que no sea por mi imprudencia.
—Venga, que te ayudo a hacer la maleta y a buscar un vuelo para España. Eso sí, no te vas a librar de mí.
—¿Te vienes conmigo a España?
—Ahora mismo no puedo, ya sabes que tengo que empezar a trabajar la semana que viene, pero, en cuanto nazca el bebé, iré a conocerlo.
—Gracias, Vitto.
—¿Por qué me agradeces nada?
—Porque has sido una persona que se ha convertido en alguien muy importante en mi vida. Jamás olvidaré todo el apoyo que he sentido por tu parte.
—Ha sido algo mutuo, preciosa. Y espero y deseo que todo te vaya lo mejor posible, que seas capaz de encontrar tu lugar en la vida y que seas lo más feliz posible.
Nos fundimos en un abrazo, yo con las lágrimas rodando por mis mejillas sin control, porque, de verdad, en él encontré a un hermano.
Muchas veces pensaba que mi madre me había enviado la fuerza necesaria para salir de la situación en la que me encontraba, pero también que en Vitto reconocía muchas de las cosas de mi hermano antes de caer en las redes de la droga.
Encontramos un vuelo que salía esa misma tarde, por lo que no me lo pensé y lo compré.
No avisé a nadie, quería que todo fuera una sorpresa. Una vez que estuviera en mi casa, avisaría a todos para que vinieran a cenar y les daría la noticia.
Por supuesto que no exigiría nada a Enzo. Si quería estar presente en la vida de su hijo, bien, pero, si decidía que no quería tener contacto, también lo respetaría.
Entendía que, con una nueva pareja en su vida, todo era un poquito más difícil, pero tenía derecho a saberlo.
Lo único que iba a pedir era que, si eso sucedía, se cerciorase de que su pareja tratara al bebé con cariño. No quería que un tema de celos convirtiera la vida de mi hijo en un infierno.
Vitto me acompañó hasta el aeropuerto, donde nos despedimos con un hasta pronto, un abrazo y un montón de besos en la mejilla.
Iba nerviosa, no lo voy a negar, porque no sabía cómo se lo tomarían mis amigos. Con Ingrid había tenido contacto a diario, bien con llamadas, bien con mensajes, pero tampoco se lo había dicho.
Me moría de ganas de tenerla delante, porque era de la única de la que tenía claro cuál sería su reacción, que no era otra que saltar de alegría.
Vitto me había ofrecido trabajo en su empresa, pero, después de enterarme de lo del embarazo, decidí declinar su oferta, al menos, de momento.
En caso de que no encontrara nada o de que Enzo no quisiera estar presente en la vida del bebé, me lo replantearía seriamente.
No quería nada económico del padre de mi bebé; eso quería que lo tuviera claro. Lo único que me interesaba era que le diera su cariño. Si no estaba dispuesto a eso, lo demás me sobraba.
Casi sin darme cuenta, ya estaba aterrizando en España, en el aeropuerto de mi ciudad, por lo que les envié un mensaje en el grupo de WhatsApp que teníamos todos juntos.
Lola: Chicos, quiero que os vayáis todos a mi casa a las nueve, tengo una sorpresa para vosotros.