¿Me besas o te lo pido por mi cumpleaños? Capítulo 22
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Capítulo 22

Como esa conversación no iba a llegar a ninguna parte, al final llegamos a un acuerdo.

Ella no me daría de baja hasta que no volviera de mi viaje y me decidiera si, finalmente, quería irme o quedarme, ya con las ideas bien claras.

Mientras eso no sucedía, Sergio se ocuparía de todo, como había hecho durante los meses en los que yo estuve desaparecida.

Además, no había conciertos a la vista, puesto que Enzo y el grupo estaban preparando el siguiente álbum, y en ese trabajo estarían, mínimo, de nueve a once meses, hasta que todo estuviera completado.

Esa mañana me tocaba ir al traumatólogo de nuevo, para que me hicieran las pruebas pertinentes.

No quería que nadie me acompañara, pero no pudo ser, puesto que Enzo se empeñó en venir conmigo, y no quise que se sintiera todavía peor de lo que ya estaba.

—Vamos, o llegaremos tarde. Tengo el coche ahí afuera.

—¿Por qué no has llamado y lo has metido en la parcela?

—Porque, si lo metía, sabía que tardaríamos mucho más tiempo en salir.

—Uy, eso ha sonado un poquito fuerte.

—Ojalá fuera así. Sé que piensas que es culpabilidad, Lola, pero nada tiene que ver con eso. Estoy enamorado de ti y quiero que me dejes demostrártelo.

—No, Enzo, lo que tienes es miedo a que me vaya y me suceda algo, pero todo esto me ha servido de experiencia.

—¿Experiencia?

—Sí, da igual si vas sola o estás entre una multitud. Cuando lo que viene está para ti, no puedes huir ni ocultarte de ello.

—Pero sí que se pueden tomar ciertas precauciones que impidan que sea tan grave.

—Bueno, venga, arranca ya, que quiero que me quiten esto lo antes posible.

—Entonces, ¿es verdad que te vas a marchar, sola?

—Tan verdad como que me llamo Lola Carmona. Pero no os preocupéis, que llamaré todas las semanas.

—¿Todas las semanas? ¿Estás loca o quieres matarnos de un ataque al corazón?

—No, si te parece, te llamo todos los días.

—Por supuesto que me vas a llamar todos los días, por la mañana y por la noche, y nos vas a mantener informados de tu paradero en tiempo real.

Lo miré y solté una carcajada, porque eso no se lo creía ni él. No lo había hecho cuando tenía quince años y me lo exigían mis padres; mucho menos lo iba a hacer ahora, con veintisiete y siguiendo las instrucciones de una persona que no tenía nada conmigo.

Aparcamos el coche en la puerta del hospital y bajamos al instante para ir a visitar al doctor.

En la consulta nos recibió la enfermera, que se comía a Enzo con la mirada, mientras él se veía de lo más incómodo.

—¿Por qué te sientes tan incómodo cuando una mujer te adula o te tira los tejos?

—Te aseguro que, si fueras tú, me sentiría encantado, pero de una mujer que no conozco y que, encima, ni siquiera me gusta, pues no lo puedo remediar.

—Chico, ni que durante estos meses hubieras llevado vida de monje.

—De monje no, porque tenía que dar los conciertos, pero te puedo asegurar que no me he acostado con ninguna otra mujer. La última mujer con la que he estado ha sido contigo.

No sabía si creerlo o no, porque no lo veía yo tan célibe, la verdad. Pero, bueno, eso no era lo que importaba ahora. Mi máxima preocupación era saber cómo estaba mi mano.

El médico, después de hacerme las pruebas pertinentes, me dijo que todo iba tal y como se esperaba, incluso un poquito mejor, y que, por eso, me iban a quitar esa escayola y me colocarían la de fibra.

Tardarían un par de horas en tenerla lista, pero me daba exactamente igual.

Saber que saldría de allí sin aquel peso y sin esa incomodidad constante al dormir o ducharme hacía que esperar una semana no me importara lo más mínimo.

Al final, salimos de allí antes de lo que pensábamos, porque lo que se suponía que serían dos horas no llegó ni a cuarenta y cinco minutos, pues tuve la suerte de que la impresora 3D estuviera libre y disponible.

—¿Cuándo te marchas?

—No lo sé, ahora voy a mirarlo, pero lo antes posible.

—¿Estás segura de que es eso lo que quieres hacer, Lola?

—Completamente segura.

—Te estaré esperando a que vuelvas. Quiero que, durante ese viaje, pienses en lo que sientes por mí y, si sientes lo mismo que yo, me lo digas al llegar.

—No soy yo la que tiene que pensar nada, Enzo. Yo tengo muy claro lo que siento, pero no confío en lo que sientes tú.

Enzo me miró. Ya estábamos en la puerta de mi casa. Enmarcó mi cara con sus manos y me besó.

Sé que tendría que haberlo apartado, soy consciente de que debería haberle dicho que no, pero, qué queréis que os diga, si la carne era débil, yo era ternera lechal.

Ese beso fue el pistoletazo de salida de una magnífica jornada, en la que nos dejamos llevar por todo lo que deseábamos, sin pensar en nada más que en nosotros.

Yo, por mi parte, necesitaba sentirme mujer, y una deseada, sentir que todavía era válida para muchas cosas.

Sí, esa mala experiencia que había vivido me había pasado factura, me había marcado demasiado, y la única manera de salir de ese bucle era esa: perderme entre sus brazos y entre sus caricias.

No sé ni cómo llegamos hasta mi habitación, pero, cuando lo hicimos, ya estábamos completamente desnudos.

Me hizo el amor como nunca me lo habían hecho. No era solo sexo, y ambos lo sabíamos.

Llegué a plantearme si era un polvo de despedida, si la vida me tenía preparado algo distinto y tenía que pasar página o si, por el contrario, lo que quería demostrarme era que Enzo era el amor de mi vida y que, por mucho que buscara, no iba a encontrar a nadie más.

En ese punto, me dejé llevar, puse mis cinco sentidos en él y en que ambos disfrutáramos por igual.

Sus labios por todo mi cuerpo, sus manos, que pasaban de mis pechos a mis nalgas, y su lengua en mi sexo me hicieron volverme loca de placer.

No sé cuántas veces grité su nombre, cuántos orgasmos había alcanzado ya, y eso que todavía no me había penetrado.

Cuando llegó ese momento, ya fue el culmen de todo. Lo hizo lentamente, como si quisiera memorizar el camino de mi vagina hasta el fondo, para salir de la misma manera.

El vaivén de mis caderas hizo que acelerara el ritmo, hasta que, cuando menos lo esperábamos, el más absoluto placer nos asoló a los dos.

Acallamos nuestros gritos con un beso, pero no fue uno desesperado como el que nos dimos al principio, cuando llegamos a mi casa, sino uno lento, saboreándonos.

Como he dicho antes, todo aquello me sabía a despedida, pero no entendía el motivo.

No dijimos una sola palabra, no nos hacía falta. Una mirada, un beso, una simple caricia decían más que todas las palabras del mundo.

Nos levantamos y nos dimos una ducha, en la que volvimos a dejar volar nuestra pasión.

Cuando salimos, mientras yo terminaba de secarme el pelo, Enzo se puso a calentar la comida que la chica había dejado hecha esa misma mañana.

—Lola, ya está la comida en la mesa.

—Ya mismo bajo, un segundo.

—¿Todavía estás secándote el pelo?

—No, estoy terminando de pagar el viaje, pero no tardo nada.

No dijo nada más, y eso me sorprendió. Cuando estaba a punto de apagar el portátil, sentí cómo se cerraba la puerta de mi casa, seguido del sonido de un coche arrancando.

Entonces lo comprendí todo. Él había hecho aquello con la intención de que terminara desistiendo de mi viaje y, como no lo había conseguido, se había marchado sin decirme ni adiós.

Ahora entendía ese sentimiento de despedida que había tenido durante toda la noche, pero la cosa era como era.

No iba a consentir que nadie me manipulase, mucho menos que usaran mis sentimientos para ello.

Si él no había sido capaz de entenderme, de aceptar lo que yo necesitaba, no se merecía un hueco en mi vida.

Podría sonar un poquito drástico, pero considero que una pareja está para apoyarse, para entender lo que el otro necesita, no para utilizar la palabra amor para conseguir que este haga lo que uno quiera.

Bajé de mi habitación y, efectivamente, Enzo había dejado la comida encima de la mesa, la suya y la mía, y se había marchado.

Comí porque no quería caer enferma, no ahora que estaba a punto de cumplir mi sueño y que no pensaba abandonar por nada en el mundo.

Me iba en dos días, así que pensé que esa tarde llamaría a Sergio y a Ingrid, a los que les enseñaría mi planning de viaje, para que supieran en qué lugar me encontraba en cada momento.