Capítulo 21
Tres días después, cuando vieron que todo estaba correcto y que toleraba la comida y el líquido, me dieron el alta.
—Me la llevo a mi casa, conmigo estará bien —dijo Enzo.
—De eso nada, me voy yo con ella —dijo Ingrid.
—Yo también me la puedo llevar a casa, no tengo nada de trabajo a la vista, de momento. El documental ya está grabado y editado, así que estoy oficialmente de vacaciones —afirmó Sergio.
—Pues lo siento por todos, pero me voy a mi casa, sola y con completa tranquilidad.
—No puedes hacer esfuerzos, te lo ha dicho el doctor. Además, tienes una mano escayolada.
—No pienso hacerlos. Ya he localizado a la chica que me ayudaba con mi madre. Vendrá tres veces por semana para encargarse de la casa, dejarme la ropa lista y la comida para el resto de los días.
—No tienes necesidad de eso, somos muchos los que podemos ayudarte —me dijo Lucas.
—Lo sé, pero todos tenéis pareja, una vida que no pienso interrumpir con la mía.
—Yo no tengo pareja, y quiero estar contigo, a tu lado. Me prometí a mí mismo que no me separaría de ti…
—Tú lo que tienes es un sentimiento de culpa que no puedes con él, y yo no quiero que la gente esté conmigo por eso, ni por lástima. Además, estaré poco tiempo aquí.
—¿Qué quieres decir? —me preguntó Ingrid.
—Pues que la vida son dos días y uno y medio ya han pasado. En cuanto me encuentre un poquito mejor y me quiten la escayola, he decidido que voy a ver el mundo, me iré de viaje.
—¡¿Sola?! Eso no te lo crees ni tú —me dijo Enzo, como si fuera mi padre.
—Por supuesto que me iré sola, y no sé el tiempo que estaré fuera de España. Lo necesito y, ni tú ni nadie, me lo va a impedir.
Enzo agachó la cabeza, como si mis palabras le hubieran molestado, y sé que podría haber sido así, porque mi tono no era el mejor.
Pero ya estaba cansada de que todo el mundo decidiera por mí. Era mi momento de encontrarme, de brillar por mí misma, y lo quería aprovechar.
Al final, ese día lo pasamos todos en mi casa, donde pedimos comida a domicilio y me reí muchísimo.
Me moría por comer ensaladilla y di un por culo bastante evidente. Hasta que no encontramos un restaurante en el que la sirviesen a domicilio, no pedimos.
Sergio casi había tirado la toalla, y dijo que, si en ese restaurante al que estaba llamando no había, él mismo pondría patatas a cocer y me la prepararía en un momento.
Por suerte para él, no fue así, y pudimos pedirla ya cocinada. No era una maravilla, para qué nos vamos a engañar, pero tampoco era de esas congeladas, y eso era de agradecer.
En el momento en el que se marcharon todos y me quedé sola, lo primero que hice fue redactar mi carta de renuncia. No pensaba quedarme en ese puesto ni un minuto más.
Ya había conocido las «mieles de la fama», léase con toda la ironía del mundo, y ahora lo que buscaba era todo lo contrario.
Algunos pensaréis que estaba siendo demasiado tremendista, pero es que, si esto era lo que me había traído el andar con gente famosa, lo próximo que quería era alguien completamente anónimo y sin enemigos, a ser posible.
Pero no sería de manera inmediata. Como bien les había explicado esa misma mañana, primero me perdería por el mundo durante unos meses.
Ese fue mi siguiente movimiento: buscar y planificar el viaje de mis sueños. En un principio, mi intención era quedarme por Europa, pero nunca se sabía, que lo mismo conocía a alguien y me lanzaba a la aventura.
Lo que sí tenía claro era que, mínimo, estaría durante cuatro meses dando tumbos de un lado a otro.
Envié la carta a la hermana de Enzo por correo electrónico para que tramitara mi baja y buscara a otra persona que ocupara mi puesto antes de que pasara más tiempo.
Entré en una agencia de viajes digital y preparé todo lo que quería ver, los lugares que quería visitar, y, una vez que lo tuve todo, empecé a organizarlo.
No podía saber cuándo me iría, pero lo que sí quería era tenerlo todo preparado para que, llegado el momento, tan solo tuviera que darle a la tecla y preparar la maleta.
Me acosté con el sentimiento del deber cumplido, pero, al cerrar los ojos, la imagen de ese hombre golpeándome una y otra vez, la risa malvada de Sandra y la pérdida de mi hijo acudían a mi mente sin que pudiera evitarlo.
Esperaba que, con los días, esto se fuera mitigando un poquito y, aunque fuera de manera lenta, pudiera ir superándolo.
El doctor me dijo que tendría que acudir de nuevo al hospital la semana siguiente y que, si todo iba como debía ir, me cambiarían la escayola por una de fibra, con la que me pudiera bañar y que fuera mucho más cómoda para mí.
Por lo visto, este tipo de inmovilizaciones se hacían con una impresora 3D, tomando las medidas de tu brazo, y resultaban muy efectivas. Eso sí, tenía que haber empezado a soldar el hueso.
Para que eso ocurriera, debía tener el mayor reposo posible en la mano, y me lo iba a tomar al pie de la letra.
Si me lo cambiaban, entonces le daría al botoncito para pagar el viaje y me iría lo antes posible.
El primer sitio al que iría sería París, no porque tuviera más ilusión por verla, sino porque era el que me cogía primero en el itinerario.
Desde ahí iría a visitar el Mont Saint-Michel, del que me habían hablado maravillas, así como la Normandía francesa. A continuación, mi destino sería Italia; allí tenía varias ciudades que quería visitar.
Todavía no tenía claro cuál visitaría primero, pero no me iba a volver sin verlas todas. Luego, la zona de Austria, que también me llamaba mucho la atención, al igual que Grecia.
Mi recorrido terminaría en Irlanda y Escocia, al menos de momento, porque, como ya he comentado, no descartaba nada.
En cuanto Marián abrió mi correo electrónico al día siguiente, mi teléfono empezó a sonar.
Era demasiado temprano, o eso pensaba, aunque, al mirar el reloj del móvil, me di cuenta de que eran pasadas las diez de la mañana. No solía dormir tanto, pero lo cierto era que me había costado coger el sueño y, sobre todo, descansar.
—¿Me puedes decir qué significa este correo que he recibido?
—Buenos días para ti también, Marián. Me encuentro mejor, muchas gracias.
—Déjate de ironías conmigo, Lola, que están de más entre nosotras.
—Pues, como sabes leer y habrás leído, no quiero continuar trabajando en esto. Me ha superado.
—Lo que te ha superado es la situación, no el trabajo, Lola.
—Para mí es lo mismo. Ya he alcanzado el cupo de calamidades de mi vida y no quiero arriesgarme a que me venga alguna más.
—Eso que dices no tiene sentido. Te podría pasar en cualquier otro trabajo que, encima, no te gustara.
—Fíjate que no lo había pensado, oye…
—¿Otra vez con el sarcasmo, Lolita?
—Si tú hubieras pasado por lo que he pasado yo, si te hubieras tenido que enfrentar a lo que yo he tenido que enfrentarme, lo verías todo de otra manera, te lo aseguro.
—Yo no habría sido capaz de enfrentarme a eso y, para mí, eres una heroína.
—No, Marián, no te confundas. No soy ninguna heroína, soy una mujer de carne y hueso que ha perdido a su hijo por culpa de un malnacido y que no quiere sufrir más.
—Lo sé, cariño, y es admirable la manera en la que te estás tomando todo, pero no puedes abandonar a mi hermano, no ahora, cuando…
—No me vayas a decir lo que estás pensando, porque no es ni ha sido así nunca.
—Sí que lo es. Tú no lo has visto sufrir y llorar como yo lo he hecho cuando estabas desaparecida. Tú no lo has visto mirar al cielo y pedir tu vuelta.
—Pero no lo ha hecho porque estuviera enamorado, Marián, sino porque se sentía culpable.
—No, para nada. Por supuesto que se sentía y se siente culpable, pero eso no tiene nada que ver con los sentimientos que tiene hacia ti, Lola. Mi hermano está enamorado de ti hasta las trancas.
—Si lo hubiera estado, no me habría hecho todo lo que me hizo en los últimos días que estuvimos juntos. Tú estabas aquí y no viste cómo me trató, como a una puta a la que se le paga cuando se termina de tener sexo con ella.