Capítulo 20
Lo último que recordaba era la furia con la que me golpeó ese hombre, mientras esa mujer, que se llamaba Sandra, reía a mandíbula batiente.
Fue algo de lo más inocente lo que lo provocó todo, una simple pregunta, un simple gesto, lo que lo descubrió todo.
Esa mañana habían llegado los dos juntos, y se suponía que venían para grabar un vídeo y darle un ultimátum a Enzo, pero no se hizo nada de lo que tenían pensado.
—Uf, a ver si terminamos ya de grabar todo, que me ha bajado la regla y tengo el cuerpo hecho polvo —le dijo Sandra a ese hombre, del que no sabía ni el nombre.
—Venga, algo rapidito, que yo también tengo ganas de irme. Hoy es el cumpleaños de mi hermana y hemos quedado para comer.
—Por cierto, Lolita, no me has pedido compresas ni ningún producto de higiene femenina. ¿Qué pasa, que tú no tienes la regla…? Levántate ahora mismo la camiseta. ¡Ya!
—No me ha bajado en mucho tiempo, pero mis reglas son así, irregulares por naturaleza —le dije, intentando ocultar lo que ya era más que evidente.
—Y una mierda para ti. Levántate la camiseta, no me hagas que tenga que ir yo, porque será peor.
—Está bien, mira, ¿ves como no tengo nada?
Encogí la barriga al máximo, pero de poco me sirvió, porque mi barriguita era más que evidente, para mí y para todo el mundo.
—Me cago en la puta. ¿De quién es ese niño? ¿De cuánto tiempo estás?
—¿Qué niño? ¿No crees que, si estuviera embarazada, te habría pedido algún suplemento prenatal o algo?
—A mí no me engañas. Pero una cosa te voy a decir, no vas a tener un hijo con Enzo, no te lo voy a permitir.
Le hizo un gesto a ese hombre que, con una sonrisa, me dio un primer bofetón que me partió el labio.
A partir de ahí, todo fueron golpes, la mayoría en el vientre. Quise protegerlo con mis brazos, pero me cogió la mano y me la retorció de tal manera que tuve claro que me la había roto.
Llegó un momento en el que el dolor, tanto físico como emocional, era tan insoportable que todo se volvió negro para mí.
No por ello paró. Escuchaba a Sandra decirle que me diera más fuerte, que no parara en ningún momento, que ya no hacía falta vídeo ninguno, que la mayor prueba era que yo no apareciera nunca.
En ese instante pensé que me mataban, y me dejé ir, me abandoné a mi suerte. Ya había perdido a mi hijo, estaba completamente segura. Lo demás me daba igual.
Estaba claro que no me habían buscado o, al menos, que no lo habían hecho con el suficiente empeño, o no estaría allí.
Lo próximo que noté, al abrir los ojos, fue que no estaba en aquella casona vieja, porque todo estaba demasiado blanco y olía a desinfectante.
—No te muevas, preciosa, que enseguida aviso al médico —me dijo Enzo, que estaba a un lado de mi cama.
Me fijé en él. Tenía unas ojeras bastante pronunciadas, la camisa arrugada y parecía llevar siglos sin moverse de aquella habitación.
Pero no podía ser, porque yo, el día anterior, estaba en aquella casa, encerrada y sufriendo la peor de las palizas que se le puede dar a una persona.
Mi gesto instintivo fue tocarme el vientre. Volvía a estar plano y las lágrimas cayeron por mi rostro, sin piedad y sin reparos.
—¿Cómo se encuentra, señorita Carmona?
—Cansada, agobiada y con mucho dolor.
—Eso es normal, después de haber estado en coma más de quince días.
—¿Quince días? Pero si yo pensaba que era ayer cuando…
—No, no fue ayer. Por desgracia, lo que pensábamos que eran contusiones en la cabeza resultó ser una inflamación en el cerebro, que hemos tenido que tratar hasta que ha remitido.
—¿Las personas que me hicieron esto…?
—Eso luego, preciosa. Ahora, lo que nos importa es tu salud.
Según me contaron, al día siguiente de que me rescataran de aquel lugar, me trasladaron hasta el hospital de nuestra ciudad, donde, nada más llegar, me hicieron un TAC, que arrojó ese resultado.
—Como habrá comprobado, el embarazo fue interrumpido porque el feto no tenía latido, también fue víctima de esos golpes que usted recibió.
—Doctor, eso…
—No, puede estar tranquila, no ha afectado a su aparato reproductor, podrá tener hijos más adelante, en cuanto que usted se lo proponga.
Asentí con la cabeza y esperé a que el doctor saliera de la habitación. Vi como Enzo marcaba un número de teléfono, y avisaba a quien fuera que yo había despertado.
No supe a quién había llamado hasta que no terminó de hablar, que fue cuando se giró y me lo contó todo.
—He llamado al agente Camino, que fue uno de los que te rescataron. Viene para acá, para tomarte declaración, pero si no estás en condiciones de hablar…
—Lo estoy, quiero que esos dos cabrones se pudran en la cárcel.
—Uno de ellos no podrá hacerlo, pero será mejor que llegue el agente y te lo cuente todo.
—¿Cómo me encontraron? Quiero decir, que cuál fue la pista que os llevó hasta mí.
—Fue todo cosa de un detective privado que habló con Sergio. Tendrías que verlo, está muy afectado. Vienen todos los días.
—¿Quiénes vienen todos los días?
—Ingrid, Pablo, Lucas y él se han vuelto inseparables.
—Enzo, con respecto al embarazo…
—No me podía hacer más ilusión que tener un hijo contigo, pero no ha podido ser. No quiero que te agobies y, además, ya has oído al doctor: podrás volver a ser madre.
En ese momento me volví a venir abajo. No porque quisiera tener a Enzo amarrado a mí, sino porque ese niño habría evitado que yo estuviera tan sola en la vida como estaba.
Tomé una decisión: en cuanto me recuperara, recurriría a una fecundación in vitro o a una inseminación artificial, y conseguiría mi sueño de ser madre, me costara lo que me costara.
El agente Camino llegó casi inmediatamente, dejándonos con la conversación a medias, aunque esperaba poder retomarla lo antes posible.
Me estuvo explicando todo lo del operativo y, cuando ya me hubo puesto al día, empezaron las preguntas.
Le conté absolutamente todo, empezando por la manera en la que me sacaron del concierto hasta la cantidad de veces que me trasladaron de lugar.
Fue anotando cada palabra que yo pronunciaba para poder construir un relato cronológico y coherente, y llegó el momento de la verdad.
—Si no pudimos encontrarte antes fue porque Sabina, la bailarina, les chivaba cuando estábamos cerca, y te cambiaban de lugar —me contó Enzo.
—¿Me lo estás diciendo en serio?
—Por completo. Además, el hombre que se supone que te dio la paliza es su hermano, y se vieron ese mismo día, cuando te dejaron allí, en aquella casona, medio muerta —me aclaró Camino.
—Deberías pedir un estudio psiquiátrico antes de contratar a nadie, porque vaya telita con tus empleados, churra —le dije, y empezó a reír.
Pero no era la risa a la que me tenía acostumbrada, era una risa triste, cargada de culpabilidad, y no quería que se sintiera así.
—Enzo, no ha sido culpa tuya, de verdad.
—Sí que lo ha sido, Lola, si yo no…
—No le des más vueltas, por favor. La culpa la han tenido ellos, que son unas personas con trastorno mental.
—No, señorita, en eso se equivoca. No todos los asesinos tienen un trastorno mental; algunos, como estos en concreto, hacen las cosas siendo muy conscientes de lo que hacen —me contestó el agente.
Justo estaba diciendo eso cuando la puerta de la habitación se abrió y entraron mis amigos, aquellos que, según Enzo, habían acudido a diario.
Sergio, en cuanto me vio despierta, empezó a llorar y se lanzó a mis brazos, al igual que Ingrid.
—No nos vuelvas a dar estos sustos, cabrona —me dijo ella.
—Vamos, como si yo hubiera querido que esto pasara.
—Lo sé, ninguno lo queríamos, pero esos desgraciados…
—Por cierto, no me habéis contado qué ha pasado con ellos.
—Pues el que te dio la paliza, el que te sacó del concierto, está en la cárcel, al igual que su hermana, mientras que Sandra… —Empezó a contarme Camino.
—No me digas que se os ha escapado, porque saco ahora mismo mi pasaporte y me voy a vivir a Groenlandia.
Todos soltaron una carcajada, y era la primera que escuchaba desde que había vuelto a la vida, como se suele decir.
—No, no se le ha escapado a nadie. Se mató huyendo de la policía el día en el que fueron a detenerla. Se salió de la carretera y cayó por un barranco con su coche.
—Yo, de vosotros, me aseguraría de que estuviera dentro, no vaya a ser que hubiera saltado antes sin que ustedes la vieran.
—Se ha comprobado de todas las maneras habidas y por haber, hasta con prueba de ADN.
—Que le hagan el carbono catorce, y así aseguramos más.