Capítulo 19
Enzo
El agente Camino me pidió que lo tuviera todo preparado para salir en cuanto terminaran de organizar el operativo. En ese momento, me avisarían y vendrían a recogerme.
Les ofrecí el avión privado para viajar, pero me dijeron que eso sería como gritar a los cuatro vientos que la teníamos localizada, así que se me ocurrió una cosa.
Teníamos que ir lo antes posible, y en un avión comercial sería un escándalo, pues mi presencia no pasaba desapercibida, precisamente.
Por ello, avisé a Sergio, por si me podía buscar una entrevista en la televisión gallega para ese mismo día o para el siguiente, y se puso manos a la obra.
En menos de dos horas ya tenía una entrevista cerrada, gratuita, por supuesto, en un programa de música de la televisión autonómica.
Para ellos fue como si llamara el mismísimo rey, pues que un cantante de mi categoría fuera hasta allí, y encima gratis, no era algo que les sucediera a menudo, la verdad.
A las cinco de la tarde ya estábamos todos montados en el avión privado y, por si alguien especulaba, me encargué de anunciar en mis redes sociales lo de la entrevista, con la excusa de anunciar una nueva fecha de salida de mi disco.
Eso lo teníamos ya programado desde hacía mucho tiempo y mi representante lo sabía, pero no se preocupó demasiado, la verdad.
Solía dejarme a mi aire en ese sentido. Él se ocupaba de cerrar los contratos y poco más. Después de eso, ni siquiera era de los que me acompañaban a los programas o a los conciertos.
Una vez que llegamos a Galicia, lo primero que hicimos fue ir a la entrevista, que sería a las diez de la noche. Cuando saliéramos de ahí, iríamos directamente hasta la localización donde se suponía que tenían a Lola.
Aquello estaba rodeado de agentes, que habían hecho una vigilancia exhaustiva y documentada durante todos los días que habían estado allí.
—En este momento, la casa se encuentra sola, agente Camino.
—¿Está seguro de eso?
—Completamente. En esa casa tan solo entran y salen dos personas. Una es esta mujer, y el otro, este hombre.
—Ese hombre… Joder, lo conozco, es el hermano de Sabina, la bailarina de la que te hablé.
—¿Puede tener algo en tu contra?
—A ella la despedí porque quiso hacer creer que consumía drogas, y a él ni siquiera llegué a contratarlo. Vino a ofrecerse como seguridad privada y le dije que yo no gastaba de eso.
—Entonces, ahí lo tenemos. Ahora que me pongo a pensar, tengo la impresión de que el otro suceso también puede estar relacionado con todo esto.
—Yo también lo he pensado.
—Pues nada, equipo, vamos a por la chica, y esperemos que tengamos suerte y esté ahí encerrada.
El agente Camino organizó el operativo en unos minutos, haciendo que su grupo entrara a buscar a Lola, mientras que el resto seguiría allí, vigilando, tal y como lo habían hecho antes.
La cuestión era la siguiente: sacarían a Lola, suponiendo que estuviera allí, tal y como había descubierto López, pero continuarían en la misma posición hasta que llegaran esos dos y fueran detenidos.
Después de eso irían a buscar a Sabina, que también sería detenida por cooperación necesaria, pero todo eso ya me daba exactamente lo mismo. Yo lo único que quería era que Lola estuviera allí y se encontrara bien.
Para que todo saliera bien, no diríamos a nadie que la habían encontrado, no hasta que todos estuvieran detenidos y ella en el hospital, a salvo.
Se colocaron sus trajes y, de manera muy sigilosa, fueron rodeando la casa, que se encontraba en un estado ruinoso, todo sea dicho.
Me moría de ganas de verla, de comprobar que estaba bien y a salvo. No pensaba separarme de ella hasta que estuviera completamente restablecida; eso lo sabían hasta los hebreos.
Minutos después, se escuchó cómo, desde el interior de la casa, alguien pedía una ambulancia, y salí corriendo.
En ese momento me daba absolutamente igual lo que me pudiera pasar a mí, lo que me pudieran decir o cómo me pudieran amonestar. Tan solo quería verla, tocarla y saber el estado en el que se encontraba.
En cuanto la tuve delante, no pude evitar empezar a llorar como un niño pequeño por el estado en el que se encontraba.
Su cuerpo estaba en posición fetal y tenía las piernas cubiertas de sangre. La cara llena de moratones, como si hubiera sido el saco de boxeo de alguien, y el mundo se me cayó encima.
—Mi niña… ¿qué han hecho contigo?
—No la toques, Enzo, no sabemos los daños internos que puede tener.
—Te prometo que quien te haya hecho esto lo va a pagar y no voy a parar hasta que lo consiga.
Llegó la ambulancia, a la que se le pidió expresamente que lo hiciera sin las sirenas encendidas, pues lo que menos queríamos era que nadie supiera nada.
No dejé que nadie más fuera en la ambulancia con ella, solo yo, y Camino lo entendió, por lo que fue detrás en su coche.
Me daba igual el tiempo que tuviéramos que permanecer allí. No tenía ningún compromiso a la vista, pero lo cierto es que me importaba bien poco.
Ahora mi única prioridad era ella y su recuperación. Todo lo demás me la traía al pairo, y pensaba demostrárselo.
Entró en urgencias y la llevaron a un box, pero, siendo yo quien era, y para que no se formara un revuelo en el hospital, me dejaron permanecer con ella, por lo menos hasta que le asignaran una habitación.
—Señor del Río, la vamos a subir a planta y, desde ahí, le haremos las diferentes pruebas, para que usted pueda estar más tranquilo.
—Mi tranquilidad, en estos instantes, es lo de menos. Lo único que quiero es que ella esté lo mejor atendida posible.
—No dude que así será.
La llevamos a un hospital privado, que era el que teníamos con nuestro seguro médico. Todo el grupo lo teníamos por si nos pasaba algo en el extranjero, para que no tuviéramos ningún problema.
Mi intención era llevármela a casa lo antes posible, pero estaba claro que, en ese estado, no lo podía hacer, ni siquiera en un avión medicalizado.
Le hicieron miles de pruebas mientras ella seguía sin conocimiento. Esperaba que fuera algo transitorio, porque me moriría de pena si le pasara algo.
El sentimiento de culpa lo tenía ahí, y estaba claro que, tarde o temprano, saldría a la luz y, según lo que sentía, sería más pronto que tarde.
—Señor del Río, ya tenemos todos los resultados de la señorita Carmona.
—¿Qué es lo que tiene?
—Para empezar, ha tenido un aborto, probablemente por uno de los golpes recibidos en el vientre…
—¿Estaba embarazada?
—Sí, de unas quince semanas, aproximadamente. Hemos tenido que realizar un legrado para eliminar los restos del feto.
Os prometo que me tuve que sentar, porque las piernas se me aflojaron de golpe. De repente, nos imaginé con el niño, paseando por la playa, como si fuéramos una pareja más, y las lágrimas cayeron por mi rostro, sin darme cuenta.
—Señor del Río, ¿se encuentra usted bien?
—Sí, lo siento, continúe, por favor.
—Como le iba diciendo, aparte de eso, tiene la muñeca rota y contusiones en las costillas. Pensábamos que, por el aspecto que traía, vendría en peor estado.
—¿Cómo está ella ahora?
—La están terminando de asear y le hemos puesto un sedante para que descanse bien esta noche. Tiene un gotero de suero y otro con la medicación.
—¿Cuándo nos la podremos llevar a nuestra ciudad?
—Si todo va bien, mañana mismo por la tarde nosotros le gestionaremos el avión medicalizado, aunque lo bueno sería que estuviera, al menos, un par de días en reposo.
—Entonces, que lo tramiten para cuando ella esté realmente preparada para hacerlo, no tenemos ninguna prisa.
—Está bien, así lo dejaremos anotado, pero, hasta que no veamos la evolución de su aborto, que es lo que más nos preocupa, no haremos nada.
—Perfecto, y muchas gracias por todo, doctor.
—No hay que darlas, es mi trabajo.
Minutos después, entró en la habitación, de nuevo, pero esta vez acompañando a la camilla que traía a Lola.
Cuando me fijé bien en su cara, la tenía completamente amoratada, con los ojos hinchados y el labio partido. Verla así, junto a la noticia del bebé, pudo conmigo y aproveché que no podía oírme para llorar tal y como me pedía el cuerpo.
Me senté a su lado y le tomé la mano, no sin antes dejarle un breve beso en los labios. ¿Por qué había sido tan obtuso? ¿Cómo no me había dado cuenta antes de todo lo que sentía por ella?
Eso tenía que cambiar, aunque no las tuviera todas conmigo. Si yo fuera ella, huiría de mí como de la peste.