Capítulo 18
Enzo
Terminé el concierto y bajamos del escenario con energías renovadas. Siempre me gustaba más cantar en el extranjero que en mi propio país, pues era como un territorio conquistado.
—Tenemos que hablar con luminotecnia. He tenido un puto punto rojo todo el tiempo en la frente, entre medio de los ojos, y es lo más incómodo del mundo.
—Lo mismo ha sido alguien con un puntero de luz —me dijo Pablo.
—Pues entonces se lo comentaré ahora mismo a Lola para que, en el próximo concierto, advierta a los de seguridad y no dejen pasar ni uno solo.
—Sí, será lo mejor. Por cierto… ¿dónde está Lola? —le preguntó a su chica.
Ingrid solía ver el concierto desde el mismo escenario, entre bambalinas, por si teníamos que ir a que nos retocara un poco el maquillaje; por lo tanto, era un poquito difícil que supiera dónde se encontraba su amiga.
Una vez llegamos a camerinos, sí que me extrañó muchísimo no verla allí, pues siempre se acercaba por si necesitábamos algo, pero pensé que se habría entretenido con Sergio o charlando con alguien.
—¿Dónde está Lola? —preguntó Sergio.
—Esa parece ser la pregunta de la noche. Antes, el juego era «¿Dónde está Wally?», y ahora parece ser que ha cambiado de nombre y nos encontramos con la versión «¿Dónde está Lola?» —contestó Ingrid.
Solté una carcajada porque lo dijo de una manera que no podíamos hacer otra cosa, hasta que me fijé en que Sergio ni siquiera sonreía.
—¿Qué pasa, Sergio?
—No la veo desde que alguien de seguridad vino a buscarla.
—¿Para qué vinieron a buscarla? ¿Quién fue el miembro de seguridad que lo hizo?
—No tengo ni puta idea, ni de una cosa ni de la otra.
—Llamad al jefe de seguridad, quiero a todo el equipo reunido en el otro camerino a la voz de ya.
Un mal presentimiento se apoderó de mí. Era como si sintiera que algo estaba fuera de su sitio, no sé cómo explicarlo.
—Buenas noches, señor del Río, ¿me ha mandado llamar?
—Buenas noches, Spencer. Sí, necesito que reúna a todo su equipo en el otro camerino, pero que no falte absolutamente nadie, se lo ruego.
—Ahora mismo. Deme un minuto para que terminen de desalojar el estadio y enseguida los reúno a todos.
—Que sea lo antes posible, por favor.
—No se preocupe, le avisaré cuando estemos todos.
—Gracias, Spencer.
Los nervios me comían, pero intenté parecer lo más sereno posible, aunque quienes estaban al tanto de lo que había ocurrido esa misma mañana estaban igual que yo.
Sergio daba vueltas de un lado para otro. Ingrid no sabía a quién mirar ni qué decir, mientras Pablo se llevaba las manos a la cabeza cada dos por tres.
Unos quince o veinte minutos después, volvió Spencer para avisarnos de que el equipo ya estaba reunido en el camerino contiguo.
—Sergio, ven conmigo, por favor.
—¿Yo?
—Sí. Tú eres el único que has visto al tipo que vino a buscar a Lola.
—Está bien, voy contigo.
Nos fuimos, junto a Spencer, hasta el camerino en el que estaban todos esperando.
Vi cómo Sergio miraba a su alrededor buscando al hombre en cuestión, pero era como si no lo encontrara, como si no estuviera entre ellos.
—¿Falta alguien más?
—No, señor del Río, aquí estamos todos.
—No está el hombre que vino a buscar a Lola, te lo aseguro —afirmó Sergio.
—No puede ser, si dices que era uno de los de seguridad, tiene que ser uno de ellos —respondí.
Spencer nos miraba a uno y a otro sin saber qué era lo que estaba ocurriendo, hasta que me decidí a contarlo.
Necesitaba su ayuda, pues alguien tenía que haber dejado pasar a ese hombre o, de lo contrario, no habría podido llegar hasta donde lo hizo.
Sergio le dio las características de aquel hombre, al detalle, diciéndole que llevaba incluso un pinganillo en el oído, como si fuera uno de ellos.
—Señor del Río, había un hombre con esas características, junto a una mujer morena, de estatura media y con los ojos azules, que traían un pase de equipo y dijeron que eran de su escolta personal —nos dijo Spencer.
—No llevo escolta personal, Spencer, no lo he hecho nunca. Aunque, a partir de ahora, me parece que tendré que llevarla.
—Señor, le aseguro que el pase era el de su equipo, el mismo que llevaba su asistente personal.
De pronto, algo se me vino a la cabeza, pero no podía ser… Sergio, que se dio cuenta de cómo había cambiado mi gesto, se acercó corriendo a ver qué ocurría.
—Me cago en la leche. La hija de puta de Sandra no devolvió el pase de equipo y lo ha utilizado para entrar aquí.
—Tenemos que llamar a la policía, Enzo.
—Sí, pero ya lo ha conseguido. Se la ha llevado en contra de su voluntad, valiéndose de su argucia y de la inocencia de Lola.
Spencer se ocupó de avisar a la policía, por lo que ninguno nos movimos de allí hasta que nos interrogaron a todos.
Ingrid se encontraba devastada, al igual que Pablo, que no entendía cómo ninguno nos habíamos dado cuenta de que esa mujer se encontraba allí.
—Tendría que haberle enseñado una foto de Sandra para que estuviera alerta.
—No te fustigues, Enzo. Ha pasado porque tenía que pasar. Si no hubiera sido hoy, habría encontrado la manera de acercarse a ella de cualquier forma —me animó Pablo.
Ingrid les facilitó fotos de Lola para que las pusieran en todos los aeropuertos y estaciones de tren, además de enviarlas a todas las unidades de patrulla, por si la veían en alguna parte.
Lo jodido de todo esto es que teníamos que seguir con la gira, como si no pasara nada. Teníamos cuatro conciertos más por delante, que se me harían un mundo si Lola no estaba a mi lado.
Nos fuimos de Londres esa misma noche, pues, al día siguiente, teníamos que estar en Roma, que era la siguiente parada.
Me jodía muchísimo, puesto que sabía que estaba muy ilusionada por conocer esa ciudad. Me prometí a mí mismo que, en cuanto la encontráramos, la llevaría allí de vacaciones.
Día tras día, semana tras semana, fui terminando la gira, sin noticias de Lola. La policía inglesa se puso en contacto con la española y Sergio se encargó de que la prensa se hiciera eco de la noticia.
Pusimos la foto de Sandra en todos los programas de prime time , al igual que la de Lola, para saber si alguien las había visto.
Cada vez que la policía nos decía que estábamos cerca de encontrarla, al llegar al sitio en el que se suponía que estaban, no había nadie, y vuelta a empezar.
Casi cuatro meses habían pasado desde la desaparición de Lola. La gira había terminado y no había ni rastro de ella. Parecía que se la había tragado la tierra y empezaba a desesperarme.
Esa mañana estábamos todos en mi casa, incluido Sergio, que se había convertido en uno más de los nuestros.
—Creo que alguien de dentro de la policía o del equipo les está contando nuestros movimientos —dijo Lucas.
—Yo también lo pienso —confirmó Sergio.
—¿Me lo estáis diciendo en serio?
—Completamente.
—Joder, eso sería una putada, sobre todo si es alguien de los nuestros, que llevamos desde que éramos unos críos juntos, nos conocemos de toda la vida.
—Lo sabemos, pero es que no tiene otra explicación, Enzo.
—¿Quién pensáis que puede ser?
—No lo sabemos, pero no es ninguno de nosotros, de los que estamos aquí. Eso lo tengo claro —dijo Lucas.
—Pero tampoco es alguien muy lejano, es alguien que lo sabe todo, alguien a quien le hemos contado cada paso que hemos dado.
—¿Qué sugerís que hagamos? Porque está claro que, si no tuvierais un plan B, no estaríais diciendo esto.
—Contratar a un detective privado, pero que tan solo te comunique los avances a ti, a nadie más —dijo Lucas.
—Cuando ya la tengan, cuando estén allí, vigilándolos, di que ya casi la tienen, tal y como has hecho hasta ahora, y así veremos si la cambian de sitio o no —continuó Sergio.
—Me parece un buen plan. Ahora nos toca ponernos en contacto con algún detective que sea fiable.
—Ya tengo a uno. Está esperando a que le hagamos una simple llamada para venir.
—Hazlo, lo quiero aquí lo antes posible.
Sergio se levantó y salió de la sala en la que estábamos, volviendo a entrar minutos después con una sonrisa en la boca.
—Ya lo tenemos listo, estará aquí en una hora.
—Gracias, Sergio. No sé qué hubiera hecho sin ti.
—Pues lo mismo, pero sin la presencia de mi belleza.
Todos reímos. Era lo que necesitábamos, encontrar un momento en el que no tuviéramos que pensar tanto en lo que teníamos entre manos, en la desaparición de Lola.
Algo me decía que se encontraba bien, dentro de lo que cabía, por supuesto, porque no tenía que ser nada agradable verse privada de libertad y en las condiciones en las que la tendrían, que no debían de ser las mejores, ni mucho menos.
Justo una hora después, llamó el detective privado a la puerta y venía acompañado del agente español encargado de la búsqueda de Lola. Eso me extrañó muchísimo.
—Agente, ¿qué hace usted aquí?
—El detective López me ha llamado y me ha hecho venir. No tengo ni idea. Me estaba esperando en la puerta.
—Pasen, entonces, y así nos enteramos todos.
—Buenos días, soy David López, detective privado, y sé dónde tienen a la señorita Carmona.
—¿Perdón?
—En cuanto vi la noticia en la televisión, me puse a investigar por mi cuenta y, justo cuando encontré la localización exacta, me llamó el señor Flores para que viniera a hablar con usted.
—No quiero que nadie más que el agente Camino, usted y yo sepamos el paradero. Se lo pido, por favor.
—Eso ya es cosa suya, caballero, yo no tengo nada que decir.
Les conté mis sospechas y tanto el agente Camino como el detective estuvieron de acuerdo en que no se diría nada a nadie.
Para todo el mundo, seguíamos sin tener noticias de ella. El caso estaba en un punto muerto y eso mismo se le diría a la prensa.
El agente Camino avisó tan solo a los compañeros de su unidad más cercanos, aquellos en los que confiaba plenamente.
Nos reunimos en mi despacho, mientras nuestros amigos continuaban en el salón, esperando noticias. Pero no sobre el paradero de Lola. Eso solo lo sabríamos quienes estábamos en aquella habitación.
—A Lola la tienen en un pueblecito de Galicia, cercano a la costa, en uno de esos pazos antiguos —nos dijo el detective.
—¿Cómo han podido sacarla de Inglaterra sin que nadie supiera nada ni viera nada?
—Creo que lo hicieron en el mismo momento en el que se la llevaron, guiados por los comentarios de alguien que los avisó —nos dijo uno de los policías.
—Eso mismo piensan mis amigos, y, por eso, ni siquiera ellos quieren saber dónde la tienen.
—Ya tenemos agentes allí, vigilando, pero se supone que es para una operación antidroga. Nosotros salimos ahora mismo para allá —dijo el agente Camino.
—Yo me voy con vosotros.
—Contábamos con eso. Lo único que le pedimos es que no haga nada que lo pueda poner en peligro. Una vez que estemos allí, cuando la tengamos a ella, correremos la voz de que vamos a ir a buscarla.
—Tiene que ser alguien de los nuestros, estoy completamente convencido. Pondría la mano en el fuego por todos y cada uno de ellos, aunque, visto lo visto, está claro que acabaría quemándome.
—¿Sobre quién pueden recaer sus sospechas, señor del Río?
—La única persona que me cuadra de todo esto es una de las dos bailarinas, en concreto, Sabina, porque Carmen no creo que sea.
—De todos modos, les pondremos vigilancia a las dos.