Capítulo 17
En un determinado momento del concierto, y antes de que terminara, un chico de seguridad se acercó para decirme que había una chica preguntando por mí. Me extrañó, la verdad, pero aun así fui con él.
Nada más salir de la zona en la que estábamos todos, algo no me cuadró. Quise volver con la excusa de que se me había olvidado algo, pero me topé con un muro de carne y hueso.
—Perdona, pero tengo que volver a entrar. Se me ha olvidado el pase de camerinos.
—Lo siento, señorita Carmona, pero no va a poder ser.
—¿Y eso por qué?
—Pues muy sencillo, porque no se lo voy a permitir.
—Creo que lo he escuchado mal…
—No, lo ha escuchado perfectamente. Y ahora será mejor que siga adelante, si no quiere que Enzo caiga muerto en el escenario.
Lo miré horrorizada. No podía ser. Pareció leerme la mente, porque soltó una carcajada de esas que te ponen el vello de punta. Después me miró muy serio y dijo:
—Sí que puede ser, porque tenemos a un hombre apuntando desde ahí arriba.
—Eso es imposible. Seguridad no lo habría dejado pasar.
—¿Te refieres a mí? Compruébalo por ti misma.
Me asomé por una pequeña rendija y vi el punto rojo de una mira apuntando directamente al pecho de Enzo. Se me formó un nudo en el estómago.
—¿Qué queréis? Soy una simple asistente, ni dinero tengo.
—No es tu dinero lo que estamos buscando. Enzo le ha hecho daño a demasiada gente y tiene que pagar. ¿No crees que es lo justo?
—Sí, pero pagarlo con él, no conmigo…
—Creo que estás haciendo demasiadas preguntas, y es hora de que guardes silencio.
En menos que canta un gallo, me puso un pañuelo en la boca y caí rendida. A partir de ahí ya no recuerdo más.
Medio desperté tirada en la parte trasera de una furgoneta. Desde donde estaba no se veía nada, tan solo sentía el traqueteo y los baches.
Era como si estuviéramos en una zona rural, poco asfaltada, pero en un país que no conocía; solo el cielo era testigo de adónde me llevaban.
—Vaya, vaya, la Bella Durmiente se ha despertado. —Escuché una voz femenina que me sonaba, aunque no lograba asociarla a nadie.
—¿Quién eres?
—Eso es lo de menos, ¿no crees?
—No, no lo creo. Me gusta saber el nombre de la persona con la que voy de excursión. No sé, chica, llámalo manía.
—¿Te crees muy graciosa? Pues las risas se te van a quitar en el momento en el que veas dónde te llevamos.
—¿Qué coño queréis de mí?
—Tú me has quitado todo, y yo te voy a dejar sin nada. Así de sencillo.
—Yo no le he quitado nada a nadie. Ni siquiera te conozco.
—Claro que sí me has quitado. Y también me conoces, pues has estado hablando conmigo esta misma noche.
Lo sabía. Era la misma mujer con la que había hablado en el backstage y que me había dado tan mala impresión.
Ahora entendía todas las palabras que me había dicho, aquello de que íbamos a tener mucho jaleo esa noche.
—Lo siento, Bella Durmiente, pero es hora de que vuelvas a dormir.
—No, por favor, que me duele mucho la cabeza.
—Precisamente por eso. Si te duele la cabeza, lo mejor es dormir.
Me volvieron a poner un pañuelo en la nariz y, aunque intenté no respirar, me fue imposible aguantar la respiración durante mucho tiempo. Terminé aspirando eso que habían puesto y que conseguía anular mi voluntad.
No sé cuánto tiempo estuve dormida, pero, cuando desperté por segunda vez, lo hice en una habitación sin ventanas y atada con unos grilletes a la cama en la que me encontraba.
—¿Dónde coño estoy? —grité a pleno pulmón, a ver si alguien me contestaba, pero fue en vano.
Intenté soltarme de los grilletes, pues me estaban haciendo daño, pero no pude. Grité, lloré y hasta me quedé sin voz. Nadie me contestaba, no encontraba respuestas ni auxilio por ninguna parte.
Vi entrar la luz del amanecer por la pequeña ventana y esperé tener más suerte durante el día.
Tenía la garganta seca y necesitaba agua con urgencia. Miré alrededor una y otra vez, buscando agua, buscando algo de comer, pero no había nada por ninguna parte.
También tenía que ir al baño, pues no iba desde antes de entrar en el concierto y ya casi no podía aguantar más. No quería hacérmelo encima.
La habitación era muy húmeda y el frío se te colaba en los huesos, además de que mi anorak se había quedado en el camerino y tan solo llevaba el jersey finito.
—Toma, aquí tienes agua y algo de comida. Te voy a soltar para que vayas al baño, pero, como hagas algún movimiento sospechoso, te pongo un cubo al lado de la cama y no te suelto más.
Era un hombre que no conocía de nada, pero que, al parecer, sería el encargado de llevarme agua y comida todos los días.
—Tengo frío…
—Pues te aguantas, porque estás secuestrada, no en el Ritz.
—Joder, pero una manta, por lo menos.
—Veré lo que puedo hacer. Y date prisa, porque en diez minutos tengo que marcharme.
Entré en lo que se suponía que era un baño, que no era más que un lavabo y un retrete. No sabía cómo demonios me iba a lavar ahí, además de que no tenía más ropa, de ningún tipo.
Salí de allí y me dirigí a la cama, donde aquel hombre me volvió a engrilletar, pero esta vez por el tobillo y dejándome un poco más de espacio para que me diera cancha cuando tuviera que ir al baño.
—No te lo comas y te lo bebas del tirón, porque no vendré todos los días.
—Está bien, pero ¿me podrías traer ropa la próxima vez que vengas?
—Claro que sí. ¿De diseño o te vale con algo de mercadillo?
Ese hombre me dio un tortazo que me tiró en la cama de golpe. No sabía a qué había venido aquello, pero entendí que no debía hablar más.
Salió dando un portazo y volví a sumirme en esa soledad que me estaba consumiendo, sin saber si me estarían buscando, sin saber si se habían dado cuenta de mi desaparición, y eso me agobiaba muchísimo.
Dos días después volvió el mismo hombre, pero no estuvo más de dos minutos; el tiempo justo de abrir la puerta, tirarme una manta y una bolsa y cerrar la puerta de nuevo.
Dentro de la bolsa había ropa interior, unas mallas y una sudadera, además de unos calcetines. Dos botellas de agua y un par de sándwiches, nada más.
Sabía los días que llevaba allí dentro por la luz de las ventanas, nada más. El tiempo pasaba demasiado lento y, por eso, me limitaba a dormir.
El sueño era el único lugar en el que era dueña de mi vida, de mis actos, y podía moverme y salir como quisiera.
Cada vez pasaba más tiempo durmiendo, y ya sí que había perdido la cuenta del tiempo que llevaba encerrada allí.
Esa mañana todo cambió, pues volvió a entrar la misma mujer con la que hablé en el concierto, acompañada de dos hombres.
—Levanta, ha llegado la hora de salir de aquí.
—¿Me vais a dejar libre?
—Ja, ja, ja, no me seas ilusa. Tan solo te vamos a cambiar de localización, pero no te voy a soltar.
—Dejadme marchar, por favor. Os prometo que no diré nada de que me teníais vosotros, volveré a mi casa y dejaré el grupo, pero no me retengáis más, os lo ruego.
—Sigue soñando, bonita.
Uno de los hombres se acercó a mí y, tras acariciarme la cara con una lujuria que me dio muchísimo asco, me sujetó con fuerza.
Os prometo que temí por mi integridad física. Creo que no hace falta decir nada más, pero, gracias al cielo, lo hizo para dejarme dormida de nuevo y sacarme de allí.
¿Dónde me llevaban ahora? ¿Sería que Enzo se estaba acercando al lugar y corrían el peligro de que los descubrieran?
No sabía el motivo, pero eso me hacía pensar que me estaban buscando. Me hacía tener muchas esperanzas de que todo pudiera terminar relativamente pronto.
Si no iba a ser así, prefería que me mataran ya y que terminaran con todo de una puta vez, porque era una sensación que no se la deseaba a mi peor enemigo.
Cuando desperté, me encontraba en un sitio parecido al anterior, pero hacía menos frío. No sé por qué, pero tenía la sensación de que ya no estábamos en Londres, ni siquiera en Reino Unido.
Cada día que pasaba era lo mismo: dormir, comer y volver a dormir. Así, día tras día y semana tras semana.
Todavía cambié de localización un par de veces más. Ahora sí que estaba segura de que estábamos en España. No sabía dónde, pero sí que era cerca del mar, pues desde allí se escuchaba el murmullo de las olas, y también llegaba el olor a algas y a sal.
Os podéis pensar que tenía el olfato muy desarrollado, pero nada más lejos de la realidad. Lo que pasaba es que las personas que habíamos vivido cerca del mar teníamos tan interiorizado aquel olor que lo reconoceríamos entre miles.
Esa mañana me levanté algo nerviosa y recordé algo: no me había bajado la regla en todo el tiempo que llevaba encerrada.
No podía decir nada, puesto que, si esa mujer se enteraba, podría hacerme algo peor, y eso sí que no podría soportarlo.
Ojalá todo terminara pronto, pero, dado el tiempo que había transcurrido desde que me secuestraron hasta ese momento, lo dudaba. Mucho no, muchísimo.
Desde poco después de llegar a aquella nueva localización, empezaron los golpes por cualquier cosa, así que trataba de no hablar más de lo estrictamente necesario.
Cuando aparecía aquel hombre que me acarició la cara el primer día, mi cuerpo empezaba a temblar, porque era de lo más agresivo.
Aprovechaba cualquier minucia para golpearme, ya fuera porque tardaba más de un segundo en levantarme o porque me preguntaba algo y no sabía qué contestarle.
Cualquier excusa era buena, pero lo que más me dolía era lo que venía después, aquellas palabras que me decía y que rezaba para no volver a escuchar.
—En el momento en el que la jefa me dé permiso, estos golpes no serán nada comparados con todo lo que pienso hacer contigo.
A continuación soltaba una carcajada, como si fuera una broma, pero yo le pedía al cielo cada día que ese momento no llegara nunca, o me moriría de pena y de dolor.
En el instante en el que viera que la situación se estaba torciendo, tenía claro que buscaría la forma de terminar con mi vida antes de permitir que ese tipo me pusiera un dedo encima.
Muchas veces, mientras dormía, soñaba que estaba en el jardín de mi casa, tomando el sol, riendo con cualquier ocurrencia de Ingrid o bebiéndome un refresco con hielo.
Según mis cálculos, estábamos cerca del final del verano, o quizá ya había terminado, y, si tenía que pasar más tiempo allí encerrada, no quería ni pensar en cómo iba a terminar.
Me sentía completamente agotada. Ni la alimentación ni mi vida diaria eran las más idóneas para nadie, mucho menos para una embarazada, suponiendo que lo estuviera.
Lo mismo me estaba haciendo ilusiones con algo que no era, y aquel retraso se debía simplemente a la situación de estrés por la que estaba pasando, pero tampoco estaba en el momento ideal para salir de dudas.
Prefería esperar a que terminara todo, si es que podía terminar algún día, porque ya me parecía que no lo iba a hacer nunca.