Capítulo 16
Sergio me prometió que me enseñaría la carta en cuanto volviéramos al hotel, se pusiera Enzo como se pusiera, pero que, ahora, lo que tocaba era comprobar todo lo del concierto de esa noche.
No se separó de mí en todo el tiempo que estuvimos dando vueltas por el estadio, comprobando que todo estuviera tal y como le gustaba a Enzo, hasta volver al escenario.
En el momento en el que llegué, todos los ojos se posaron en mí y me sentí como cuando tenía cinco años y hacía alguna trastada que era descubierta por mis padres habiendo visita.
¿Os ha pasado alguna vez eso? Saber que la has liado, pero que, en ese justo momento, tus padres se encuentran tan ocupados que no te van a decir nada. Aunque eso no significa que lo vayan a olvidar o a dejar pasar, sino que, en casa, a solas, te iban a cantar las cuarenta.
Pues así era exactamente como me sentía yo en esos momentos. Decidí no darle más importancia de la que tenía, que sí, que era mucha, pero no iba a permitir que me cohibiera de esa manera.
Al menos, hasta que tuviera en mis manos esa carta y pudiera leerla entera, conociendo todos los detalles.
Afortunadamente, Enzo se había deshecho de las dos bailarinas patos mareados y se había quedado tan solo con las dos que tenía desde el principio.
A veces, cantidad no es sinónimo de calidad, y eso se había visto reflejado en el anterior concierto.
En la gira todavía nos quedaban varios conciertos por delante; entre ellos, Roma, París, Berlín y un sinfín de ciudades más.
Si algo me gustaba de mi trabajo era que iba a conocer y visitar lugares con los que siempre había soñado, pero que, por mi situación económica, tenía que conformarme con hacerlo a través de los documentales.
Terminamos el ensayo y teníamos un par de horas para ir a cambiarnos de ropa y volver para el concierto.
Normalmente, Enzo se traía todo, pero, en esta ocasión, como no le había dado tiempo a coger nada, también tendría que volver con nosotros.
Nos subimos al microbús que nos llevaba a todos. Yo lo hice con Sergio a mi lado, que me cogió la mano y me la apretó con fuerza.
—Amiga, de verdad que nos hemos asustado muchísimo.
—¿Tan mala era esa amenaza?
—Será mejor que lo veas con tus propios ojos.
El resto del trayecto lo hicimos en completo silencio, hasta que llegamos al hotel.
En cuanto Enzo subió a su habitación, corrí para que no cerrara la puerta, puesto que no me iba a ir sin saber lo que ponía en aquella carta.
—No tan rápido, chaval. Muéstrame la carta.
—De verdad, Lola, no es necesario. Ya lo he puesto en conocimiento de la policía y todo apunta a la misma persona que me drogó y me robó. Ya han lanzado una orden de busca y captura.
—Me parece perfecto, pero quiero leerla.
—De verdad, mira que eres cabezona.
Fue hasta la mesa, donde se veía que habían estado los de la policía científica tomando huellas y demás, cogió el folio y me lo puso en la mano.
Respiré hondo, pues no sabía con lo que me iba a encontrar. Tenía claro que mis amigos me habían suavizado muchísimo el asunto, pero ya era hora de saber a lo que me enfrentaba.
«Enzo, Enzo… no se puede ser más idiota que tú.
No te acostaste conmigo, aludiendo a que nunca lo hacías con tu asistente personal, pero, mira por dónde, con ella no tuviste ningún problema en hacerlo.
No pienso consentir que nadie me quite mi puesto, tanto en tu vida personal como en tu vida laboral.
Lo que pasó anoche será una minucia si lo comparas con lo que le pasará la próxima vez.
Si no quieres que esto suceda, tienes dos opciones: o la despides y la mandas a su casita, olvidándote de ella y contratándome a mí de nuevo, o no la volverás a ver.
No me costará mucho hacerlo, puesto que, ahora mismo, la tengo delante, viendo el primer cambio de guardia.
En tus manos está, cariño. No tengo nada más que decirte. Bueno, sí, que nos vemos luego en el concierto, porque no me pienso quedar fuera».
—Joder, no me había dado cuenta de que me estaban siguiendo.
—¿Entiendes ahora nuestra preocupación?
—¿A qué hora te entregaron la carta?
—Pues no sé, sobre las doce y media, más o menos, cuando te enviamos el primer mensaje.
—Sí, tiene sentido, pues a esa hora ya me había marchado del palacio de Buckingham.
—Venga, no le des más vueltas. Está todo en manos de la policía. Eso sí, no quiero que vayas sola ni al baño. ¿Entendido?
—Por cierto, me has dicho que todo apuntaba a la mujer que te drogó, pero, hasta donde yo sé, ni ella ha trabajado para ti ni nada por el estilo.
—Tienes razón, pretendía que te relajaras un poco y no pensaras en nada.
—Mejor me marcho, que tengo que darme una ducha o terminaré con un buen resfriado encima. Nos vemos abajo.
—No, en cuanto termines, me llamas y yo paso a buscarte.
—Verás tú que, a partir de ahora, voy a tener escolta a todas horas.
—No lo dudes.
Negué con la cabeza, cruzando el pasillo para ir hasta mi habitación, seguida por la mirada de Enzo, que no se metió dentro hasta que no cerré la puerta.
Como tenía tiempo suficiente, me di una ducha, me sequé bien el pelo y me lo recogí en una coleta, pues no quería que el viento, que soplaba con fuerza, me enredara la melena.
Me puse un pantalón marrón chocolate, de esos que son de punto y gorditos, que combiné con un jersey de pico en beige , al igual que mis botas y el abrigo.
Cuando estuve lista, avisé a Enzo por el móvil, pero no me dio tiempo a terminar de escribirle el mensaje cuando ya lo tenía llamando a mi puerta.
—Joder, si cada vez que me amenacen y te llame vas a venir así de corriendo en mi auxilio… ¡Dios mío, una amenaza por semana, por favor, te lo ruego!
—No frivolices con estas cosas, nadie puede saber lo loca que está esa mujer ni hasta dónde es capaz de llegar.
—No lo hago. Pero si no me lo tomo a broma, terminaré volviéndome loca, chico.
—Venga, no le demos más vueltas, será mejor que bajemos o no llegaremos a tiempo.
Nos montamos en el ascensor y bajamos al vestíbulo, donde ya estaban todos esperándonos para subir al microbús.
Esta vez, la que se sentó a mi lado fue Ingrid, que me tomó de la mano nada más tomar asiento.
—¿Estás bien?
—Acojonada, no voy a negarlo, y menos a ti, que me conoces a la perfección y sabrías que te estoy mintiendo. Aunque prefiero no darle muchas vueltas.
—Es lo mejor. Tomando precauciones, no tienes por qué vivir con miedo.
—Es lo que pretendo. En fin, vamos a cambiar de tema. ¿Qué tal te va con Pablo?
—De momento, genial, aunque no queremos ponerle etiquetas a lo nuestro.
—Siempre he pensado que no son necesarias, la verdad. Lo que habléis entre vosotros es lo que tenéis que llevar a cabo; lo demás no sirve.
—Eso mismo pensamos nosotros. Mientras nos entendamos bien, todo lo demás nos da igual.
Llegamos al concierto, donde ya estaba todo listo. Ingrid se marchó a maquillar y peinar al grupo, y yo me quedé en el backstage , comprobando que estuviera todo preparado para los invitados.
No era parte de mi trabajo, pero era algo que me encantaba hacer y, además, me servía de distracción para los momentos en los que no tenía nada que hacer y me aburría como una ostra.
Estaba en ello cuando se acercó una chica a mí con una sonrisa. Pensé que sería alguien del equipo de seguridad del estadio o algo parecido, por su ropa y por la manera de mirar a todas partes.
—Hoy nos espera un día movidito.
—Sí, «El Conquistador» suele atraer a una masa de gente enorme.
—No solo por eso. Tengo la impresión de que hoy habrá más jaleo que de costumbre. No sé, llámalo intuición o algo por el estilo.
La manera en la que me habló, en la que me lo dijo, me puso los vellos de punta.
Era tan excesivamente dulce hablando que rezumaba maldad, no sé si me explico.
¿No habéis tenido nunca la sensación de que la persona que tienes delante no te está diciendo la verdad? ¿Que no está empleando el tono correcto? Pues así mismo me había pasado con esa mujer.
Cuando giré la cara de nuevo, ya no estaba… Había sido como una exhalación, un visto y no visto, pero preferí no darle más vueltas.
Quizás era una percepción mía, algo condicionado por lo que estaba sucediendo, así que me centré en disfrutar del concierto.