¿Me besas o te lo pido por mi cumpleaños? Capítulo 15
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Capítulo 15

Me quedé un buen rato mirándolo. ¿Cómo podía un hombre ser tan guapo? Creo que se dio cuenta porque, incluso antes de abrir los ojos, dibujó una sonrisa en sus labios.

—¿Cómo te encuentras?

—Siendo sincera, como si me hubieran dado una paliza y me hubieran tirado desde lo alto de una azotea.

—Anoche estuvo el médico aquí y te ha dejado unas pastillas para que te las tomes en cuanto te des una ducha y comas algo.

—Joder, y eso que tan solo me tomé una jarra de cerveza. Si me llego a tomar dos, me tienen que ingresar.

—No, dale gracias al cielo de que comiste antes, o ahora estaríamos en un hospital, lamentando quién sabe qué.

—Es que no entiendo lo que me ha pasado, de verdad.

—Cuando llegué y te vi tirada en ese sillón del vestíbulo, casi me da un infarto. No sabía si volverme y partirle la cara a ese cabrón o cogerte en brazos y sacarte de allí.

—No lo hizo a propósito, pensó que era lo que me vendría bien en ese momento.

—Lo sé, pero debes tener cuidado, Lola. Tu cuerpo, según me contó anoche el doctor, no sintetiza el alcohol, no lo tolera, y puedes lamentar algo peor por una simple cerveza.

—¿En serio? No sabía nada; si no, lo hubiera evitado desde el principio. Hay muchas formas de superar los obstáculos sin tener que poner mi salud en riesgo.

—Lola… ¿Tanto daño te he hecho?

—Prefiero no contestar a eso, de verdad.

—Está bien. ¿Necesitas ayuda para ducharte?

—No, puedo hacerlo sola. Además, he quedado con Sergio para dar un paseo por la ciudad antes de la prueba de sonido.

—No hace falta que vayas, si no te apetece.

—¿A dónde? ¿Al paseo o a la prueba?

—A ninguno de los dos.

—Pero da la casualidad de que quiero acudir a los dos.

Me levanté de la cama y cogí ropa antes de meterme en la ducha. Dejé que el agua se llevara toda la pesadez que sentía.

En lo más profundo de mi corazón quería que viniera tras de mí, que se metiera conmigo en la ducha, pero sabía que eso no iba a suceder.

Las lágrimas caían por mis mejillas sin control y no hice nada por detenerlas. Si tenían que salir, que salieran; lo mismo era eso lo que necesitaba para estar mejor, para sentirme bien.

Lo hice en silencio, pues no quería que Enzo se enterara. No era lástima ni compasión lo que quería de él, sino algo que no podía, o no quería, darme: amor. Y eso no se mendigaba.

Cuando salí del baño, ya no estaba. Era como si su presencia hubiera sido una alucinación, como si todo lo que había pasado allí hubiera sido producto de mi imaginación, pero no quise darle más vueltas.

Pedí el desayuno a la habitación. No me apetecía desayunar abajo y que todo el mundo me preguntara. A la única a la que le envié un mensaje fue a Ingrid, y tampoco fue nada fuera de lo normal.

Lola: Cariño, estoy bien, tan solo voy a salir a dar un paseo por la zona. No me apetece hablar con nadie. Cuando vuelva, nos vemos. Un besito.

Esperé unos minutos, pero no obtuve respuesta y deduje que estaría con Pablo, así que guardé el móvil en mi bolso y no la molesté más.

Minutos después llegó el servicio de habitaciones con mi desayuno, ese que me tomé en la terraza.

A pesar de estar el día de lo más feo y desagradable, me apetecía que me diera el aire en la cara. Era como si me recordara que yo seguía viva y que tenía que seguir adelante.

Me puse mis botas de montaña, cogí mi anorak, porque esa mañana llovía fuerte y hacía mucho más frío que el día anterior, y, tras colocarme el bolso, salí a la calle.

Esperé un buen rato a que apareciera Sergio, con el que había quedado a las once en la puerta del hotel. Viendo que no venía, opté por llamarlo.

Cinco tonos y nada, no contestaba. No le había pasado nada malo, porque en la recepción me confirmaron que había llegado esa noche, así que no lo molesté más y me adentré yo sola en la ciudad.

Esos días así, en los que llovía como lo estaba haciendo, y según me contó la chica de la recepción, había menos cola para visitar los principales monumentos, y pude comprobarlo de primera mano.

Lo único que no funcionaba era la noria, pero por razones de seguridad, ya que se levantó un viento muy feo. Lo demás lo disfruté como una niña pequeña.

No le eché cuentas al móvil, ni lo quería ni lo necesitaba. Ese día era para mi disfrute; ya acudiría después de comer directamente a la prueba de sonido, pero, mientras tanto, tenía toda la ciudad por delante.

Me hice con un mapa con los principales monumentos, con los horarios y los medios de transporte que tenía que tomar para ir de uno a otro, así que no necesitaba más guía turístico que ese.

Fui de uno a otro, dejando para lo último Camden Town, que era lo que me cogía más cerca de donde se celebraría el concierto.

Ahí me harté de comprar caramelos y chucherías, así como también una preciosa cazadora de piel roja que me llamó muchísimo la atención, en una de las típicas tiendas de ropa de segunda mano.

A pesar de ser de ese tipo de tiendas, no me costó barata, que se diga, pero me dio igual. Un capricho de vez en cuando también era muy lícito dárselo.

Llegó la hora y, aunque estaba como una sopa, pues el paraguas con el viento no me sirvió de nada, me dispuse a tomar un taxi que me llevara a la prueba de sonido.

Una vez que me senté y me resguardé de la lluvia, saqué el móvil y vi que tenía mil mensajes y cientos de llamadas.

El primer mensaje era de Ingrid; luego, Sergio, que me había enviado unos cuantos. Incluso tenía dos llamadas perdidas de Enzo y un mensaje.

Como los iba a ver a todos dentro de unos minutos, ni siquiera los leí. Ya hablaríamos de lo que fuera ahora, cara a cara.

El taxista me dejó en la puerta del estadio y entré directamente. Por suerte, no se me había olvidado el pase de organización del grupo, porque todavía no me conocía nadie fuera de nuestro círculo.

—¿Se puede saber dónde coño te has metido? —me dijo Enzo, enfadado.

—Hasta hoy, y que yo sepa, no tengo que darle explicaciones a nadie. La prueba de sonido era a las cuatro y son las cuatro menos diez.

—Lola, hemos estado muy asustados, de verdad —me habló Ingrid, un poquito más calmada.

—Pues no entiendo el motivo, la verdad. Todos sabíais que me iba a ver la ciudad, y tampoco es que estemos en el Líbano, que es Londres.

—¿Perdona? Me dijiste que te marchabas con Sergio. Esta mañana le pregunté por ti durante el desayuno y me dijo que no te había visto. Después intentamos llamarte y enviarte mensajes, pero no contestabas a ninguno. ¿Cómo no íbamos a pensar en lo peor?

—Tampoco hay que ser tan dramáticos, chicos…

—Tan solo te pido que no vuelvas a salir sola en una ciudad que no conoces, mucho menos sin avisarnos a ninguno.

—Ya te he dicho que…

—Sí, sí, ya sabemos lo que has dicho, pero eso no quita el susto que nos hemos llevado.

—¡Cariño! Menos mal que estás aquí, sana y salva.

—De verdad, qué dramáticos sois todos. Ni que hubiera habido una amenaza de bomba.

Todos se miraron entre ellos, como si supieran algo que yo no. Ingrid negaba con la cabeza, mientras Enzo se llevaba las manos a la cabeza en un gesto de desesperación.

—Ya mismo me estáis contando lo que ha pasado. Quien sea, pero a la voz de ya.

—Han enviado a Enzo un paquete con una clara amenaza, y todo apunta a que puede ir dirigida a ti —me dijo Sergio.

—¡Mira que eres bocazas! Acordamos que no le diríamos nada.

—Se iba a enterar más pronto que tarde, además. Lo lógico es que lo sepa por nosotros y lo vea con sus propios ojos.

—De eso nada, por ahí sí que no voy a pasar.

—¿Podéis dejar de hablar como si yo no estuviera, por favor? —les pedí, muy enfadada.

—Lo siento, cariño, pero es que nos hemos asustado muchísimo.

—¿Me explicáis de una vez todo, si sois tan amables?

—Sigo pensando que será mejor que lo leas, pero, haciéndote un resumen, lo que te sucedió anoche no fue algo fortuito, fue premeditado y realizado a conciencia.

—¿Me estás diciendo que lo que me sucedió con la cerveza no es algo de mi cuerpo?

—Exactamente, alguien vertió algo más en tu jarra sin que ninguno nos diéramos cuenta, haciendo que te encontraras de esa manera.