¿Me besas o te lo pido por mi cumpleaños? Capítulo 14
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Capítulo 14

Enzo

No sé qué fue lo que se me pasó por la cabeza cuando le dije que quería verla en mi habitación. Bueno, sí que lo sé, pero también tenía claro que sería un error.

En realidad, tan solo me apetecía pasar un rato los dos a solas, pero, en cuanto cruzamos la puerta de su habitación, que fue donde realmente nos reunimos, se me nubló la mente.

La primera vez que posé mis labios sobre los suyos, la primera vez que devoré su boca tal y como había deseado, creí que tocaba el cielo con las manos.

A partir de ahí ya no pude parar, ni ella quería que lo hiciera. En cada roce de mi boca por su cuerpo, en cada gemido que se escapaba de sus labios, mi mente terminaba un poquito más lejos de sus cabales.

Estuvimos toda la tarde enredados y mi intención era continuar durante toda la noche también, pero algo en mi cabeza hizo clic y volví a ser el antipático de siempre.

Aproveché que se quedó algo adormilada, me levanté de la cama, me metí en la ducha y, cuando salí, lo hice completamente vestido, pues no quería caer de nuevo en la tentación que suponía enfrentarme a su cuerpo desnudo.

—¿Dónde vas?

—He quedado con los chicos para tomar algo y ya voy tarde.

Después de intercambiar unas cuantas palabras con ella, en las que volví a ser el mismo arrogante de siempre, salí de aquella habitación intentando quitármela de la cabeza.

Me reuní con los chicos en el vestíbulo, pero, antes de salir del hotel, hablamos con el encargado del restaurante, que no tuvo ningún inconveniente en pedir a la cocina que nos prepararan algo de cenar.

Vi la cara de Lucas, uno de mis músicos, que se mostraba afligido y, por qué no, también contrariado.

Hablaría con él después, si es que no se le pasaba en un rato. No es que fuéramos los mejores amigos, pero siempre habíamos estado ahí el uno para el otro cuando lo habíamos necesitado.

La cena transcurrió entre bromas y risas, que no sabía cuánto necesitaba hasta que ocurrieron.

Ingrid era una mujer muy graciosa y tenía a mi mejor amigo, Pablo, completamente obnubilado.

—¿Alguien ha avisado a Lola por si le apetecía venirse? —preguntó, pero yo sabía que lo decía por mí.

—Sí, hemos estado trabajando toda la tarde, pero declinó la oferta. Decía que estaba demasiado cansada, por no decir exhausta.

—Esa chica, como siempre. En cuanto me la eche a la cara, voy a tener unas palabritas con ella, te lo prometo.

—Haz lo que veas, no seré yo quien te diga nada.

—Venga, vamos a tomarnos una copa en un pub que conozco y que me encanta —dijo Lucas.

—¿No iremos al mismo de siempre? —pregunté, por curiosidad, más que nada.

—No, este está un poco más lejos, pero está muchísimo mejor. Lo conocí la última vez que estuve en Londres de la mano de un amigo.

En cuanto dijo esas palabras, noté cómo su rostro se desencajaba, como si hubiera dicho algo que estuviera mal, algo que no encajara con él y su manera de pensar, y eso no me gustó.

Nos fuimos dando un paseo y aproveché un momento en el que nos quedamos los dos un poco más atrás que los demás para hablar con él y preguntarle qué era lo que le ocurría.

—Lucas, te noto un tanto extraño. ¿Qué te ocurre?

—No me ocurre nada, te lo prometo.

—Prefiero que me digas que no quieres hablarlo conmigo, pero no me mientas, Lucas, que nos conocemos desde hace muchísimo tiempo.

—Está bien, no quiero hablarlo, pero no contigo ni con ninguna otra persona. Es algo mío, personal, y prefiero guardármelo para mí.

—Y me parece perfecto. Tan solo que, cuando quieras hablar, ya sabes dónde me tienes.

—Gracias, Enzo, lo sé.

Entramos en el pub al que nos había llevado él y nos situamos al fondo del local, en unas mesas con sillones en los que se tenía la intimidad suficiente sin estar completamente apartados.

Nada más vernos entrar, y como era habitual, unas chicas se acercaron a nosotros y las invitamos a tomar una copa; yo, por supuesto, sin alcohol, pues no quería que me pasara lo mismo que la otra vez.

Tendría que darle las gracias a Sergio, pues, sin él, sin su testimonio, todo el mundo habría pensado que yo era un drogadicto y un hipócrita, por no corresponder mi manera de actuar con mi discurso.

La noche transcurrió de manera divertida, aunque de mi cabeza no se iba la tarde que había pasado con Lola, que había sido la más especial de toda mi vida.

Entre risas estábamos cuando vi que Ingrid se levantaba de su asiento y la saludaba efusivamente. No me lo podía creer, ahí estaba ella, como si entre nosotros no hubiera pasado nada.

¿Egoísmo por mi parte? Pues sí, no voy a negarlo, porque pensé que, después de aquello, se quedaría en la habitación del hotel.

Tuvimos unas palabritas, algunas más altas que otras, pero todas tan ciertas como que el cielo es celeste, así que tuve que agachar la cabeza y callarme; era lo mejor y más prudente.

Desde ese momento no le pude quitar el ojo de encima y, cuando la vi discutir con Sergio en la barra de aquel pub , cuando la vi salir corriendo, no tuve más remedio que intervenir.

—¿Se puede saber qué coño le has hecho?

—Yo…

—Habla de una puta vez, hazme el favor.

—Se ha tomado una jarra de cerveza con alcohol, cuando me había dicho que no bebía, pero lo he hecho porque pensé que lo necesitaba.

—Y un carajo lo necesitaba.

—Enzo, tranquilo —me dijo Lucas, que estaba situado detrás de mí.

—¿Tranquilo? Este cabrón la ha emborrachado para llevársela a la cama sin que le ponga impedimentos.

—No me la quiero llevar a la cama, joder. Es mi amiga. Si lo he hecho, ha sido para ayudarla a superarte.

—¿Pretendes que me crea eso?

—No pretendo nada, porque es la verdad.

—Claro que sí, y yo mañana tomo el té con el rey Carlos de Inglaterra.

—Pues más vale que estés a la altura, porque yo no estoy mintiendo.

—Por supuesto que no, que no mientes. Eso no te lo crees ni tú.

—Joder, ¡que es cierto, que soy gay! —gritó esta última parte.

—Sigue soltando patrañas por esa boquita, campeón.

—Enzo, es cierto. Sergio es gay.

—¿Ahora te pones de su parte? Vamos, hombre, con la cantidad de mujeres con las que se ha acostado y que me diga ahora eso.

—Te lo puedo asegurar, porque…

—¿Por qué? ¿Qué, Lucas?

—Joder, porque yo me he acostado varias veces con él. ¿Satisfecho?

Miré a Lucas completamente sorprendido y supe que eso era lo que le pasaba, que no sabía cómo salir del armario.

—Mira, reza todo lo que sepas para que no le pase nada. Y, en cuanto a ti —dije, dirigiéndome a Lucas—, no creo que algo así sea un motivo de vergüenza, pero eso ya lo hablaremos, que ahora no tengo tiempo.

Salí corriendo del pub camino al hotel, que no estaba tan lejos, como mucho a un par de calles, y no podía esperar a que pasara un taxi.

Cuando llegué allí, Lola estaba en un sillón del vestíbulo, rodeada por la recepcionista y por un chico que, según me contaron, había sido quien la cogió al vuelo antes de que cayera al suelo.

—Yo me encargo. Llame a un médico.

La cogí en brazos y la llevé hasta su habitación, donde la desnudé y le puse una camiseta antes de acostarla en la cama, de lado, por si le entraban ganas de vomitar, para que no se ahogara.

—Me dice que tan solo ha tomado una jarra de cerveza, nada más. ¿Es cierto?

—Efectivamente, pero por lo que se ve ha debido sentarle peor que mal.

—El estómago no lo tenía vacío, a juzgar por el vómito que acaba de echar.

—¿Si no hubiera comido nada, le habría sentado peor?

—Si no hubiera ingerido ningún alimento, habría entrado en un coma etílico, porque esta joven tiene intolerancia al alcohol.

—Joder, no sabíamos nada.

—Creo que ni ella misma lo sabe. En fin, le dejo aquí unas pastillas para mañana, cuando se levante, porque estará como si la hubiera atropellado un camión.

—No se preocupe, doctor, que yo me encargo de ella. Muchas gracias.

—Cualquier cosa extraña que le note, no dude en llamarme, por favor.

—Pierda cuidado, que así lo haré.

Ajusté bien el cubo que le había puesto para que vomitara y me recosté a su lado, pendiente de todo lo que hacía, hasta que el sueño me rindió.

Cuando abrí un ojo, me la encontré despierta, mirándome como si fuera un espejismo, y una sonrisa apareció en mis labios.

—¿Cómo te encuentras?