¿Me besas o te lo pido por mi cumpleaños? Capítulo 13
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Capítulo 13

Cenamos entre risas, y gracias a que en este local tenían adaptado el horario de la cocina a los turistas europeos, porque, en casi todos los demás, a partir de las ocho de la noche no te ponían nada de comer.

En mi tierra, a las siete de la tarde, que es la hora a la que cenan ellos, yo estoy merendando. No sé si sería capaz de adaptarme a ese horario, la verdad.

Salimos y nos fuimos dando un paseo hasta el pub en el que íbamos a tomar algo.

Por suerte, había dejado de llover y el viento también había amainado bastante. El concierto era en un estadio cubierto, así que, por ahí, nos íbamos a librar.

—¿Cuál es el siguiente destino?

—Aquí estaremos hasta el lunes. Después partimos hacia Roma.

—Oh, Roma. ¿La conoces?

—No he tenido el gusto, nada más que de verla en los documentales de la televisión, te lo aseguro.

—Pues te va a encantar. Desde ahora mismo, me declaro tu guía turístico en todas las ciudades a las que vayamos.

—Y a mí me parece perfecto. Por eso, y como mañana el ensayo general es a las cuatro de la tarde, podemos aprovechar la mañana para que me enseñes la ciudad.

—¿Crees que no lo tenía pensado ya?

—Ese es mi chico. Por cierto, me muero por conocer Notting Hill.

—Como todas las chicas. Seguro que te haces una foto en la puerta de la casa que sale en la película.

—La persona que vive allí tiene que estar hasta el moño de que todo el mundo se fotografíe en la puerta de su casa.

—Yo creo que debe de estar más que acostumbrada a eso, y a más, porque algunos también aprovechan para pedirle matrimonio a su pareja allí.

Esas palabras me recordaron las que me había dicho Enzo antes de salir de mi habitación, pero intenté disimularlo.

No sé si lo conseguí, pero Sergio no insistió con el tema, como tampoco me preguntó qué me había ocurrido.

Entramos en el pub , que tenía un ambiente muy bueno, pero, al mirar al fondo, pude ver a todos los chicos del grupo, además de a Ingrid y a varias mujeres, una de ellas sentada en el regazo de Enzo.

Se me revolvió el estómago. Era como si me hubieran dado una patada en la misma boca y, encima, se hubieran reído de mí.

—Este hombre es gilipollas, te lo aseguro.

—No sé si es gilipollas o no; lo que sí sé es que tiene mucha maldad en ese cuerpo.

—Estamos aquí para divertirnos, así que ni caso, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

Nos buscamos un huequito en la barra, porque la zona de las mesas estaba completamente ocupada.

Llegó un momento en el que tenía que ir al baño, pero, para llegar, tenía que pasar por delante de ellos.

Ni siquiera había saludado a Ingrid, que no se había dado cuenta de mi presencia, y me parecía un poco feo no hacerlo.

Pero, por otro lado, si no iba al baño, terminaría haciéndomelo encima, y no iba a quedar bonito estar tomándome una cerveza encima de un charco de pis.

—Voy al baño. Vuelvo enseguida.

—No montes un escándalo, sigue mi consejo, que te entiendo mejor que nadie.

—No pienso hacerlo, no se lo merece.

Me bajé del taburete y, al llegar hasta donde estaban ellos, Ingrid me vio y saltó de su asiento para venir a darme un abrazo.

—Lola, ¿qué haces aquí? —me preguntó.

—Enzo nos ha dicho que no ibas a salir porque estabas cansada —me dijo Pablo.

Giré la cabeza muy despacio hacia donde estaba sentado Enzo, que me miraba con una sonrisa, como si todo aquello le hiciera gracia, como si yo no valiera nada para él, y no me pude callar.

—Lo siento, Enzo, pero el ejercicio de esta tarde tampoco ha sido como para dejarme agotada. Lo mismo el que voy a hacer cuando llegue al hotel sí que lo consigue y duermo como una bendita.

La sonrisa se borró de su boca al instante, sobre todo cuando vio detrás de mí a Sergio, que se había acercado para ver por qué tardaba tanto, ya que la cerveza se calentaba.

—Buenas noches, señores. Lola, ¿todo bien?

—Todo perfecto, cariño. Entro un segundito al baño y volvemos a la barra. No te marches, espérame.

Sabía que lo tenía todo a mi favor, puesto que Lucas no diría nada de que Sergio era gay, o tendría que explicar muchas cosas que no quería.

Entré en el baño y, al salir, vi que Enzo tenía la cara por los suelos, pero no era mi problema, era el suyo.

—Amy, ¿te apetece que nos tomemos la última en el hotel? —le dijo a esa chica, justo cuando yo pasaba.

Os prometo que no me pude quedar callada y Sergio, que supo que iba a saltar, me hizo un gesto para que no lo hiciera, uno que ignoré por completo.

—Mira, acuéstate con quien te dé la gana, pero asegúrate antes de que no sea como la última, puesto que nos ha costado mucho trabajo limpiar tu imagen y la gente no está aquí para tapar tus mierdas. ¿Entendido?

Enzo abrió la boca para hablar, pero, en el último momento, agachó la cabeza, ya que sabía que tenía razón.

El artífice de todo aquello fue Sergio, que no dudó en contarles a todos los televidentes de su programa lo que había sucedido.

A raíz de eso, fueron muchos los que salieron diciendo que a ellos les había pasado lo mismo, de tal manera que, en los dos días que habían transcurrido desde que sucedió todo hasta ese momento, habían conseguido identificar a la chica.

Todavía no la habían detenido, o, al menos, no teníamos constancia de que eso hubiera ocurrido, pero la imagen pública de «El Conquistador» se había limpiado.

Me giré de muy mala leche y me senté en la barra, donde me bebí la jarra de cerveza de un trago.

Menos mal que era sin alcohol, porque, si llega a contenerlo, hubiera salido de allí cantando, os lo prometo.

—Anda, será mejor que nos vayamos o tendré que sacarte de aquí a rastras.

—¿Cómo va a ser eso, si es sin alcohol?

—Esta última no. Pensé que lo necesitarías.

—Me cago en la leche, Sergio, que no me gusta beber, y lo sabías.

Mi amigo agachó la cabeza, consciente de que hablaba en serio. No me gustaba que me tomaran el pelo, mucho menos que decidieran por mí.

Cogí mi bolso y salí de allí. Sin esperarlo, paré el primer taxi que pasó y le dije que me llevara al hotel.

Empezaba a estar un poco mareada y me arrepentí al instante de no haber esperado a Sergio, pues tenía miedo de que me pudiera pasar algo.

Sí, soy un poco tremendista, lo reconozco, pero es que el mundo estaba en un plan que cualquiera con cara de tonto y buena persona te la podía meter doblada.

—Señorita, ¿se encuentra bien? ¿Quiere que la acerque al hospital?

—No, gracias. Con que me deje en el hotel lo antes posible, me conformo.

—No se preocupe, que ya estamos en la esquina. No tardaremos más de un par de minutos en llegar.

Cuando vi la puerta del hotel delante del coche, solté todo el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Pagué la carrera y entré, pero no llegué muy lejos, ya que, nada más cruzar la entrada del vestíbulo, perdí el conocimiento.

Caí en redondo y, si no llegué a tocar el suelo, fue porque un chico que estaba cerca y vio el estado en el que llegué me sujetó antes de que ocurriera.

—Señorita, ¿necesita un médico? —me preguntó la recepcionista, que se había acercado a mí.

—No, no es necesario, gracias. Lo que pasa es que no estoy acostumbrada a beber y me he tomado una jarra de cerveza de un solo trago, pensando que era sin alcohol.

—Una broma un tanto pesada, ¿no cree? —me dijo el chico que me había sujetado.

—Mi amigo pensó que lo necesitaba, pero, realmente, se equivocó. Ahora lo único que quiero es llegar a mi habitación y tumbarme hasta que se me pase.

—Yo me ocupo. No hay ningún problema —dijo Enzo, que no sabía en qué momento había llegado hasta allí.

—Como desee, señor del Río —contestó la recepcionista.

Noté cómo me cogía en brazos y eso fue lo último que recuerdo, pues mis ojos se cerraron al calor de su pecho, con el aroma de su piel, ese que aspiré en su cuello antes de caer rendida.

Me desperté con los primeros rayos de sol que entraban por la ventana y me dolía la cabeza como si me estuvieran martilleando la frente.

Me giré en la cama, intentando reunir las fuerzas necesarias para levantarme, cuando me di cuenta de que Enzo estaba a mi lado, en bóxer y completamente dormido.