Capítulo 12
Estuve charlando un rato con Sergio mientras esperaba mi turno para hacer el registro de entrada, ante la atenta mirada de Enzo.
—Me toca, nos vemos en un rato.
—Perfecto, preciosa. Yo, mientras, voy al restaurante.
—Coge mesa para dos, que me muero de hambre.
—Eso está hecho, bonita…
Después de decir eso, se acercó a darme un beso en la mejilla, y aprovechó para susurrarme al oído:
—Si las miradas matasen, yo habría caído de manera fulminante. Sigo diciendo que ese hombre está coladito por ti.
Solté una carcajada, y no pude evitar girar mi cabeza hasta donde se encontraba Enzo, que me miraba con una mezcla de furia y dolor, como si estuviera arrepentido de algo.
Repartí las diferentes tarjetas, pues esta vez sí que estábamos todos en la misma planta, y nos marchamos en los distintos ascensores.
Enzo se apresuró para entrar en el mismo ascensor que yo y, con mucho disimulo, rozó mis dedos con los suyos. Al instante volví a sentir aquella descarga eléctrica que, por la sonrisa que se dibujó en sus labios, él también había notado.
Cuando las puertas se abrieron, todos salieron menos nosotros. Me sujetó suavemente por la mano para retenerme unos segundos más y esperar a que los demás entraran en sus habitaciones.
Entonces me miró fijamente, como si intentara descifrarme. Me acarició la mejilla y, cuando se aseguró de que ya no quedaba nadie en el pasillo, acortó la escasa distancia que nos separaba hasta quedarse a apenas unos milímetros de mí.
—Voy a hacer lo que llevo deseando desde el día en que te vi por primera vez.
Y, justo cuando nuestros labios estaban a punto de encontrarse, alguien salió de una de las habitaciones y rompió el momento. Los dos nos separamos al instante.
—Será mejor que me vaya. Me están esperando para comer.
—Que lo disfrutes, preciosa.
Lo vi pasarse una mano por la cara, como si no pudiera creer lo que había estado a punto de hacer. O quizá simplemente lamentaba que aquel momento se hubiera visto frustrado. Nunca lo sabré.
No quise darle más vueltas, así que entré en mi habitación, dejé la maleta junto a la puerta y bajé al restaurante. Antes de salir de Barcelona ya me había duchado, así que no necesitaba arreglarme más.
—Pensé que tendría que comer yo solo.
—He tenido que dejarlo todo organizado arriba y apenas me ha dado tiempo a dejar la maleta.
—Entonces será mejor que vayamos a por la comida, antes de que me entre el hambre y termine dándote un bocado a ti.
Solté una carcajada y, justo cuando Sergio terminaba la frase, Enzo entró en el restaurante.
—Disculpadme un momento —les dijo a las personas que lo acompañaban.
—Claro, pero no tardes o empezaremos sin ti —le respondió uno de ellos.
—Lola, ¿puedes esperar un momento, por favor? —me dijo, ante la divertida mirada de Sergio.
—Dime, ¿en qué puedo ayudarte?
—Me gustaría hablar contigo de un par de asuntos. ¿Podríamos vernos después de comer?
—Claro. En cuanto termine, subiré a por la tableta, que la he dejado en la habitación, e iré a buscarte.
—Si te viene mejor, podemos reunirnos en la tuya. No tengo ningún inconveniente.
—Casi que mejor. Así tendré todo a mano por si hace falta consultar algo más.
—Perfecto. Entonces nos vemos allí a las tres.
—De acuerdo.
Me acerqué al bufé y fui sirviéndome lo que me apetecía comer. Sergio hizo lo mismo y, cuando los dos tuvimos la bandeja preparada, nos sentamos juntos.
—¿Qué quería el dios de la música?
—¿Perdona? ¿Cómo lo has llamado?
—El dios de la música. Me habría gustado llamarlo el dios del sexo, pero, como ninguno de los dos lo hemos probado, será mejor dejarlo en eso.
Solté una carcajada, porque Sergio era un tipo de lo más divertido y tenía la costumbre de decir las cosas tal y como le venían a la cabeza.
Era guapísimo, como ya os he contado, pero, según me confesó, no había tenido demasiada suerte en el amor.
Me explicó que había solicitado acompañar al grupo durante la gira porque, tiempo atrás, había tenido algo con uno de los músicos, Lucas. No pasó de un rollo de una noche.
Cuando Lucas supo quién era realmente, dejó de acercarse a él y, desde que había empezado la gira, ni siquiera lo había saludado.
—Es algo que no soporto. Que alguien tenga claro lo que siente y, por miedo a la sociedad, decida encerrarse en un armario de hipocresía y dolor. Nunca podrá ser libre mientras no sea capaz de reconocerlo ante sí mismo.
—Ya, pero no puedes hacer nada. Es su vida y su decisión.
—Lo sé, pero mi presencia aquí le recordará constantemente lo que siente, y le resultará imposible olvidarlo.
—¿Sabes que eres muy malo?
—¿Malo, yo? Venga ya, si soy un corderito.
—Sí, sí. Menudo corderito.
Terminamos de comer entre bromas y anécdotas de Sergio, que no tenían desperdicio.
Cuando acabamos, me despedí de él, porque había quedado con Enzo en mi habitación.
No sabía de qué quería hablar conmigo, pero parecía bastante serio. Antes de separarnos, le dije a Sergio que lo llamaría en cuanto terminara, por si nos apetecía salir a dar una vuelta o quedarnos tranquilamente en el hotel viendo una película.
En cuanto entré en mi habitación y estaba a punto de cerrar la puerta, Enzo puso un pie para impedir que se cerrara.
No me dio tiempo ni a hablar ni a abrir la boca. Me rodeó la cintura, me atrajo contra su cuerpo y besó mis labios como nunca antes lo había hecho nadie.
Nuestras manos comenzaron a recorrer el cuerpo del otro sin apenas darnos cuenta, como si llevaran demasiado tiempo esperando aquel momento.
No quise pensar si aquello era lo correcto o no. Solo quería vivir lo que la vida acababa de poner delante de mí.
Nos separamos cuando el aire empezó a faltarnos y ninguno de los dos era capaz de prolongar un segundo más aquel beso.
—Joder, Lola… No sabes cuánto tiempo llevo deseando hacer esto.
—No digas nada. No quiero palabras, quiero hechos.
—Eso mismo tendrás, preciosa.
Enzo volvió a cogerme por el cuello, acercándome a él, y volvió a besarme, pero esta vez de manera más calmada, como si quisiera recordar para siempre el sabor de mi boca.
Poco a poco, nuestra ropa fue cayendo al suelo, hasta quedar desnudos por completo. Cuando eso sucedió, ya estábamos a los pies de mi cama.
Sentir su boca a lo largo de todo mi cuerpo me hizo tocar el cielo con las manos. Me retorcí de placer en cada rincón en el que se deleitaba.
El momento en el que me penetró, en el que lo sentí dentro de mí, fue el mejor de mi vida, os lo prometo.
No es que yo fuera virgen, ni mucho menos, pero, teniendo en cuenta que, en los últimos doce años, mi vida no había sido un caminito de rosas, os podéis imaginar el tiempo que hacía que no estaba con un hombre.
Que fuera él quien me hiciera sentir así, después de tanto tiempo, era un plus añadido.
—Dios mío, Lola, eres una delicia; tan caliente, tan estrecha…
—No pares, por lo que tú más quieras.
—Ni siquiera se me ha pasado por la cabeza, bonita. No pienso hacerlo hasta que hayas gritado mi nombre, al menos, un par de veces.
Como seguro que habéis llegado a la conclusión, no salimos de mi habitación en toda la tarde. Incluso me supo mal por Sergio, pero él tampoco se había puesto en contacto conmigo, así que me imaginé que también estaría ocupado.
A eso de las diez de la noche, Enzo salió de mi cama, entró en la ducha y salió completamente vestido, y eso me chocó sobremanera.
—¿Dónde vas?
—He quedado con los chicos para tomar algo y ya voy tarde.
—¿Qué pretendías, Enzo? Y necesito que me digas la verdad.
—Mi única pretensión era tenerte entre mis brazos, como así ha sido, pero eso no significa que te vaya a pedir matrimonio.
—Ni yo lo quiero, pero ahora entiendo todo. Lo que te jodía era que hubiera quedado con Sergio para cenar y salir a dar un paseo.
—Piensa lo que quieras. Lo que no me gustaría es que esto fuera un inconveniente en el trabajo.
—No te preocupes, que no lo será. Pero, desde ya, te avanzo que, en cuanto termine la gira, presentaré mi dimisión.
—Si es eso lo que quieres, no seré yo quien te lo impida.
Salió de mi habitación, dejándome allí, en la cama y con las lágrimas cayendo por mis mejillas.
¿Se podía ser más idiota que yo? Ya os lo digo yo: un «no» rotundo, en mayúsculas, negrita y subrayado.
Me levanté de la cama, me di una ducha y me vestí de manera cómoda. Como siempre, en Londres no parecía verano, sino que llovía y hacía algo de frío; por eso, antes de salir, cogí mi anorak.
No pensaba quedarme allí, llorando como una magdalena, aunque me tuviera que ir sola, porque tampoco me parecía de recibo llamar a estas horas a Sergio como si fuera el segundo plato.
Pero el destino quiso que me lo encontrara en el vestíbulo, poco antes de salir.
—Amigo, ¿te vas solo?
—Hola, bonita. Sí, me voy solo porque, después de usarme para tener sexo, me han dado la patada.
—Uy, esa historia me suena mucho.
—¿Tú también?
—Efectivamente.
—Bueno, entonces, vamos a ahogar nuestras penas en una buena jarra de cerveza, pero antes deberíamos comer algo, de lo que se pueda digerir.
Solté una carcajada, me enganché de su brazo y salimos al exterior. No nos importaba la lluvia, que, en esos momentos, era lo que en mi tierra se conoce como chirimiri .
Nos fuimos refugiando bajo las cornisas de los edificios hasta llegar a un restaurante donde se podía comer el típico fish nadie se va a enterar, porque no es que vayan a hacerle una prueba.
Volvimos a reír, y es que el tiempo que pasaba con Sergio era tiempo de calidad, de risas y de cariño, donde todo lo demás pasaba a un segundo plano.
Siendo sincera conmigo misma, si no fuera gay y mi corazón no estuviera ya ocupado, sería un buen candidato para que me enamorara de él hasta la médula, porque tenía todo lo que buscaba en un hombre.
En ese momento me asaltó una duda que pensé en voz alta, verbalizándola casi sin darme cuenta.
—Me pregunto qué coño vi yo en Enzo, cuando es lo opuesto a lo que me gusta en un hombre.
—Amiga, te aseguro que suele pasar eso. Al final terminamos con quien menos esperamos.