Capítulo 11
Me levanté aquella mañana demasiado temprano, pues no me gustaba hacer las cosas con prisas y teníamos el vuelo a Londres programado para las once.
Me di una ducha lenta, de esas en las que te quedas bajo el agua, con la cabeza agachada, dejando que caiga sobre ti hasta sentir el cuerpo pesado.
Me vestí de manera cómoda, pues no pensaba ir encorsetada para meterme en un avión. Me recogí el pelo en una coleta y bajé a desayunar.
—Buenos días, amiga —me dijo Ingrid, que acababa de llegar junto a Pablo.
—Buenos días, serán para ti, porque yo no he descansado nada esta noche.
—¿Te dio mandanga el periodista buenorro ?
—Para nada. Solo somos amigos y eso es lo que vamos a ser, sin más discusión ni más vueltas de hoja.
—Desde luego, hija mía, qué lacia eres, con el meneo que tiene el muchacho.
—Mira, tengo mis razones para afirmar eso, pero no te las puedo decir porque no me corresponde a mí.
—Chica, déjala ya en paz. Ella sabrá lo que hace —la amonestó Pablo.
—Claro, como tú barres para dentro, porque Enzo es tu amigo…
—¿Qué quieres decir?
—Que, mientras él se acuesta con toda la que le da la gana, mi amiga no se va a meter a monja. Vamos, digo yo.
—Eso no es así. Mi amigo no es de los que se acuestan con una mujer a las primeras de cambio.
—Permíteme que lo dude. En menos de veinticuatro horas se ha acostado con dos mujeres diferentes —le dije, algo enfadada.
—¿Dos? Yo solo lo he visto con la chica que lo acompañó anoche al hotel.
—Y con la bailarina pato mareado, en el baño del avión.
Pablo me miró con la boca abierta, pues no esperaba mi respuesta. No tenía ni idea de que aquello hubiera sucedido.
—Además, según sus propias palabras, no tenía nada que hacer al lado de las mujeres de las que solía rodearse.
Después de decirle aquello, Pablo agachó la cabeza y dejamos el tema ahí. No quería hacerme más daño del que ya me había hecho yo misma.
Estuvimos desayunando mientras repasábamos la agenda del día y, al mirar el reloj, vi que era casi la hora de salir y Enzo aún no había bajado.
—Pablo, deberíamos ir a buscar a Enzo. Todavía no ha bajado y mira la hora que es.
—Sí, yo he pensado lo mismo. Sé que le gusta muchísimo dormir, pero, los días que tenemos viaje, suele ser el primero en levantarse. Me extraña que no esté aquí, la verdad.
—¿Subimos a ver qué pasa?
—Vamos, antes de que sea más tarde.
Abandonamos la cafetería y subimos a la planta en la que se encontraban las suites del grupo, hasta llegar a la puerta de la habitación donde estaba alojado Enzo.
Llamamos en infinidad de ocasiones, pero no obtuvimos respuesta. Esperamos un rato, por si estaba en la ducha y no nos oía, y volvimos a llamar, aunque con el mismo resultado.
—Esto no me huele nada bien, Lola —me dijo Ingrid.
—Yo estoy pensando lo mismo.
—Voy a bajar a recepción a pedir otra tarjeta o a solicitar que alguien nos abra la puerta, porque esto ya no es ni medio normal —nos dijo Pablo.
—Está bien, nosotras seguiremos intentándolo.
Seguimos aporreando la puerta porque aquello ya no podía considerarse llamar.
Ante nuestra insistencia y debido al escándalo que estábamos formando, salieron de sus suites los músicos que faltaban, justo cuando Pablo llegaba con una tarjeta de repuesto.
Abrimos la puerta y lo que nos encontramos fue surrealista. Sobre todo porque él, que tanto se abanderaba contra las drogas, estaba tirado en el sofá, en bóxer, y sobre la mesa había un amplio surtido de estupefacientes.
—Enzo, Enzo, amigo, despierta —le dijo Pablo, dándole pequeñas bofetadas.
—No reacciona. Mira a ver si tiene pulso —dijo Ingrid, asustada.
La cara de todos los que estábamos allí era un poema, pues ninguno quería comprobar lo que Ingrid había pedido.
Como nadie se movía, fui yo quien se acercó. Le cogí la muñeca y comprobé que seguía teniendo pulso, aunque muy débil.
—Ve llamando a una ambulancia. Mientras tanto, intentaré provocarle el vómito, a ver si es capaz de expulsar parte de lo que ha ingerido.
Pablo fue quien llamó al 112. Mientras, yo coloqué a Enzo con el torso sobre mis piernas e introduje los dedos en su boca. Al sacarlos, empezó a vomitar.
Lo repetí unas cuantas veces más, hasta que ya no expulsó nada. Entonces volví a sentarlo en el sofá y fui a lavarme las manos.
Delante del espejo, mientras me las lavaba, no podía dejar de pensar en lo hipócrita que podía llegar a ser Enzo. Me exigía a mí una conducta que él mismo no era capaz de mantener.
Salí del baño y vi que seguía inconsciente, hasta que empezó a hablar. En ese momento tuve claro que no seguiría con él. Ya buscaría otro trabajo.
No solo era que fuera un hipócrita, sino que tampoco valoraba el trabajo de los demás, en especial el mío, que tenía planes organizados para ese día en Londres.
—Voy a llamar al hotel para avisar de que llegaremos más tarde y al piloto del avión para que retrase la salida a mañana —dije, cuando vi que ya estaba medio recuperado.
Pero, antes de salir, me llegó un mensaje y, al abrirlo, me tuve que sentar.
Todo aquello que él tanto había querido preservar para no manchar su imagen lo teníamos delante, de la manera más gráfica posible.
Pablo había salido en ese momento para cogerle ropa y se encontraba en la zona del dormitorio.
—Joder, esto no puede haber pasado —lo escuchamos decir.
Me acerqué, pensando que también había recibido el mismo mensaje que yo, pero me equivoqué. No lo había dicho por eso.
—¿Qué ha pasado aquí? —pregunté, pues la habitación estaba completamente revuelta.
—Se ha llevado todo lo que había. Dinero, relojes y cualquier cosa de valor, hasta la colección de gafas de sol.
—Pues eso no es todo lo que ha hecho. Ni siquiera es lo peor. Mira.
Giré mi móvil y, cuando vio lo que tenía delante, con Enzo apareciendo en todas las revistas digitales del corazón, se llevó las manos a la cabeza.
—Esto no le va a gustar nada…
—Pues que no lo hubiera hecho.
—Yo creo que ha caído en una trampa, Lola. Conozco a Enzo y sé que no soporta las drogas. Me resulta imposible creer que todo eso fuera suyo.
—Sea lo que sea, me da igual. Él se lo ha buscado.
—No hables desde el despecho y el rencor, por favor, te lo pido. Vamos a darle un voto de confianza.
—Si en las analíticas que le van a hacer ahora los sanitarios sale el más mínimo consumo de drogas, su palabra, para mí, no tendrá credibilidad.
Pablo me miró con algo de pena, como si supiera que tenía parte de razón, pero no terminara de creerse lo que teníamos delante.
Al final, lo que había tenido era una sobredosis, y se había salvado gracias a mi intervención.
No fue casualidad. Sabía cómo hacerlo, puesto que lo había hecho infinidad de veces, incluso siendo una niña.
Mi hermano Iker era politoxicómano hasta que llegó un momento en que no aguantó más, y aquel fue el declive de mi familia. Mi padre sufrió un ictus del que nunca se recuperó y mi madre se dejó ir hasta perder la vida.
Por eso yo sí estaba en contra de las drogas y no las toleraba. Era una parte de mi historia que nunca le había contado a nadie, salvo a Ingrid, y sabía que ella jamás diría nada.
Arreglé todo para salir esa misma tarde, pues Enzo no quería quedarse allí ni un minuto más de lo necesario.
Mientras yo confirmaba todo, Pablo se encargó de llamar a la policía para poner la denuncia por el robo y por todo lo que había pasado.
Revisaron las cámaras, pero aquella mujer no era tonta y sabía muy bien cómo actuar para que no se viera su cara en las imágenes, dejando claro que no era la primera vez que hacía algo así.
El dinero podía darlo por perdido, pero los relojes y las gafas de sol, si tenía suerte, tal vez pudiera recuperar algo, aunque no fuera todo lo que se había llevado.
Llegamos al hangar donde nos esperaba el avión y lo hicimos en completo silencio. Al menos, Enzo y yo.
Me senté al final de la hilera de asientos, en el mismo lugar en el que lo había hecho a la ida, me coloqué los auriculares y puse música en el móvil.
Pero no me duró mucho. Enzo se sentó a mi lado y me dio un golpecito en el hombro.
—¿Podemos hablar?
—Siendo sincera, ahora mismo no me apetece nada.
—Por favor, te prometo que yo no fui consciente de que estaba tomando eso. Ahora mi imagen está completamente destruida.
—Eso te enseñará a no meter en tu cama a alguien a quien no conoces.
—Joder, Lola, lo hice por despecho.
—¿Despecho?
—Sí, vi cómo tú te marchabas con el periodista y yo no podía quedarme haciendo el tonto, como un gilipollas.
—Para empezar, me marché con el periodista porque estaba alojado en el mismo hotel que nosotros, pero, aunque mis intenciones hubieran sido otras, entre tú y yo no ha pasado nada.
—Lo sé, es incomprensible.
—Sobre todo cuando le dijiste a Pablo que no era tu tipo. Espera, ¿cuáles fueron tus palabras? Ah, sí, ¿has visto las mujeres de las que me rodeo?
—¿Lo oíste?
—Claro que lo oí, porque, afortunadamente y gracias a la vida, no soy sorda.
—Pensé que estabas durmiendo.
—Eso no cambia lo que dijiste, Enzo. Así que, te lo pido, por favor, no me marees más.
Enzo agachó la cabeza, completamente avergonzado. Me miró y, sin saber qué decir, se levantó del asiento en el que se había sentado y se marchó, dejándome allí descolocada por completo.
Volví a ponerme los auriculares y las gafas de sol, y lloré por todo. Por lo que aquello me había recordado a mi hermano Iker, pero, sobre todo, por lo humillada que me había sentido con las palabras que Enzo le dijo a Pablo.
No sé en qué momento me quedé dormida, pero me desperté cuando Ingrid me dio unos golpecitos en el hombro para avisarme de que íbamos a aterrizar.
En ese momento tomé una de las decisiones más difíciles de mi vida. Disfrutaría de todos y cada uno de los conciertos que quedaban, haría mi trabajo con una sonrisa y, cuando terminara todo, volvería a mi casa y presentaría mi dimisión.
Otra cosa de la que quería hablar con él era que, los días que estuviéramos en nuestra ciudad, haría mi trabajo desde casa. Cuanto menos contacto tuviéramos, mejor. Así no expondría más mi corazón, pero eso se lo diría en otro momento.
Al llegar al hotel, Sergio estaba esperándome en el vestíbulo con una sonrisa y, en cuanto me vio, me dio uno de esos abrazos que reconfortan.
—Pensé que os había pasado algo por todo lo que habéis tardado, pero ya he visto las imágenes.
—¿Qué piensas de eso?
—Que le han tendido una trampa. Lo tengo claro, y así lo diré esta noche en la conexión que tengo con mi cadena.