Capítulo 10
Enzo
Llevaba toda la noche pendiente de ella y de ese tipo, que, a todas luces, era el típico playboy de pacotilla del que todo el mundo decía que se acostaba con cualquiera.
Me lo habían asignado como el periodista que me acompañaría durante toda la gira y que pondría voz al documental que se emitiría en una de las principales cadenas de música del mundo.
En cuanto vi que Lola se separaba de él, no lo dudé y fui detrás. Tenía que advertirle de unas cuantas cosas.
Entró en el baño y yo me quedé esperándola en el pasillo para hablar con ella cuando saliera.
El encuentro no salió como esperaba, aunque la culpa no fue suya, sino mía. Y me arrepentiría toda la vida de haber actuado así.
En el momento en que me dijo que yo había contratado a aquella mujer para tirármela en el baño del avión, comprendí que nos había visto.
En realidad, no había sido así. Aquellas bailarinas habían llegado recomendadas por la hermana de uno de los músicos, aunque tengo que reconocer que me parecieron muy guapas.
En el avión, después de hablar con Pablo, que seguía insistiendo en que Lola me gustaba, decidí hacer algo para demostrarle que no era cierto.
Me estaba engañando a mí mismo, aunque entonces no fuera consciente de ello. A la primera oportunidad que tuve, me metí en el baño con una de aquellas mujeres y practiqué sexo con ella.
Después, durante el ensayo, tuve que aguantarme la risa cuando Lola me dijo lo que pensaba de las nuevas bailarinas y, al final, no me quedó más remedio que apartarlas del cuerpo de baile.
Pero ahora estábamos en aquella discoteca y, después de escuchar lo que me había dicho, me quedé plantado en medio del pasillo, sin saber qué responder.
—¿Dónde te habías metido, cariño? —me preguntó una de las mujeres que llevaba con nosotros desde que habíamos llegado.
—Había ido al baño, pero, por favor, no me llames así, que me baja la libido un montón.
—Uy, no te preocupes, hombretón, que yo me encargaré de subírtela.
Solté una carcajada por la forma en la que lo dijo, pero mi mirada seguía desviándose una y otra vez hacia Lola y aquel periodista.
Os puedo parecer un egoísta, y no voy a negarlo, porque lo era.
No podía soportar verla tan feliz, imaginándome que acabaría acostándose con ese tipo mientras yo me quedaba en un rincón muerto de asco.
Cuando llegó la hora de marcharnos y vi que se iban juntos, no me lo pensé. Le propuse a aquella mujer, de la que ni siquiera recordaba el nombre, que pasara la noche conmigo.
Me sujetó la cara y me besó. Y yo, como el gilipollas que era, en vez de apartarme para no hacer daño a Lola, porque ya me había dado cuenta de que ella también sentía algo por mí, la estreché contra mi cuerpo y le devolví el beso.
Cuando llegamos al hotel y los vi dispuestos a subir juntos a las habitaciones, sentí que algo me explotaba por dentro.
Por eso levanté el muro que siempre levantaba cuando algo me afectaba demasiado y saqué ese lado borde y cruel que tanto detestaba, pero que utilizaba para protegerme.
—Lo siento, pero en este ascensor solo vamos a subir nosotros, que es el que lleva a la planta donde está alojada la banda.
—Sí, hombre, no vaya a ser que le peguemos algo a la estrella —dijo Pablo, visiblemente enfadado.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron y aquella mujer, que dijo llamarse Verónica, volvió a acercarse a mí como un depredador a su presa, dejé que toda la rabia que llevaba dentro se transformara en brusquedad.
Le sujeté la cabeza y tiré de su pelo para acercarla a mí. Ella fue la primera en morderme los labios.
—Me encanta que me dominen en la cama.
—Pues tus deseos son órdenes para mí.
Entramos en la suite tropezando con todo hasta que, en un momento dado, me dijo que, mientras yo me ponía cómodo, ella serviría una copa para cada uno.
No me apetecía nada beber, pero tampoco quería que se sintiera utilizada, así que fui al baño, me quité la ropa y aproveché para darme una ducha rápida.
Cuando salí, llevaba únicamente el bóxer y un albornoz.
Sobre la mesa había dos copas de champán y, aunque no me gustaba beber, pensé que una no me haría ningún daño.
Qué equivocado estaba.
Lo último que recuerdo es terminarme aquella copa.
Después… nada.
Cuando abrí los ojos, me encontré a todo mi equipo alrededor, incluida Lola. Todos tenían una expresión de enorme preocupación.
—¡Como vuelvas a darnos un susto así, te juro que acabaré contigo yo mismo! —me dijo Pablo.
—La ambulancia ya viene de camino —añadió Lola.
—¿La ambulancia? ¿Para qué?
—Llevamos más de una hora intentando despertarte. Al final lo hemos conseguido cuando te he hecho vomitar.
Efectivamente, junto a mí había un charco de vómito que, por lo visto, era mío, aunque no recordaba absolutamente nada.
—Necesito una ducha.
—Venga, yo te ayudo mientras llegan los sanitarios —dijo Pablo.
—¿No salíamos hoy para Londres?
—Claro, si no te hubiera dado por beberte hasta el agua de los floreros del hotel, sin contar las sustancias que hemos encontrado encima de la mesa —intervino Lola, visiblemente decepcionada.
—Te juro que no he tomado más que una copa de champán y, por supuesto, jamás he consumido drogas.
—Di lo que quieras, pero las evidencias están ahí. Si tenías esa necesidad, como me dijiste una vez, podrías haberte controlado un poco. Has tirado por tierra el trabajo de mucha gente.
No seguí discutiendo. No tenía fuerzas para hacerlo.
Acepté la ayuda de Pablo.
Tenía la boca completamente seca y la lengua como la suela de un zapato. Una ducha me sentaría de maravilla.
Me apoyé en él y, cuando entramos en el baño, me miró con expresión inquisidora.
—Enzo, menudo festín te has dado esta noche. Espero que esto se quede aquí y no sea algo habitual, porque se me caería un mito.
—Te juro por mi vida que no he tomado nada de lo que había sobre la mesa. Solo me bebí la copa de champán que me preparó Verónica mientras me duchaba.
—Espero que no me estés mintiendo, porque todo apunta a lo contrario. Voy a confiar en ti y ojalá no me equivoque.
Me duché mientras Pablo salía a buscarme ropa limpia.
Cuando regresó, tenía todavía peor cara que antes.
Supe al instante que las noticias no serían buenas.
—Amigo, esa mujer te la ha jugado. Además de drogarte, te ha robado hasta las cerillas de los oídos.
—¿Perdona?
—Sí. Se ha llevado todo el dinero que tenías en la cartera, los relojes, las gafas de sol… Pero eso no es lo peor.
—¿Y qué puede ser peor que eso?
—Será mejor que salgas al salón. Los sanitarios ya están aquí y podrás comprobar con tus propios ojos lo que ha pasado.
Dicho y hecho. En cuanto salí, me hicieron varias analíticas y diferentes pruebas que confirmaron una sobredosis por drogas, de la que me había salvado gracias a la rápida intervención de Lola.
Cuando los sanitarios se marcharon y nos quedamos solos, Lola me acercó la tableta para que viera el desastre que se había montado.
—Espero que no se te ocurra volver a prohibirme nada cuando tú dices una cosa y haces exactamente la contraria.
—Joder. Esto no es cierto.
—Pues a ver quién es el guapo que convence ahora a la gente de que el cantante que presume de ir en contra de las drogas aparece así en todas las redes sociales.
Os prometo que se me cayó el mundo encima.
Las portadas de todas las revistas digitales me mostraban completamente ido y con evidentes síntomas de haber consumido drogas y alcohol.