Capítulo 9
Terminó el concierto, que fue todo un éxito, y nos marchamos hasta una sala de fiestas cercana, donde tendría lugar la cena y la fiesta posterior.
Tal y como había vaticinado mi amiga, a aquel hombre le faltó tiempo para acercarse a mí con una sonrisa de esas que hacían que cualquier mujer se derritiera.
—Hola, soy Sergio Flores, periodista musical, y me he fijado en ti desde que he llegado.
—Hola. Yo soy Lola Carmona, asistente personal de «El Conquistador».
—¿Me permites invitarte a una copa?
—En primer lugar, todo lo que se sirve aquí ya está pagado y, en segundo, no bebo alcohol.
—Buena apreciación, sí, señora. ¿Un refresco o algún cóctel sin alcohol?
—Un cóctel sin alcohol, mejor.
Ingrid, que no me había quitado el ojo de encima, me miró sonriendo, con una expresión que parecía decir: «Te lo dije, y no se te ocurra desperdiciar la oportunidad».
Negué con la cabeza y ella soltó una carcajada que terminó arrancándome una sonrisa.
—Aquí tienes. Espero que te guste.
—Gracias. No suelo ser muy delicada.
Sergio sonrió y, al instante, todas las mujeres de alrededor se giraron para mirarlo. En realidad, desde que había entrado en el local apenas le habían quitado la vista de encima.
La cena era tipo cóctel y los camareros iban pasando con bandejas para que cada uno fuera cogiendo lo que le apeteciera.
En un momento dado, Sergio se acercó a una camarera que llevaba una bandeja de croquetas y cogió un par.
—Toma, que seguro que no has probado bocado en todo el día.
—Uy, no soy de ese tipo de mujer. Para mí la comida es sagrada; no soy de las que cuentan calorías.
—Eso me encantaría comprobarlo. ¿Me dejas invitarte mañana a cenar?
—Lo siento, pero no va a ser posible. Mañana nos vamos a Londres para el siguiente concierto, que será dentro de tres días.
—Lo sé, porque yo acompañaré al grupo durante toda la gira. Estamos haciendo un documental sobre ellos.
Me dejó completamente fuera de juego. En ningún momento Enzo ni nadie de la organización me había comentado nada sobre aquello.
Cuando me metió un pincho de tortilla en la boca, el gesto me resultó de lo más tierno. A esas alturas llevábamos un par de horas hablando y, la verdad, me gustaba conversar con él, aunque no me atrajera físicamente.
Era muy guapo, eso era innegable, pero no lo veía como alguien con quien acostarme o tener una relación. No despertaba en mí ese tipo de interés.
Al final acepté cenar con él al día siguiente en Londres, siempre que no surgiera ningún contratiempo relacionado con el trabajo.
Me había fijado en que Enzo, a pesar de estar riendo y hablando con la gente que lo rodeaba, no apartaba la mirada ni de mí ni de Sergio, y su expresión empeoraba por momentos.
En determinado momento me ausenté para ir al baño y, cuando salí, me lo encontré esperándome en el pasillo, con una cara que habría hecho temblar a cualquiera.
—¿Se puede saber qué coño haces con Sergio Flores?
—¿Charlar?
—Ya he visto que te has tomado una copa. Te prohíbo que te tomes una más si no quieres terminar despedida.
—Mira, Enzo, en primer lugar, no eres mi padre para prohibirme que haga lo que me dé la gana.
—Lo pone en el contrato.
—No. En el contrato pone que no puedo beber más de una copa que contenga alcohol. ¿Has probado mi cóctel para saber lo que llevaba?
—Me da exactamente igual. Además, no quiero que sigas hablando con ese periodista, que lo único que quiere es llevarte a la cama.
—¿Perdona? ¿Y eso me lo dice alguien que ha contratado a una mujer para acostarse con ella en el baño del avión?
Vi cómo se quedaba blanco para, acto seguido, ponerse rojo como un tomate. No sabía si era de vergüenza o de rabia, pero tampoco pensaba quedarme allí para comprobarlo.
Salí de aquel pasillo con un nudo en el estómago. Me temblaban hasta las pestañas, porque no esperaba esa posesividad por su parte, mucho menos cuando entre nosotros no había pasado absolutamente nada.
Me dirigí a la barra y pedí una cerveza sin alcohol para mí y una copa de whisky , que era lo que estaba tomando Sergio.
Cuando me acerqué, me recibió con una sonrisa de lo más encantadora y supe que en aquel hombre encontraría un buen amigo.
No quise hacerle perder el tiempo y, por eso, fui muy clara desde el primer momento.
—Sergio, me gustaría dejar una cosa clara antes que nada. No me gusta hacer perder el tiempo a nadie.
—Tú dirás, pero me estás asustando, Lola.
—Verás… No tengo ningún interés sentimental ni sexual en ti. Si eso es lo que estás buscando, ya te digo que no lo vas a conseguir.
—Y me encanta tu sinceridad, pero no pretendo otra cosa que seamos amigos. Entre otras cosas, porque a mí no me gustan las mujeres.
—Manda cojones. Para una vez que se me acerca un tío bueno, resulta que no quiere acostarse conmigo. Acabas de hundirme la autoestima, chaval.
—¡Serás…! ¡Pero si has sido tú la primera en decir que no ibas a acostarte conmigo!
—Claro, pero eso no significa que no me guste que los hombres se fijen en mí. Además, me acaban de decir que tú solo quieres llevarme a la cama.
—Pues como no sea para cantarte una nana…
Los dos soltamos una carcajada. Tenía muchísimo arte diciendo las cosas.
Me miró y me dio un abrazo antes de volver a hablar.
—Mira, para que me entiendas: si la homosexualidad fuera un delito, yo tendría cadena perpetua.
Volvimos a reír. Lo último que me habría imaginado era que Sergio fuera gay… y tan divertido.
El resto de la noche la pasamos juntos, hasta que llegó la hora de regresar al hotel, donde él también estaba alojado.
No pertenecía al equipo y, por lo tanto, había sido su cadena quien se había encargado de reservarle tanto el alojamiento como el vuelo.
Enzo también volvió con nosotros, pero, al llegar al hotel, me fijé en que iba demasiado cariñoso con una de las mujeres que habían estado en la fiesta.
—Lo siento, pero en este ascensor solo vamos a subir nosotros, que es el que lleva a la planta donde está alojada la banda.
—Sí, hombre, no vaya a ser que le peguemos algo a la estrella —dijo Pablo, visiblemente enfadado.
Un nudo volvió a formarse en el estómago por la manera tan desafiante en la que Enzo me miró. Era como si quisiera decirme: «Ella, que no me conoce de nada, va a pasar por mi cama, mientras que tú vas a seguir sirviéndome».
En ese momento tomé una decisión. En cuanto terminara el último concierto de la gira, presentaría mi dimisión, porque no quería poner mi corazón más en riesgo de lo que ya lo estaba.
Sabía que aquel tiempo iba a convertirse en un auténtico calvario, pero tampoco pensaba renunciar a un sueldo que me vendría muy bien para conservar mi casa.
Después, y con la experiencia adquirida, ya buscaría otro trabajo, fuera de este tipo o de cualquier otro. Me daba igual, siempre que pudiera empezar con un buen colchón económico.
—Amiga, este hombre está coladito por ti. Hasta los huesos.
—Me parece que, además de gay, también eres ciego, Sergio.
—¿Ciego? Aquí nos hemos dado cuenta todos de lo que le pasa.
—¿Y qué le pasa, según tú?
—Pues que tiene un ataque de cuernos de manual. Si no me equivoco, ese hombre piensa que tú y yo nos vamos a acostar esta noche y, para no quedar como un gilipollas, él hará exactamente lo mismo con una mujer que es todo lo contrario a ti.
No pude responder. Bajé la cabeza, porque, en una cosa, Sergio tenía toda la razón: aquella mujer era mi opuesto.
Se notaba que no tenía de natural ni el yogur que se había comido la noche anterior de postre, pero ese era un problema suyo, no mío.
Enzo estaba siendo un mar de contradicciones. Decía que no bebía y yo lo había visto tomarse tres copas de vino; aseguraba ser muy exigente con las mujeres que pasaban por su cama y a aquella la había conocido apenas media hora antes.
En fin… ahora entendía perfectamente a Marián cuando me dijo que su hermano tenía un carácter un tanto especial.